«Deja ir aquello que te causa dolor».

 

—¿Por qué quisiste venir al mar? ¿no crees que este no era el momento más adecuado? —le preguntó Sergio a Tábata, esperando que ella no volviera a llorar por recordar la muerte de su madre.

Tábata, aún con los ojos cerrados, dejaba que la brisa del mar le rociara el rostro.

—Mi madre decía que el mar es capaz de quitar todas las penas —le contestó.

—Sí, pero creo que para eso «debes meterte al mar» —le precisó Sergio.

—Ahora no tengo ganas. ¿Sabes? es difícil para mi olvidarla. Ella mucho tiempo me dijo que tarde o temprano llegaría el momento en que tendría que vivir sin ella y continuar.

—Pero no necesitas olvidarla —le contestó Sergio—, simplemente «déjala ir».

—¿Ahora eres psicólogo? —le preguntó Tábata, un poco molesta.

Ella volvió a cerrar los ojos y se tiró en la arena con los brazos abiertos; el rayo del sol le golpeaba la cara directamente.

—No lo soy, pero no creas que tú eres la única persona que ha perdido a alguien cercano en la vida. No deberías ser tan egoísta.

—¡Ah! —exclamó Tábata y se levantó de golpe de donde se encontraba. Después le preguntó—: ¿Qué vas a saber tú? Tú tienes a tus padres. No seas tan dramático.

—No lo soy. He perdido personas que apreciaba mucho, pero con el tiempo caí en la cuenta de que entre más me aferraba a su recuerdo, más difícil era mantener la calma. Cuando lo acepté y los «dejé ir», me sentí mucho más aliviado.

—Es más más fácil decirlo que hacerlo —le argumentó Tábata.

—¡Ya! ¡Suficiente! Esto no nos lleva a ningún lado —le refutó Sergio—. Sigamos el consejo de tu mamá.

—¿Eh?

Sergio tomó a Tábata de la mano, la levantó y se sumergieron juntos en el mar. Por suerte las olas estaban calmadas.

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Ramsés Organiz

La Filosofía Minimalista

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Hana |Fragmento 6 |Soltar.

De pronto Hana sintió un torbellino. Como si fuera la corriente de un río, pero cálida y suave. No estaba segura, pero, hasta donde recordaba, nunca había experimentado esa sensación. Era como si algo absorbiera sus labios y su lengua, con la fuerza con la que cae una cascada y con la suavidad con la que se corta una rebanada de pastel.

Cuando Hana separó sus labios de los de Yamir y abrió los ojos, sintió como si hubiera despertado de un hermoso sueño. En ese momento ella no sabía exactamente cómo se le denominaba a esa sensación y, por desgracia, tampoco sabía que no duraría mucho tiempo.

—¿Y cómo van tus sesiones de meditación con el maestro? —le preguntó Yamir a Hana, después de que él también abrió los ojos.

—Pues la verdad creo que he logrado «despejar» mi mente de algunos pensamientos que me atormentaban —le contestó—. Ya sabes lo que dice el maestro: «todo lo que no puedas soltar físicamente, puedes soltarlo a través de tu mente».

—Jajaja —Yamir se burló—. ¿Y te crees esas cosas?

—Al principio no lo creía, pero, después de experimentarlo, creo que tiene sus beneficios.

—Pues no estoy seguro —le contestó Yamir—, pero ¿sabes que sí sé que es altamente efectivo para olvidar cualquier cosa?

—¡Eh! ¿Conoces un método tan infalible?

—Sí. Ven.

Yamir tomó a Hana de la parte trasera de su cabeza, acarició su cabello y le plantó nuevamente un beso. Los dos cerraron los ojos y se dejaron llevar. Nuevamente llegó el torbellino, la cascada y la rebanada de pastel.

Al día siguiente, reanudó su sesión de meditación con el maestro Zembu. Desde que llegó al templo el maestro se percató de que había algo diferente en ella. Y es que esa enorme sonrisa no era normal en ella. Sí que lo era en las chicas de su edad, pero en la solitaria Hana no.

A pesar de su extrañamiento, el maestro pensó en no hacer ningún comentario y comenzar con la sesión. Una vez que se encontraron los dos en el espacio destinado para su práctica, cada uno se sentó en su almohadilla, cruzaron las piernas, espalda erguida, manos en la posición del «mudra» y cerraron los ojos.

Y se quedaron ahí, cada uno transitando de manera consciente por sus pensamientos. Fuera del cuarto el sonido de los pájaros era apenas perceptible. El sonido de la fuente frente al salón daba la impresión de que hubiera un río fuera de la casa del maestro Zembu. El enorme árbol Neem que sobresalía más allá del techo de la vivienda, proporcionaba una formidable sombra y un delicioso frescor. ¿El espacio perfecto para meditar?

A los pocos minutos el maestro se percató de que Hana no estaba lo suficientemente concentrada. Apretaba los párpados, como si tuviera una pesadilla, su respiración no era consistente y perdía la posición repetidas veces. Pese a su decisión de no preguntar, eligió pausar la sesión y se dirigió a Hana inmediatamente:

—¿Qué es lo que te pasa Hana? ¿Qué perturba tu corazón? —le preguntó el maestro.

Hana separó sus piernas, deshizo el mudra y abrió los ojos.

—¿Mi corazón? ¿Por qué cree que algo perturba mi corazón?

—He vivido muchos años —le contestó—, he experimentado muchas cosas, he perdido otras y he ganado algunas más. Sé que puede deberse a una infinidad de motivos el que estés tan distraída, pero solamente conozco y he sentido uno que es capaz de hacernos sentir felices y al mismo tiempo quitarnos cualquier tipo de concentración.

Una mariposa pasó cerca de la entrada del salón y Hana volteó a verla.

—¿Cómo le hace para darse cuenta de todo? —le preguntó Hana.

«Pero sí es bastante obvio», pensó el maestro.

—No me subestimes —le dijo el maestro Zembu—. El que ahora me encuentre solo, en esta enorme casa, no quiere decir que en algún momento en mi vida no haya experimentado el amor.

—¿Amor? —le cuestionó Hana—, ¿ahora me dirá que también debo «solar» y «dejar ir» ese sentimiento?

—Yo no soy quién para decirte lo que debes o lo que no debes soltar —le precisó el maestro—. Lo cierto es que si estás descubriendo ese sentimiento por primera vez, te estás metiendo en un terreno muy peligroso.

—¡No sea tan dramático! —le comentó Hana—, me parece que tanto tiempo solo ha hecho que olvide cuál es la verdadera «esencia del amor».

—¿Ah sí? ¿y cuál es esa? Comparte tu sabiduría conmigo—le preguntó el maestro.

—El amor es solo un «estado emocional» —le explicó Hana—, y no tiene nada que ver con mariposas en el estómago o perturbación del corazón. Todo es mental. Todo sucede en el subconsciente. Y creo que la verdadera esencia es disfrutarlo y vivirlo al máximo.

El maestro cruzó sus brazos y cerró los ojos. Después comentó:

—Qué bueno que seas tan optimista, y ciertamente encuentro coherencia en lo que comentas, pero hay algo de lo que te he enseñado que no has contemplado en tu argumento.

—¿Y qué es?

—Generalmente al caer en ese «estado emocional» que dices, tendemos a olvidar que todo en la vida tiene un principio y un final. No digo que esté mal lo que estás sintiendo. Simplemente con los años he aprendido que cuando uno se enamora —o es consciente de ese sentimiento— debe vivirlo al máximo desde el inicio, pero también estar preparado para el final.

—¡No sea tan exagerado! Ya va a empezar con eso de «Como decía Buda, el ser humano ha venido a sufrir y no sé qué…».

—Aún tienes mucho que aprender.

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Ramsés K. Mishima⠀
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«¿Es la naturaleza humana valorarlo todo cuando ya no lo tiene?».

—Ahora que no podemos o, más bien, no debemos salir por la contingencia es cuando más valoro salir y conocer nuevos lugares —le comenté, humildemente a Roxana, cuando me llamó por teléfono.

—¿Ah sí? Pues eso es normal —me contestó.

—¿Qué? ¿Y qué tiene de normal?

—Siempre tiene que haber una restricción, para que nos demos cuenta de que teníamos la posibilidad y no la aprovechábamos. Siempre tiene que haber una pérdida, para valorar lo que se fue y siempre tiene que haber un «hubiera», para valorar lo que «hubiera sido».

—Me desespera cuando comienzas a filosofar —le comenté—. ¿A dónde quieres llegar?

—Simplemente creo —me comentó—, que de otra manera no podemos valorar las cosas, personas, lugares o experiencias a menos de que haya algo que nos impida tenerlas, verlas, visitarlas o vivirlas.

—Mmm…

—Por ejemplo, piensa en un lugar en donde quisieras estar ahora mismo y que anteriormente pudiste ir, pero simplemente no lo hiciste.

—Me gustaría hacer trekking en el Nevado o incluso cualquier lugar que no sea mi casa ni la tienda de conveniencia —le contesté.

—¡Ahí lo tienes! —me dijo Roxana—, es así de sencillo. Cuando puedes, no lo haces, y cuando quieres, no puedes «o no debes» hacerlo. Siempre hay pretextos.

—La verdad sigo sin comprender a dónde va tu argumento.

—Es muy sencillo —me respondió—. Todo se resume a que los seres humanos desaprovechamos las mejores oportunidades cuando las tenemos. ¿Crees que eres el único que reflexiona sobre las «posibilidades»? ¡Pues no! ¡Todos lo hacemos! Todos valoramos a esa persona cuando ya no está; la mayoría comprende la utilidad de las cosas cuando las pierde; la mayoría valora las experiencias cuando ya no puede vivirlas.

—Entiendo —le respondí—. ¿Entonces cuando acabé la contingencia está bien que vaya?

—¿Tú qué crees? —me contestó.

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Hana |Fragmento 5 |«El Ascenso».

Si las personas del pueblo de Vikunar conocieran el oscuro pasado de Zembu Rambután, —sí, Rambután, como la fruta—, no creerían que ahora es un maestro de meditación que habla solo de cosas positivas. Sin embargo lo interesante no es su YO del presente, ni su YO del pasado, sino, su YO transitorio. ¿Cómo le hizo para salir de ese profundo agujero, oscuro como la cueva más recóndita? Solo él lo sabe.

Durante su profunda meditación matutina, el maestro Zembu no lograba encontrar la paz. Desde hace unos días, la meditación no estaba llenando sus expectativas, pues no lograba enfocarse ni llegar a la conclusión de nada. Estaba consciente de que debía “dejar” que los pensamientos fluyeran, pero también estaba consciente de que, tarde o temprano, “ese río de ideas tenía que desembocar inevitablemente en algún mar”. «¿Será a caso que estoy perdiendo la calma?», pensaba el maestro. O será acaso que las palabras de esa jovencita, Hana, lo habían hecho dudar sobre si todo lo que había creído acerca de la meditación era cierto o simplemente se trataba de lo que él quería creer.

Después de todo, la meditación solo fue, para él, una vía para liberarse de las ataduras de su pasado. «¿Acaso necesitamos padecer el sufrimiento para poder regresar a la estabilidad?» Una pregunta lo llevaba a otra. Ya lo decía el gran Buda en una de sus 4 nobles verdades: «El hombre viene a este mundo a sufrir».

Su YO del pasado creía fervientemente en eso, pero su YO del presente había dejado esa idea desde hace mucho. Cuando perdió a su esposa y a su hija de 2 años en ese fatídico accidente de auto que él provocó, sintió que él también murió ese día.

Por mucho tiempo la culpa lo devoró. Se dejó consumir por el alcohol y la melancolía, la depresión y la tristeza. No había día en el cual no sintiera culpa, no volvió a conciliar el sueño, la comida perdió su sabor, cualquier paisaje, por muy colorido que fuera, era gris para él. Fue como si alguien le hubiera quitado el color a todo su entorno.

Un día en una cantina en el pueblo, ahogado en alcohol comenzó a hacer todo tipo de destrozos en el lugar. Lo corrieron y le tiraron licor encima. Lo bañaron con agua sucia y lo dejaron ahí, con la tierra como único soporte. Fastidiado de la vida, caminó sin rumbo hasta que llegó a la Colina del Silencio. Le llamaban así porque no se escuchaba nada. «Aquí es un buen sitio», pensó el maestro Zembu.

«¿Es así como debe terminar?», pensó. «todo lo que sube, baja, la luz se opaca ante la oscuridad y la maldad conquista inevitablemente la bondad de las personas».

De pronto se detuvo frente a un borde y pensó en aventarse. «Si solo he venido a sufrir a este mundo, ¿no debería ser yo quien termine con ese sufrimiento», se preguntó el maestro Zembu, con el rostro lleno de lágrimas.

Sin embargo cuando estaba por lanzarse al precipicio una voz lo detuvo y le habló:

—¿Es la elección más sencilla verdad?

—¡Eh! ¡Métase en sus asuntos! —le gritó el maestro Zembu.

—Ciertamente, si te avientas a ese precipicio todo terminara, incluido tu sufrimiento, pero ¿es aquí donde termina la razón de ser de tu existencia? ¿Esto es lo único para lo que has venido a este mundo?

—¡Solo vine a este mundo a sufrir! —contestó el maestro Zembu—. ¡Todos los días veo los rostros de mi esposa y mi hija en mis sueños, me siguen a todas partes! ¡Es por mí que están muertas! ¡Usted que va a saber viejo! ¡Lárguese de una buena vez!

—Bien, si así lo deseas, me retiraré —le contestó el anciano—, pero déjame decirte algo antes de que me vaya. Conozco un método para que puedas liberarte de tu sufrimiento. No es fácil, pero puedes conseguirlo. No tienes que morir para liberarte. Tampoco tienes que olvidarlas, simplemente tienes que aprender a convivir con su recuerdo.

—¿Convivir?

Y así fue como comenzó el camino de la iluminación del maestro Zembu. A veces se nos presentan buenas oportunidades para cambiar, pero no las tomamos.

Hana | Fragmento 4 | «Despertar».

Desde pequeña, Hana estuvo acostumbrada a toda clase de lujos, en especial aquellos de tipo material. Durante su infancia en México, asistió a las escuelas particulares más prestigiosas y costosas. En particular dos factores produjeron que para ella la vida girara en torno a las cosas materiales: el primero fue su círculo de amigas y el segundo fue su familia.

Aunque dentro de Hana, muy en el interior, algo siempre le dijo que eso no la hacía feliz, por el simple hecho de querer darle gusto a los demás, seguía los patrones de conducta de las personas.

Es por eso que para Hana fue un cambio muy drástico el iniciar en una nueva ciudad, en otro país, en donde tendría que comenzar de nuevo. Hacerse a la idea de un nuevo comienzo le causó a Hana un fuerte dolor de cabeza. Por otro lado, ella no imaginó que a lo primero que tendría que enfrentarse sería al rechazo de las personas del lugar y de sus compañeros de escuela.

Cuando Hana regresó a su casa, su corazón se sintió agitado, palpitaba muy fuerte y una chispa se encendió. Algo tan simple la había conmovido: ¡una fruta cualquiera! Claro que no era el tipo de regalo al que estaba acostumbrada, pero el detalle le había parecido muy noble. La conmocionó tanto, que cuando se despidió de Yamir le dio un beso en la mejilla. Él se puso rojo de la pena —a pesar de que su tez era muy morena, algo común en la gente de ese país—, y se fue después de eso.

Una vez en casa, Hana tomó una ducha y se cambió la ropa de la secundaria por un atuendo más cómodo. Se dispuso a preparar algo sencillo para cenar: un sándwich de crema de maní y un té. Si bien la madre de Hana la dejó al cuidado de la señora Naisha, quien básicamente se encargaba de la limpieza y preparar comida, a Hana no le agradaba que la comida estuviera tan condimentada. Prefería comer cualquier cosa antes que comida hindú. Cuando preparó el sándwich y el té, se sentó, miró de frente los alimentos y pensó: «no es lo más nutritivo, pero de algo servirá».

Mientras comía comenzó a llover, así que los árboles del jardín y las flores se llenaron de agua y se fortalecieron. Por la tarde el sol había estado en su máximo esplendor, por lo que el calor había sido intenso.

Después de terminar sus alimentos recordó el regalo que le dejó su madre, fue por él, lo colocó en la mesa de centro y se sentó para abrirlo. La verdad es que no esperaba mucho, pues ya sabía el tipo de cosas que le regalaba su madre en su cumpleaños. Siempre le decía: «revisa en internet lo que quieras y lo que más te guste, guardas el link y me lo envías. Yo lo pediré para que te llegue».

Antes de abrirlo Hana pensó que lo que más le gustaría sería poder verla y abrazarla, más que algo que se puede comprar en cualquier tienda. Cuando por fin tomó el paquete se dispuso a abrirlo, lo agitó y se percató de que no pesaba nada. «Estará vacío», pensó. No, su madre no sería tan cruel. Ya no recordaba qué le había enviado en el link, ya que no le importaba. Hana seleccionó lo primero que vio en una página y eso le envió.

Sin embargo al abrirlo se sorprendió, porque el paquete contenía un sobre color azul, su color favorito. Dentro del sobre había una fotografía tamaño media carta y una nota escrita con una letra hermosa. El texto decía lo siguiente después de la fecha:

En la foto había tres personas: la madre y el padre de Hana y una pequeña Hana de nueve años. Sobre la carta que tenía en las manos, comenzaron a caer pequeñas gotas de agua y las letras se distorsionaron. Sin embargo, solo llovía en el exterior.

Hana | Fragmento 3 | «Menosprecio».

El martes fue el cumpleaños de Hana, pero para ella no era algo digno de recordar. Nunca le gustaba festejar su cumpleaños, de hecho, ese día, no planeó celebrar ni nada. Además ¿con quién lo haría? Su madre no estaba. Solo le envió un mensaje de texto que decía: «¡Te amo hija! ¡Discúlpame por no poder estar contigo en tu cumpleaños nuevamente! pero no he olvidado la fecha, ni tu regalo, así que ¡Ya puedes abrirlo! No te hagas, ya sabes en dónde está». El mensaje terminaba con unos emojis sonrientes y de corazones.

En efecto Hana ya sabía en dónde guardaba su mamá el regalo para ella. A Hana le daba risa que su madre de verdad pensaba que ella no sabía en dónde lo escondía. Incluso podía haberlo abierto desde mucho antes, pero por alguna razón a Hana le gustaba esperar a que llegara la fecha y abrirlo, no porque le importara, sino porque creía que así su reacción sería más natural y podría transmitírsela a su madre.

Hacía ya dos semanas que su madre se había ido “a su lugar de trabajo”. Nunca había llevado a Hana a ese lugar, pero si le comentó: «No puedes venir conmigo, por ningún motivo. Lo siento, en verdad, pero es por tu bien». Nunca volvía antes, ni por alguna situación especial. Pero Hana tenía un número de emergencia al cual le dijo un día su madre: «Si hay alguna emergencia, algo grave, de vida o muerte, llama a este número ¿de acuerdo? para todo lo demás, seguro podrás arreglártelas. Yo tengo fe en ti. Si necesitas algo, consultalo con el maestro Zembu, él siempre está “ahí” y estará dispuesto a ayudarte». «¡Vaya tontería!», pensaba Hana.

A sus catorce años, Hana era una jovencita de lo más normal, o al menos así la consideraban sus compañeros. No acostumbraba a salir con sus compañeros de la escuela ni a hablar con nadie. Además casi nadie deseaba hablar con ella y sufría discriminación por ser extranjera. Si bien no fue su elección vivir en esa ciudad de la India, su madre tuvo que llevarla consigo para “tenerla un poco más cerca”.

A Hana no le agradó la idea en un principio, pues pensaba que era lo mismo, de todas maneras nunca estaba con ella. «¿Qué diferencia había si me dejaba sola en México a si me dejaba sola en India?».

En fin, ese día Hana se alistó para ir a la escuela y dejó el regalo para después. Tomó las clases de forma normal, comió sola en el almuerzo mientras observaba a los demás alumnos jugar, a otros platicar y a algunos en su celular. «Otro día como los demás», pensó.

Sin embargo, a la hora de la salida Hana se llevó una sorpresa. Uno de sus compañeros la esperaba en la entrada, justo junto al enorme árbol que estaba al lado y que daba un poco de sombra a la entrada. En primera instancia pensó que no era a ella a quien llamaba con la mano, pero cuando el muchacho la llamó por su nombre, fue cuando reaccionó.

—¡Hana!

Ella no supo cómo reaccionar, pero se detuvo frente a él. Pensó en pasarlo e ignorar que la llamaba, pero su madre le había dicho que debía ser educada y amable con sus compañeros.

—¿Sí? ¿Qué pasa? —le preguntó Hana sin apenas hacer una expresión en su rostro.

—Pues mira —le contestó su compañero—, sé que hoy es un día especial y te he traído un obsequio.

—¿Un obsequio? ¿para mí?

—Sí, la verdad no es la gran cosa, pero pensé en traértelo. Papá los trajo ayer y…

—Lo siento, pero no tenías que hacerlo —le interrumpió Hana—. Mira tengo que irme, así que muchas gracias.

—Pero es que siempre te ves tan triste y pensé que algo dulce te animaría.

El muchacho abrió la bolsa que llevaba y le mostró a a Hana lo que había en su interior. Dentro de la bolsa de paja había algunos mangos que brillaban por la luz del sol. Hana no identificaba bien a ese muchacho, pero estaba segura que iba en su mismo grupo, de lo contrarío, ¿cómo sabía que era su cumpleaños?

Hana metió la mano en la bolsa y tomó uno de los mangos, lo sopesó y apretó un poco. Se percató de que estaban maduros y listos para comer.

—¡Se ven deliciosos! —le comentó Hana—. ¡Comámoslos juntos!

—Es la primera vez que te veo sonreír —le precisó el muchacho.

—¡Vamos! —le dijo Hana.

Hana tomó al muchacho de la mano y lo llevó a una de las bancas fuera de la escuela. Ahí comieron juntos la fruta y ella olvidó por un momento la soledad que le esperaba al regresar a casa.

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Ramsés K. Mishima

La Filosofía Minimalista

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«El miedo a soltar o dejar ir, es una vía directa al lado oscuro».

«El miedo a soltar o dejar ir, es una vía directa al lado oscuro».

—A veces solo necesitas dejarlo ir. Si no crees en la meditación, está bien, no tienes que creer. Pero sí es necesario aprender a «soltar». Soltar una idea, un concepto, una práctica o, incluso, a una persona —le precisé—. El apego y el miedo a perder o a cambiar, es una vía que conduce directamente y sin freno, al lado oscuro.

—¡Ja! ¿Al lado oscuro? —me contestó—. ¿Ya estás sacando el otaku que llevas dentro?

—No es eso —le respondí—. Pero el apego, muchas veces es lo que no nos permite avanzar.

—¿Pero qué significa eso del lado oscuro mi «joven padawan»? —me preguntó Samantha, con tono de burla.

—Puedes burlarte, si quieres, y lo entiendo —le respondí—, pero, en el fondo, no me dejarás mentir, sabes que es verdad.

—Sí, sí, sí, ya lo sé —me contestó—, lo que no comprendo es porqué esa referencia. Entiendo que el apego, es casi un sinónimo de una limitante, pero no en todos los casos.

—Es verdad, no en todos los casos —le concedí—. A ver, un ejemplo.

—Por ejemplo, el apego a una idea, puede ser malo o puede ser bueno, depende de la situación en concreto y, en especial, del contexto —me argumentó—. Piénsalo de la siguiente manera: Supongamos que te encuentras en la siguiente situación: te encuentras a mitad de tu carrera universitaria y de pronto te viene a la mente una idea que te dice «¿Para qué estudias? no tiene sentido. Piensa, la mayoría de las personas exitosas en el mundo no estudiaron una carrera universitaria. Dejaron la escuela y ahora son famosos y millonarios; siguieron su sueño. ¿cuáles son los escenarios? Por un lado, si decides abandonar tus estudios y dedicarte a otra cosa de lleno, y tienes éxito, seguro pensarás, en el futuro, que fue una buena idea, pero, de lo contrario, te arrepentirás toda tu vida de haber tomado esa decisión. Pasaría lo mismo en el caso contrario: si decides dejar continuar y tienes éxito, seguro que dirás que fue la decisión correcta, pero, si no, también te arrepentirás.

—Entiendo el punto, pero entonces no depende de la decisión, depende de uno mismo. —le contesté a Samantha.

—¡Así es! —me contestó exaltada—. En todo caso, no importa la decisión que tomes si es que vas a darlo todo por seguir tu sueño. Sin embargo, de no obtener el resultado deseado, no culpes a la «decisión», ni a tu «yo de ese momento». El culpable es tu YO del ahora, porque no luchaste por tu sueño después de la decisión.

—Ehhh ¡Vaya! ¡No sabía que podías ser tan filosófica! ¡En esta ocasión me quedo con tu argumento. Hay más factores a considerar, pero creo que tienes razón, hasta cierto punto.

—¡Ehh! ¿No lo entiendes? —me preguntó—. ¡Observa más allá de Star Wars! ¡Eres un Otaku! ¡Otakuuuu! ¡Otakuuuu! Ja, ja, ja.

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Ramsés K. Mishima

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«El plástico entre nosotros».

—¿Cómo puedes decir que eres una persona consciente con el medio ambiente con esos Crocs que están elaborados, en su mayoría, con plástico? —me preguntó Roxana, cuando vio mi par de Crocs en mis pies.

—Pues… en realidad no son de plástico —le contesté—, aunque, tengo mis dudas porque sí se siente como plástico. Sin embargo, ¿qué debería hacer? Estas sandalias —si es que se les puede llamar así—, las tengo desde hace 4 años, ¿debería deshacerme de ellas por ser de plástico?

—¡Ese no es el punto! —me contestó—. El punto es que son de plástico.

—Pues en la caja, recuerdo, decía que no son de plástico ni goma, que son elaboradas con una resina especial o algo así. Sin embargo, desconozco si al fin de cuentas es plástico.

—¿Lo vez?

—Pero muchas cosas son de plástico. Sé que no es bueno, pero hay que reconocer que tampoco hay muchas alternativas a varios de los artículos que usamos de plástico. Y no solo eso, muchas de esas supuestas alternativas, son costosas o difíciles de conseguir o incluso son incómodas para los que necesitan plantillas —le precisé a Roxana—. Es lo mismo que pasa con los zapatos o artículos de piel.

—Podrías utilizar unas sandalias de cuero sintético —me argumentó.

—Pero el curo sintético también contiene plástico.

—¡Ah! ¡El plástico sea entre nosotros! —exclamó Roxana.

—Bueno, bueno, ya basta de drama —le respondí—. Estoy consciente de que el plástico es un problema grave, pero también creo que lo mejor que podemos hacer con nuestros artículos de plástico es utilizarlos el mayor tiempo posible ¿o no? Si es de plástico y ya lo tengo, pues los debo de aprovechar al máximo. Además los Crocs duran mucho. Eso sería mejor, creo, a deshacerme de ellos por ser de plástico.

—En eso estoy de acuerdo. Pero, ¿una vez que ya no te sean funcionales qué harás? —me preguntó Roxana.

—La verdad no lo sé —le respondí con sinceridad—. Supongo que en ese tiempo buscaré una alternativa más sustentable y menos contaminante.

—Mmm…

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Ramsés K. Mishima

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«Chapado a la antigua/An old fashioned man».

«Chapado a la antigua/An old fashioned man».

El viejo Ildefonso se despertó y abrió los ojos. Lo único que observó en ese momento fue el techo desgastado de su casa y los rayos de luz que destellaban y le golpeaban la cara directamente. «Otra vez olvidé cerrar la cortina», pensó y se levantó. Su ser apenas comenzaba a adaptarse de nuevo a la vida. ¡No no!, no es que hubiera muerto, pero cuando dormía, nada lo despertaba y siempre decía: «Yo no duermo, yo me muero y por la mañana, resucito para continuar…».

Las personas pensaban que era una tontería, y digo personas, porque amigos como tal el señor Ildefonso ya no tenía. A sus 75 años se consideraba una persona “chapada a la antigua” o, como decía la canción en inglés an old fashioned man.

Al señor Ildefonso siempre se le veía con la cara larga, triste y melancólica. La razón era clara, pero no se la contaba a cualquier persona, ni a los que anteriormente habían sido más cercanos. Después de la muerte de su esposa, él cambió, comenzó a alejarse de todos los círculos y se aisló en su casa.

Pero aún así llamaba la atención. No él en sí, sino el binomio que hacía cuando subía a su viejo Chevrolet Bel Air del 57 y conducía por las calles de la ciudad. Se lo había regalado su padre cuando entró a la universidad. Recordó, entonces, después de levantarse y mirarse al espejo, cómo le gustaba pasear junto a su esposa en ese bonito auto. Mientras él conducía, ella lo tomaba de la mano y solo lo soltaba cuando tenía que cambiar de velocidad.

Amó a su esposa como a ninguna otra mujer y vaya que amó a otras, pero, como quién dice, «nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde», y el señor Ildefonso lo supo cuando la perdió. Como todos los días, se arrepintió de muchas cosas, de muchas palabras dichas, de muchas acciones hechas y de muchos pensamientos no concretados.

Ese día algo en él se activó y decidió honrar a su esposa. Pensó que no valía la pena o que era una tontería, pero, después de eso, se decidió. Su cuerpo se llenó de energía y entró a la ducha. Se aseó, se rasuró y se cortó las uñas. Eligió cuidadosamente las prendas y se vistió. Se peinó con gel, aunque no acostumbraba a hacerlo y se untó crema en la cara y el cuerpo. Nada que ver con el viejo que estaba tirado hace un momento en la cama.

Ya vestido con el viejo traje que usaba cuando salía con su esposa, sin corbata claro, pero con los zapatos bien lustrados, subió a su viejo automóvil y salió a la calle. Se dirigió a la antigua cafetería a la que solía ir con su amada y se sentó ahí, solo, en una mesa al aire libre. Le gustaba el lugar porque la decoración y los muebles era todos de color café rústico y estaba rodeado de plantas. Según él, “le daba un aspecto clásico”. Otro aspecto que le encantaba era que el techo era de cristal transparente. Recordó que le gustaba mucho acudir ahí con su esposa cuando llovía, porque podían ver la lluvia mientras caía y ellos pasaban el rato ahí.

Pidió su taza de café americano y un bisquet de mantequilla partido en dos. El viejo Ildefonso no le ponía azúcar, pues le gustaba el café amargo y fuerte, sentir la esencia del café. Se sentó ahí y sacó su celular, lo desbloqueó y buscó entre las fotos la imagen de su esposa. En realidad era una foto que le tomó a otra foto que tenía en un cuadro en su casa, pero la cual le gustaba llevar a todas partes.

«Qué ridículo debo de verme, un viejo con un celular viendo una foto de su esposa», pensó el viejo Ildefonso. Pero no le importó. A pesar de que el lugar estaba vacía al principio, poco a poco comenzó a llegar más personas, pero a él no le importó. Continuó bebiendo su café y mirando la foto de su amada, así, en silencio, como antes, solo eran los dos. El mundo giraba a su alrededor y la vida seguía, pero para ellos se detenía el tiempo y solo existían los dos.

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Ramsés K. Mishima
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El tiempo es el recurso más valioso que tienes. (Parte 2)

Después de salir de la cafetería y de caminar por la banqueta, apresuramos el paso porque comenzó a llover. En realidad en el cielo no se apreciaba que una lluvia fuera posible, pero no pasaron ni cinco minutos de que salimos cuando comenzó a llover más fuerte. ⠀

Un poco más adelante le pedí a Roxana que se detuviera, pues me resultó extraño que me jalara de esa forma y que estuviera tan exaltada. A ella no pareció importarle, solo se volteó y me sonrió, pero después continuó. Como me estaba desesperando, jalé mi mano con fuerza y me detuve de golpe. Ella también se detuvo, se volteó y me habló:⠀

—¿No quieres venir conmigo?⠀

—No es eso, pero si voy quiero saber a dónde vamos —le argumenté.⠀

Ella dio un suspiro y me explicó:⠀

—Si te digo no querrás acompañarme, pero bueno…⠀

—Pues ya veremos —le contesté—. ¿Tiene que ver con lo que decías del tiempo?⠀

—Sí, más o menos —me respondió—, ¿Recuerdas lo que te comenté de mi madre y el reloj que me regaló? ⠀

—Sí lo recuerdo. ⠀

—Pues tiene que ver con eso. Acompáñame por favor. ⠀

Cuando llegamos al lugar pensé que se trataba de una broma, pero cuando la vi ingresar muy segura de sí misma, lo comprendí. La puerta principal estaba cerrada, pero ella accedió por un hueco y caminó por una estrecha vereda. Atravesamos varios arbustos y estructuras de concreto. Finalmente llegamos y ella se paró frente a una de ellas. La pequeña construcción decía en el frente el nombre de la madre de Roxana, así como su fecha de nacimiento y de muerte. ⠀

Roxana se quedó parada un momento frente a la lápida y murmuró unas palabras. También comenzó a llorar; se limpiaba las lágrimas constantemente, pero aún así seguían saliendo. Yo me quedé parado detrás de ella y no dije nada. Cuando terminó se volteó y tomó mi mano. Yo la abracé un momento. La luz de la luna era lo único que nos iluminaba.⠀

Finalmente comprendí de qué se trataba. ⠀⠀

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Ramsés K. Mishima
La Filosofía Minimalista
@lafilosofiaminimalista
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