Hana | Fragmento 1 | «¿Cuál es el verdadero objetivo?».

Cuando Hana llegó con el maestro Zembu, se sorprendió de verlo inmutable, meditando y sentado en la posición de la flor de loto, frente a la estatua del Buda dorado. En un primer momento pensó en hablarle, pero, enseguida, se detuvo y reparó en que no sería buena idea interrumpirlo; siempre se molestaba cuando lo hacía.

Si bien ella aún no creía en los beneficios de la meditación, el ver al maestro Zembu, sentado, con la cara serena, y con las manos cruzadas, le producía una sensación de tranquilidad y paz interior. A Hana le gustaba concentrarse en seguir la respiración del maestro, poco a poco, absorbiendo un poco de su paz.

Ella no lo sabía, pero, de cierta forma, también estaba meditando. No cerraba los ojos porque sentía que se perdería, así que se mantenía despierta, observando a su maestro. Bajo el gigantesco árbol Bodhi, el maestro Zembu parecía el mismo Buda, a punto de alcanzar la iluminación. Incluso se percibía un aura en el ambiente que ella no podía explicar.

Lo único que sentía, al seguir su respiración, era cómo todo a su alrededor se llenaba de vida. Las hojas del Árbol Bodhi se ponían de un color verde más intenso; sus ramas café, se intensificaban en grosor. Más aves se acercaban a su follaje para apreciar al maestro Zembu y el sonido de la fuente frente al templo , incluso parecía un fondo musical para amenizar la meditación.

Ella no podía comprender esa sensación, pero, en realidad, se estaba contagiando de los beneficios de la profunda relajación del maestro Zembu. Sin embargo, después de un rato, se levantó y pensó en irse, producto de su falta de paciencia. Antes de que incluso dejara el lugar, el maestro Zembu se dirigió a ella. Hana no se dio cuenta en qué momento el maestro abrió los ojos y los clavó en ella.

—¿A dónde vas?

—Creo que es hora de regresar a casa —le contestó Hana al maestro Zembu.

—Esta bien —le contestó el maestro—, pero, antes de que te vayas, quiero que me respondas una pregunta.

—¿Una pregunta? ¿De qué se trata?

—¿Crees que el estar aquí, sentado, en esta posición ridícula, como tú le llamas, es una pérdida de tiempo? —le preguntó el maestro Zembu a Hana, con la cara alargada y seria, sumamente seria.

—¡No maestro! ¡Yo jamás! —contestó Hana exaltada—, no me atrevería a burlarme de su meditación.

—¿A sí? Entonces responde la pregunta, ¿crees que la meditación es una pérdida de tiempo?

—Lo que creo es que si a usted le sirve, entonces no es una pérdida de tiempo, pero si a los demás no les sirve, entonces sí es una pérdida de tiempo —le contestó Hana, esperando que su respuesta no molestara al maestro Zembu.

—Entiendo —le contestó el maestro—. ¿Sabes Hana, cuál es tú problema?

—No maestro.

—El problema es que estás pensando la respuesta en función a ti y la razón de ser de las cosas de mundo, en pocas ocasiones, se limitan solo a uno mismo.

—¿A qué se refiere maestro?

—Te lo explicaré de la siguiente forma —le precisó el maestro Zembu—. ¿Crees que los árboles realizan la fotosíntesis para sí mismos? ¿Crees que el sol ilumina para sí mismo? ¿Crees que los ríos y los mares existen para sí mismos? ¿Crees que el ser humano debe existir solo para sí mismo?

—No entiendo lo que quiere decir maestro. ¿Es decir, el objetivo de la meditación no es solo encontrarnos a nosotros mismos?

—Ese sería un buen objetivo, ciertamente, —le contestó el maestro Zembu—. Pero para que ese fuera el objetivo de la meditación, el ser humano tendría que existir solo para sí mismo, y no es así. ¿O a caso vives solo para ti misma?

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Ramsés K. Mishima

La Filosofía Minimalista

@lafilosofiaminimalista

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Historia de Ximena (Fragmento 3)

©Ramsés K. Mishima /@lafilosofiaminimalista

El domingo por la mañana —es decir, tres días después de que hablé con Ximena, cuando la llamada se cortó—, marcaron a mi teléfono celular a las 8:00 am. «¿Quién rayos llama por teléfono a esa hora?», me pregunté «¿El banco?», tal vez, pero yo no tenía más que una cuenta bancaria normal, de débito. Hacía tiempo que había cancelado la tarjeta de crédito y no tenía nada más.

No pensaba contestar, pues estaba profundamente dormido y sentía cómo una fuerza superior a mí me impedía separarme físicamente de la cama. Sin embargo, como el celular sonaba tan fuerte, estiré la mano para apagarlo, pero cuando busqué en el mueble de al lado, no encontré nada. Abrí los ojos y volteé a ver y me percaté de que el teléfono estaba en mi escritorio, por lo que no me quedó más que levantarme de mi cama. No quería hacerlo, pero reuní todas mis fuerzas para despegarme de la cama y contestar, pues no dejaba de sonar.

Cuando contesté el teléfono una voz de mujer me gritó molesta y me llenó de preguntas que apenas alcanzaba a comprender, como si me hablara en otro idioma. No comprendí ni el 20% de lo que dijo en primera instancia, así que tuve que intervenir para pararla y decirle que no comprendía.

—¡A ver! ¡a ver! ¿qué pasa? ¿quién es y porqué me llama a esta hora? —le pregunté—. Si es del banco, déjeme decirle que no me interesa contratar ninguna tarjeta de crédito ni nada así que…

—¡No soy del banco! —me interrumpió la mujer. Por el tono de su voz, me di cuenta de que no se trataba de una mujer joven, tal vez de mediana edad, a lo mejor en la mitad de los cuarenta—. ¡Sabes perfectamente porqué te estoy llamando! ¡Te exijo que me digas en dónde está! ¡Tú no tienes ningún derecho! ¡Así que dime en dónde está y porqué no ha regresado!

«¿Porqué no ha regresado?». «¿De qué demonios hablaba esa mujer?». Abrí un poco la persiana de mi cuarto para que la luz entrara y mi cerebro se activara más rápido. Después le contesté:

—Señora, con el debido respeto, no sé de qué me habla. Se equivocó de número, por favor verifique su marcación —cuando dije esta última parte me sentí como la chica de la grabación de Telcel…

—¡Mira jovencito!, no sé qué clase de broma es esta, pero déjate de juegos —me expresó molesta y después precisó—: ¡No me equivoqué de número! ¡Yo sé quien eres! Ximena me dijo tu nombre y dejó una nota para ti en su mesa. La hoja dice con la letra de Ximena: «Mamá, no te preocupes por mí, estaré con (la nota decía mi nombre)». ¡Así que dime en dónde está! ¿Si no está contigo a dónde fue?

Cuando la mujer terminó, caí en la cuenta de que se trataba de la madre de Ximena y recordé que ya había escuchado su voz en una ocasión, cuando fui a su casa. Por otro lado, cuando ella mencionó el nombre de Ximena, mi cerebro se activó y despertó de su letargo. A veces soy como esas computadoras antiguas que necesitan tiempo para encender y abrir los programas y aplicaciones.

—Lo siento, no sabía que se trataba de usted —le contesté a la mamá de Ximena—, pero la verdad es que no sé en dónde está. Yo no he hablado con ella desde la vez pasada, el miércoles. Ese día la llamada se cortó y ya no volvimos a hablar. ¿No será que se escapó con su novio y se fue de paseo o algo así?

—¡Qué cosa! Pero si yo pensaba que su novio eras tú. Hasta donde sé ella no tiene otro novio, así que si ese es el caso debe estar contigo.

—¡Eh! ¡no! ¡no! para nada, ella y yo solo somos amigos —le respondí, sinceramente y después agregué—: desconozco en dónde estará, pero si gusta la llamaré y…

—¡Yo ya le he estado marcando infinidad de veces! —me gritó—, ¿acaso crees que no se me había ocurrido marcarle? Ella no contesta ni responde los mensajes. ¿La habrán secuestrado?

Cuando dijo la palabra «secuestrado», sentí un nudo en la garganta.

—No lo creo —le contesté—. Déjeme marcarle e intentar localizarla. Tal vez no quiere hablar con usted, pero puede que a mí me responda. Si sé algo se lo hará saber.

—¡Eso espero! La última vez que hablé con ella, sonaba preocupada y nerviosa por el tema del virus, pero le dije que no era para tanto y que solo había que seguir las indicaciones que ha dado el gobierno, pero ella parece creer que se trata de algo más.

«Lo mismo le dije yo», pensé.

La madre de Ximena colgó el teléfono después de decirme algunas cosas más a las cuales no les presté atención. Solo respondí: «¡Ah! si» «Ok» «Claro, sin problema, yo le marco…». Cuando finalmente se despidió me sentí aliviado.

Sin embargo, me parecía raro lo que pasaba con Ximena. ¿A dónde demonios se había ido y porqué dejó una nota en donde decía que estaría conmigo? Eso me metería en problemas a mí.

Por otro lado, no parecía que se hubiera escapado de su casa porque sí o que se hubiera fugado con alguien. No tendría sentido que dejara una nota y que dijera que estaría conmigo. Obviamente su madre me marcaría tarde o temprano. Pensé en investigar en ese momento, pero reparé en que era demasiado temprano y mi cuerpo aún no podía ponerse a pensar. Cerré la persiana de mi cuarto y me acosté a dormir otra vez. Ya habría tiempo para investigar.

Autor: Ramsés K. Mishima

La Filosofía Minimalista

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«Chapado a la antigua/An old fashioned man».

«Chapado a la antigua/An old fashioned man».

El viejo Ildefonso se despertó y abrió los ojos. Lo único que observó en ese momento fue el techo desgastado de su casa y los rayos de luz que destellaban y le golpeaban la cara directamente. «Otra vez olvidé cerrar la cortina», pensó y se levantó. Su ser apenas comenzaba a adaptarse de nuevo a la vida. ¡No no!, no es que hubiera muerto, pero cuando dormía, nada lo despertaba y siempre decía: «Yo no duermo, yo me muero y por la mañana, resucito para continuar…».

Las personas pensaban que era una tontería, y digo personas, porque amigos como tal el señor Ildefonso ya no tenía. A sus 75 años se consideraba una persona “chapada a la antigua” o, como decía la canción en inglés an old fashioned man.

Al señor Ildefonso siempre se le veía con la cara larga, triste y melancólica. La razón era clara, pero no se la contaba a cualquier persona, ni a los que anteriormente habían sido más cercanos. Después de la muerte de su esposa, él cambió, comenzó a alejarse de todos los círculos y se aisló en su casa.

Pero aún así llamaba la atención. No él en sí, sino el binomio que hacía cuando subía a su viejo Chevrolet Bel Air del 57 y conducía por las calles de la ciudad. Se lo había regalado su padre cuando entró a la universidad. Recordó, entonces, después de levantarse y mirarse al espejo, cómo le gustaba pasear junto a su esposa en ese bonito auto. Mientras él conducía, ella lo tomaba de la mano y solo lo soltaba cuando tenía que cambiar de velocidad.

Amó a su esposa como a ninguna otra mujer y vaya que amó a otras, pero, como quién dice, «nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde», y el señor Ildefonso lo supo cuando la perdió. Como todos los días, se arrepintió de muchas cosas, de muchas palabras dichas, de muchas acciones hechas y de muchos pensamientos no concretados.

Ese día algo en él se activó y decidió honrar a su esposa. Pensó que no valía la pena o que era una tontería, pero, después de eso, se decidió. Su cuerpo se llenó de energía y entró a la ducha. Se aseó, se rasuró y se cortó las uñas. Eligió cuidadosamente las prendas y se vistió. Se peinó con gel, aunque no acostumbraba a hacerlo y se untó crema en la cara y el cuerpo. Nada que ver con el viejo que estaba tirado hace un momento en la cama.

Ya vestido con el viejo traje que usaba cuando salía con su esposa, sin corbata claro, pero con los zapatos bien lustrados, subió a su viejo automóvil y salió a la calle. Se dirigió a la antigua cafetería a la que solía ir con su amada y se sentó ahí, solo, en una mesa al aire libre. Le gustaba el lugar porque la decoración y los muebles era todos de color café rústico y estaba rodeado de plantas. Según él, “le daba un aspecto clásico”. Otro aspecto que le encantaba era que el techo era de cristal transparente. Recordó que le gustaba mucho acudir ahí con su esposa cuando llovía, porque podían ver la lluvia mientras caía y ellos pasaban el rato ahí.

Pidió su taza de café americano y un bisquet de mantequilla partido en dos. El viejo Ildefonso no le ponía azúcar, pues le gustaba el café amargo y fuerte, sentir la esencia del café. Se sentó ahí y sacó su celular, lo desbloqueó y buscó entre las fotos la imagen de su esposa. En realidad era una foto que le tomó a otra foto que tenía en un cuadro en su casa, pero la cual le gustaba llevar a todas partes.

«Qué ridículo debo de verme, un viejo con un celular viendo una foto de su esposa», pensó el viejo Ildefonso. Pero no le importó. A pesar de que el lugar estaba vacía al principio, poco a poco comenzó a llegar más personas, pero a él no le importó. Continuó bebiendo su café y mirando la foto de su amada, así, en silencio, como antes, solo eran los dos. El mundo giraba a su alrededor y la vida seguía, pero para ellos se detenía el tiempo y solo existían los dos.

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Ramsés K. Mishima
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El tiempo es el recurso más valioso que tienes. (Parte 2)

Después de salir de la cafetería y de caminar por la banqueta, apresuramos el paso porque comenzó a llover. En realidad en el cielo no se apreciaba que una lluvia fuera posible, pero no pasaron ni cinco minutos de que salimos cuando comenzó a llover más fuerte. ⠀

Un poco más adelante le pedí a Roxana que se detuviera, pues me resultó extraño que me jalara de esa forma y que estuviera tan exaltada. A ella no pareció importarle, solo se volteó y me sonrió, pero después continuó. Como me estaba desesperando, jalé mi mano con fuerza y me detuve de golpe. Ella también se detuvo, se volteó y me habló:⠀

—¿No quieres venir conmigo?⠀

—No es eso, pero si voy quiero saber a dónde vamos —le argumenté.⠀

Ella dio un suspiro y me explicó:⠀

—Si te digo no querrás acompañarme, pero bueno…⠀

—Pues ya veremos —le contesté—. ¿Tiene que ver con lo que decías del tiempo?⠀

—Sí, más o menos —me respondió—, ¿Recuerdas lo que te comenté de mi madre y el reloj que me regaló? ⠀

—Sí lo recuerdo. ⠀

—Pues tiene que ver con eso. Acompáñame por favor. ⠀

Cuando llegamos al lugar pensé que se trataba de una broma, pero cuando la vi ingresar muy segura de sí misma, lo comprendí. La puerta principal estaba cerrada, pero ella accedió por un hueco y caminó por una estrecha vereda. Atravesamos varios arbustos y estructuras de concreto. Finalmente llegamos y ella se paró frente a una de ellas. La pequeña construcción decía en el frente el nombre de la madre de Roxana, así como su fecha de nacimiento y de muerte. ⠀

Roxana se quedó parada un momento frente a la lápida y murmuró unas palabras. También comenzó a llorar; se limpiaba las lágrimas constantemente, pero aún así seguían saliendo. Yo me quedé parado detrás de ella y no dije nada. Cuando terminó se volteó y tomó mi mano. Yo la abracé un momento. La luz de la luna era lo único que nos iluminaba.⠀

Finalmente comprendí de qué se trataba. ⠀⠀

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«Quizás no estaba seguro de lo que me interesaba realmente, pero, en todo caso, estaba completamente seguro de lo que no me interesaba».

—¿Qué cosa? ¿Desde cuándo eres tan fatalista? —le pregunté.

Su semblante era de tristeza y depresión, pero no parecía ser una broma.

—¿Fatalista? —me respondió—. No es que sea fatalista, es una frase de Meursault, el protagonista del libro El Extranjero, de Albert Camus.

—¿No era el tipo que siempre se la pasaba deprimido y no encontraba su razón de ser en el mundo? ¿Al que no le importaba nada? ¿El que pierde a su madre al principio de la novela?

—Sí, es ese.

—¿Por qué lees algo tan deprimente? —le cuestioné.

—Porque me parece que lo que dice la historia, a pesar de ser muy antiguo, está más vigente que nunca en los tiempos modernos.

Fruncí el entrecejo y la miré fijamente. Después de pensar las palabras correctas continué con la conversación:

—¿Piensas que las personas somos así, en los tiempos actuales? —le pregunté a Ximena—. Yo diría, que es producto natural de nuestro estilo de vida.

—Puede ser, pero ¿no has pensado que vivimos en un mundo en el cual somos bombardeados de tanta información, de tantos aspectos visuales, de tantos estereotipos, que nos convertimos en lo que la sociedad quiere y no en lo que realmente queremos ser? —me respondió ella.

Pensé un momento su planteamiento.

—¿Te refieres a que dentro de todo ese mar de de medios visuales y mercadotecnia, las personas no logramos encontrar nuestro propósito, nuestra verdadera razón de ser?

—Así es —afirmó Ximena—. En pocas palabras, nuestra verdadera esencia. Nuestra parte más esencial.

Me rasqué la parte trasera de la cabeza.

—La verdad es que no lo había pensado así —le respondí a Ximena—. ¿Y si me prestas ese libro?

—Claro, por qué no.

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Ramsés K. Mishima
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Futuro= pasado + presente (La vida misma)

«Y recuerda hijo mío, la vida es como el trayecto de un vagón de tren por las vías».

—Pero ¿y ese mismo vagón no puede regresar por la misma vía?

—Técnicamente sí podría —le respondió su abuelo—. Sin embargo, Ram, en la vida no hay regreso. Lo único que puedes manejar y modificar, brevemente, es el presente.

—¿Es decir que lo que queda atrás del tren ya no puede volver, ni tomando otro tren? —preguntó el pequeño a su abuelo.

—Puedes tomar otro tren; es cierto. Pero en la vida, los acontecimientos que vivimos y que quedan en el pasado ya no puedes volver a vivirlos ni modificalos. Es por eso la importancia de vivir el presente y dar tu mejor esfuerzo para que no tengas nada de que arrepentirte en el futuro.

—¿O sea que si me porto bien, si estudio y trabajo, me irá bien en el futuro abuelo?

—No es una garantía, pero tienes mayores posibilidades si vas por la vida siendo una persona justa y humilde, que se dedique a trabajar y ser buen hombre.

—Entiendo, pero, tengo miedo a equivocarme abuelo y que me arrepienta en el futuro de lo que hice antes —respondió el niño, mordiendo sus uñas y con semblante de nervios.

—Si fuera el caso, hijo, tendrás que aceptar las consecuencias de tus actos. Se llama ser adulto y responsable.

—Eso no suena nada divertido abuelo.

—Nadie dijo que lo fuera. La vida es muy divertida, tanto como quieras, pero no es un juego. Recuerda: «tus acciones en el presente, más las que hayas hecho en el pasado, marcarán el devenir de tu futuro».

El joven reflexionó un momento lo que comentó su abuelo y después expresó:

—¿Puedo continuar jugando con el GameBoy abuelo?

El abuelo suspiró y cerró los ojos un breve momento.

—Sí… por supuesto…

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Ramsés K. Mishima
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¿Y si hubiera libros que no quieres “dejar ir”, te forzarías a hacerlo?

¿Y si hubiera libros que no quieres “dejar ir”, te forzarías a hacerlo?

—¿Qué cosa? ¿A qué viene esa pregunta?

Enseguida me di cuenta de que miró de reojo la mesa de al lado. Encima estaba el libro Sed de Amor de Yukio Mishima, el cual había estado leyendo antes de que ella llegara.

—Pensé que estabas dispuesto a dejar ir todos tus libros en formato físico y que la siguiente ocasión que te visitara, no tendrías ninguno.

Fruncí el entrecejo.

—No es que esté dispuesto o no lo esté. Lo que quise decir —la otra vez—, fue que los libros que no me gustan, que no leo (y que considero que no leeré) no tiene caso mantenerlos almacenados en el estante. Desde mi punto de vista, evidentemente, se están desperdiciando.

—¿Por eso lees a Yukio Mishima?

—Sí.

—¿Acaso no fue el escritor que se suicidó?

—Sí, fue él. ¿Eso qué tiene que ver?

—Pues renunció a la vida, es decir, me parece curioso que haya “dejado ir” su vida. ¿Eso quiere decir que Mishima era minimalista?

—No estoy seguro; en su literatura no recuerdo que lo mencionara. Lo que sí fue un hecho fue su lucha por sus ideales y que defendió su filosofía con su vida.

—La misma que impregna sus libros.

—Así es.

—Pues el libro se ve muy interesante. Creo que sí deberías conservarlo.

Volteé a ver el libro sobre la mesa.

—Pero si no tengo intenciones de dejarlo ir.

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Ramsés K. Mishima
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Lo que posees acabará poseyéndote.

«Lo que posees acabará poseyéndote».

(Acerca de los objetos)

—Tyler Durden.

Reflexionando sobre esta frase podemos afirmar que los objetos, por sí solos, no tienen ningún poder. En realidad, somos las personas quienes les damos el valor que nosotros consideramos deben tener, incluso hasta convertirlos en nuestros iguales o algo más, cuando realmente solo son objetos.

Considero que no tiene nada de malo tener objetos prioritarios u objetos que son imprescindibles porque de verdad los usamos, nos facilitan y simplifican la vida y lo que hacemos.

Sin embargo, lo que está mal sería vivir rodeados de objetos que no necesitamos y que consumen nuestro tiempo, nuestro espacio y nuestra atención. En resumen, nos restan libertad y, por lo tanto, terminan apoderándose de nosotros a través de la dedicación que les damos.

No tienen que ser las tres a la vez, pero con que invadan una de ellas ya están abarcando una parte importante de nuestras vidas.

Además, entre más objetos acumulamos, más difícil se vuelve identificar aquellos que de verdad son esenciales, importantes y útiles en nuestras vidas.

Entonces, qué tal si reflexionas acerca de si todo lo que posees en verdad lo necesitas y si todo lo que posees no te está, en realidad, poseyendo a ti, a través del consumo de tiempo, espacio y atención que les das.

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Ramsés K. Mishima
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Un día a la vez

Alguna vez alguien me dijo que debía vivir un día a la vez. La verdad es que no recuerdo quién me lo dijo o dónde lo escuché, pero creo que es una frase muy cierta. Lo es, porque si reflexionamos, de los tres principales espacios temporales en los cuales se mueve el ser humano, el “presente” es en el que más nos cuesta trabajo actuar y tomar decisiones.

El pasado ya no puede modificarse ni alterarse. Es más, uno de mis maestros alguna vez me dijo: “el pasado solo existe en las mentes de quienes hablan sobre él”. También creo que es muy cierto, pero es bueno retomarlo para no cometer los mismos errores en el presente.

En el caso del futuro, mi abuelo una vez me dijo que sí es importante el futuro, ya que “ese tiempo será el resultado de la combinación de tus acciones en el pasado más las del presente, en especial las del presente”.

Es por eso que considero que nuestro actuar debe centrarse en el presente, un día a la vez, y actuar sobre él; ese día es hoy, así que no podemos vivir estrenados por lo que ya pasó y vivir con ansiedad por el futuro. Mejor disfrutemos el presente, el cual es el único espacio temporal que estamos seguros que sí está sucediendo y en el que podemos actuar.

—A menos que la teoría de la Matrix sea cierta…

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Ramsés K. Mishima
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Tan esencial como apreciar la belleza donde otros creen que no la hay.

¿Cuántas veces has pensado que algo es hermoso mientras que para otros no lo es?

Puede ser cuestión de perspectiva o puede ser porque eres capaz de ver la belleza donde otros no. Sin embargo, si tienes el privilegio de poder apreciar la belleza del mundo, creo que ya tienes algo por lo que dar gracias todos los días.

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Ramsés K. Mishima
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