«La Esencia del Amor».

Cuando tenía 16 años me enamoré de una chica de mi escuela. Era muy hermosa y sobresalía entre las demás chicas. Sin embargo no sobresalía por su belleza; sobresalía por su calidez y su nobleza. ¿Cómo sé que era amor? No estoy seguro, pero si utilizo la conceptualización básica y mundana de amor, como aquel sentimiento que se manifiesta por el cariño, aprecio o deseo por otra persona, entonces sí era amor.

Recuerdo cuando la conocí, en la clase de Historia. Hasta ese momento no me había percatado de su presencia, pero un día nos seleccionaron para realizar una exposición en parejas, sobre el periodo de la Edad Media. Ella se acercó y me habló. Yo estaba mirando por la ventana la vida en su máximo esplendor. Tanta luz me cegaba. Cuando se acercó me dijo su nombre:

—¡Hola!, me llamo Samantha. Vamos a trabajar juntos para la exposición. Nos tocará en dos sesiones. ¿Tú cómo te llamas?

La volteé a ver y su sonrisa me deslumbró, como la sonrisa de las modelos que anuncian pasta dental en la televisión, una dentadura perfecta e irreal.

—Me llamo Gabriel —le contesté.

—¿Y bien? ¿Qué parte de este periodo te gusta más?

—¿Eh?

Ella se rió.

—Es hora de volver a la realidad —me dijo.

Por aquel entonces mi vida no iba a ningún lado. Nada tenía sentido ni claridad para mí. Era como un trompo que daba vueltas y vueltas en el mismo lugar. Cuando se acababa la energía que me hacía girar, alguien o algo me volvía a dar vuelta y giraba sin parar, sobre mi propio eje y sin avanzar.

Todo los días eran iguales: ir a la escuela, hacer tiempo, tomar alcohol con mis amigos, saltarme las clases y ver series de televisión. Comer cualquier cosa para sentirme satisfecho y dormir hasta la madrugada. Siempre con ojeras y con videojuegos como única diversión.

Solo era un recipiente que podía contener cualquier cosa, menos felicidad. Si pusieras todo lo que acabo de mencionar en un costal de basura, en lugar de mi cuerpo, no habría diferencia.

Algunos días amanecía en el piso, otros en el sillón. Era como una figura de plástico que se moldeaba a la forma de cualquier superficie, moría unas horas y despertaba para continuar en un ciclo sin fin.

Lo único que me mantenía con vida era el amor que sentía por ella. Acudía a la escuela para ver su sonrisa y apreciar su andar. Si me hubieran preguntado en aquel entonces ¿cuál era la razón de que estuviera vivo? hubiera respondido: «Me mantengo vivo para ver su sonrisa». ¿Y si ella no estuviera? «Mmm, pues, no sé, creo que hubiera podido morir cualquier día».

Por las tardes, entre clases o al regresar a casa, elaboraba algunos dibujos de ella. Todavía no había celulares con buenas cámaras y por supuesto no tenía dinero para comprar una cámara decente. Para materializar su imagen, la dibujaba en mi libreta de la clase de Historia e imaginaba que yo era un príncipe y ella una princesa. ¡Vaya estupidez! ¿Quién se imagina tal cosa? ¿Tal tontería?

Un día que me armé de valor, creo que el único, compré dos mantecadas y dos cafés en el OXXO que estaba afuera de mi escuela y los llevé. El café estaba hirviendo, por cierto. Cuando llegué con el café y los dos panes, me paré junto a ella y le hablé. Ella estaba con sus amigas hablando de no sé qué, pero se levantó, sonrió y me habló:

—Hola ¿Qué pasa? ¿Y ese café?

Sus amigas me miraron como si yo fuera un extraterrestre.

—Lo traje para ti. También traje dos panes para comerlos juntos —le respondí. Me sentí la persona más idiota del mundo. Como cuando Forrest Gump le confiesa su amor a Jenny. ¡Un café! ¡En pleno mes de junio! ¡Con el calor a más no poder!

Ella sonrió y me contestó:

—¡Qué lindo! Vamos a comernos las mantecadas.

Ella me tomó de la mano y me llevó a una de las bancas, bajo un árbol. Estaba tan hipnotizado que me quemé la boca cuando le di un trago al café. «¡Qué bueno!» pensé, ya que eso me regresó a la realidad. Ella tocó mi labio con su mano y lo acarició. «Ten cuidado, está caliente», me dijo. «Sí», le contesté.

Yo era como un robot programado para responder de forma concreta y mecánica. Me costaba elaborar frases coherentes que expresaran lo que sentía. Solo veía su sonrisa y su hermoso cabello, color castaño y brillante, ondear por el viento.

Sin embargo ella nunca me amo. A pesar de que le confesé mi amor nunca pude alcanzarla, ni siquiera tocar, aunque fuera un poco, su corazón. No es que fuera inalcanzable o que tuviera novio, es simplemente que ella se encontraba en un nivel mucho más alto en la escalera de la madurez.

Todo el tiempo me preguntaba: «¿Cómo es que no puede amarme? ¿Cómo es que no puedo llegar a su corazón?» Por más que intentaba subir por la escalera no podía llegar hasta donde se encontraba. La mayor parte de mi adolescencia traté de encontrar la respuesta, pero nunca lo logré. Pero ella sí, ella sí la sabía; yo estaba roto por dentro y ella se percató.

No me di cuenta hasta el momento en que le declaré mis sentimientos. Cuando le dije que estaba enamorado de ella —para eso ya tenía algún tiempo de conocerla—, me respondió:

—Gracias por expresarme tus sentimientos, significan mucho para mí. Ya lo sabía, pero me hace muy feliz. Lamentablemente no puedo amarte, por más que quiera, lo siento en el alma.

—¿Por qué no puedes amarme? ¿Qué me hace falta? ¿Es acaso que tienes novio?

—No tengo —me respondió.

—¿Entonces? ¿No te gusto fisicamente? ¿Soy muy inmaduro?

—No es eso. Sí me gustas, pero la atracción física solo es “una puerta de entrada al castillo”.

—¿Al castillo? ¿Cuál castillo? —le pregunté, desde mi estúpida inmadurez.

—¡Mírame! ¡Mírame Gabriel! —me indicó.

Hasta ese momento no me había percatado que mi mirada estaba fija en el suelo. Levanté la vista y la miré. Sí que era hermosa, pero en ese momento, con su mirada estrellada, sentí que se me partía el corazón en dos. Al mirarla de frente sentía como si me encogiera y ella aumentara de tamaño, como en esa película en donde el papá es un científico y encoge a los niños o algo así.

—No puedo amarte por una simple razón —me contestó—: no puedo amar a alguien que no se ama a sí mismo.

—¡Eh! ¿Cómo? —le pregunté confuso.

—¿Cómo puedes decir que amas a alguien, si antes no te amas tú mismo?

Ella soltó mi mano y comenzó a llorar. Me dio un beso en la mejilla y se marchó. Yo me quedé parado, tieso, como un árbol y no supe cómo reaccionar. Se terminaron las respuestas precargadas en mi sistema.

Ahora que soy un adulto comprendo porqué nunca me amó. Nunca supe cuál era la verdadera esencia del amor. No tenía que entregarle todo, no tenía que demostrarle nada. Estaba completo. Solo tenía que amarme y aceptarme, para que ella me abriera su corazón.

¿Darlo todo por alguien? ¿Acaso alguien merece más tu amor que tú mismo? ¿Acaso es posible amar si estás roto por dentro?

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Ramsés K. Mishima

La Filosofía Minimalista

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Hana | Fragmento 1 | «¿Cuál es el verdadero objetivo?».

Cuando Hana llegó con el maestro Zembu, se sorprendió de verlo inmutable, meditando y sentado en la posición de la flor de loto, frente a la estatua del Buda dorado. En un primer momento pensó en hablarle, pero, enseguida, se detuvo y reparó en que no sería buena idea interrumpirlo; siempre se molestaba cuando lo hacía.

Si bien ella aún no creía en los beneficios de la meditación, el ver al maestro Zembu, sentado, con la cara serena, y con las manos cruzadas, le producía una sensación de tranquilidad y paz interior. A Hana le gustaba concentrarse en seguir la respiración del maestro, poco a poco, absorbiendo un poco de su paz.

Ella no lo sabía, pero, de cierta forma, también estaba meditando. No cerraba los ojos porque sentía que se perdería, así que se mantenía despierta, observando a su maestro. Bajo el gigantesco árbol Bodhi, el maestro Zembu parecía el mismo Buda, a punto de alcanzar la iluminación. Incluso se percibía un aura en el ambiente que ella no podía explicar.

Lo único que sentía, al seguir su respiración, era cómo todo a su alrededor se llenaba de vida. Las hojas del Árbol Bodhi se ponían de un color verde más intenso; sus ramas café, se intensificaban en grosor. Más aves se acercaban a su follaje para apreciar al maestro Zembu y el sonido de la fuente frente al templo , incluso parecía un fondo musical para amenizar la meditación.

Ella no podía comprender esa sensación, pero, en realidad, se estaba contagiando de los beneficios de la profunda relajación del maestro Zembu. Sin embargo, después de un rato, se levantó y pensó en irse, producto de su falta de paciencia. Antes de que incluso dejara el lugar, el maestro Zembu se dirigió a ella. Hana no se dio cuenta en qué momento el maestro abrió los ojos y los clavó en ella.

—¿A dónde vas?

—Creo que es hora de regresar a casa —le contestó Hana al maestro Zembu.

—Esta bien —le contestó el maestro—, pero, antes de que te vayas, quiero que me respondas una pregunta.

—¿Una pregunta? ¿De qué se trata?

—¿Crees que el estar aquí, sentado, en esta posición ridícula, como tú le llamas, es una pérdida de tiempo? —le preguntó el maestro Zembu a Hana, con la cara alargada y seria, sumamente seria.

—¡No maestro! ¡Yo jamás! —contestó Hana exaltada—, no me atrevería a burlarme de su meditación.

—¿A sí? Entonces responde la pregunta, ¿crees que la meditación es una pérdida de tiempo?

—Lo que creo es que si a usted le sirve, entonces no es una pérdida de tiempo, pero si a los demás no les sirve, entonces sí es una pérdida de tiempo —le contestó Hana, esperando que su respuesta no molestara al maestro Zembu.

—Entiendo —le contestó el maestro—. ¿Sabes Hana, cuál es tú problema?

—No maestro.

—El problema es que estás pensando la respuesta en función a ti y la razón de ser de las cosas de mundo, en pocas ocasiones, se limitan solo a uno mismo.

—¿A qué se refiere maestro?

—Te lo explicaré de la siguiente forma —le precisó el maestro Zembu—. ¿Crees que los árboles realizan la fotosíntesis para sí mismos? ¿Crees que el sol ilumina para sí mismo? ¿Crees que los ríos y los mares existen para sí mismos? ¿Crees que el ser humano debe existir solo para sí mismo?

—No entiendo lo que quiere decir maestro. ¿Es decir, el objetivo de la meditación no es solo encontrarnos a nosotros mismos?

—Ese sería un buen objetivo, ciertamente, —le contestó el maestro Zembu—. Pero para que ese fuera el objetivo de la meditación, el ser humano tendría que existir solo para sí mismo, y no es así. ¿O a caso vives solo para ti misma?

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Ramsés K. Mishima

La Filosofía Minimalista

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«Vivir y disfrutar cada instante».

Cuando Susana abrió la persiana de su cuarto, la luz entró de golpe y le lastimó la vista. Apenas eran las 8:00 am y no tenía mucho que se había despertado. Desde que había comenzado la contingencia, hacía el mismo ritual: se despertaba, se espabila y antes de hacer cualquier otra cosa, abría la persiana y miraba al exterior.

Últimamente tenía el mismo pensamiento que la atormentaba. Y es que antes de la contingencia, ella no acostumbraba a salir mucho, de hecho, la diferencia entre su forma de vivir antes y durante la contingencia era simplemente que ahora “no debía salir por cuestiones de salud”.

Fue hasta ese momento en que reparó en cuántas oportunidades de salir y disfrutar el mundo había dejado pasar hasta ese momento. Ahora la embargaba unas ganas tremendas de salir y correr, de visitar otros lugares o de aceptar ir por ese café con su compañero de la escuela, al cual ya había rechazado varias veces. «Solo quiere tener sexo conmigo», pensaba ella. «Pero si todos los chicos de bachillerato quieren lo mismo, así que no tienes porqué sorprendente», le decía su amiga Adriana.

Ese día, en el que se encontraba reflexionando sobre la restricción sanitaria que había, pensaba que le gustaría que ese chico la volviera a invitar a salir. Pero hacía mucho que había perdido el interés en ella. Entonces se hizo una promesa, mientras miraba por la ventana y observada ese edificio antiguo que quedaba cerca de su casa, en las afueras de la ciudad. «Cuando todo esto termine comenzaré a disfrutar la vida de verdad, ahora entiendo que solo viviremos una vez, así que qué más da». ¡Adriana tenía razón!

Mientras miraba por la ventana, por unos momentos, su mirada se perdió en el horizonte, hipnotizada por el sol, por lo cual se preguntó: «qué tan lejos estará el sol de aquí», pero no tenía la respuesta a esa pregunta. De lo que estaba segura, es que esa masa gigantesca y amarilla podía eliminar cualquier mal, cualquier virus, con su resplandor.

Si bien estaba consciente de que no podía alejarse mucho de su casa, decidió salir y correr hasta el jardín, así, sin peinarse y sin quitarse la pijama. Corrió rápido para poder alcanzar, y recibir, de forma directa, los rayos del sol. Estiró los brazos y cerró los ojos. De pronto sintió cómo la temperatura de su cuerpo comenzó a subir. Como hacía un poco de viento, su cabello, que por cierto ya estaba muy largo, pues le llegaba hasta por debajo de los hombros, ondeaba por todos lados. Cuando trató de calmar sus cabellos, sintió también el calor en sus mechones, producto del destello del sol.

«Esto es mucho mejor que estar todo el día encerrada», pensó, mientras mantenía los ojos cerrados, Susana. Después de un rato, se sintió llena de energía y reafirmó su promesa. Nunca más se perdería ninguna aventura y, como su amiga Adriana, viviría cada día como si fuera el último. O, por lo menos, trataría de no arrepentirse por algo que no hizo, al final del día.

«¡Muchas gracias por leer el relato!».

Ramsés K. Mishima.

La Filosofía Minimalista

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«Chapado a la antigua/An old fashioned man».

«Chapado a la antigua/An old fashioned man».

El viejo Ildefonso se despertó y abrió los ojos. Lo único que observó en ese momento fue el techo desgastado de su casa y los rayos de luz que destellaban y le golpeaban la cara directamente. «Otra vez olvidé cerrar la cortina», pensó y se levantó. Su ser apenas comenzaba a adaptarse de nuevo a la vida. ¡No no!, no es que hubiera muerto, pero cuando dormía, nada lo despertaba y siempre decía: «Yo no duermo, yo me muero y por la mañana, resucito para continuar…».

Las personas pensaban que era una tontería, y digo personas, porque amigos como tal el señor Ildefonso ya no tenía. A sus 75 años se consideraba una persona “chapada a la antigua” o, como decía la canción en inglés an old fashioned man.

Al señor Ildefonso siempre se le veía con la cara larga, triste y melancólica. La razón era clara, pero no se la contaba a cualquier persona, ni a los que anteriormente habían sido más cercanos. Después de la muerte de su esposa, él cambió, comenzó a alejarse de todos los círculos y se aisló en su casa.

Pero aún así llamaba la atención. No él en sí, sino el binomio que hacía cuando subía a su viejo Chevrolet Bel Air del 57 y conducía por las calles de la ciudad. Se lo había regalado su padre cuando entró a la universidad. Recordó, entonces, después de levantarse y mirarse al espejo, cómo le gustaba pasear junto a su esposa en ese bonito auto. Mientras él conducía, ella lo tomaba de la mano y solo lo soltaba cuando tenía que cambiar de velocidad.

Amó a su esposa como a ninguna otra mujer y vaya que amó a otras, pero, como quién dice, «nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde», y el señor Ildefonso lo supo cuando la perdió. Como todos los días, se arrepintió de muchas cosas, de muchas palabras dichas, de muchas acciones hechas y de muchos pensamientos no concretados.

Ese día algo en él se activó y decidió honrar a su esposa. Pensó que no valía la pena o que era una tontería, pero, después de eso, se decidió. Su cuerpo se llenó de energía y entró a la ducha. Se aseó, se rasuró y se cortó las uñas. Eligió cuidadosamente las prendas y se vistió. Se peinó con gel, aunque no acostumbraba a hacerlo y se untó crema en la cara y el cuerpo. Nada que ver con el viejo que estaba tirado hace un momento en la cama.

Ya vestido con el viejo traje que usaba cuando salía con su esposa, sin corbata claro, pero con los zapatos bien lustrados, subió a su viejo automóvil y salió a la calle. Se dirigió a la antigua cafetería a la que solía ir con su amada y se sentó ahí, solo, en una mesa al aire libre. Le gustaba el lugar porque la decoración y los muebles era todos de color café rústico y estaba rodeado de plantas. Según él, “le daba un aspecto clásico”. Otro aspecto que le encantaba era que el techo era de cristal transparente. Recordó que le gustaba mucho acudir ahí con su esposa cuando llovía, porque podían ver la lluvia mientras caía y ellos pasaban el rato ahí.

Pidió su taza de café americano y un bisquet de mantequilla partido en dos. El viejo Ildefonso no le ponía azúcar, pues le gustaba el café amargo y fuerte, sentir la esencia del café. Se sentó ahí y sacó su celular, lo desbloqueó y buscó entre las fotos la imagen de su esposa. En realidad era una foto que le tomó a otra foto que tenía en un cuadro en su casa, pero la cual le gustaba llevar a todas partes.

«Qué ridículo debo de verme, un viejo con un celular viendo una foto de su esposa», pensó el viejo Ildefonso. Pero no le importó. A pesar de que el lugar estaba vacía al principio, poco a poco comenzó a llegar más personas, pero a él no le importó. Continuó bebiendo su café y mirando la foto de su amada, así, en silencio, como antes, solo eran los dos. El mundo giraba a su alrededor y la vida seguía, pero para ellos se detenía el tiempo y solo existían los dos.

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Ramsés K. Mishima
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El Minimalismo Mental

A pesar de lo que denota el nombre, el concepto compuesto de minimalismo mental no tiene nada que ver con tener una mente de poco alcance, al contrario, se refiere a la aplicación del minimalismo también a la parte cognitiva y mental. No solo se trata de simplificar y depurar la parte material que nos rodea, pues creo que, si hay un lugar donde abundan pensamientos de todo tipo, es la mente.

En especial, me he centrado en tratar de eliminar los pensamientos negativos, los pensamientos orientados hacia la acumulación excesiva, así como aquellos desencadenados de la crítica social. En muchos de ellos, sé que son aspectos que no puedo controlar y en ocasiones los dejo ir, y trato de seguir avanzando, pero no quiere decir que no me afecten. Creo que lo que menos trabajo me ha costado reducir son los pensamientos acerca de la acumulación. Para los otros dos, generalmente busco la ayuda de un amigo, alguien en quien puedo confiar, le pido su consejo, lo aplico y trato de seguir avanzando. Al final, el principal poder para cambiar nuestro entorno viene de la mente.

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Ramsés K. Mishima
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Hacer una pausa

En la vida, en especial en las grandes ciudades, generalmente vivimos todo el tiempo acelerados entre el trabajo y nuestros diferentes proyectos y la verdad es que poco tiempo nos queda para reflexionar sobre nuestros avances, pero es necesario hacerlo para conocer nuestro verdadero crecimiento.

De lo contrario, ¿Cómo sabremos si vamos en la dirección correcta?

Por eso creo que debemos dejar de hacer todo de forma tan mecánica y vivir de una manera más reflexiva y consciente para evaluar todo lo que hacemos y todo lo que nos rodea.

Hacer una pausa, muchas veces nos ayuda a eso, a tomar un descanso y dejar de lado todo —por un tiempo— y recuperar energía y concentración para mejorar. Realizar una actividad diferente en muchas ocasiones da buenos resultados.

En mi caso, gracias al minimalismo, he podido concentrar mucha de la atención y el tiempo que desperdiciaba en objetos materiales que no me aportaban nada y, de igual manera, en el aspecto espiritual y mental, he podido reflexionar más sobre mi vida y sobre mí mismo, para así buscar el crecimiento personal.

Ahora aprecio más un paseo por la naturaleza, disfrutando el paisaje, que pasar el tiempo en una tienda viendo ropa.

No es aún un camino recorrido, pero estoy en el trayecto y no he pensado en regresar.

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Ramsés K. Mishima
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La fotografía y las historias

Algo que me gusta de la fotografía es que te permite recordar y contar historias. Esta foto por ejemplo, me recuerda que las personas, como los objetos materiales, somos perecederos y estamos en este mundo de paso. El inmueble que aparece en la foto, anteriormente era una hermosa capilla, la cual, al haber sido abandonada por el ser humano, el tiempo y el ambiente la han deteriorado. Esto me hace reflexionar sobre las cosas materiales, incluidos nosotros, ya que también somos en gran parte materia y también nos desvanecemos en el tiempo. Nuestro tiempo es limitado, así que debemos aprovecharlo. Aquí te planteo una pregunta: ¿Te gustaría terminar tu vida pensando en las cosas que hubieras querido hacer, los proyectos que te hubiera gustado concretar o las personas que te hubiera gustado conocer?

La vida es efímera, así que porqué no disfrutar cada segundo y aprender de todas las experiencias: tanto de las malas como las buenas. Lo importante es rescatar los aprendizajes que nos pueden ayudar a mejorar. Se puede recuperar conocimiento de los dos tipos de situaciones. Simplemente reflexiona sobre alguna experiencia relevante en tu vida y piensa en todo lo que te ha aportado. ¿En verdad no te ha dejado nada?

Esencialmente Ram.

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Ramsés K. Mishima
La Filosofía Minimalista
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No tengas miedo al apoyo.

A menudo queremos hacer todo solos, sin ayuda ni apoyo, sin escuchar sugerencias ni recomendaciones, pero creo que podemos ser humildes y apoyarnos en los demás para crecer. Podemos guiar y podemos ser guiados, así nos complementamos y podemos ser mejores cada día. Pierde el miedo a pedir apoyo, pierde el miedo a escuchar la opinión de los demás. No esperes siempre escuchar lo que a ti te gustaría que los demás dijeran sobre ti o sobre lo que haces. Las opiniones de los demás no tienen porqué ser iguales a la tuya sino, imagínate, la vida sería muy aburrida y monótona.

El ser humano es un ser perfectible y en constante cambio, el cual tiene la bondad de poder mejorar cada día, así que ¿por qué no tomar impulso y apoyo de los demás de vez en cuando? ¿Por qué no escuchar lo que los demás tienen que decir? ¿Por qué no tomar las sugerencias? No tienes porqué acertar en todo. Déjate guiar de vez en cuando.

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Ramsés K. Mishima
La Filosofía Minimalista
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Reflexión Sabatina: Vive con menos…

¡Hola!

En este sábado por la noche solo paso a dejarte una pequeña reflexión para meditar un poco. Espero no interrumpir tus actividades, pero me parece importante reflexionar sobre los siguientes puntos. La reflexión es la siguiente:

Vive con menos:

  • Estrés
  • Objetos innecesarios
  • Personas negativas
  • Prejuicios de ti mismo y
  • Auto-limitaciones…

…Y vive más.

A veces necesitamos reducir algunas cosas, tipo de personas o pensamientos de nuestra vida con la finalidad de mejorar y crecer. No se trata de eliminarlo todo. Si algo he aprendido del minimalismo es a llevar una vida más consciente y reflexiva sobre las cosas y personas que me rodean.

No me despido sin antes comentarte que en este blog, mi objetivo es compartir contigo los aspectos de mi vida que más me apasionan y emocionan, así como lo que hago con ellos. Por eso en este blog no solo hablo de minimalismo.

  • También te comparto algunas historias y cuentos, porque me gusta escribir, y las historias pueden ser tan increíbles como nosotros queramos. Solo dejo volar mi imaginación y comienzo a escribir —claro que también hay que aprender un poco de técnica.
  • Te comparto el contenido que transmito a través de mi podcast, porque me gusta la idea de poder tener una charla más amena y relajada contigo para comentarte lo que hago.
  • Subo las fotos que tomo con mi celular porque amo la fotografía y pienso que es un arte. Nuestro mundo está lleno de lugares y espacios hermosos y misteriosos. Además cada fotografía puede contar una historia distinta, dependiendo de cómo la observes.
  • De igual manera te comparto mi experiencia desde que decidí comenzar a llevar un estilo de vida minimalista, el cual me ha llevado a vivir de una manera más consciente y reflexiva sobre el mundo que nos rodea, sobre mi espacio y sobre mí mismo.

«Vive con menos, vive más».

¡Hasta la próxima!

«Fotografía las cosas que dejas ir de tu vida».

¡Hola!

Mi nombre es Ramsés.

Fumio Sasaki

Hoy quiero platicarles sobre un apartado de uno de los libros que más me ha impactado en el tema del minimalismo. El libro en inglés se llama Goodbye Things y es del autor japonés Fumio Sasaki. Él es ahora un referente en cuanto a minimalismo se refiere, ya que en su libro y en las entrevistas y conferencias en las que ha participado ha mostrado cómo ha impactado y ha transformado su vida el pasar de una concepción maximalista —como el le denomina— a una minimalista.

Pero de ese texto hablaré en otra sesión. En esta ocasión quiero platicarles de un apartado que se titula: Fotografía las cosas que tiras, en español claro. De ahí viene el título principal que se llama Adiós a las cosas.

Yo no estoy muy de acuerdo con la idea o concepto de “tirar”, pero sí entiendo la idea general de Sasaki.

Bueno, más allá de que tires, te deshagas, regales, dones o vendas las cosas que ya no necesitas y no te hacen feliz, lo que él comenta es que puedes fotografiar las cosas que vas a separar de tu vida. ¿Por qué? Pues simplemente porque es una manera de guardarles respeto —o al menos así lo veo yo— o, en otras palabras, comprender el valor de las cosas.

Voy a poner un ejemplo de cómo considero que puede aplicar esto. El ejemplo más básico son los objetos que nos han regalado, en especial aquellos que provienen de seres muy queridos. Marie Kondo en su famoso libro de la Magia del Orden también contempla esto. Para nada digo que es una idea original mía, pero sí me agrada la reflexión y esta opción porque es una de las acciones que más trabajo nos cuesta al momento de dejar ir cosas que nos ha regalado algún ser querido.

Incluso cuando esos objetos no tienen alguna función o utilidad en sí, nos cuesta mucho dejarlos ir porque tenemos miedo de que el remordimiento no nos deje en paz.

Por ejemplo: hace tiempo mi hermano me regaló dos botellas de soda de edición especial de Star Wars que salieron en Europa o por lo menos en Alemania, que es a donde viajó. Debo confesar que en ese momento me entusiasmé mucho, pues siempre he sido fan de esa saga, no fanático, pero me gustan las películas y las series. Además me las regaló en un momento en el que aún no había ni rastro de minimalismo en mi vida y las puse de adorno en mi escritorio de trabajo.

Sin embargo hace algunos meses, cuando comencé a plantearme que podía deshacerme de algunas cosas que ocupaban mucho espacio y saturaban mi atención visual en mi escritorio, pensé que deshacerme de esas dos botellas sería una buena opción, pues el que las dejará ir no afectaría ni a mi gusto por Star Wars ni ha mi vida. Pero después pensé, si mi hermano se entera que me deshice de ellas seguro se molestará o —como decimos en México— se sentirá conmigo.

De tal manera que tomé la decisión de dárselas a una persona que recolecta todas las latas de aluminio para venderlas. Por supuesto que me tomé el contenido y las aplasté. Pero antes de eso se me ocurrió que también podía tomarles una foto y así lo hice.

Ahora bien, si lo reflexiono, el tenerlas en foto o tenerlas en físico no me genera problema al momento de interactuar con el significado de esos objetos. Es decir, al principio si las contemplaba y me emocionaba el hecho de saber que esas dos botellas estuvieran adornando mi escritorio, pero ahora, las puedo ver en fotografías siempre que quiera y ya no me quitan espacio y tampoco tuvieron impacto en mi felicidad. Bueno, de hecho sí, pero para bien, pues ahora me produce mayor felicidad ver mi espacio de trabajo libre de objetos innecesarios y esto me permite concentrarme en lo que estoy realizando.

Si pudiera mostrarles una foto con la inmensa cantidad de cosas que tenía saturando mi espacio tal vez me dirían que se ve ordenado, a pesar de que son muchas cosas, pero creo que el objetivo no es ese, el objetivo es tener en tus espacios aquellas cosas que te hacen feliz y que contribuyen a tus objetivos, en este caso yo buscaba poder concentrarme en mis actividades con la menor cantidad de distractores visuales. Y creanme, yo era de los que cuando se decidía a hacer tarea o a leer o lo que sea que tuviera que concentrarme, primero me sentaba, según yo dispuesto a estudiar, pero, ya sentado, primero miraba todas mis figuras de Star Wars, si estaban empolvados los limpiaba, veía mis botellas de edición especial de Star Wars. También perdía tiempo revisando que mis libros estuvieran ordenados, que mi lámpara estuviera derecha, que mi café estuviera a una distancia prudente de mi computadora, que la pantalla estuviera limpia y a parte cometía el error de empezar por revisar mis redes sociales.

Yo no estoy en contra de las redes sociales. Para nada. Es más, considero que en la actualidad es parte de la vida de todos y tiene mucha funcionalidad para dar a conocer contenido, por eso es que he optado por el podcast, mi cuenta de Instagram y Facebook.

Pero sí creo que cuando hay que trabajar o estudiar, debes dedicarte a esa acción y concentrarte solo en eso. Si tienes distractores visuales o digitales seguro que perdemos más tiempo.

Si quieren que abunde más en este tema del estudio por favor déjenmelo en los comentarios y o reseñas.

Quiero comentarles que el objetivo de este blog no es predicar sobre el minimalismo porque sí, más bien, mi intensión es compartirles lo que el minimalismo me ha enseñado y cómo ha transformado mi vida y mi forma de pensar, de concientizar sobre las cosas, ya que no me considero para nada un gurú del minimalismo. Pero sí considero que el minimalismo me ha aportado muchas cosas, como ninguna corriente lo había hecho antes.

¡Saludos y hasta la próxima!