«Deja ir aquello que te causa dolor».

 

—¿Por qué quisiste venir al mar? ¿no crees que este no era el momento más adecuado? —le preguntó Sergio a Tábata, esperando que ella no volviera a llorar por recordar la muerte de su madre.

Tábata, aún con los ojos cerrados, dejaba que la brisa del mar le rociara el rostro.

—Mi madre decía que el mar es capaz de quitar todas las penas —le contestó.

—Sí, pero creo que para eso «debes meterte al mar» —le precisó Sergio.

—Ahora no tengo ganas. ¿Sabes? es difícil para mi olvidarla. Ella mucho tiempo me dijo que tarde o temprano llegaría el momento en que tendría que vivir sin ella y continuar.

—Pero no necesitas olvidarla —le contestó Sergio—, simplemente «déjala ir».

—¿Ahora eres psicólogo? —le preguntó Tábata, un poco molesta.

Ella volvió a cerrar los ojos y se tiró en la arena con los brazos abiertos; el rayo del sol le golpeaba la cara directamente.

—No lo soy, pero no creas que tú eres la única persona que ha perdido a alguien cercano en la vida. No deberías ser tan egoísta.

—¡Ah! —exclamó Tábata y se levantó de golpe de donde se encontraba. Después le preguntó—: ¿Qué vas a saber tú? Tú tienes a tus padres. No seas tan dramático.

—No lo soy. He perdido personas que apreciaba mucho, pero con el tiempo caí en la cuenta de que entre más me aferraba a su recuerdo, más difícil era mantener la calma. Cuando lo acepté y los «dejé ir», me sentí mucho más aliviado.

—Es más más fácil decirlo que hacerlo —le argumentó Tábata.

—¡Ya! ¡Suficiente! Esto no nos lleva a ningún lado —le refutó Sergio—. Sigamos el consejo de tu mamá.

—¿Eh?

Sergio tomó a Tábata de la mano, la levantó y se sumergieron juntos en el mar. Por suerte las olas estaban calmadas.

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Ramsés Organiz

La Filosofía Minimalista

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«Observa de manera consciente».

—Papá.

—Dime, Azul, ¿qué pasa? —le contestó Don Genaro a su hija, mientras admiraba su lancha.

—¿No crees que deberíamos irnos a la ciudad? —le preguntó Azul.

—¿A la ciudad? ¿Por qué? ¿Acaso no te gusta vivir aquí?

—Claro que sí, pero, de pronto, siento mucha ansiedad al no ver nada nuevo. Siempre es el mismo paisaje —le contestó Azul—. Tu lancha, el mar, el cielo, siempre azul, la arena, las palmeras, los peces, los cocos. ¡No hay nada más!

—Lo que pasa es que no estás observando el paisaje de forma consciente —le contestó Don Genaro.

—¿Ah? Claro que lo estoy mirando de forma consciente. ¡Todo es azul! ¡Y es lo mismo que vi ayer!

—Mira bien —le indicó su papá a la joven Azul—. Ven, siéntate junto a mí y observa. Si miras el cielo y el mar y piensas que son paisajes que no cambian o no sufren ninguna transformación, es porque no estás «observando» con detenimiento. Mira las nubes.

—¿Qué tienen?

—Te aseguro que si observas bien, encontrarás figuras diferentes en el cielo. Ayer se formaron unas y hoy son otras. Nunca se repiten. Pueden parecerse, pero siempre son diferentes.

La pequeña Azul miró con detenimiento el cielo, mientras el viento agitaba las palmeras y el mar. La lancha se mecía de izquierda a derecha como si estuviera bailando.

—¡Es verdad! ¡Mira papá! ¡Esa de allá parece un elefante!

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Ramsés K. Mishima

La Filosofía Minimalista

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«¿Y si la naturaleza hablara?».

—¿A qué viene esa reflexión?

—Piensa lo siguiente: ¿qué le diría a los seres humanos la naturaleza si pudiera hablar?

—Supongo que nos diría: «¡Ya déjeme en paz! ¡No lo entienden! Si acaban conmigo, ¿a dónde irán?» —me contestó Roxana.

—Buena respuesta, para variar —le respondí—. Estaba viendo esta antigua foto de un lugar que aprecio mucho y me puse a reflexionar sobre el tiempo.

—¿El tiempo? ¿Por qué?

—Sí, pero el tiempo en que durará ese paisaje así, antes de que se llene de basura o de alguna construcción monumental.

—Pero ese lugar esta muy alejado de la ciudad —me contestó Roxana—, dudo mucho que la contaminación o la basura llegue ahí, incluso que alguna fábrica construya algo en ese lugar.

—¿Por qué estás tan segura?

—Porque la mayoría se concentra en las ciudades, así que no creo que corra peligro —me contestó, muy segura de sí misma.

—¿Y cuándo ya no se pueda hacer más en la ciudad?

—¡No seas tan pesimista! ¡Ya déjalo ir!

—¿Que nunca reflexionas nada en serio?

Después se detuvo, se puso seria y me dijo:

—Yo creo que la naturaleza sí habla, pero somos nosotros los que no la escuchamos.

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«Deja de vivir de forma inconsciente».

—¿Y ahora te vas a convertir al existencialismo? —me preguntó Sergio.

—¿Convertirme? ¡No! ¡Qué va! pero creo que la analogía del Mito de Sísifo con trabajo en las fábricas que planteó Albert Camus es verdad.

—¿Te refieres a la rutina? —me preguntó y después agregó antes de que yo contestara—: en realidad creo que lo que nos invita a reflexionar es sobre si en verdad la vida vale la pena desperdiciarla en una rutina de forma «inconsciente» como si fuéramos robots.

—Justamente —le respondí cuando me cedió la palabra—. Sísifo estuvo condenado por los dioses a empujar una gigantesca roca todos los días por una pendiente en una montaña y, cuando llegaba al final, la roca caía y tenía que volver a empujarla hasta llegar nuevamente al final y así, por toda la eternidad…

—Lo sé. Es exactamente eso. Pero en determinado momento, Sísifo se hizo consciente de que su tarea era algo fútil y sin sentido.

—Bueno, por eso era un castigo —le respondí—. Es como el castigo auto-impuesto de trabajar toda tu vida en algo que no te hace feliz —le argumenté—, pero como yo lo veo, esa analogía se puede reflexionar en dos ámbitos.

—¿Ah sí? ¿Cuáles? —me preguntó.

—Bueno, imagina lo siguiente: puedes dedicar tu vida a trabajar en algo que no te hace feliz y así, día a día, seguir, como robot. O, por otro lado, puedes ser consciente y buscar la manera de «liberarte» de esa monotonía.

–Pero Sísifo no podía elegir —me precisó Sergio.

—Pero nosotros sí.

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Ramsés K. Mishima⠀

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«El apego a una idea enfermiza es capaz de destruir nuestra humanidad».

It’s enough

Cuando le preguntaron a Mackenzie Clay porqué había matado a todos esos niños afroamericanos, él solo dejó caer su cabeza hacia atrás, dio un profundo respiro y cerró los ojos.

El juez golpeó el escritorio con su mazo e incitó a Mackenzie a responder a la brevedad.

—Lo hice porque así tenía que ser —respondió, tajantemente—; no había otra forma de proceder. Cada respiro que…

—¡Silencio! —le indicó el juez—. Es suficiente. La sentencia es definitiva.

Sin embargo una mujer, de entre los miembros del jurado, levantó la mano antes de que el juez concluyera.

—Su señoría, tengo una pregunta.

—¿Tiene que ver con la sentencia? —le preguntó el juez. Después se acomodó los anteojos redondos y puso su mano sobre el escritorio de madera color caoba.

—No su señoría —respondió la mujer, a todas luces afroamericana—. Tiene que ver con su alma.

Mackenzie Clay soltó una carcajada como si estuviera desquiciado. Incluso la saliva se le escapó de la exageración.

—¡Adelante! haga la pregunta —indicó el juez.

—No puedo perdonar lo que ha hecho. De hecho, nadie puede. Sin embargo, deseo conocer el motivo de su odio a nuestras diferencias. Si su respuesta es honesta y justificada, pediré por su alma, porque su cuerpo y su mente ya no tiene salvación.

—¿Qué pedirá por mi alma? Ja ja ja —Mackenzie soltó otra carcajada enfermiza.

—¡Responda la pregunta! —indicó el Juez Coleman.

Mackenzie, con las manos atadas, logró quitarse con esfuerzo un poco de la saliva que le escurría por la barbilla.

—¿Y para qué quiere saber eso? Ustedes ganaron, me eliminaran —contestó Mackenzie Clay.

—Deseo conocer la naturaleza del mal que hay en usted y, también, comprobar una teoría —precisó la mujer afroamericana.

—¡Responda de una buena vez! ¡Estoy perdiendo la paciencia! —le gritó el juez Coleman mientras azotaba nuevamente su mazo en el escritorio.

—La respuesta es muy simple —respondió Mackenzie Clay—. No tolero la diferencia. Es como el Yin Yang. Nosotros somos la luz y ellos son la oscuridad.

Las personas en el estrado hicieron muecas y gestos de aberración hacia las repulsivas palabras de Mackenzie Clay.

—Comprendo —contestó la mujer—. Mi teoría es cierta. El apego a una idea enfermiza, es capaz de destruir nuestra humanidad. Su alma tampoco tiene salvación.

—¡Suficiente! ¡Llévenselo ahora mismo! —ordenó el Juez Coleman.

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Ramsés K. Mishima

La Filosofía Minimalista

@lafilosofiaminimalista

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Hana | Fragmento 4 | «Despertar».

Desde pequeña, Hana estuvo acostumbrada a toda clase de lujos, en especial aquellos de tipo material. Durante su infancia en México, asistió a las escuelas particulares más prestigiosas y costosas. En particular dos factores produjeron que para ella la vida girara en torno a las cosas materiales: el primero fue su círculo de amigas y el segundo fue su familia.

Aunque dentro de Hana, muy en el interior, algo siempre le dijo que eso no la hacía feliz, por el simple hecho de querer darle gusto a los demás, seguía los patrones de conducta de las personas.

Es por eso que para Hana fue un cambio muy drástico el iniciar en una nueva ciudad, en otro país, en donde tendría que comenzar de nuevo. Hacerse a la idea de un nuevo comienzo le causó a Hana un fuerte dolor de cabeza. Por otro lado, ella no imaginó que a lo primero que tendría que enfrentarse sería al rechazo de las personas del lugar y de sus compañeros de escuela.

Cuando Hana regresó a su casa, su corazón se sintió agitado, palpitaba muy fuerte y una chispa se encendió. Algo tan simple la había conmovido: ¡una fruta cualquiera! Claro que no era el tipo de regalo al que estaba acostumbrada, pero el detalle le había parecido muy noble. La conmocionó tanto, que cuando se despidió de Yamir le dio un beso en la mejilla. Él se puso rojo de la pena —a pesar de que su tez era muy morena, algo común en la gente de ese país—, y se fue después de eso.

Una vez en casa, Hana tomó una ducha y se cambió la ropa de la secundaria por un atuendo más cómodo. Se dispuso a preparar algo sencillo para cenar: un sándwich de crema de maní y un té. Si bien la madre de Hana la dejó al cuidado de la señora Naisha, quien básicamente se encargaba de la limpieza y preparar comida, a Hana no le agradaba que la comida estuviera tan condimentada. Prefería comer cualquier cosa antes que comida hindú. Cuando preparó el sándwich y el té, se sentó, miró de frente los alimentos y pensó: «no es lo más nutritivo, pero de algo servirá».

Mientras comía comenzó a llover, así que los árboles del jardín y las flores se llenaron de agua y se fortalecieron. Por la tarde el sol había estado en su máximo esplendor, por lo que el calor había sido intenso.

Después de terminar sus alimentos recordó el regalo que le dejó su madre, fue por él, lo colocó en la mesa de centro y se sentó para abrirlo. La verdad es que no esperaba mucho, pues ya sabía el tipo de cosas que le regalaba su madre en su cumpleaños. Siempre le decía: «revisa en internet lo que quieras y lo que más te guste, guardas el link y me lo envías. Yo lo pediré para que te llegue».

Antes de abrirlo Hana pensó que lo que más le gustaría sería poder verla y abrazarla, más que algo que se puede comprar en cualquier tienda. Cuando por fin tomó el paquete se dispuso a abrirlo, lo agitó y se percató de que no pesaba nada. «Estará vacío», pensó. No, su madre no sería tan cruel. Ya no recordaba qué le había enviado en el link, ya que no le importaba. Hana seleccionó lo primero que vio en una página y eso le envió.

Sin embargo al abrirlo se sorprendió, porque el paquete contenía un sobre color azul, su color favorito. Dentro del sobre había una fotografía tamaño media carta y una nota escrita con una letra hermosa. El texto decía lo siguiente después de la fecha:

En la foto había tres personas: la madre y el padre de Hana y una pequeña Hana de nueve años. Sobre la carta que tenía en las manos, comenzaron a caer pequeñas gotas de agua y las letras se distorsionaron. Sin embargo, solo llovía en el exterior.

«El miedo a soltar o dejar ir, es una vía directa al lado oscuro».

«El miedo a soltar o dejar ir, es una vía directa al lado oscuro».

—A veces solo necesitas dejarlo ir. Si no crees en la meditación, está bien, no tienes que creer. Pero sí es necesario aprender a «soltar». Soltar una idea, un concepto, una práctica o, incluso, a una persona —le precisé—. El apego y el miedo a perder o a cambiar, es una vía que conduce directamente y sin freno, al lado oscuro.

—¡Ja! ¿Al lado oscuro? —me contestó—. ¿Ya estás sacando el otaku que llevas dentro?

—No es eso —le respondí—. Pero el apego, muchas veces es lo que no nos permite avanzar.

—¿Pero qué significa eso del lado oscuro mi «joven padawan»? —me preguntó Samantha, con tono de burla.

—Puedes burlarte, si quieres, y lo entiendo —le respondí—, pero, en el fondo, no me dejarás mentir, sabes que es verdad.

—Sí, sí, sí, ya lo sé —me contestó—, lo que no comprendo es porqué esa referencia. Entiendo que el apego, es casi un sinónimo de una limitante, pero no en todos los casos.

—Es verdad, no en todos los casos —le concedí—. A ver, un ejemplo.

—Por ejemplo, el apego a una idea, puede ser malo o puede ser bueno, depende de la situación en concreto y, en especial, del contexto —me argumentó—. Piénsalo de la siguiente manera: Supongamos que te encuentras en la siguiente situación: te encuentras a mitad de tu carrera universitaria y de pronto te viene a la mente una idea que te dice «¿Para qué estudias? no tiene sentido. Piensa, la mayoría de las personas exitosas en el mundo no estudiaron una carrera universitaria. Dejaron la escuela y ahora son famosos y millonarios; siguieron su sueño. ¿cuáles son los escenarios? Por un lado, si decides abandonar tus estudios y dedicarte a otra cosa de lleno, y tienes éxito, seguro pensarás, en el futuro, que fue una buena idea, pero, de lo contrario, te arrepentirás toda tu vida de haber tomado esa decisión. Pasaría lo mismo en el caso contrario: si decides dejar continuar y tienes éxito, seguro que dirás que fue la decisión correcta, pero, si no, también te arrepentirás.

—Entiendo el punto, pero entonces no depende de la decisión, depende de uno mismo. —le contesté a Samantha.

—¡Así es! —me contestó exaltada—. En todo caso, no importa la decisión que tomes si es que vas a darlo todo por seguir tu sueño. Sin embargo, de no obtener el resultado deseado, no culpes a la «decisión», ni a tu «yo de ese momento». El culpable es tu YO del ahora, porque no luchaste por tu sueño después de la decisión.

—Ehhh ¡Vaya! ¡No sabía que podías ser tan filosófica! ¡En esta ocasión me quedo con tu argumento. Hay más factores a considerar, pero creo que tienes razón, hasta cierto punto.

—¡Ehh! ¿No lo entiendes? —me preguntó—. ¡Observa más allá de Star Wars! ¡Eres un Otaku! ¡Otakuuuu! ¡Otakuuuu! Ja, ja, ja.

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Ramsés K. Mishima

La Filosofía Minimalista

@lafilosofiaminimalista

«El plástico entre nosotros».

—¿Cómo puedes decir que eres una persona consciente con el medio ambiente con esos Crocs que están elaborados, en su mayoría, con plástico? —me preguntó Roxana, cuando vio mi par de Crocs en mis pies.

—Pues… en realidad no son de plástico —le contesté—, aunque, tengo mis dudas porque sí se siente como plástico. Sin embargo, ¿qué debería hacer? Estas sandalias —si es que se les puede llamar así—, las tengo desde hace 4 años, ¿debería deshacerme de ellas por ser de plástico?

—¡Ese no es el punto! —me contestó—. El punto es que son de plástico.

—Pues en la caja, recuerdo, decía que no son de plástico ni goma, que son elaboradas con una resina especial o algo así. Sin embargo, desconozco si al fin de cuentas es plástico.

—¿Lo vez?

—Pero muchas cosas son de plástico. Sé que no es bueno, pero hay que reconocer que tampoco hay muchas alternativas a varios de los artículos que usamos de plástico. Y no solo eso, muchas de esas supuestas alternativas, son costosas o difíciles de conseguir o incluso son incómodas para los que necesitan plantillas —le precisé a Roxana—. Es lo mismo que pasa con los zapatos o artículos de piel.

—Podrías utilizar unas sandalias de cuero sintético —me argumentó.

—Pero el curo sintético también contiene plástico.

—¡Ah! ¡El plástico sea entre nosotros! —exclamó Roxana.

—Bueno, bueno, ya basta de drama —le respondí—. Estoy consciente de que el plástico es un problema grave, pero también creo que lo mejor que podemos hacer con nuestros artículos de plástico es utilizarlos el mayor tiempo posible ¿o no? Si es de plástico y ya lo tengo, pues los debo de aprovechar al máximo. Además los Crocs duran mucho. Eso sería mejor, creo, a deshacerme de ellos por ser de plástico.

—En eso estoy de acuerdo. Pero, ¿una vez que ya no te sean funcionales qué harás? —me preguntó Roxana.

—La verdad no lo sé —le respondí con sinceridad—. Supongo que en ese tiempo buscaré una alternativa más sustentable y menos contaminante.

—Mmm…

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Ramsés K. Mishima

La Filosofía Minimalista

@lafilosofiaminimalista

Historia de Ximena (Fragmento 3)

©Ramsés K. Mishima /@lafilosofiaminimalista

El domingo por la mañana —es decir, tres días después de que hablé con Ximena, cuando la llamada se cortó—, marcaron a mi teléfono celular a las 8:00 am. «¿Quién rayos llama por teléfono a esa hora?», me pregunté «¿El banco?», tal vez, pero yo no tenía más que una cuenta bancaria normal, de débito. Hacía tiempo que había cancelado la tarjeta de crédito y no tenía nada más.

No pensaba contestar, pues estaba profundamente dormido y sentía cómo una fuerza superior a mí me impedía separarme físicamente de la cama. Sin embargo, como el celular sonaba tan fuerte, estiré la mano para apagarlo, pero cuando busqué en el mueble de al lado, no encontré nada. Abrí los ojos y volteé a ver y me percaté de que el teléfono estaba en mi escritorio, por lo que no me quedó más que levantarme de mi cama. No quería hacerlo, pero reuní todas mis fuerzas para despegarme de la cama y contestar, pues no dejaba de sonar.

Cuando contesté el teléfono una voz de mujer me gritó molesta y me llenó de preguntas que apenas alcanzaba a comprender, como si me hablara en otro idioma. No comprendí ni el 20% de lo que dijo en primera instancia, así que tuve que intervenir para pararla y decirle que no comprendía.

—¡A ver! ¡a ver! ¿qué pasa? ¿quién es y porqué me llama a esta hora? —le pregunté—. Si es del banco, déjeme decirle que no me interesa contratar ninguna tarjeta de crédito ni nada así que…

—¡No soy del banco! —me interrumpió la mujer. Por el tono de su voz, me di cuenta de que no se trataba de una mujer joven, tal vez de mediana edad, a lo mejor en la mitad de los cuarenta—. ¡Sabes perfectamente porqué te estoy llamando! ¡Te exijo que me digas en dónde está! ¡Tú no tienes ningún derecho! ¡Así que dime en dónde está y porqué no ha regresado!

«¿Porqué no ha regresado?». «¿De qué demonios hablaba esa mujer?». Abrí un poco la persiana de mi cuarto para que la luz entrara y mi cerebro se activara más rápido. Después le contesté:

—Señora, con el debido respeto, no sé de qué me habla. Se equivocó de número, por favor verifique su marcación —cuando dije esta última parte me sentí como la chica de la grabación de Telcel…

—¡Mira jovencito!, no sé qué clase de broma es esta, pero déjate de juegos —me expresó molesta y después precisó—: ¡No me equivoqué de número! ¡Yo sé quien eres! Ximena me dijo tu nombre y dejó una nota para ti en su mesa. La hoja dice con la letra de Ximena: «Mamá, no te preocupes por mí, estaré con (la nota decía mi nombre)». ¡Así que dime en dónde está! ¿Si no está contigo a dónde fue?

Cuando la mujer terminó, caí en la cuenta de que se trataba de la madre de Ximena y recordé que ya había escuchado su voz en una ocasión, cuando fui a su casa. Por otro lado, cuando ella mencionó el nombre de Ximena, mi cerebro se activó y despertó de su letargo. A veces soy como esas computadoras antiguas que necesitan tiempo para encender y abrir los programas y aplicaciones.

—Lo siento, no sabía que se trataba de usted —le contesté a la mamá de Ximena—, pero la verdad es que no sé en dónde está. Yo no he hablado con ella desde la vez pasada, el miércoles. Ese día la llamada se cortó y ya no volvimos a hablar. ¿No será que se escapó con su novio y se fue de paseo o algo así?

—¡Qué cosa! Pero si yo pensaba que su novio eras tú. Hasta donde sé ella no tiene otro novio, así que si ese es el caso debe estar contigo.

—¡Eh! ¡no! ¡no! para nada, ella y yo solo somos amigos —le respondí, sinceramente y después agregué—: desconozco en dónde estará, pero si gusta la llamaré y…

—¡Yo ya le he estado marcando infinidad de veces! —me gritó—, ¿acaso crees que no se me había ocurrido marcarle? Ella no contesta ni responde los mensajes. ¿La habrán secuestrado?

Cuando dijo la palabra «secuestrado», sentí un nudo en la garganta.

—No lo creo —le contesté—. Déjeme marcarle e intentar localizarla. Tal vez no quiere hablar con usted, pero puede que a mí me responda. Si sé algo se lo hará saber.

—¡Eso espero! La última vez que hablé con ella, sonaba preocupada y nerviosa por el tema del virus, pero le dije que no era para tanto y que solo había que seguir las indicaciones que ha dado el gobierno, pero ella parece creer que se trata de algo más.

«Lo mismo le dije yo», pensé.

La madre de Ximena colgó el teléfono después de decirme algunas cosas más a las cuales no les presté atención. Solo respondí: «¡Ah! si» «Ok» «Claro, sin problema, yo le marco…». Cuando finalmente se despidió me sentí aliviado.

Sin embargo, me parecía raro lo que pasaba con Ximena. ¿A dónde demonios se había ido y porqué dejó una nota en donde decía que estaría conmigo? Eso me metería en problemas a mí.

Por otro lado, no parecía que se hubiera escapado de su casa porque sí o que se hubiera fugado con alguien. No tendría sentido que dejara una nota y que dijera que estaría conmigo. Obviamente su madre me marcaría tarde o temprano. Pensé en investigar en ese momento, pero reparé en que era demasiado temprano y mi cuerpo aún no podía ponerse a pensar. Cerré la persiana de mi cuarto y me acosté a dormir otra vez. Ya habría tiempo para investigar.

Autor: Ramsés K. Mishima

La Filosofía Minimalista

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Historia de Ximena (Fragmento 1).

—¡Ya bájate de tu nube! ⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀

—¿Eh?⠀⠀ ⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀

—Sí. Te habló a ti —me gritó Ximena—. Después se acercó a donde estaba sentado y puso su cara de enojada.⠀⠀⠀⠀⠀⠀

—¿A qué te refieres? ⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀

—¡No has escuchado las noticias! —me preguntó.

—Sí ¿y cuál es el problema? ⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀

—Pues que el coronavirus está causando estragos graves en el mundo. ¿A caso no te preocupa? ¿O eres de los que piensa que es una conspiración del gobierno? ⠀⠀⠀⠀

—No es que no me preocupe. ¿pero de qué nos sirve estresarnos? Creo que no debemos dejar que nos robe la tranquilidad. No sé si es una situación provocada por el gobierno o por la contaminación en los animales en China, pero lo que sí creo es que debemos seguir las recomendaciones, lavarnos las manos constantemente y quedarnos en casa. ⠀⠀

—¿¡Ah!? Lo dices como si fuera algo tan sencillo —me precisó—. Tu exceso de tranquilidad me hace sentir inquieta. ⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀

—¡Ya basta! No estoy diciendo que sea sencillo, lo único que digo, en concreto, es que no ganamos nada con preocuparnos demás y estar mordiéndonos las uñas. Al fin de cuentas, te aseguro que no será la primera ni la última ocasión que suceda algo así. ¡La vida tiene que seguir! ⠀⠀

—Mmm… Si tu lo dices…

—Si te preocupa tanto y no puedes estar tranquila, puedes bañarte con el gel antibacterial y así desinfectarte completamente.

—¡Eres un tonto!⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀

—Bueno, preocupaciones extremas requieren medidas extremas ¿o no?

—No sé para qué te pregunté.

—¡No dejes que te robe la tranquilidad. ¡Sigue viviendo!

Ximena continuó con ese pensamiento durante la noche, incluso después de tomar un baño, pues no había reparado, hasta el momento, en cómo el estar pensando todo el tiempo en el problema de la pandemia del coronavirus le estaba robando la poca tranquilidad y paz que hasta el momento había tenido. Hacía apenas dos meses que había dejado los antidepresivos, pero ahora estaba más nerviosa que nunca. «Tal vez lo que dijo no esté del todo mal», pensó Ximena.

Antes de acostarse, revisó el cuarto en donde guardó todos esos botes de gel antibacterial que compró por el pánico. Lo que ella no sabía era que esos botes que compró de forma inconsciente y sin reflexionar no contenían la cantidad de alcohol “recomendada” por los especialistas, así que eran simples geles con lo mínimo del alcohol.

Ximena lo supo cuando observó una publicación en twitter en la que informaban sobre la situación al respecto. Decidió llamar a su amigo con el que había platicado en la tarde para preguntarle y, aparentemente, disculparse.

Cuando el teléfono comenzó a timbrar me di cuenta de que era Ximena. No había visto la hora que era hasta que ella me marcó y por un momento pensé en colgarle, pero pensé en sus nervios y en su preocupación. No parecía que fuera una exageración normal; es decir, no estaba actuando, así que contesté:

—¡Hola!

—¡Hola! —me contestó—. ¡Oye! ¡Mira! pues… la verdad… no sé qué me está pasando pero creo que hoy por la tarde exageré un poco, así que… pues… no sé bien como decirlo…

—¿Querías disculparte? —le pregunté de golpe.

—¡Si! ¿Qué siempre tienes que completar todas mis frases?

—Simplemente adiviné.

—Creo que actué con pánico y pienso que lo que dijiste hace rato no está del todo mal —me explicó Ximena—. Lo que pasa es que siempre te muestras calmado y sin preocupación por todo y en ocasiones tu indiferencia me molesta, pero, más que eso, a veces quisiera ser como tú y no preocuparme por nada más que por mí misma.

—¿Qué dices? —le pregunté—, pero si la situación sí me preocupa y también me preocupo por los demás. Simplemente, no considero que estresarnos y preocuparnos nos sirva de algo. Lo mejor es conservar la calma, cuidarnos y seguir las recomendaciones.

—Entiendo… ¡Oye! ¿Puedo preguntarte algo?

—¡Claro! dime.

—¿Crees que la situación amerita que vuelva a tomar los calmantes? —me preguntó.

Esta vez decidí reflexionar detenidamente mi respuesta, pues no quería volver a herir su sentimientos ni a estresarla más de lo que estaba.

—Creo que no deberías.

—Pero a pesar de que ya comprendí lo que decías, no puedo estar tranquila, ¿entonces qué debería hacer?

—Te voy a decir exactamente lo que debes hacer.

—¿En verdad?

—Lo que tienes que hacer es lo siguiente:

Date un baño con agua caliente, prepara un poco de chocolate o un té y métete en tu cama. Lee un libro o ve una película en Netflix. ¡Y ya! voilá

—Ok. ¡Lo intentaré, pero si no consigo dormir te volveré a llamar y te molestaré para que tu tampoco duermas!

—Muy bien.

Después de colgar, rogué al cielo o a cualquier entidad que estuviera atendiendo plegarias que Ximena se relajara y pudiera conciliar el sueño.⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀

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Ramsés K. Mishima

La Filosofía Minimalista

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