«Ausencia».

Todavía recuerdo sus palabras. Resuenan todos los días en mi cabeza. Como si las estuviera diciendo, otra vez, frente a mí. Si cierro los ojos y me pierdo en mis pensamientos, él vuelve a aparecer; está ahí, vive en mi mente. Su cuerpo físico ya no está, pero su parte espiritual permanente en este mundo, bueno «en mi mundo».

Es como si hubieran tatuado sus palabras en mi mente ¿es eso posible? no lo sé, pero no he podido olvidarlas con nada: ni con pastillas, meditación ni terapia. ¿Por qué se quitó la vida? ¿Por qué decidió partir de este mundo? ¿Entonces era mentira?

Sus palabras fueron: «Soy el hombre más feliz. Estar a tu lado es lo mejor que me ha pasado en la vida. Eres la mujer más hermosa del mundo. Quiero estar contigo por siempre». Ese «por siempre» debió ser un «por siempre espiritual» o algo así. ¿Puede ser la felicidad tan engañosa como para que realmente no sea felicidad? Tal vez.

Recuerdo que un día, normal, como la mayoría, fuimos al cine a ver una película que ahora no recuerdo exactamente el nombre, pero que trataba sobre un político muy influyente de Estados Unidos, el cual contrata a un agente para investigar a su esposa, porque sospecha una infidelidad. Me parece que la protagonizaba Mark Wahlberg.

De camino, él me tomaba de la mano y me llevaba por la calle rumbo al cine. Todo iba muy bien, comimos palomitas y un frappe. Me tomó de la mano y me dio varios besos en la mejilla durante la película. Sin embargo, cuando salimos de la función, de regreso al estacionamiento, me abrió la puerta y me ayudó a subir, la cerró y se dirigió al lado del conductor y se quedó así, paralizado, frente a su puerta. Inmóvil y petrificado, no respondió a mis palabras. Lo llamé varias veces, pero parecía que mis palabras no lo lograban alcanzar.

Fue después de que me bajé, fui con él y le di una cachetada que reaccionó. Él solo respondió: «¿Qué esperas? ¡Ya es hora! ¡Sube al auto, se hace tarde!». Esa ocasión ignoré lo sucedido.

Otra ocasión, fuimos a un bosque, a las afueras de la ciudad. Era época de frío y había un poco de nieve en todo el lugar. Nos gustaba realizar esas caminatas porque nos permitía liberarnos de todo el estrés de la ciudad, de la rutina. Sin embargo, ese día, volvió a pasar. No sé en qué momento lo perdí de vista, pero cuando me percaté de su ausencia, él ya no estaba ahí.

Tuve que buscarlo por los alrededores; tardé como dos horas en encontrarlo. Justo cuando lo localicé, en la penumbra del bosque, estaba parado, de espaldas, con los brazos abiertos, como haciendo una cruz y con la cabeza hacia a atrás. Murmuraba algunas palabras que no alcancé a entender. Sin embargo eso no fue lo más extraño. Lo que realmente me resultó extraño fue que frente a él había un precipicio muy profundo. «¿Cómo es que no lo vi?», me pregunté.

No puedo asegurarlo, pero dentro de mí algo me decía que estaba dispuesto a aventarse. Cuando lo llamé sucedió nuevamente, mis palabras no lograron alcanzarlo. Lo único que hice fue caminar hasta donde se encontraba y abrazarlo por la espalda. Sentí cómo mis pechos se presionaban con su espalda.

Cuando lo abracé me dijo: «¿Qué esperas? Ya es hora». No me moví y continué sujetándolo. Yo solo le respondí: «¿Hora de qué?».

Eventos así sucedieron en varias ocasiones antes de su muerte. Seguro te preguntarás: «¿Porqué no buscaron ayuda? ¡Debiste llevarlo con un doctor o psiquiatra!». Pues lo hice. Si bien en esos momentos era como «si no fuera él mismo» «como si no fuera consciente del momento presente». Su cuerpo estaba ahí, pero su mente era transportada a otra parte. O tal vez alguien utilizaba o manipulaba su mente.

Cuando lo llevé con el especialista respondió a todo con normalidad, como cualquier persona, le realizaron algunas placas, toma de sangre, orina, pero todo estaba bien; no se encontró nada raro. Ninguna enfermedad. Él siempre fue muy sano, así que todo dentro de la normalidad. Ningún signo de ansiedad, depresión o melancolía.

Cuando lo encontré, tirado, boca abajo y sin vida, algo dentro de mí no se sorprendió. Lo único que sí atrajo mi atención fue que junto a él había una nota en la que decía —con su letra—: «¿Qué esperas? ¡Ya es hora!».

¿Puede el ausentarnos totalmente del momento presente, aniquilar todo nuestro ser?

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Ramsés K. Mishima

La Filosofía Minimalista

@lafilosofiaminimalista

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Hana | Fragmento 4 | «Despertar».

Desde pequeña, Hana estuvo acostumbrada a toda clase de lujos, en especial aquellos de tipo material. Durante su infancia en México, asistió a las escuelas particulares más prestigiosas y costosas. En particular dos factores produjeron que para ella la vida girara en torno a las cosas materiales: el primero fue su círculo de amigas y el segundo fue su familia.

Aunque dentro de Hana, muy en el interior, algo siempre le dijo que eso no la hacía feliz, por el simple hecho de querer darle gusto a los demás, seguía los patrones de conducta de las personas.

Es por eso que para Hana fue un cambio muy drástico el iniciar en una nueva ciudad, en otro país, en donde tendría que comenzar de nuevo. Hacerse a la idea de un nuevo comienzo le causó a Hana un fuerte dolor de cabeza. Por otro lado, ella no imaginó que a lo primero que tendría que enfrentarse sería al rechazo de las personas del lugar y de sus compañeros de escuela.

Cuando Hana regresó a su casa, su corazón se sintió agitado, palpitaba muy fuerte y una chispa se encendió. Algo tan simple la había conmovido: ¡una fruta cualquiera! Claro que no era el tipo de regalo al que estaba acostumbrada, pero el detalle le había parecido muy noble. La conmocionó tanto, que cuando se despidió de Yamir le dio un beso en la mejilla. Él se puso rojo de la pena —a pesar de que su tez era muy morena, algo común en la gente de ese país—, y se fue después de eso.

Una vez en casa, Hana tomó una ducha y se cambió la ropa de la secundaria por un atuendo más cómodo. Se dispuso a preparar algo sencillo para cenar: un sándwich de crema de maní y un té. Si bien la madre de Hana la dejó al cuidado de la señora Naisha, quien básicamente se encargaba de la limpieza y preparar comida, a Hana no le agradaba que la comida estuviera tan condimentada. Prefería comer cualquier cosa antes que comida hindú. Cuando preparó el sándwich y el té, se sentó, miró de frente los alimentos y pensó: «no es lo más nutritivo, pero de algo servirá».

Mientras comía comenzó a llover, así que los árboles del jardín y las flores se llenaron de agua y se fortalecieron. Por la tarde el sol había estado en su máximo esplendor, por lo que el calor había sido intenso.

Después de terminar sus alimentos recordó el regalo que le dejó su madre, fue por él, lo colocó en la mesa de centro y se sentó para abrirlo. La verdad es que no esperaba mucho, pues ya sabía el tipo de cosas que le regalaba su madre en su cumpleaños. Siempre le decía: «revisa en internet lo que quieras y lo que más te guste, guardas el link y me lo envías. Yo lo pediré para que te llegue».

Antes de abrirlo Hana pensó que lo que más le gustaría sería poder verla y abrazarla, más que algo que se puede comprar en cualquier tienda. Cuando por fin tomó el paquete se dispuso a abrirlo, lo agitó y se percató de que no pesaba nada. «Estará vacío», pensó. No, su madre no sería tan cruel. Ya no recordaba qué le había enviado en el link, ya que no le importaba. Hana seleccionó lo primero que vio en una página y eso le envió.

Sin embargo al abrirlo se sorprendió, porque el paquete contenía un sobre color azul, su color favorito. Dentro del sobre había una fotografía tamaño media carta y una nota escrita con una letra hermosa. El texto decía lo siguiente después de la fecha:

En la foto había tres personas: la madre y el padre de Hana y una pequeña Hana de nueve años. Sobre la carta que tenía en las manos, comenzaron a caer pequeñas gotas de agua y las letras se distorsionaron. Sin embargo, solo llovía en el exterior.

Historia de Ximena (Fragmento 2).

Ximena me llamó por teléfono después de tres días. Yo pensé que su ansiedad se había calmado, pero no fue así. Esta vez sabía el motivo; era una tontería, o tal vez no. Cuando contesté, una tormenta se desbordó sobre mí y me arrastró a lo más profundo del océano.

—¡No puede ser! ¡Lo sabía! ¡Te lo dije! —me gritó efusivamente—. ¡No quisiste creerme! ¡Ah! pero ¿por qué habría de creerle a la loca de Ximena? ¡Eh! Si ella es quien toma antidepresivos y se muerde las uñas todo el tiempo. ¡No hay que tomarla tan en serio! ¡Ignórenla!

En mi mente imaginé a Ximena mordiéndose las uñas y haciendo un sonido parecido a un «tac, tac»; ese sonido que sobresale cuando al morder las uñas los dientes chocan.

Cuando la tormenta pasó le respondí:

—¿Y ahora qué pasa? ¿Finalmente los infectados por coranavirus se convirtieron en zombies?

—¿Ya vas a comenzar con tus tonterías? —me preguntó—. ¿Qué no puedes tomarte nada en serio?

—La vida es demasiado compleja como para tomarnos todo tan en serio —le repliqué.

—¿Ah sí? ¿Vas a decirme que debemos tomarnos las cosas de forma «simple y sin tanto estrés» o ese tipo de tonterías?

—No, simplemente te hice una pregunta que respondiste con otra pregunta —le contesté—, así que dime: ¿qué rayos pasa?

Ximena me contó que el día miércoles —es decir el día anterior a cuando me marcó— se enteró de que no solo la cantidad de infectados había aumentado, sino que, además, se percató, según ella, de que no habían pasado en los medios entrevista alguna de un infectado por el virus, ni a nadie que dijera, de viva voz, cuáles eran los síntomas y sensaciones que experimentaba propiamente.

Ahora ella era quien pensaba que todo se trataba de una conspiración del gobierno. «¿De qué gobierno, me pregunté yo». Me dijo que pensaba que tal vez el mismo gobierno produjo el virus y lo introdujo en algunos animales. Ella pensaba que se trataba de Estados Unidos y que era una estrategia para debilitar a China, su principal enemigo económico. Sin embargo, todo se había salido de control porque los organismos internacionales no supieron tomar las medidas adecuadas para controlar el flujo de personas en China.

—¿No crees que has jugado demasiado Resident Evil? —le pregunté y la interrumpí abruptamente.

—¡Ja! Mi hermana dijo lo mismo, pero yo creo que no está fuera de lugar —me contestó a la brevedad.

En mi mente, imaginé a Ximena nerviosa detrás del teléfono. Seguro llevaba esas gafas de montura de pasta dura, color negra y de cristales redondeados. Siempre pensé que eran muy grandes, como los que usaba el trompetista Dizzy Gillespie. También recordé —no sé porqué— la forma de su rostro y su corte de cabello. Una vez le dije que se parecía a Vilma de ScoobyDoo y ella se molestó.

—¿No crees que si ese fuera el caso, es decir, de tu teoría, al ver la magnitud de personas infectadas, ya hubieran anunciado la vacuna?

—¡Claro que no! —me refutó—. ¡Piénsalo! Si así fuera, casi casi sería como decir: «Nosotros tuvimos la culpa, así que ahí está la vacuna». Además sería muy obvio, pues los demás países pensarían inmediatamente que Estados unidos fue el culpable. Y con la cantidad de países que han presentado casos… todo el mundo estaría en contra de ellos…

Me imaginé a Ximena haciendo la expresión que acostumbraba hacer y que me trataba de decir «¿Cómo es que no lo entiendes?, ¿eres tonto o qué?». Después continuó:

—Mira, sé que suena muy descabellado, pero velo de esta manera: esto puede ser el inicio de la tercera guerra mundial, solo que ahora el combate no será con armas de fuego, sino con armas biológicas que puedan acabar con más personas a un coste menor y sin tanto escándalo, bueno, explosivamente hablando —me explicó Ximena, casi susurrando, como si estuviera contándole a una de sus amigas de la preparatoria sobre el chico del que estaba perdidamente enamorada.

—Creo que nunca debí invitarte a jugar Resident Evil, pero es que te veían tan aburrida y sola…

—¡No! ¡No! ¡Basta! —me interrumpió—. ¡Mira! En este momento no tengo mucho tiempo… pero estoy reuniendo más evidencia… y ya verás cómo todo tiene sentido y cuando te lo muestre y explique con más fundamentos me dirás: «¡Wow! ¡Ximena tenía razón! ¡Es una conspiración del gobierno! ¡Qué idiota fui, soy un tonto! ¡Debí creerle!».

—Mmm, no creo insultarme tanto —le contesté.

—¡Ya! Vamos, me tengo ir. Te llamaré después y te explico lo que…

Y la llamada se cortó. No sé si ella colgó para dejarme en suspenso o si la señal en verdad falló, pero ella no me volvió a llamar. Pensé en marcarle, pero creo que ya había sido suficiente de la imaginación de Ximena. Ella en verdad se creía lo que me decía.

Supuse que no había hecho lo que le dije la otra ocasión y que había sucumbido ante los antidepresivos. Tal vez por eso soñó todas esas cosas.

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Autor: Ramsés K. Mishima

La Filosofía Minimalista

@filosofiaminimalista

«A todos nos llegará la hora»

«A todos nos llegará la hora».

Cuando Ximena se encontró con la muerte, pensó que se trataba de una broma y que alguno de sus amigos se había vestido de esa forma para asustarla. Después de todo, ver gente vestida con atuendos de ese tipo era muy común en el mes de noviembre, así que no le prestó mucha atención.

Se la encontró de frente mientras caminaba. No la había visto venir porque iba escribiendo un mensaje en su celular, pero cuando vio esa tela color negra que arrastraba en el suelo se detuvo de golpe.

Miró de reojo y de arriba a abajo a ese ser que estaba frente a ella y hasta llegar a la cabeza que, claro está, era la de una muerte.

Lo primero que se le ocurrió a Ximena fue saludarla, pero la muerte no le contestó. La quiso tocar, pero era como si no tocara nada. Pero no era una ilusión, de eso ella estaba segura; era un ser real, no era una pintura.

Como no había reacción alguna decidió continuar su camino, pero cuando intentó dejarla de lado, su cuerpo se paralizó. El ser esquelético tampoco se movió y, mientras se detuvo, en esos segundos, alcanzó a escuchar lo que parecieron ser unas palabras, o al menos eso creyó:

—«A todos nos llega la hora, incluso a ti. Aún no te toca, pero volveré por ti, así que deja de perder el tiempo en tonterías y disfruta tu vida. No tendrás otra».

Después de escuchar eso, su cuerpo reaccionó y pudo continuar. Sin embargo, después de avanzar, el ser extraño había desaparecido. «¿Habrá sido una advertencia?» Se preguntó Ximena.

Enseguida apresuró el paso hasta llegar a su casa e inmediatamente corrió a contarle a su hermana…

—¿Y bien, señor, cómo le fue hoy? —le preguntaron a la muerte— ¿Otro intento por ayudar a un alma?

—Sí. Espero que a esta le sirva y aproveche su tiempo y deje de desperdiciarlo en tonterías.

—Esperemos que así sea…

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Ramsés K. Mishima
La Filosofía Minimalista
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«Hacer una pausa».

En la vida, en especial en las grandes ciudades, generalmente vivimos todo el tiempo acelerados entre el trabajo y nuestros diferentes proyectos y la verdad es que poco tiempo nos queda para reflexionar sobre nuestros avances, pero es necesario hacerlo para conocer nuestro verdadero crecimiento.

De lo contrario, ¿Cómo sabremos si vamos en la dirección correcta?

Por eso creo que debemos dejar de hacer todo de forma tan mecánica y vivir de una manera más reflexiva y consciente para evaluar todo lo que hacemos y todo lo que nos rodea.

Hacer una pausa, muchas veces nos ayuda a eso, a tomar un descanso y dejar de lado todo —por un tiempo— y recuperar energía y concentración para mejorar. Realizar una actividad diferente en muchas ocasiones da buenos resultados.

En mi caso, gracias al minimalismo, he podido concentrar mucha de la atención y el tiempo que desperdiciaba en objetos materiales que no me aportaban nada y, de igual manera, en el aspecto espiritual y mental, he podido reflexionar más sobre mi vida y sobre mí mismo, para así buscar el crecimiento personal.

Ahora aprecio más un paseo por la naturaleza, disfrutando el paisaje, que pasar el tiempo en una tienda viendo ropa.

No es aún un camino recorrido, pero estoy en el trayecto y no he pensado en regresar.

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Ramsés K. Mishima
La Filosofía Minimalista
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¿Y si hubiera libros que no quieres “dejar ir”, te forzarías a hacerlo?

¿Y si hubiera libros que no quieres “dejar ir”, te forzarías a hacerlo?

—¿Qué cosa? ¿A qué viene esa pregunta?

Enseguida me di cuenta de que miró de reojo la mesa de al lado. Encima estaba el libro Sed de Amor de Yukio Mishima, el cual había estado leyendo antes de que ella llegara.

—Pensé que estabas dispuesto a dejar ir todos tus libros en formato físico y que la siguiente ocasión que te visitara, no tendrías ninguno.

Fruncí el entrecejo.

—No es que esté dispuesto o no lo esté. Lo que quise decir —la otra vez—, fue que los libros que no me gustan, que no leo (y que considero que no leeré) no tiene caso mantenerlos almacenados en el estante. Desde mi punto de vista, evidentemente, se están desperdiciando.

—¿Por eso lees a Yukio Mishima?

—Sí.

—¿Acaso no fue el escritor que se suicidó?

—Sí, fue él. ¿Eso qué tiene que ver?

—Pues renunció a la vida, es decir, me parece curioso que haya “dejado ir” su vida. ¿Eso quiere decir que Mishima era minimalista?

—No estoy seguro; en su literatura no recuerdo que lo mencionara. Lo que sí fue un hecho fue su lucha por sus ideales y que defendió su filosofía con su vida.

—La misma que impregna sus libros.

—Así es.

—Pues el libro se ve muy interesante. Creo que sí deberías conservarlo.

Volteé a ver el libro sobre la mesa.

—Pero si no tengo intenciones de dejarlo ir.

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Ramsés K. Mishima
La Filosofía Minimalista
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Anécdota Minimalista

La semana pasada, platicando con una amiga, salió el tema del minimalismo y los libros. Como a muchos entusiastas de los libros, y como yo mismo lo fui, para ella era inconcebible “dejar ir” sus libros y cuando le expliqué mi postura en relación con los libros ella me respondió:

—¡Pero yo no podría deshacerme de mis libros! ¡Los amo! Son mi tesoro más preciado. ¿Acaso no lo has sentido?

—¿Qué cosa?

—La emoción de abrir un libro nuevo, ojearlo y oler su esencia a nuevo, pasarte por las páginas, acariciarlo y extraer todo su contenido… Es en verdad imposible que me deshaga de mis libros.

Yo solo la seguí mirando y esperé a qué terminara.

—¡Oye! ¡Tranquila! conserva tus libros, yo no te estoy diciendo que te deshagas de ellos. Si son tan importantes para ti, no los dejes ir.

Ella respiró y continuó:

—Es que pareciera que el minimalismo quiere que nos deshagamos de todas nuestras pertenencias hasta quedarnos sin nada, casi como llegamos a este mundo.

Yo asentí con la cabeza, pues es verdad que a este mundo llegamos sin nada y también nos vamos sin nada. Después respondí:

—¡No! El minimalismo no quiere que te deshagas de todas tus cosas. De hecho, la esencia del minimalismo es que te quedes con los objetos materiales que de verdad te hacen feliz y que en verdad necesitas. El minimalismo reconoce la importancia de los objetos materiales, pero te invita a reflexionar sobre qué objetos son en verdad necesarios e indispensables para ti. Si esos libros que tienes los amas tanto, no tienes porqué dejarlos ir. Pero eso es muy diferente a decir que en verdad los necesitas todos.

—¡Ah! ya veo, —me respondió—. Pensé que era todo lo contrario.

—Conserva tus libros. Conserva lo que es esencial para ti.

Esencialmente Ram

La Cazadora (Fragmento 4)

Por el callejón, bajo la el resplandor de la noche y con la intensa lluvia cayendo, aquél hombre corría a toda velocidad con un artefacto en la mano. Alguien lo perseguía, eso era seguro, y por la desesperación con la que volteaba constantemente hacía atrás, debía tratarse de alguien peligroso. Se trataba de un hombre maduro, no viejo, con cabello castaño y un poco largo. Su rostro no reflejaba miedo, reflejaba preocupación, como si le preocupara perder el objeto que llevaba consigo. Vestía una gabardina color café sobre una camisa de franela color azul. También llevaba un pantalón de mezclilla y unas botas café. El artefacto que llevaba en la mano emitía un ligero resplandor azul de la piedra que tenía en la parte superior. Era una especie de báculo o espada, ya que la imagen era muy confusa.

Continuaba corriendo de forma apresurada hasta llegar a un edificio al cual entraba, atravesaba por varias puertas y detrás de él se escuchaba cómo lo que lo seguía destruía y tiraba todo a su paso.

El hombre encontraba unas escaleras y comenzaba a subir hasta llegar al techo del edificio. En la cima, se encontró de frente con lo que lo perseguía, intercambiaban unas palabras y parecía que él le decía que no le entregaría lo que sea que llevara en la mano. No podía comprender lo que decían ni veía con claridad lo que perseguía al hombre, pues solo se observaba una sombra, una silueta sin forma concreta, así que era en vano. Finalmente la sombra movió su mano derecha y lanzó un resplandor color rojo que atravesó al hombre maduro en el pecho. Solo el semblante de dolor y agonía se observaba en él.

Sin embargo, antes de perder el conocimiento, resistió en el suelo y musitó unas palabras, tomó el objeto y dibujó con su sangre un símbolo en el suelo, colocó el objeto y éste desapareció.

La sombra volvió a lanzar el resplandor y el hombre intentó resistirlo, pero no pudo. Por la boca comenzó a escupir sangre, pues su órganos internos estaban prácticamente destruidos. Finalmente, lograba gritar unas palabras y la sombra solo parecía reírse. Eso era todo lo que se apreciaba, hasta que finalmente, después de otro ataque rojo con ese resplandor, el hombre se desintegraba. La lluvia continuaba cayendo con fuerza y en el lugar, el resplandor blanquecino de la luna era la única fuente de luz que iluminaba.

Después de esta imagen final, Samantha se despertó y se percató de que estaba sudando. Siempre le pasaba así, después de tener ese sueño. No sabía de quiénes se trataba ni porqué ella soñaba con ellos. Tampoco sabía qué era el artefacto que llevaba el hombre de la gabardina.

Le dolía la cabeza tanto, que sentía que le estallaría, así que se levantó y se preparó un café expreso, amargo, como lo tomaba su padre. En realidad a ella no le gustaba el café, pero después de la muerte de su padre, comenzó a tomarlo por recordarlo. Siempre recordaba esa imagen: su padre, revisando documentos y periódicos hasta altas horas de la noche, investigando en libros. Ella no sabía exactamente qué buscaba, pero él se perdía en esa documentación. Cuando se cansaba, iba a la cocina a prepararse un café y tomaba esa diminuta taza y de su cafetera extraía el café, expreso.

En una ocasión en la que su padre estaba tomando ella se acercó y le pidió que la dejara probarlo. Su padre sonrió y le dijo que no le gustaría, y en efecto así fue, porque cuando accedió a invitarle, Samantha lo probó y esbozó una mueca de disgusto. «Pero qué amargo está esto» —expresó—. Su padre sonrió y solo le comentó: «Te lo dije».

Sin embargo, después de su muerte, decidió comenzar a tomarlo para recordarlo. Para Samantha era como una especie de ritual en el que recordaba a su padre, pero además funcionaba como fuente de motivación. Quería descubrir qué había pasado y deseaba vengar su muerte, pero no tenía idea de quién lo había asesinado.

Después comenzó a reflexionar sobre lo que había pasado la noche anterior y lo que la había atacado. Al parecer su verdaderas intenciones no habían sido matarla, sino seguro que lo hubiera hecho, pero tampoco le encontraba sentido a la alerta que le había dado. Si quería asustarla, no lo había conseguido, más bien, solo la preocupó y la confundió.

Finalmente se le ocurrió acudir con la única persona que sabría qué hacer y que podría explicarle el significado de las palabras del sujeto con forma humana. Se terminó el café, tomó sus cosas y salió de su departamento.

Continuará…

La Cazadora (Fragmento 2)

Después de guardar su cuchillo, Samantha continuó caminando y dejó de lado a las chicas de secundaria. Sin embargo cometió un error, cosa poco común en ella, pues no había eliminado al demonio por completo. Lo supo cuando sintió cómo cambió la temperatura hasta que comenzó a sentir mucho frío. No era algo común en verano y menos a esa hora. Eran alrededor de las 19:00 hrs. y la oscuridad apenas comenzaba.

Corrió hasta el callejón de la siguiente calle y se escondió detrás de un contenedor de basura. Volteó a ver hacia arriba y se percató de que el edificio que tenía al lado era bastante alto, incluso parecía que tocaba el cielo. Sacó nuevamente su cuchillo y su libreta azul de encantamientos que le había heredado su madre y buscó dentro de ella el exorcismo básico de bloqueo para deshacerse del demonio. En ese momento recordó las palabras de su padre como si fuera un sermón: «recuerda que si el cuchillo no es efectivo al primer ataque, deberás utilizar el exorcismo básico de bloqueo para eliminarlo o de lo contrario sufrirás las consecuencias». Ella siempre le respondía: «Sí padre, me lo has dicho mil veces».

De pronto un resplandor arriba de ella la deslumbró y se dio cuenta, cuando ya era muy tarde, de que se trataba de un ataque de la criatura que había desgarrado la pared detrás de ella. Lo esquivó, pero alcanzó a cortar su hombro derecho. Quién le mandaba a ponerse esa blusa sin mangas ese día.

Al dar la vuelta, el ente ya no estaba y esta vez escuchó una voz entrecortada que además sabía su nombre:

—Crees que lo que estás haciendo es correcto Samantha pero no es así —le dijo la criatura, aunque no se dejaba ver.

—¿Quién es? —preguntó ella— ¡Muestrate! o de lo contrario: «exorcizamos te, daemonium…» —Samantha comenzó a recitar el conjuro de bloqueo y siempre le dolía la cabeza porque no entendía porqué el conjuro debía mencionarse en latín, pero el demonio la interrumpió.

—¡Espera! Yo solo soy un mensajero.

—¿Mensajero de quién? —le preguntó ella.

Samantha recordó, nuevamente, que su padre le había dicho que no debía confiar en ningún demonio o criatura, que no eran de este mundo y que a pesar de que podían hablar, sus palabras estaban llenas de blasfemias y de mentiras, pero esa criatura con silueta humana, aunque un poco deforme y muy delgada, con la luz tenue de la oscuridad que se producía por el reciente anochecer, parecía esquelética y sin ojos. Además no parecía mentir y había detenido su ataque, así que la hizo dudar.

—Estás en peligro y tu ciudad también. ¡No! el mundo entero lo está. No puedes hacer nada para cambiarlo. Ese es el mensaje o más bien la advertencia.

—¿Qué? ¿Solo eso? —le cuestionó la chica— ¿eso qué significa? siempre hay peligro en el mundo.

—Esta vez el peligro es inminente y no creo que salgas bien librada.

Después de su última advertencia, el demonio saltó hacia ella e intentó nuevamente atacar con el golpe que producía un resplandor. No parecía un ataque poderoso, pero el efecto sí, lo sabía por cómo había dejado el hueco en la pared. Samantha saltó hacia atrás para esquivarlo y con el cuchillo en la mano, comenzó a recitar el exorcismo de bloqueo:

—«Exorcizo daemonium, revertere ad locum originis revertitur amnis…»

El demonio comenzó a paralizarse y a rugir, lo cual era una señal de que estaba teniendo efecto, pero al ver a la criatura, en la oscuridad, le parecía que no estaba sufriendo, al contrario, sonreía, así que continuó:

—«Et hoc non est tuus orbis, haec est vestra spatio…»

—Esto no ha terminado, estoy seguro de que volveremos a vernos niña y la próxima vez no será tan fácil. El demonio sonrió y no opuso mayor resistencia, así que Samantha completó el conjuro:

—«descendit in abyssum irent vos unde fugit».

El demonio comenzó a emitir un resplandor de su pecho, o de lo que podía considerarse su pecho, y empezó a fragmentarse. Mientras lo hacía, Samantha reflexionó en lo fácil que había sido deshacerse de esa criatura, lo cual podía significar dos cosas: se había dejado vencer o era un demonio de clase baja, pero por el semblante que tenía, parecía lo primero.

Detrás de la criatura, apareció el portal redondo en forma de agujero negro y succionó al ente de golpe. A pesar de saber que sería destruido, continuó sonriendo.

Continuará…

Nota.

Exorcismo básico de bloqueo

Exorcizo daemonium, Revertere ad locum originis revertitur amnis. Et hoc non est tuus orbis, haec est vestra spatio, descendit in abyssum irent vos unde fugit.

Te exorcizo demonio, vuelve a tu lugar de origen, regresa a las sombras. Este no es tu mundo, este no es tu espacio, desciende al abismo del que has escapado.

La Cazadora

Cuando menos se lo esperaba, Samantha sintió una presencia maligna detrás de ella. No era la primera vez que sentía esa vibra, pero nunca la había sentido con esa intensidad. «Mal presagio», pensó. Trató de apresurar el paso y en la siguiente esquina, cerca de la tienda de conveniencia, cuando confirmó que nadie venía, sacó su cuchillo dorado del interior de su mochila y se preparó para luchar.

Enseguida sintió cómo la temperatura en su hombro derecho subió considerablemente. Dio la vuelta y cortó al ente en dos con su arma, sin darle oportunidad de atacar. Si hubiera titubeado un segundo, seguro que le hubiera quemado el brazo, pero ella, a estas alturas de su vida, ya estaba acostumbrada a los ataques por la espalda de todo tipo de criaturas —o al menos eso pensaba ella.

Después vio pasar a dos chicas de secundaria platicando amenamente y pensó que tal vez hablaban sobre sus novios o qué película irían a ver en el cine en la tarde, pero ella no. Ella solo contemplaba a las demás y se resignaba. Su padre siempre ele había dicho que ella tenía algo más importante que hacer en la vida y que no tenía tiempo de banalidades. No podía darse ese lujo, porque de hacerlo podría costarle la vida.

Enseguida limpió su cuchillo y lo guardó. Lo cuidaba mucho, ya que fue regalo de su padre. A ojos de los demás se trataba de un cuchillo común y corriente, pero ella sabía la verdad: era un cuchillo especial que podía matar demonios. No era un simple juguete y fue la posesión más valiosa que le dejó su padre.