¿Crees que puedes tener el control de todo?

La ansiedad y el estrés son dos de los padecimientos que más deterioran nuestra calidad de vida en la actualidad. No es nada del otro mundo ni algo que no se sepa. Todos lo hemos padecido en algún momento de nuestras vidas; tal vez no en un grado extremo que requiera una intervención terapéutica o médica, pero sí de tal manera que requiera una pausa para recuperar la paz y el equilibrio.

El instructor de mindfulness Silvio Raij comenta que estos dos padecimientos son los principales enemigos de la “paz mental” y los cuales le han robado a las personas en la sociedad actual la capacidad de poder vivir el presente y, en su lugar, viven preocupados por el futuro de una manera desesperada. De acuerdo con él, no está mal visualizar y preocuparse por el futuro, pero, de cierta forma, no está bien preocuparnos solo por el futuro y dejar de lado el presente.⠀⠀⠀

Esto se traduce en que en realidad no podemos tener el control de todo. Está bien prevenir por el futuro, pero no debemos dejar que lo desconocido nos quite la tranquilidad, pues de esa manera no podremos disfrutar el presente nunca. Y «Lo único que tenemos seguro es el presente».

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Ramsés K. Mishima
La Filosofía Minimalista
@lafilosofiaminimalista
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«Chapado a la antigua/An old fashioned man».

«Chapado a la antigua/An old fashioned man».

El viejo Ildefonso se despertó y abrió los ojos. Lo único que observó en ese momento fue el techo desgastado de su casa y los rayos de luz que destellaban y le golpeaban la cara directamente. «Otra vez olvidé cerrar la cortina», pensó y se levantó. Su ser apenas comenzaba a adaptarse de nuevo a la vida. ¡No no!, no es que hubiera muerto, pero cuando dormía, nada lo despertaba y siempre decía: «Yo no duermo, yo me muero y por la mañana, resucito para continuar…».

Las personas pensaban que era una tontería, y digo personas, porque amigos como tal el señor Ildefonso ya no tenía. A sus 75 años se consideraba una persona “chapada a la antigua” o, como decía la canción en inglés an old fashioned man.

Al señor Ildefonso siempre se le veía con la cara larga, triste y melancólica. La razón era clara, pero no se la contaba a cualquier persona, ni a los que anteriormente habían sido más cercanos. Después de la muerte de su esposa, él cambió, comenzó a alejarse de todos los círculos y se aisló en su casa.

Pero aún así llamaba la atención. No él en sí, sino el binomio que hacía cuando subía a su viejo Chevrolet Bel Air del 57 y conducía por las calles de la ciudad. Se lo había regalado su padre cuando entró a la universidad. Recordó, entonces, después de levantarse y mirarse al espejo, cómo le gustaba pasear junto a su esposa en ese bonito auto. Mientras él conducía, ella lo tomaba de la mano y solo lo soltaba cuando tenía que cambiar de velocidad.

Amó a su esposa como a ninguna otra mujer y vaya que amó a otras, pero, como quién dice, «nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde», y el señor Ildefonso lo supo cuando la perdió. Como todos los días, se arrepintió de muchas cosas, de muchas palabras dichas, de muchas acciones hechas y de muchos pensamientos no concretados.

Ese día algo en él se activó y decidió honrar a su esposa. Pensó que no valía la pena o que era una tontería, pero, después de eso, se decidió. Su cuerpo se llenó de energía y entró a la ducha. Se aseó, se rasuró y se cortó las uñas. Eligió cuidadosamente las prendas y se vistió. Se peinó con gel, aunque no acostumbraba a hacerlo y se untó crema en la cara y el cuerpo. Nada que ver con el viejo que estaba tirado hace un momento en la cama.

Ya vestido con el viejo traje que usaba cuando salía con su esposa, sin corbata claro, pero con los zapatos bien lustrados, subió a su viejo automóvil y salió a la calle. Se dirigió a la antigua cafetería a la que solía ir con su amada y se sentó ahí, solo, en una mesa al aire libre. Le gustaba el lugar porque la decoración y los muebles era todos de color café rústico y estaba rodeado de plantas. Según él, “le daba un aspecto clásico”. Otro aspecto que le encantaba era que el techo era de cristal transparente. Recordó que le gustaba mucho acudir ahí con su esposa cuando llovía, porque podían ver la lluvia mientras caía y ellos pasaban el rato ahí.

Pidió su taza de café americano y un bisquet de mantequilla partido en dos. El viejo Ildefonso no le ponía azúcar, pues le gustaba el café amargo y fuerte, sentir la esencia del café. Se sentó ahí y sacó su celular, lo desbloqueó y buscó entre las fotos la imagen de su esposa. En realidad era una foto que le tomó a otra foto que tenía en un cuadro en su casa, pero la cual le gustaba llevar a todas partes.

«Qué ridículo debo de verme, un viejo con un celular viendo una foto de su esposa», pensó el viejo Ildefonso. Pero no le importó. A pesar de que el lugar estaba vacía al principio, poco a poco comenzó a llegar más personas, pero a él no le importó. Continuó bebiendo su café y mirando la foto de su amada, así, en silencio, como antes, solo eran los dos. El mundo giraba a su alrededor y la vida seguía, pero para ellos se detenía el tiempo y solo existían los dos.

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Ramsés K. Mishima
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El tiempo es el recurso más valioso que tienes.

«El tiempo es el recurso más valioso que tienes… y no es renovable».

—Siempre me pongo un poco nostálgica cuando llega esta época —me comentó Roxana— ¿No te pasa igual a ti?

—¿Con época te refieres a llegar al mes de noviembre? —le pregunté.

—Sí. Para mí, una vez que llega septiembre, es como si el año ya estuviera a punto de terminar. Los días transcurren de manera mucho más rápida y casi no asimilo el paso del tiempo.

—Creo que a muchos nos pasa de ese modo —le argumenté a Roxana.

—Pero eso no es lo importante. Lo verdaderamente importante es que me he dado cuenta de que el tiempo es lo más valioso que tengo, que tenemos. Si alguna vez te preguntaran qué es lo más valioso que tienes, ¿qué responderías?

—Pues la mayoría pensamos en algo material.

—¡Exactamente! —gritó Roxana—. La mayoría de las personas piensa en objetos y lo asocia con valor, un valor económico.

—Ya veo…

Nuevamente Roxana estaba filosofando y, después de mi respuesta, se sentó nuevamente en la silla en donde había estado hasta antes de levantarse y comenzar a hablar. A decir verdad, este acto resultó ser un poco extraño para los demás clientes de la cafetería, pues se quedaron mirándola un tiempo.

Ella estuvo pensando unos minutos. Yo le hablé dos veces pero me ignoró. Bueno, tal vez no lo hizo a propósito y seguramente fue debido a que estaba muy concentrada en sus reflexiones. Después de unos instantes por fin habló:

—«El tiempo es el recurso más valioso que tenemos y no es renovable» —expresó emocionada.

Yo le di un trago a mi café y bajé la mirada. Iba a contestarle, pero ella me interrumpió:

—¡Es hora de irnos!

Me tomó de la mano y me jaló. Casi tiro mi café por el impulso, pero no pude detenerla. Afuera, el sol ya se haba ido a descansar y la oscuridad comenzaba a descender sobre nosotros.

Después de salir de la cafetería y de caminar por la banqueta, apresuramos el paso porque comenzó a llover. En realidad en el cielo no se apreciaba que una lluvia fuera posible, pero no pasaron ni cinco minutos de que salimos cuando la lluvia arreció.

Un poco más adelante le pedí a Roxana que se detuviera, pues me resultó extraño que me jalara de esa forma y que estuviera tan exaltada. A ella no pareció importarle, solo se volteó y me sonrió, pero después continuó. Como me estaba desesperando, jalé mi mano con fuerza y me detuvo de golpe. Ella también se detuvo, se volteó y me habló:

—¿No quieres venir conmigo?

—No es eso, pero si voy quiero saber a dónde vamos —le argumenté.

Ella dio un suspiro y me explicó:

—Si te digo no querrás acompañarme, pero bueno…

—Pues ya veremos —le contesté—. ¿Tiene que ver con lo que decías del tiempo?

—Sí, más o menos —me respondió—, ¿Recuerdas lo que te comenté de mi madre y el #reloj que me regaló?

—Sí lo recuerdo.

—Pues tiene que ver con eso. Acompañame por favor.

Cuando llegamos al lugar pensé que se trataba de una broma, pero cuando la vi ingresar muy segura de sí misma, lo comprendí. La puerta principal estaba cerrada, pero ella ingresó por un hueco y caminó por una estrecha vereda. Atravesamos varios arbustos y estructuras de concreto. Finalmente llegamos y ella se paró frente a una de ellas. La pequeña construcción decía en el frente el nombre de la madre de Roxana, así como su fecha de nacimiento y de muerte.

Roxana se quedó parada un momento frente a la lápida y murmuró una palabras. También comenzó a llorar; se limpiaba las lágrimas constantemente, pero aún así seguían saliendo. Yo me quedé parado detrás de ella y no dije nada. Cuando terminó se volteó y tomó mi mano. Yo la abracé un momento. La luz de la luna era lo único que nos iluminaba.

Finalmente comprendí de qué se trataba.

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Ramsés K. Mishima
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El tiempo es el recurso más valioso que tienes. (Parte 1).

«El tiempo es el recurso más valioso que tienes… y no es renovable».

—Siempre me pongo un poco nostálgica cuando llega esta época —me comentó Roxana— ¿No te pasa igual a ti?

—¿Con época te refieres a llegar al mes de noviembre? —le pregunté.

—Sí. Para mí, una vez que llega septiembre, es como si el año ya estuviera a punto de terminar. Los días transcurren de manera mucho más rápida y casi no asimilo el paso del tiempo.

—Creo que a muchos nos pasa de ese modo —le argumenté a Roxana.

—Pero eso no es lo importante. Lo verdaderamente importante es que me he dado cuenta de que el tiempo es lo más valioso que tengo, que tenemos. Si alguna vez te preguntaran qué es lo más valioso que tienes, ¿qué responderías?

—Pues la mayoría pensamos en algo material.

—¡Exactamente! —gritó Roxana—. La mayoría de las personas piensa en objetos y lo asocia con valor, un valor económico.

—Ya veo…

Nuevamente Roxana estaba filosofando y, después de mi respuesta, se sentó nuevamente en la silla en donde había estado hasta antes de levantarse y comenzar a hablar. A decir verdad, este acto resultó ser un poco extraño para los demás clientes de la cafetería, pues se quedaron mirándola un tiempo.

Ella estuvo pensando unos minutos. Yo le hablé dos veces pero me ignoró. Bueno, tal vez no lo hizo a propósito y seguramente fue debido a que estaba muy concentrada en sus reflexiones. Después de unos instantes por fin habló:

—«El tiempo es el recurso más valioso que tenemos y no es renovable» —expresó emocionada.

Yo le di un trago a mi café y bajé la mirada. Iba a contestarle, pero ella me interrumpió:

—¡Es hora de irnos!

Me tomó de la mano y me jaló. Casi tiro mi café por el impulso, pero no pude detenerla. Afuera, el sol ya se haba ido a descansar y la oscuridad comenzaba a descender sobre nosotros.

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Ramsés K. Mishima
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«¿Cuál es la verdadera esencia del amor?»

«¿Cuál es la verdadera esencia del amor?»

—¿Del amor?

—Sí.

—Creo que no hay esencia en eso. El amor no es algo que se pueda conceptualizar de manera precisa —le respondí.

—Yo creo que sí. Creo que se puede descubrir la verdadera esencia del amor —me refutó ella.

—¿Otra vez tienes problemas de desamor? ¿O por qué la pregunta?

—No, no es eso —me contestó—. Lo que pasa es que, ¿no te parece que es algo que todos percibimos, de una u otra manera, en algún momento de nuestras vidas y no reflexionamos sobre lo que significa en realidad. Solo asumimos que es así. Sentimos atracción por otra persona y deseamos estar con ella, pero en el fondo, ¿consideras que comprendemos la esencia de ese sentimiento?

—Ya que lo pones de ese modo, creo que capto el punto —le respondí y le di la razón para no divagar, pero en realidad no comprendía a qué se refería en particular. ¿Quién se pregunta por esas cosas? Pero no puedo juzgarla, Roxana siempre ha sido así, filosofando por todo.

En el pasado, cuando estudiábamos juntos, Roxana tuvo un par de rupturas amorosas complicadas. Ella siempre había sido una chica muy guapa y pretendientes no le faltaban. Los chicos la veían de una manera, pero nadie conocía su verdadero pasado ni por qué ella era así. Ellos solo apreciaban el recipiente, la parte externa, pero su interior, nunca le prestaron mucha atención.

Durante ese tiempo, ella acostumbraba a reflexionar con cuestionamientos similares y, en realidad, nadie la comprendía. Ni siquiera yo.

—¡Oye! ¿Me estás escuchando? —me gritó Roxana—. ¿No me estás poniendo atención verdad?

Salí del transe y le respondí:

—Sí, perdón, estaba pensando en tu planteamiento —le respondí—. Creo que alguien que se pregunta por la esencia de algo, lo hace porque considera que en verdad necesita descubrir la razón de ser de eso y si aporta algo a su vida.

—¡Vaya! Lo comprendiste. ¡Muy bien!

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Ramsés K. Mishima
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«Quizás no estaba seguro de lo que me interesaba realmente, pero, en todo caso, estaba completamente seguro de lo que no me interesaba».

—¿Qué cosa? ¿Desde cuándo eres tan fatalista? —le pregunté.

Su semblante era de tristeza y depresión, pero no parecía ser una broma.

—¿Fatalista? —me respondió—. No es que sea fatalista, es una frase de Meursault, el protagonista del libro El Extranjero, de Albert Camus.

—¿No era el tipo que siempre se la pasaba deprimido y no encontraba su razón de ser en el mundo? ¿Al que no le importaba nada? ¿El que pierde a su madre al principio de la novela?

—Sí, es ese.

—¿Por qué lees algo tan deprimente? —le cuestioné.

—Porque me parece que lo que dice la historia, a pesar de ser muy antiguo, está más vigente que nunca en los tiempos modernos.

Fruncí el entrecejo y la miré fijamente. Después de pensar las palabras correctas continué con la conversación:

—¿Piensas que las personas somos así, en los tiempos actuales? —le pregunté a Ximena—. Yo diría, que es producto natural de nuestro estilo de vida.

—Puede ser, pero ¿no has pensado que vivimos en un mundo en el cual somos bombardeados de tanta información, de tantos aspectos visuales, de tantos estereotipos, que nos convertimos en lo que la sociedad quiere y no en lo que realmente queremos ser? —me respondió ella.

Pensé un momento su planteamiento.

—¿Te refieres a que dentro de todo ese mar de de medios visuales y mercadotecnia, las personas no logramos encontrar nuestro propósito, nuestra verdadera razón de ser?

—Así es —afirmó Ximena—. En pocas palabras, nuestra verdadera esencia. Nuestra parte más esencial.

Me rasqué la parte trasera de la cabeza.

—La verdad es que no lo había pensado así —le respondí a Ximena—. ¿Y si me prestas ese libro?

—Claro, por qué no.

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Ramsés K. Mishima
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¿Y si hubiera libros que no quieres “dejar ir”, te forzarías a hacerlo?

¿Y si hubiera libros que no quieres “dejar ir”, te forzarías a hacerlo?

—¿Qué cosa? ¿A qué viene esa pregunta?

Enseguida me di cuenta de que miró de reojo la mesa de al lado. Encima estaba el libro Sed de Amor de Yukio Mishima, el cual había estado leyendo antes de que ella llegara.

—Pensé que estabas dispuesto a dejar ir todos tus libros en formato físico y que la siguiente ocasión que te visitara, no tendrías ninguno.

Fruncí el entrecejo.

—No es que esté dispuesto o no lo esté. Lo que quise decir —la otra vez—, fue que los libros que no me gustan, que no leo (y que considero que no leeré) no tiene caso mantenerlos almacenados en el estante. Desde mi punto de vista, evidentemente, se están desperdiciando.

—¿Por eso lees a Yukio Mishima?

—Sí.

—¿Acaso no fue el escritor que se suicidó?

—Sí, fue él. ¿Eso qué tiene que ver?

—Pues renunció a la vida, es decir, me parece curioso que haya “dejado ir” su vida. ¿Eso quiere decir que Mishima era minimalista?

—No estoy seguro; en su literatura no recuerdo que lo mencionara. Lo que sí fue un hecho fue su lucha por sus ideales y que defendió su filosofía con su vida.

—La misma que impregna sus libros.

—Así es.

—Pues el libro se ve muy interesante. Creo que sí deberías conservarlo.

Volteé a ver el libro sobre la mesa.

—Pero si no tengo intenciones de dejarlo ir.

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Ramsés K. Mishima
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¿Poco tiempo para ti mismo?

¡Hola de nuevo!

Al no llevar una vida consciente solemos descuidar el tiempo que destinamos a nosotros mismos y esto es algo muy importante, porque creo que destinar tiempo para nosotros mismos es imprescindible para no perdernos en el camino.

¿A qué me refiero con esto? Algunos pensarán que es una tontería, pero de vez en cuando es bueno hacer una pausa y reflexionar hacia dónde estamos dirigiendo nuestra vida, en especial para revisar si estamos llevándola en la dirección que de verdad queremos. Muchas veces hacemos la cosas por impulso o porque nos han dicho que así deben ser, pero ¿alguna vez te has detenido a replantearte tu vida, a dedicar tiempo para pensar en ti?

Es algo muy provechoso, que ayuda a enfocarte y mejorar algunos aspectos de tu vida, así que creo que siempre debemos tener tiempo para nosotros mismos, a pesar del trabajo, a pesar de las tareas, responsabilidades y a pesar de la vida. Anteriormente no lo hacía porque pensaba que era una tontería, pero he comenzado a dedicar tiempo para mí para replantearse el rumbo que está tomando mi vida. Es algo muy válido y no tiene nada que ver con depresión o que no sepas qué hacer con tu vida. Somos seres humanos y todos titubeamos y tenemos problemas. Nadie es tan fuerte para no sufrir o para no llorar, a menos que seas un robot.

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Ramsés K. Mishima
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Adiós a U2

Hoy avancé en otro paso hacia la depuración de objetos materiales.

Deje ir este DVD-CD de U2. Es de mis bandas de rock favoritas: sí. Sin embargo, ha estado guardado desde hace más de 8 años y solo lo reproduje una vez. Como comenté en uno de los episodios del podcasts, la tecnología ha cambiado de manera drástica en los últimos diez años y con ello, ya no considero necesario mantener este objeto, ni muchos otros. Al final de cuentas el video está en Youtube y el álbum lo tengo en formato digital.

“Dejar ir” en ocasiones es difícil, pero si es algo que ya no es esencial ni necesario, creo que es lo mejor.

Vendí el DVD a una persona que ama U2 como yo, pero que, a diferencia de mí, todos los días reproduce los videos y audios en sus reproductores de DVD y CD y no los tiene guardados. Para él es algo indispensable disfrutar de la experiencia de esta manera y no vía streaming ni digital.

No estoy menospreciando el artículo, al contrario, estoy apreciando su valor y por eso creo que debe estar con alguien para quien tenerlo, signifique algo importante. Yo ya no lo necesito y aún así, mi pasión por U2 sigue intacta.

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Un día a la vez

Alguna vez alguien me dijo que debía vivir un día a la vez. La verdad es que no recuerdo quién me lo dijo o dónde lo escuché, pero creo que es una frase muy cierta. Lo es, porque si reflexionamos, de los tres principales espacios temporales en los cuales se mueve el ser humano, el “presente” es en el que más nos cuesta trabajo actuar y tomar decisiones.

El pasado ya no puede modificarse ni alterarse. Es más, uno de mis maestros alguna vez me dijo: “el pasado solo existe en las mentes de quienes hablan sobre él”. También creo que es muy cierto, pero es bueno retomarlo para no cometer los mismos errores en el presente.

En el caso del futuro, mi abuelo una vez me dijo que sí es importante el futuro, ya que “ese tiempo será el resultado de la combinación de tus acciones en el pasado más las del presente, en especial las del presente”.

Es por eso que considero que nuestro actuar debe centrarse en el presente, un día a la vez, y actuar sobre él; ese día es hoy, así que no podemos vivir estrenados por lo que ya pasó y vivir con ansiedad por el futuro. Mejor disfrutemos el presente, el cual es el único espacio temporal que estamos seguros que sí está sucediendo y en el que podemos actuar.

—A menos que la teoría de la Matrix sea cierta…

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Ramsés K. Mishima
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