«Deja ir aquello que te causa dolor».

 

—¿Por qué quisiste venir al mar? ¿no crees que este no era el momento más adecuado? —le preguntó Sergio a Tábata, esperando que ella no volviera a llorar por recordar la muerte de su madre.

Tábata, aún con los ojos cerrados, dejaba que la brisa del mar le rociara el rostro.

—Mi madre decía que el mar es capaz de quitar todas las penas —le contestó.

—Sí, pero creo que para eso «debes meterte al mar» —le precisó Sergio.

—Ahora no tengo ganas. ¿Sabes? es difícil para mi olvidarla. Ella mucho tiempo me dijo que tarde o temprano llegaría el momento en que tendría que vivir sin ella y continuar.

—Pero no necesitas olvidarla —le contestó Sergio—, simplemente «déjala ir».

—¿Ahora eres psicólogo? —le preguntó Tábata, un poco molesta.

Ella volvió a cerrar los ojos y se tiró en la arena con los brazos abiertos; el rayo del sol le golpeaba la cara directamente.

—No lo soy, pero no creas que tú eres la única persona que ha perdido a alguien cercano en la vida. No deberías ser tan egoísta.

—¡Ah! —exclamó Tábata y se levantó de golpe de donde se encontraba. Después le preguntó—: ¿Qué vas a saber tú? Tú tienes a tus padres. No seas tan dramático.

—No lo soy. He perdido personas que apreciaba mucho, pero con el tiempo caí en la cuenta de que entre más me aferraba a su recuerdo, más difícil era mantener la calma. Cuando lo acepté y los «dejé ir», me sentí mucho más aliviado.

—Es más más fácil decirlo que hacerlo —le argumentó Tábata.

—¡Ya! ¡Suficiente! Esto no nos lleva a ningún lado —le refutó Sergio—. Sigamos el consejo de tu mamá.

—¿Eh?

Sergio tomó a Tábata de la mano, la levantó y se sumergieron juntos en el mar. Por suerte las olas estaban calmadas.

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Ramsés Organiz

La Filosofía Minimalista

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«¿Y si la naturaleza hablara?».

—¿A qué viene esa reflexión?

—Piensa lo siguiente: ¿qué le diría a los seres humanos la naturaleza si pudiera hablar?

—Supongo que nos diría: «¡Ya déjeme en paz! ¡No lo entienden! Si acaban conmigo, ¿a dónde irán?» —me contestó Roxana.

—Buena respuesta, para variar —le respondí—. Estaba viendo esta antigua foto de un lugar que aprecio mucho y me puse a reflexionar sobre el tiempo.

—¿El tiempo? ¿Por qué?

—Sí, pero el tiempo en que durará ese paisaje así, antes de que se llene de basura o de alguna construcción monumental.

—Pero ese lugar esta muy alejado de la ciudad —me contestó Roxana—, dudo mucho que la contaminación o la basura llegue ahí, incluso que alguna fábrica construya algo en ese lugar.

—¿Por qué estás tan segura?

—Porque la mayoría se concentra en las ciudades, así que no creo que corra peligro —me contestó, muy segura de sí misma.

—¿Y cuándo ya no se pueda hacer más en la ciudad?

—¡No seas tan pesimista! ¡Ya déjalo ir!

—¿Que nunca reflexionas nada en serio?

Después se detuvo, se puso seria y me dijo:

—Yo creo que la naturaleza sí habla, pero somos nosotros los que no la escuchamos.

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Ramsés K. Mishima⠀

La Filosofía Minimalista⠀

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Hana |Fragmento 6 |Soltar.

De pronto Hana sintió un torbellino. Como si fuera la corriente de un río, pero cálida y suave. No estaba segura, pero, hasta donde recordaba, nunca había experimentado esa sensación. Era como si algo absorbiera sus labios y su lengua, con la fuerza con la que cae una cascada y con la suavidad con la que se corta una rebanada de pastel.

Cuando Hana separó sus labios de los de Yamir y abrió los ojos, sintió como si hubiera despertado de un hermoso sueño. En ese momento ella no sabía exactamente cómo se le denominaba a esa sensación y, por desgracia, tampoco sabía que no duraría mucho tiempo.

—¿Y cómo van tus sesiones de meditación con el maestro? —le preguntó Yamir a Hana, después de que él también abrió los ojos.

—Pues la verdad creo que he logrado «despejar» mi mente de algunos pensamientos que me atormentaban —le contestó—. Ya sabes lo que dice el maestro: «todo lo que no puedas soltar físicamente, puedes soltarlo a través de tu mente».

—Jajaja —Yamir se burló—. ¿Y te crees esas cosas?

—Al principio no lo creía, pero, después de experimentarlo, creo que tiene sus beneficios.

—Pues no estoy seguro —le contestó Yamir—, pero ¿sabes que sí sé que es altamente efectivo para olvidar cualquier cosa?

—¡Eh! ¿Conoces un método tan infalible?

—Sí. Ven.

Yamir tomó a Hana de la parte trasera de su cabeza, acarició su cabello y le plantó nuevamente un beso. Los dos cerraron los ojos y se dejaron llevar. Nuevamente llegó el torbellino, la cascada y la rebanada de pastel.

Al día siguiente, reanudó su sesión de meditación con el maestro Zembu. Desde que llegó al templo el maestro se percató de que había algo diferente en ella. Y es que esa enorme sonrisa no era normal en ella. Sí que lo era en las chicas de su edad, pero en la solitaria Hana no.

A pesar de su extrañamiento, el maestro pensó en no hacer ningún comentario y comenzar con la sesión. Una vez que se encontraron los dos en el espacio destinado para su práctica, cada uno se sentó en su almohadilla, cruzaron las piernas, espalda erguida, manos en la posición del «mudra» y cerraron los ojos.

Y se quedaron ahí, cada uno transitando de manera consciente por sus pensamientos. Fuera del cuarto el sonido de los pájaros era apenas perceptible. El sonido de la fuente frente al salón daba la impresión de que hubiera un río fuera de la casa del maestro Zembu. El enorme árbol Neem que sobresalía más allá del techo de la vivienda, proporcionaba una formidable sombra y un delicioso frescor. ¿El espacio perfecto para meditar?

A los pocos minutos el maestro se percató de que Hana no estaba lo suficientemente concentrada. Apretaba los párpados, como si tuviera una pesadilla, su respiración no era consistente y perdía la posición repetidas veces. Pese a su decisión de no preguntar, eligió pausar la sesión y se dirigió a Hana inmediatamente:

—¿Qué es lo que te pasa Hana? ¿Qué perturba tu corazón? —le preguntó el maestro.

Hana separó sus piernas, deshizo el mudra y abrió los ojos.

—¿Mi corazón? ¿Por qué cree que algo perturba mi corazón?

—He vivido muchos años —le contestó—, he experimentado muchas cosas, he perdido otras y he ganado algunas más. Sé que puede deberse a una infinidad de motivos el que estés tan distraída, pero solamente conozco y he sentido uno que es capaz de hacernos sentir felices y al mismo tiempo quitarnos cualquier tipo de concentración.

Una mariposa pasó cerca de la entrada del salón y Hana volteó a verla.

—¿Cómo le hace para darse cuenta de todo? —le preguntó Hana.

«Pero sí es bastante obvio», pensó el maestro.

—No me subestimes —le dijo el maestro Zembu—. El que ahora me encuentre solo, en esta enorme casa, no quiere decir que en algún momento en mi vida no haya experimentado el amor.

—¿Amor? —le cuestionó Hana—, ¿ahora me dirá que también debo «solar» y «dejar ir» ese sentimiento?

—Yo no soy quién para decirte lo que debes o lo que no debes soltar —le precisó el maestro—. Lo cierto es que si estás descubriendo ese sentimiento por primera vez, te estás metiendo en un terreno muy peligroso.

—¡No sea tan dramático! —le comentó Hana—, me parece que tanto tiempo solo ha hecho que olvide cuál es la verdadera «esencia del amor».

—¿Ah sí? ¿y cuál es esa? Comparte tu sabiduría conmigo—le preguntó el maestro.

—El amor es solo un «estado emocional» —le explicó Hana—, y no tiene nada que ver con mariposas en el estómago o perturbación del corazón. Todo es mental. Todo sucede en el subconsciente. Y creo que la verdadera esencia es disfrutarlo y vivirlo al máximo.

El maestro cruzó sus brazos y cerró los ojos. Después comentó:

—Qué bueno que seas tan optimista, y ciertamente encuentro coherencia en lo que comentas, pero hay algo de lo que te he enseñado que no has contemplado en tu argumento.

—¿Y qué es?

—Generalmente al caer en ese «estado emocional» que dices, tendemos a olvidar que todo en la vida tiene un principio y un final. No digo que esté mal lo que estás sintiendo. Simplemente con los años he aprendido que cuando uno se enamora —o es consciente de ese sentimiento— debe vivirlo al máximo desde el inicio, pero también estar preparado para el final.

—¡No sea tan exagerado! Ya va a empezar con eso de «Como decía Buda, el ser humano ha venido a sufrir y no sé qué…».

—Aún tienes mucho que aprender.

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Ramsés K. Mishima⠀
La Filosofía Minimalista⠀
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«¿Es la naturaleza humana valorarlo todo cuando ya no lo tiene?».

—Ahora que no podemos o, más bien, no debemos salir por la contingencia es cuando más valoro salir y conocer nuevos lugares —le comenté, humildemente a Roxana, cuando me llamó por teléfono.

—¿Ah sí? Pues eso es normal —me contestó.

—¿Qué? ¿Y qué tiene de normal?

—Siempre tiene que haber una restricción, para que nos demos cuenta de que teníamos la posibilidad y no la aprovechábamos. Siempre tiene que haber una pérdida, para valorar lo que se fue y siempre tiene que haber un «hubiera», para valorar lo que «hubiera sido».

—Me desespera cuando comienzas a filosofar —le comenté—. ¿A dónde quieres llegar?

—Simplemente creo —me comentó—, que de otra manera no podemos valorar las cosas, personas, lugares o experiencias a menos de que haya algo que nos impida tenerlas, verlas, visitarlas o vivirlas.

—Mmm…

—Por ejemplo, piensa en un lugar en donde quisieras estar ahora mismo y que anteriormente pudiste ir, pero simplemente no lo hiciste.

—Me gustaría hacer trekking en el Nevado o incluso cualquier lugar que no sea mi casa ni la tienda de conveniencia —le contesté.

—¡Ahí lo tienes! —me dijo Roxana—, es así de sencillo. Cuando puedes, no lo haces, y cuando quieres, no puedes «o no debes» hacerlo. Siempre hay pretextos.

—La verdad sigo sin comprender a dónde va tu argumento.

—Es muy sencillo —me respondió—. Todo se resume a que los seres humanos desaprovechamos las mejores oportunidades cuando las tenemos. ¿Crees que eres el único que reflexiona sobre las «posibilidades»? ¡Pues no! ¡Todos lo hacemos! Todos valoramos a esa persona cuando ya no está; la mayoría comprende la utilidad de las cosas cuando las pierde; la mayoría valora las experiencias cuando ya no puede vivirlas.

—Entiendo —le respondí—. ¿Entonces cuando acabé la contingencia está bien que vaya?

—¿Tú qué crees? —me contestó.

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Ramsés K. Mishima⠀
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