«Observa de manera consciente».

—Papá.

—Dime, Azul, ¿qué pasa? —le contestó Don Genaro a su hija, mientras admiraba su lancha.

—¿No crees que deberíamos irnos a la ciudad? —le preguntó Azul.

—¿A la ciudad? ¿Por qué? ¿Acaso no te gusta vivir aquí?

—Claro que sí, pero, de pronto, siento mucha ansiedad al no ver nada nuevo. Siempre es el mismo paisaje —le contestó Azul—. Tu lancha, el mar, el cielo, siempre azul, la arena, las palmeras, los peces, los cocos. ¡No hay nada más!

—Lo que pasa es que no estás observando el paisaje de forma consciente —le contestó Don Genaro.

—¿Ah? Claro que lo estoy mirando de forma consciente. ¡Todo es azul! ¡Y es lo mismo que vi ayer!

—Mira bien —le indicó su papá a la joven Azul—. Ven, siéntate junto a mí y observa. Si miras el cielo y el mar y piensas que son paisajes que no cambian o no sufren ninguna transformación, es porque no estás «observando» con detenimiento. Mira las nubes.

—¿Qué tienen?

—Te aseguro que si observas bien, encontrarás figuras diferentes en el cielo. Ayer se formaron unas y hoy son otras. Nunca se repiten. Pueden parecerse, pero siempre son diferentes.

La pequeña Azul miró con detenimiento el cielo, mientras el viento agitaba las palmeras y el mar. La lancha se mecía de izquierda a derecha como si estuviera bailando.

—¡Es verdad! ¡Mira papá! ¡Esa de allá parece un elefante!

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Ramsés K. Mishima

La Filosofía Minimalista

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«¿Es la naturaleza humana valorarlo todo cuando ya no lo tiene?».

—Ahora que no podemos o, más bien, no debemos salir por la contingencia es cuando más valoro salir y conocer nuevos lugares —le comenté, humildemente a Roxana, cuando me llamó por teléfono.

—¿Ah sí? Pues eso es normal —me contestó.

—¿Qué? ¿Y qué tiene de normal?

—Siempre tiene que haber una restricción, para que nos demos cuenta de que teníamos la posibilidad y no la aprovechábamos. Siempre tiene que haber una pérdida, para valorar lo que se fue y siempre tiene que haber un «hubiera», para valorar lo que «hubiera sido».

—Me desespera cuando comienzas a filosofar —le comenté—. ¿A dónde quieres llegar?

—Simplemente creo —me comentó—, que de otra manera no podemos valorar las cosas, personas, lugares o experiencias a menos de que haya algo que nos impida tenerlas, verlas, visitarlas o vivirlas.

—Mmm…

—Por ejemplo, piensa en un lugar en donde quisieras estar ahora mismo y que anteriormente pudiste ir, pero simplemente no lo hiciste.

—Me gustaría hacer trekking en el Nevado o incluso cualquier lugar que no sea mi casa ni la tienda de conveniencia —le contesté.

—¡Ahí lo tienes! —me dijo Roxana—, es así de sencillo. Cuando puedes, no lo haces, y cuando quieres, no puedes «o no debes» hacerlo. Siempre hay pretextos.

—La verdad sigo sin comprender a dónde va tu argumento.

—Es muy sencillo —me respondió—. Todo se resume a que los seres humanos desaprovechamos las mejores oportunidades cuando las tenemos. ¿Crees que eres el único que reflexiona sobre las «posibilidades»? ¡Pues no! ¡Todos lo hacemos! Todos valoramos a esa persona cuando ya no está; la mayoría comprende la utilidad de las cosas cuando las pierde; la mayoría valora las experiencias cuando ya no puede vivirlas.

—Entiendo —le respondí—. ¿Entonces cuando acabé la contingencia está bien que vaya?

—¿Tú qué crees? —me contestó.

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Ramsés K. Mishima⠀
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«El apego a una idea enfermiza es capaz de destruir nuestra humanidad».

It’s enough

Cuando le preguntaron a Mackenzie Clay porqué había matado a todos esos niños afroamericanos, él solo dejó caer su cabeza hacia atrás, dio un profundo respiro y cerró los ojos.

El juez golpeó el escritorio con su mazo e incitó a Mackenzie a responder a la brevedad.

—Lo hice porque así tenía que ser —respondió, tajantemente—; no había otra forma de proceder. Cada respiro que…

—¡Silencio! —le indicó el juez—. Es suficiente. La sentencia es definitiva.

Sin embargo una mujer, de entre los miembros del jurado, levantó la mano antes de que el juez concluyera.

—Su señoría, tengo una pregunta.

—¿Tiene que ver con la sentencia? —le preguntó el juez. Después se acomodó los anteojos redondos y puso su mano sobre el escritorio de madera color caoba.

—No su señoría —respondió la mujer, a todas luces afroamericana—. Tiene que ver con su alma.

Mackenzie Clay soltó una carcajada como si estuviera desquiciado. Incluso la saliva se le escapó de la exageración.

—¡Adelante! haga la pregunta —indicó el juez.

—No puedo perdonar lo que ha hecho. De hecho, nadie puede. Sin embargo, deseo conocer el motivo de su odio a nuestras diferencias. Si su respuesta es honesta y justificada, pediré por su alma, porque su cuerpo y su mente ya no tiene salvación.

—¿Qué pedirá por mi alma? Ja ja ja —Mackenzie soltó otra carcajada enfermiza.

—¡Responda la pregunta! —indicó el Juez Coleman.

Mackenzie, con las manos atadas, logró quitarse con esfuerzo un poco de la saliva que le escurría por la barbilla.

—¿Y para qué quiere saber eso? Ustedes ganaron, me eliminaran —contestó Mackenzie Clay.

—Deseo conocer la naturaleza del mal que hay en usted y, también, comprobar una teoría —precisó la mujer afroamericana.

—¡Responda de una buena vez! ¡Estoy perdiendo la paciencia! —le gritó el juez Coleman mientras azotaba nuevamente su mazo en el escritorio.

—La respuesta es muy simple —respondió Mackenzie Clay—. No tolero la diferencia. Es como el Yin Yang. Nosotros somos la luz y ellos son la oscuridad.

Las personas en el estrado hicieron muecas y gestos de aberración hacia las repulsivas palabras de Mackenzie Clay.

—Comprendo —contestó la mujer—. Mi teoría es cierta. El apego a una idea enfermiza, es capaz de destruir nuestra humanidad. Su alma tampoco tiene salvación.

—¡Suficiente! ¡Llévenselo ahora mismo! —ordenó el Juez Coleman.

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Ramsés K. Mishima

La Filosofía Minimalista

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«Ausencia».

Todavía recuerdo sus palabras. Resuenan todos los días en mi cabeza. Como si las estuviera diciendo, otra vez, frente a mí. Si cierro los ojos y me pierdo en mis pensamientos, él vuelve a aparecer; está ahí, vive en mi mente. Su cuerpo físico ya no está, pero su parte espiritual permanente en este mundo, bueno «en mi mundo».

Es como si hubieran tatuado sus palabras en mi mente ¿es eso posible? no lo sé, pero no he podido olvidarlas con nada: ni con pastillas, meditación ni terapia. ¿Por qué se quitó la vida? ¿Por qué decidió partir de este mundo? ¿Entonces era mentira?

Sus palabras fueron: «Soy el hombre más feliz. Estar a tu lado es lo mejor que me ha pasado en la vida. Eres la mujer más hermosa del mundo. Quiero estar contigo por siempre». Ese «por siempre» debió ser un «por siempre espiritual» o algo así. ¿Puede ser la felicidad tan engañosa como para que realmente no sea felicidad? Tal vez.

Recuerdo que un día, normal, como la mayoría, fuimos al cine a ver una película que ahora no recuerdo exactamente el nombre, pero que trataba sobre un político muy influyente de Estados Unidos, el cual contrata a un agente para investigar a su esposa, porque sospecha una infidelidad. Me parece que la protagonizaba Mark Wahlberg.

De camino, él me tomaba de la mano y me llevaba por la calle rumbo al cine. Todo iba muy bien, comimos palomitas y un frappe. Me tomó de la mano y me dio varios besos en la mejilla durante la película. Sin embargo, cuando salimos de la función, de regreso al estacionamiento, me abrió la puerta y me ayudó a subir, la cerró y se dirigió al lado del conductor y se quedó así, paralizado, frente a su puerta. Inmóvil y petrificado, no respondió a mis palabras. Lo llamé varias veces, pero parecía que mis palabras no lo lograban alcanzar.

Fue después de que me bajé, fui con él y le di una cachetada que reaccionó. Él solo respondió: «¿Qué esperas? ¡Ya es hora! ¡Sube al auto, se hace tarde!». Esa ocasión ignoré lo sucedido.

Otra ocasión, fuimos a un bosque, a las afueras de la ciudad. Era época de frío y había un poco de nieve en todo el lugar. Nos gustaba realizar esas caminatas porque nos permitía liberarnos de todo el estrés de la ciudad, de la rutina. Sin embargo, ese día, volvió a pasar. No sé en qué momento lo perdí de vista, pero cuando me percaté de su ausencia, él ya no estaba ahí.

Tuve que buscarlo por los alrededores; tardé como dos horas en encontrarlo. Justo cuando lo localicé, en la penumbra del bosque, estaba parado, de espaldas, con los brazos abiertos, como haciendo una cruz y con la cabeza hacia a atrás. Murmuraba algunas palabras que no alcancé a entender. Sin embargo eso no fue lo más extraño. Lo que realmente me resultó extraño fue que frente a él había un precipicio muy profundo. «¿Cómo es que no lo vi?», me pregunté.

No puedo asegurarlo, pero dentro de mí algo me decía que estaba dispuesto a aventarse. Cuando lo llamé sucedió nuevamente, mis palabras no lograron alcanzarlo. Lo único que hice fue caminar hasta donde se encontraba y abrazarlo por la espalda. Sentí cómo mis pechos se presionaban con su espalda.

Cuando lo abracé me dijo: «¿Qué esperas? Ya es hora». No me moví y continué sujetándolo. Yo solo le respondí: «¿Hora de qué?».

Eventos así sucedieron en varias ocasiones antes de su muerte. Seguro te preguntarás: «¿Porqué no buscaron ayuda? ¡Debiste llevarlo con un doctor o psiquiatra!». Pues lo hice. Si bien en esos momentos era como «si no fuera él mismo» «como si no fuera consciente del momento presente». Su cuerpo estaba ahí, pero su mente era transportada a otra parte. O tal vez alguien utilizaba o manipulaba su mente.

Cuando lo llevé con el especialista respondió a todo con normalidad, como cualquier persona, le realizaron algunas placas, toma de sangre, orina, pero todo estaba bien; no se encontró nada raro. Ninguna enfermedad. Él siempre fue muy sano, así que todo dentro de la normalidad. Ningún signo de ansiedad, depresión o melancolía.

Cuando lo encontré, tirado, boca abajo y sin vida, algo dentro de mí no se sorprendió. Lo único que sí atrajo mi atención fue que junto a él había una nota en la que decía —con su letra—: «¿Qué esperas? ¡Ya es hora!».

¿Puede el ausentarnos totalmente del momento presente, aniquilar todo nuestro ser?

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Ramsés K. Mishima

La Filosofía Minimalista

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«La Esencia del Amor».

Cuando tenía 16 años me enamoré de una chica de mi escuela. Era muy hermosa y sobresalía entre las demás chicas. Sin embargo no sobresalía por su belleza; sobresalía por su calidez y su nobleza. ¿Cómo sé que era amor? No estoy seguro, pero si utilizo la conceptualización básica y mundana de amor, como aquel sentimiento que se manifiesta por el cariño, aprecio o deseo por otra persona, entonces sí era amor.

Recuerdo cuando la conocí, en la clase de Historia. Hasta ese momento no me había percatado de su presencia, pero un día nos seleccionaron para realizar una exposición en parejas, sobre el periodo de la Edad Media. Ella se acercó y me habló. Yo estaba mirando por la ventana la vida en su máximo esplendor. Tanta luz me cegaba. Cuando se acercó me dijo su nombre:

—¡Hola!, me llamo Samantha. Vamos a trabajar juntos para la exposición. Nos tocará en dos sesiones. ¿Tú cómo te llamas?

La volteé a ver y su sonrisa me deslumbró, como la sonrisa de las modelos que anuncian pasta dental en la televisión, una dentadura perfecta e irreal.

—Me llamo Gabriel —le contesté.

—¿Y bien? ¿Qué parte de este periodo te gusta más?

—¿Eh?

Ella se rió.

—Es hora de volver a la realidad —me dijo.

Por aquel entonces mi vida no iba a ningún lado. Nada tenía sentido ni claridad para mí. Era como un trompo que daba vueltas y vueltas en el mismo lugar. Cuando se acababa la energía que me hacía girar, alguien o algo me volvía a dar vuelta y giraba sin parar, sobre mi propio eje y sin avanzar.

Todo los días eran iguales: ir a la escuela, hacer tiempo, tomar alcohol con mis amigos, saltarme las clases y ver series de televisión. Comer cualquier cosa para sentirme satisfecho y dormir hasta la madrugada. Siempre con ojeras y con videojuegos como única diversión.

Solo era un recipiente que podía contener cualquier cosa, menos felicidad. Si pusieras todo lo que acabo de mencionar en un costal de basura, en lugar de mi cuerpo, no habría diferencia.

Algunos días amanecía en el piso, otros en el sillón. Era como una figura de plástico que se moldeaba a la forma de cualquier superficie, moría unas horas y despertaba para continuar en un ciclo sin fin.

Lo único que me mantenía con vida era el amor que sentía por ella. Acudía a la escuela para ver su sonrisa y apreciar su andar. Si me hubieran preguntado en aquel entonces ¿cuál era la razón de que estuviera vivo? hubiera respondido: «Me mantengo vivo para ver su sonrisa». ¿Y si ella no estuviera? «Mmm, pues, no sé, creo que hubiera podido morir cualquier día».

Por las tardes, entre clases o al regresar a casa, elaboraba algunos dibujos de ella. Todavía no había celulares con buenas cámaras y por supuesto no tenía dinero para comprar una cámara decente. Para materializar su imagen, la dibujaba en mi libreta de la clase de Historia e imaginaba que yo era un príncipe y ella una princesa. ¡Vaya estupidez! ¿Quién se imagina tal cosa? ¿Tal tontería?

Un día que me armé de valor, creo que el único, compré dos mantecadas y dos cafés en el OXXO que estaba afuera de mi escuela y los llevé. El café estaba hirviendo, por cierto. Cuando llegué con el café y los dos panes, me paré junto a ella y le hablé. Ella estaba con sus amigas hablando de no sé qué, pero se levantó, sonrió y me habló:

—Hola ¿Qué pasa? ¿Y ese café?

Sus amigas me miraron como si yo fuera un extraterrestre.

—Lo traje para ti. También traje dos panes para comerlos juntos —le respondí. Me sentí la persona más idiota del mundo. Como cuando Forrest Gump le confiesa su amor a Jenny. ¡Un café! ¡En pleno mes de junio! ¡Con el calor a más no poder!

Ella sonrió y me contestó:

—¡Qué lindo! Vamos a comernos las mantecadas.

Ella me tomó de la mano y me llevó a una de las bancas, bajo un árbol. Estaba tan hipnotizado que me quemé la boca cuando le di un trago al café. «¡Qué bueno!» pensé, ya que eso me regresó a la realidad. Ella tocó mi labio con su mano y lo acarició. «Ten cuidado, está caliente», me dijo. «Sí», le contesté.

Yo era como un robot programado para responder de forma concreta y mecánica. Me costaba elaborar frases coherentes que expresaran lo que sentía. Solo veía su sonrisa y su hermoso cabello, color castaño y brillante, ondear por el viento.

Sin embargo ella nunca me amo. A pesar de que le confesé mi amor nunca pude alcanzarla, ni siquiera tocar, aunque fuera un poco, su corazón. No es que fuera inalcanzable o que tuviera novio, es simplemente que ella se encontraba en un nivel mucho más alto en la escalera de la madurez.

Todo el tiempo me preguntaba: «¿Cómo es que no puede amarme? ¿Cómo es que no puedo llegar a su corazón?» Por más que intentaba subir por la escalera no podía llegar hasta donde se encontraba. La mayor parte de mi adolescencia traté de encontrar la respuesta, pero nunca lo logré. Pero ella sí, ella sí la sabía; yo estaba roto por dentro y ella se percató.

No me di cuenta hasta el momento en que le declaré mis sentimientos. Cuando le dije que estaba enamorado de ella —para eso ya tenía algún tiempo de conocerla—, me respondió:

—Gracias por expresarme tus sentimientos, significan mucho para mí. Ya lo sabía, pero me hace muy feliz. Lamentablemente no puedo amarte, por más que quiera, lo siento en el alma.

—¿Por qué no puedes amarme? ¿Qué me hace falta? ¿Es acaso que tienes novio?

—No tengo —me respondió.

—¿Entonces? ¿No te gusto fisicamente? ¿Soy muy inmaduro?

—No es eso. Sí me gustas, pero la atracción física solo es “una puerta de entrada al castillo”.

—¿Al castillo? ¿Cuál castillo? —le pregunté, desde mi estúpida inmadurez.

—¡Mírame! ¡Mírame Gabriel! —me indicó.

Hasta ese momento no me había percatado que mi mirada estaba fija en el suelo. Levanté la vista y la miré. Sí que era hermosa, pero en ese momento, con su mirada estrellada, sentí que se me partía el corazón en dos. Al mirarla de frente sentía como si me encogiera y ella aumentara de tamaño, como en esa película en donde el papá es un científico y encoge a los niños o algo así.

—No puedo amarte por una simple razón —me contestó—: no puedo amar a alguien que no se ama a sí mismo.

—¡Eh! ¿Cómo? —le pregunté confuso.

—¿Cómo puedes decir que amas a alguien, si antes no te amas tú mismo?

Ella soltó mi mano y comenzó a llorar. Me dio un beso en la mejilla y se marchó. Yo me quedé parado, tieso, como un árbol y no supe cómo reaccionar. Se terminaron las respuestas precargadas en mi sistema.

Ahora que soy un adulto comprendo porqué nunca me amó. Nunca supe cuál era la verdadera esencia del amor. No tenía que entregarle todo, no tenía que demostrarle nada. Estaba completo. Solo tenía que amarme y aceptarme, para que ella me abriera su corazón.

¿Darlo todo por alguien? ¿Acaso alguien merece más tu amor que tú mismo? ¿Acaso es posible amar si estás roto por dentro?

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Ramsés K. Mishima

La Filosofía Minimalista

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«La vida está llena de cambios».

—La vida está llena de cambios; algunos son buenos, otros no tanto. Sin embargo el simple acto de «cambiar» o «modificar» algo en nuestras vidas muchas veces requiere que seamos lo suficientemente conscientes y determinados para romper con viejas prácticas y conceptos sociales impuestos culturalmente.

—¿Qué cosa? ¿Qué es eso de «leche de arroz» —me preguntó Roxana—, eso ni siquiera es leche. ⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀

—Yo no dije que fuera leche. Es solo una forma de denominarla, pero, en realidad, es solo un alimento líquido a base de arroz.⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀

—¡Ja! ¡Pero no necesitas comprar eso! —me indicó ella—, solo basta con que pongas a remojar un poco de arroz en agua y seguro sale lo mismo.

Ella continuó burlándose mientras observa el envase de cartón del producto. ⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀

—No estoy diciendo que «siempre» la voy a tomar o que ya sea algo definitivo, simplemente estoy buscando un cambio y una alternativa.

—Pero si tú no eres intolerante a la lactosa —me argumentó—. ¿Qué pasó con tu leche de almendras? ⠀⠀⠀⠀⠀

—Estuve investigando un poco y me di cuenta que la producción masiva de almendras en California está causando grandes estragos a la abejas que van a polinizar. ⠀⠀⠀⠀⠀

—¿Ah? ¿A las abejas? —me preguntó—, pero si las almendras son un buen alimento. ⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀ ⠀⠀⠀⠀⠀

—Lo sé —le contesté—, pero la producción excesiva no lo es. ⠀⠀

—¿Y ya con tomar ahora agua con arroz vas a salvar a las abejas? —me preguntó y se volvió a burlar, para variar.

—No. Sé que no es el gran cambio y que tal vez no salve a las abejas, pero la vida está llena de cambios y buscar alternativas es una forma de contribuir, aunque sea, un poquito al bienestar del mundo.

—¿Y si después se descubre que la bebida de arroz es mala para otra especie, vas a tomar solo agua? Ja, ja, ja.

—No lo sé, tal vez… ⠀⠀⠀⠀

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Ramsés K. Mishima

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Hana | Fragmento 1 | «¿Cuál es el verdadero objetivo?».

Cuando Hana llegó con el maestro Zembu, se sorprendió de verlo inmutable, meditando y sentado en la posición de la flor de loto, frente a la estatua del Buda dorado. En un primer momento pensó en hablarle, pero, enseguida, se detuvo y reparó en que no sería buena idea interrumpirlo; siempre se molestaba cuando lo hacía.

Si bien ella aún no creía en los beneficios de la meditación, el ver al maestro Zembu, sentado, con la cara serena, y con las manos cruzadas, le producía una sensación de tranquilidad y paz interior. A Hana le gustaba concentrarse en seguir la respiración del maestro, poco a poco, absorbiendo un poco de su paz.

Ella no lo sabía, pero, de cierta forma, también estaba meditando. No cerraba los ojos porque sentía que se perdería, así que se mantenía despierta, observando a su maestro. Bajo el gigantesco árbol Bodhi, el maestro Zembu parecía el mismo Buda, a punto de alcanzar la iluminación. Incluso se percibía un aura en el ambiente que ella no podía explicar.

Lo único que sentía, al seguir su respiración, era cómo todo a su alrededor se llenaba de vida. Las hojas del Árbol Bodhi se ponían de un color verde más intenso; sus ramas café, se intensificaban en grosor. Más aves se acercaban a su follaje para apreciar al maestro Zembu y el sonido de la fuente frente al templo , incluso parecía un fondo musical para amenizar la meditación.

Ella no podía comprender esa sensación, pero, en realidad, se estaba contagiando de los beneficios de la profunda relajación del maestro Zembu. Sin embargo, después de un rato, se levantó y pensó en irse, producto de su falta de paciencia. Antes de que incluso dejara el lugar, el maestro Zembu se dirigió a ella. Hana no se dio cuenta en qué momento el maestro abrió los ojos y los clavó en ella.

—¿A dónde vas?

—Creo que es hora de regresar a casa —le contestó Hana al maestro Zembu.

—Esta bien —le contestó el maestro—, pero, antes de que te vayas, quiero que me respondas una pregunta.

—¿Una pregunta? ¿De qué se trata?

—¿Crees que el estar aquí, sentado, en esta posición ridícula, como tú le llamas, es una pérdida de tiempo? —le preguntó el maestro Zembu a Hana, con la cara alargada y seria, sumamente seria.

—¡No maestro! ¡Yo jamás! —contestó Hana exaltada—, no me atrevería a burlarme de su meditación.

—¿A sí? Entonces responde la pregunta, ¿crees que la meditación es una pérdida de tiempo?

—Lo que creo es que si a usted le sirve, entonces no es una pérdida de tiempo, pero si a los demás no les sirve, entonces sí es una pérdida de tiempo —le contestó Hana, esperando que su respuesta no molestara al maestro Zembu.

—Entiendo —le contestó el maestro—. ¿Sabes Hana, cuál es tú problema?

—No maestro.

—El problema es que estás pensando la respuesta en función a ti y la razón de ser de las cosas de mundo, en pocas ocasiones, se limitan solo a uno mismo.

—¿A qué se refiere maestro?

—Te lo explicaré de la siguiente forma —le precisó el maestro Zembu—. ¿Crees que los árboles realizan la fotosíntesis para sí mismos? ¿Crees que el sol ilumina para sí mismo? ¿Crees que los ríos y los mares existen para sí mismos? ¿Crees que el ser humano debe existir solo para sí mismo?

—No entiendo lo que quiere decir maestro. ¿Es decir, el objetivo de la meditación no es solo encontrarnos a nosotros mismos?

—Ese sería un buen objetivo, ciertamente, —le contestó el maestro Zembu—. Pero para que ese fuera el objetivo de la meditación, el ser humano tendría que existir solo para sí mismo, y no es así. ¿O a caso vives solo para ti misma?

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Ramsés K. Mishima

La Filosofía Minimalista

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«Vivir y disfrutar cada instante».

Cuando Susana abrió la persiana de su cuarto, la luz entró de golpe y le lastimó la vista. Apenas eran las 8:00 am y no tenía mucho que se había despertado. Desde que había comenzado la contingencia, hacía el mismo ritual: se despertaba, se espabila y antes de hacer cualquier otra cosa, abría la persiana y miraba al exterior.

Últimamente tenía el mismo pensamiento que la atormentaba. Y es que antes de la contingencia, ella no acostumbraba a salir mucho, de hecho, la diferencia entre su forma de vivir antes y durante la contingencia era simplemente que ahora “no debía salir por cuestiones de salud”.

Fue hasta ese momento en que reparó en cuántas oportunidades de salir y disfrutar el mundo había dejado pasar hasta ese momento. Ahora la embargaba unas ganas tremendas de salir y correr, de visitar otros lugares o de aceptar ir por ese café con su compañero de la escuela, al cual ya había rechazado varias veces. «Solo quiere tener sexo conmigo», pensaba ella. «Pero si todos los chicos de bachillerato quieren lo mismo, así que no tienes porqué sorprendente», le decía su amiga Adriana.

Ese día, en el que se encontraba reflexionando sobre la restricción sanitaria que había, pensaba que le gustaría que ese chico la volviera a invitar a salir. Pero hacía mucho que había perdido el interés en ella. Entonces se hizo una promesa, mientras miraba por la ventana y observada ese edificio antiguo que quedaba cerca de su casa, en las afueras de la ciudad. «Cuando todo esto termine comenzaré a disfrutar la vida de verdad, ahora entiendo que solo viviremos una vez, así que qué más da». ¡Adriana tenía razón!

Mientras miraba por la ventana, por unos momentos, su mirada se perdió en el horizonte, hipnotizada por el sol, por lo cual se preguntó: «qué tan lejos estará el sol de aquí», pero no tenía la respuesta a esa pregunta. De lo que estaba segura, es que esa masa gigantesca y amarilla podía eliminar cualquier mal, cualquier virus, con su resplandor.

Si bien estaba consciente de que no podía alejarse mucho de su casa, decidió salir y correr hasta el jardín, así, sin peinarse y sin quitarse la pijama. Corrió rápido para poder alcanzar, y recibir, de forma directa, los rayos del sol. Estiró los brazos y cerró los ojos. De pronto sintió cómo la temperatura de su cuerpo comenzó a subir. Como hacía un poco de viento, su cabello, que por cierto ya estaba muy largo, pues le llegaba hasta por debajo de los hombros, ondeaba por todos lados. Cuando trató de calmar sus cabellos, sintió también el calor en sus mechones, producto del destello del sol.

«Esto es mucho mejor que estar todo el día encerrada», pensó, mientras mantenía los ojos cerrados, Susana. Después de un rato, se sintió llena de energía y reafirmó su promesa. Nunca más se perdería ninguna aventura y, como su amiga Adriana, viviría cada día como si fuera el último. O, por lo menos, trataría de no arrepentirse por algo que no hizo, al final del día.

«¡Muchas gracias por leer el relato!».

Ramsés K. Mishima.

La Filosofía Minimalista

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«¿Si no está impreso no es un libro?».

En aquél entonces ya habían sido, si mal no recuerdo, tres ocasiones en las que lo vi leyendo de esa manera. No pensé que lo tomara tan enserio, pero lo cierto es que sí. Siempre había pensado que leer en digital era una tontería y que le faltaba el respeto a la tradición del libro impreso. ¡Si la experiencia es única! ¡El iPad está suprimiendo la tradición del libro impreso!

—¿Y ahora me dirás que debo dejar de comprar libros impresos y comprarlos mejor en digital?

Yo continué con mi lectura y traté de no desviarme del texto que revisaba.⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀

—¡Hey! —exclamó Samantha—, ¡responde!⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀

—Yo no puedo decirte qué debes comprar y qué no —le respondí—. Cada persona debe ser lo suficientemente consciente de lo que adquiere. Lo cierto es que comprar libros en formato digital es mejor para el medio ambiente y para los árboles.

—Sí, pero no es la misma experiencia —me argumentó—. No se siente lo mismo leer un libro en papel a un libro en el iPad.

—Claro que no es igual. No es la misma experiencia, porque no es el mismo acercamiento. Sin embargo, el contenido, al fin de cuentas, es el mismo. ¿O no es así?

—En eso tienes razón —me concedió—. Pero es que, tal vez, ya lo olvidaste, pero la experiencia de leer un libro impreso es increíble. Sentir el paso de las hojas con las yemas de tus dedos… su textura… el olor a libro… papel… esa esencia que emana… ¡Ah! Y me encanta cuando, mmm… ¿pues tú sabes no? el aroma de las hojas nuevas cuando quitas el plástico que cubre los libros nuevos. La sensación y el aroma es una experiencia magnífica. ¿O es que nunca abriste un libro nuevo y pegaste la cara y la nariz entre las hojas para aspirar el aroma que desprenden?

—Claro que sí —le respondí—, sin embargo, la cubierta de los libros nuevos es de plástico, y también es un agente altamente contaminante.

—¿Qué siempre tienes que quitarle la esencia a las cosas?

—¿Eh? ¿Quitarle? Simplemente digo lo que es.

—Pero si el film de plástico que traen los libros es muy delgado.

—Sí, pero multiplicado por el número de libros que se venden en el mundo el impacto es muy grande.

—¿Entonces los libros nuevos deberían venderse sin el film protector? ¡Si de por sí muchos se maltratan! Ahora sin el film vendrían todos golpeados —precisó Samantha.

—Creo que es una alternativa —le contesté—. Eso se está haciendo poco a poco con las frutas y verduras, podrían hacer lo mismo con los libros. Pero bueno, el punto es que leer un libro impreso a una digital no es la misma experiencia y tal vez nunca lo sea, pero la realidad es que el contenido es el mismo, así que técnicamente no debería haber problema en leer uno u el otro.

—Pues yo prefiero seguir leyendo mis libros en formato impreso —me respondió Samantha, tajantemente—. Para mí la experiencia lo es todo.

—Para mí también —le contesté—. ¿Puedo seguir leyendo mi libro?

—¡Haz lo que quieras!


Ramsés K. Mishima

La Filosofía Minimalista

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Historia de Ximena (Fragmento 1).

—¡Ya bájate de tu nube! ⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀

—¿Eh?⠀⠀ ⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀

—Sí. Te habló a ti —me gritó Ximena—. Después se acercó a donde estaba sentado y puso su cara de enojada.⠀⠀⠀⠀⠀⠀

—¿A qué te refieres? ⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀

—¡No has escuchado las noticias! —me preguntó.

—Sí ¿y cuál es el problema? ⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀

—Pues que el coronavirus está causando estragos graves en el mundo. ¿A caso no te preocupa? ¿O eres de los que piensa que es una conspiración del gobierno? ⠀⠀⠀⠀

—No es que no me preocupe. ¿pero de qué nos sirve estresarnos? Creo que no debemos dejar que nos robe la tranquilidad. No sé si es una situación provocada por el gobierno o por la contaminación en los animales en China, pero lo que sí creo es que debemos seguir las recomendaciones, lavarnos las manos constantemente y quedarnos en casa. ⠀⠀

—¿¡Ah!? Lo dices como si fuera algo tan sencillo —me precisó—. Tu exceso de tranquilidad me hace sentir inquieta. ⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀

—¡Ya basta! No estoy diciendo que sea sencillo, lo único que digo, en concreto, es que no ganamos nada con preocuparnos demás y estar mordiéndonos las uñas. Al fin de cuentas, te aseguro que no será la primera ni la última ocasión que suceda algo así. ¡La vida tiene que seguir! ⠀⠀

—Mmm… Si tu lo dices…

—Si te preocupa tanto y no puedes estar tranquila, puedes bañarte con el gel antibacterial y así desinfectarte completamente.

—¡Eres un tonto!⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀

—Bueno, preocupaciones extremas requieren medidas extremas ¿o no?

—No sé para qué te pregunté.

—¡No dejes que te robe la tranquilidad. ¡Sigue viviendo!

Ximena continuó con ese pensamiento durante la noche, incluso después de tomar un baño, pues no había reparado, hasta el momento, en cómo el estar pensando todo el tiempo en el problema de la pandemia del coronavirus le estaba robando la poca tranquilidad y paz que hasta el momento había tenido. Hacía apenas dos meses que había dejado los antidepresivos, pero ahora estaba más nerviosa que nunca. «Tal vez lo que dijo no esté del todo mal», pensó Ximena.

Antes de acostarse, revisó el cuarto en donde guardó todos esos botes de gel antibacterial que compró por el pánico. Lo que ella no sabía era que esos botes que compró de forma inconsciente y sin reflexionar no contenían la cantidad de alcohol “recomendada” por los especialistas, así que eran simples geles con lo mínimo del alcohol.

Ximena lo supo cuando observó una publicación en twitter en la que informaban sobre la situación al respecto. Decidió llamar a su amigo con el que había platicado en la tarde para preguntarle y, aparentemente, disculparse.

Cuando el teléfono comenzó a timbrar me di cuenta de que era Ximena. No había visto la hora que era hasta que ella me marcó y por un momento pensé en colgarle, pero pensé en sus nervios y en su preocupación. No parecía que fuera una exageración normal; es decir, no estaba actuando, así que contesté:

—¡Hola!

—¡Hola! —me contestó—. ¡Oye! ¡Mira! pues… la verdad… no sé qué me está pasando pero creo que hoy por la tarde exageré un poco, así que… pues… no sé bien como decirlo…

—¿Querías disculparte? —le pregunté de golpe.

—¡Si! ¿Qué siempre tienes que completar todas mis frases?

—Simplemente adiviné.

—Creo que actué con pánico y pienso que lo que dijiste hace rato no está del todo mal —me explicó Ximena—. Lo que pasa es que siempre te muestras calmado y sin preocupación por todo y en ocasiones tu indiferencia me molesta, pero, más que eso, a veces quisiera ser como tú y no preocuparme por nada más que por mí misma.

—¿Qué dices? —le pregunté—, pero si la situación sí me preocupa y también me preocupo por los demás. Simplemente, no considero que estresarnos y preocuparnos nos sirva de algo. Lo mejor es conservar la calma, cuidarnos y seguir las recomendaciones.

—Entiendo… ¡Oye! ¿Puedo preguntarte algo?

—¡Claro! dime.

—¿Crees que la situación amerita que vuelva a tomar los calmantes? —me preguntó.

Esta vez decidí reflexionar detenidamente mi respuesta, pues no quería volver a herir su sentimientos ni a estresarla más de lo que estaba.

—Creo que no deberías.

—Pero a pesar de que ya comprendí lo que decías, no puedo estar tranquila, ¿entonces qué debería hacer?

—Te voy a decir exactamente lo que debes hacer.

—¿En verdad?

—Lo que tienes que hacer es lo siguiente:

Date un baño con agua caliente, prepara un poco de chocolate o un té y métete en tu cama. Lee un libro o ve una película en Netflix. ¡Y ya! voilá

—Ok. ¡Lo intentaré, pero si no consigo dormir te volveré a llamar y te molestaré para que tu tampoco duermas!

—Muy bien.

Después de colgar, rogué al cielo o a cualquier entidad que estuviera atendiendo plegarias que Ximena se relajara y pudiera conciliar el sueño.⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀

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Ramsés K. Mishima

La Filosofía Minimalista

@filosofiaminimalista