Hana |Fragmento 5 |«El Ascenso».

Si las personas del pueblo de Vikunar conocieran el oscuro pasado de Zembu Rambután, —sí, Rambután, como la fruta—, no creerían que ahora es un maestro de meditación que habla solo de cosas positivas. Sin embargo lo interesante no es su YO del presente, ni su YO del pasado, sino, su YO transitorio. ¿Cómo le hizo para salir de ese profundo agujero, oscuro como la cueva más recóndita? Solo él lo sabe.

Durante su profunda meditación matutina, el maestro Zembu no lograba encontrar la paz. Desde hace unos días, la meditación no estaba llenando sus expectativas, pues no lograba enfocarse ni llegar a la conclusión de nada. Estaba consciente de que debía “dejar” que los pensamientos fluyeran, pero también estaba consciente de que, tarde o temprano, “ese río de ideas tenía que desembocar inevitablemente en algún mar”. «¿Será a caso que estoy perdiendo la calma?», pensaba el maestro. O será acaso que las palabras de esa jovencita, Hana, lo habían hecho dudar sobre si todo lo que había creído acerca de la meditación era cierto o simplemente se trataba de lo que él quería creer.

Después de todo, la meditación solo fue, para él, una vía para liberarse de las ataduras de su pasado. «¿Acaso necesitamos padecer el sufrimiento para poder regresar a la estabilidad?» Una pregunta lo llevaba a otra. Ya lo decía el gran Buda en una de sus 4 nobles verdades: «El hombre viene a este mundo a sufrir».

Su YO del pasado creía fervientemente en eso, pero su YO del presente había dejado esa idea desde hace mucho. Cuando perdió a su esposa y a su hija de 2 años en ese fatídico accidente de auto que él provocó, sintió que él también murió ese día.

Por mucho tiempo la culpa lo devoró. Se dejó consumir por el alcohol y la melancolía, la depresión y la tristeza. No había día en el cual no sintiera culpa, no volvió a conciliar el sueño, la comida perdió su sabor, cualquier paisaje, por muy colorido que fuera, era gris para él. Fue como si alguien le hubiera quitado el color a todo su entorno.

Un día en una cantina en el pueblo, ahogado en alcohol comenzó a hacer todo tipo de destrozos en el lugar. Lo corrieron y le tiraron licor encima. Lo bañaron con agua sucia y lo dejaron ahí, con la tierra como único soporte. Fastidiado de la vida, caminó sin rumbo hasta que llegó a la Colina del Silencio. Le llamaban así porque no se escuchaba nada. «Aquí es un buen sitio», pensó el maestro Zembu.

«¿Es así como debe terminar?», pensó. «todo lo que sube, baja, la luz se opaca ante la oscuridad y la maldad conquista inevitablemente la bondad de las personas».

De pronto se detuvo frente a un borde y pensó en aventarse. «Si solo he venido a sufrir a este mundo, ¿no debería ser yo quien termine con ese sufrimiento», se preguntó el maestro Zembu, con el rostro lleno de lágrimas.

Sin embargo cuando estaba por lanzarse al precipicio una voz lo detuvo y le habló:

—¿Es la elección más sencilla verdad?

—¡Eh! ¡Métase en sus asuntos! —le gritó el maestro Zembu.

—Ciertamente, si te avientas a ese precipicio todo terminara, incluido tu sufrimiento, pero ¿es aquí donde termina la razón de ser de tu existencia? ¿Esto es lo único para lo que has venido a este mundo?

—¡Solo vine a este mundo a sufrir! —contestó el maestro Zembu—. ¡Todos los días veo los rostros de mi esposa y mi hija en mis sueños, me siguen a todas partes! ¡Es por mí que están muertas! ¡Usted que va a saber viejo! ¡Lárguese de una buena vez!

—Bien, si así lo deseas, me retiraré —le contestó el anciano—, pero déjame decirte algo antes de que me vaya. Conozco un método para que puedas liberarte de tu sufrimiento. No es fácil, pero puedes conseguirlo. No tienes que morir para liberarte. Tampoco tienes que olvidarlas, simplemente tienes que aprender a convivir con su recuerdo.

—¿Convivir?

Y así fue como comenzó el camino de la iluminación del maestro Zembu. A veces se nos presentan buenas oportunidades para cambiar, pero no las tomamos.

«La Esencia del Amor».

Cuando tenía 16 años me enamoré de una chica de mi escuela. Era muy hermosa y sobresalía entre las demás chicas. Sin embargo no sobresalía por su belleza; sobresalía por su calidez y su nobleza. ¿Cómo sé que era amor? No estoy seguro, pero si utilizo la conceptualización básica y mundana de amor, como aquel sentimiento que se manifiesta por el cariño, aprecio o deseo por otra persona, entonces sí era amor.

Recuerdo cuando la conocí, en la clase de Historia. Hasta ese momento no me había percatado de su presencia, pero un día nos seleccionaron para realizar una exposición en parejas, sobre el periodo de la Edad Media. Ella se acercó y me habló. Yo estaba mirando por la ventana la vida en su máximo esplendor. Tanta luz me cegaba. Cuando se acercó me dijo su nombre:

—¡Hola!, me llamo Samantha. Vamos a trabajar juntos para la exposición. Nos tocará en dos sesiones. ¿Tú cómo te llamas?

La volteé a ver y su sonrisa me deslumbró, como la sonrisa de las modelos que anuncian pasta dental en la televisión, una dentadura perfecta e irreal.

—Me llamo Gabriel —le contesté.

—¿Y bien? ¿Qué parte de este periodo te gusta más?

—¿Eh?

Ella se rió.

—Es hora de volver a la realidad —me dijo.

Por aquel entonces mi vida no iba a ningún lado. Nada tenía sentido ni claridad para mí. Era como un trompo que daba vueltas y vueltas en el mismo lugar. Cuando se acababa la energía que me hacía girar, alguien o algo me volvía a dar vuelta y giraba sin parar, sobre mi propio eje y sin avanzar.

Todo los días eran iguales: ir a la escuela, hacer tiempo, tomar alcohol con mis amigos, saltarme las clases y ver series de televisión. Comer cualquier cosa para sentirme satisfecho y dormir hasta la madrugada. Siempre con ojeras y con videojuegos como única diversión.

Solo era un recipiente que podía contener cualquier cosa, menos felicidad. Si pusieras todo lo que acabo de mencionar en un costal de basura, en lugar de mi cuerpo, no habría diferencia.

Algunos días amanecía en el piso, otros en el sillón. Era como una figura de plástico que se moldeaba a la forma de cualquier superficie, moría unas horas y despertaba para continuar en un ciclo sin fin.

Lo único que me mantenía con vida era el amor que sentía por ella. Acudía a la escuela para ver su sonrisa y apreciar su andar. Si me hubieran preguntado en aquel entonces ¿cuál era la razón de que estuviera vivo? hubiera respondido: «Me mantengo vivo para ver su sonrisa». ¿Y si ella no estuviera? «Mmm, pues, no sé, creo que hubiera podido morir cualquier día».

Por las tardes, entre clases o al regresar a casa, elaboraba algunos dibujos de ella. Todavía no había celulares con buenas cámaras y por supuesto no tenía dinero para comprar una cámara decente. Para materializar su imagen, la dibujaba en mi libreta de la clase de Historia e imaginaba que yo era un príncipe y ella una princesa. ¡Vaya estupidez! ¿Quién se imagina tal cosa? ¿Tal tontería?

Un día que me armé de valor, creo que el único, compré dos mantecadas y dos cafés en el OXXO que estaba afuera de mi escuela y los llevé. El café estaba hirviendo, por cierto. Cuando llegué con el café y los dos panes, me paré junto a ella y le hablé. Ella estaba con sus amigas hablando de no sé qué, pero se levantó, sonrió y me habló:

—Hola ¿Qué pasa? ¿Y ese café?

Sus amigas me miraron como si yo fuera un extraterrestre.

—Lo traje para ti. También traje dos panes para comerlos juntos —le respondí. Me sentí la persona más idiota del mundo. Como cuando Forrest Gump le confiesa su amor a Jenny. ¡Un café! ¡En pleno mes de junio! ¡Con el calor a más no poder!

Ella sonrió y me contestó:

—¡Qué lindo! Vamos a comernos las mantecadas.

Ella me tomó de la mano y me llevó a una de las bancas, bajo un árbol. Estaba tan hipnotizado que me quemé la boca cuando le di un trago al café. «¡Qué bueno!» pensé, ya que eso me regresó a la realidad. Ella tocó mi labio con su mano y lo acarició. «Ten cuidado, está caliente», me dijo. «Sí», le contesté.

Yo era como un robot programado para responder de forma concreta y mecánica. Me costaba elaborar frases coherentes que expresaran lo que sentía. Solo veía su sonrisa y su hermoso cabello, color castaño y brillante, ondear por el viento.

Sin embargo ella nunca me amo. A pesar de que le confesé mi amor nunca pude alcanzarla, ni siquiera tocar, aunque fuera un poco, su corazón. No es que fuera inalcanzable o que tuviera novio, es simplemente que ella se encontraba en un nivel mucho más alto en la escalera de la madurez.

Todo el tiempo me preguntaba: «¿Cómo es que no puede amarme? ¿Cómo es que no puedo llegar a su corazón?» Por más que intentaba subir por la escalera no podía llegar hasta donde se encontraba. La mayor parte de mi adolescencia traté de encontrar la respuesta, pero nunca lo logré. Pero ella sí, ella sí la sabía; yo estaba roto por dentro y ella se percató.

No me di cuenta hasta el momento en que le declaré mis sentimientos. Cuando le dije que estaba enamorado de ella —para eso ya tenía algún tiempo de conocerla—, me respondió:

—Gracias por expresarme tus sentimientos, significan mucho para mí. Ya lo sabía, pero me hace muy feliz. Lamentablemente no puedo amarte, por más que quiera, lo siento en el alma.

—¿Por qué no puedes amarme? ¿Qué me hace falta? ¿Es acaso que tienes novio?

—No tengo —me respondió.

—¿Entonces? ¿No te gusto fisicamente? ¿Soy muy inmaduro?

—No es eso. Sí me gustas, pero la atracción física solo es “una puerta de entrada al castillo”.

—¿Al castillo? ¿Cuál castillo? —le pregunté, desde mi estúpida inmadurez.

—¡Mírame! ¡Mírame Gabriel! —me indicó.

Hasta ese momento no me había percatado que mi mirada estaba fija en el suelo. Levanté la vista y la miré. Sí que era hermosa, pero en ese momento, con su mirada estrellada, sentí que se me partía el corazón en dos. Al mirarla de frente sentía como si me encogiera y ella aumentara de tamaño, como en esa película en donde el papá es un científico y encoge a los niños o algo así.

—No puedo amarte por una simple razón —me contestó—: no puedo amar a alguien que no se ama a sí mismo.

—¡Eh! ¿Cómo? —le pregunté confuso.

—¿Cómo puedes decir que amas a alguien, si antes no te amas tú mismo?

Ella soltó mi mano y comenzó a llorar. Me dio un beso en la mejilla y se marchó. Yo me quedé parado, tieso, como un árbol y no supe cómo reaccionar. Se terminaron las respuestas precargadas en mi sistema.

Ahora que soy un adulto comprendo porqué nunca me amó. Nunca supe cuál era la verdadera esencia del amor. No tenía que entregarle todo, no tenía que demostrarle nada. Estaba completo. Solo tenía que amarme y aceptarme, para que ella me abriera su corazón.

¿Darlo todo por alguien? ¿Acaso alguien merece más tu amor que tú mismo? ¿Acaso es posible amar si estás roto por dentro?

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Ramsés K. Mishima

La Filosofía Minimalista

@lafilosofiaminimalista

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