Hana | Fragmento 1 | «¿Cuál es el verdadero objetivo?».

Cuando Hana llegó con el maestro Zembu, se sorprendió de verlo inmutable, meditando y sentado en la posición de la flor de loto, frente a la estatua del Buda dorado. En un primer momento pensó en hablarle, pero, enseguida, se detuvo y reparó en que no sería buena idea interrumpirlo; siempre se molestaba cuando lo hacía.

Si bien ella aún no creía en los beneficios de la meditación, el ver al maestro Zembu, sentado, con la cara serena, y con las manos cruzadas, le producía una sensación de tranquilidad y paz interior. A Hana le gustaba concentrarse en seguir la respiración del maestro, poco a poco, absorbiendo un poco de su paz.

Ella no lo sabía, pero, de cierta forma, también estaba meditando. No cerraba los ojos porque sentía que se perdería, así que se mantenía despierta, observando a su maestro. Bajo el gigantesco árbol Bodhi, el maestro Zembu parecía el mismo Buda, a punto de alcanzar la iluminación. Incluso se percibía un aura en el ambiente que ella no podía explicar.

Lo único que sentía, al seguir su respiración, era cómo todo a su alrededor se llenaba de vida. Las hojas del Árbol Bodhi se ponían de un color verde más intenso; sus ramas café, se intensificaban en grosor. Más aves se acercaban a su follaje para apreciar al maestro Zembu y el sonido de la fuente frente al templo , incluso parecía un fondo musical para amenizar la meditación.

Ella no podía comprender esa sensación, pero, en realidad, se estaba contagiando de los beneficios de la profunda relajación del maestro Zembu. Sin embargo, después de un rato, se levantó y pensó en irse, producto de su falta de paciencia. Antes de que incluso dejara el lugar, el maestro Zembu se dirigió a ella. Hana no se dio cuenta en qué momento el maestro abrió los ojos y los clavó en ella.

—¿A dónde vas?

—Creo que es hora de regresar a casa —le contestó Hana al maestro Zembu.

—Esta bien —le contestó el maestro—, pero, antes de que te vayas, quiero que me respondas una pregunta.

—¿Una pregunta? ¿De qué se trata?

—¿Crees que el estar aquí, sentado, en esta posición ridícula, como tú le llamas, es una pérdida de tiempo? —le preguntó el maestro Zembu a Hana, con la cara alargada y seria, sumamente seria.

—¡No maestro! ¡Yo jamás! —contestó Hana exaltada—, no me atrevería a burlarme de su meditación.

—¿A sí? Entonces responde la pregunta, ¿crees que la meditación es una pérdida de tiempo?

—Lo que creo es que si a usted le sirve, entonces no es una pérdida de tiempo, pero si a los demás no les sirve, entonces sí es una pérdida de tiempo —le contestó Hana, esperando que su respuesta no molestara al maestro Zembu.

—Entiendo —le contestó el maestro—. ¿Sabes Hana, cuál es tú problema?

—No maestro.

—El problema es que estás pensando la respuesta en función a ti y la razón de ser de las cosas de mundo, en pocas ocasiones, se limitan solo a uno mismo.

—¿A qué se refiere maestro?

—Te lo explicaré de la siguiente forma —le precisó el maestro Zembu—. ¿Crees que los árboles realizan la fotosíntesis para sí mismos? ¿Crees que el sol ilumina para sí mismo? ¿Crees que los ríos y los mares existen para sí mismos? ¿Crees que el ser humano debe existir solo para sí mismo?

—No entiendo lo que quiere decir maestro. ¿Es decir, el objetivo de la meditación no es solo encontrarnos a nosotros mismos?

—Ese sería un buen objetivo, ciertamente, —le contestó el maestro Zembu—. Pero para que ese fuera el objetivo de la meditación, el ser humano tendría que existir solo para sí mismo, y no es así. ¿O a caso vives solo para ti misma?

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Ramsés K. Mishima

La Filosofía Minimalista

@lafilosofiaminimalista

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«¿Si no está impreso no es un libro?».

En aquél entonces ya habían sido, si mal no recuerdo, tres ocasiones en las que lo vi leyendo de esa manera. No pensé que lo tomara tan enserio, pero lo cierto es que sí. Siempre había pensado que leer en digital era una tontería y que le faltaba el respeto a la tradición del libro impreso. ¡Si la experiencia es única! ¡El iPad está suprimiendo la tradición del libro impreso!

—¿Y ahora me dirás que debo dejar de comprar libros impresos y comprarlos mejor en digital?

Yo continué con mi lectura y traté de no desviarme del texto que revisaba.⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀

—¡Hey! —exclamó Samantha—, ¡responde!⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀

—Yo no puedo decirte qué debes comprar y qué no —le respondí—. Cada persona debe ser lo suficientemente consciente de lo que adquiere. Lo cierto es que comprar libros en formato digital es mejor para el medio ambiente y para los árboles.

—Sí, pero no es la misma experiencia —me argumentó—. No se siente lo mismo leer un libro en papel a un libro en el iPad.

—Claro que no es igual. No es la misma experiencia, porque no es el mismo acercamiento. Sin embargo, el contenido, al fin de cuentas, es el mismo. ¿O no es así?

—En eso tienes razón —me concedió—. Pero es que, tal vez, ya lo olvidaste, pero la experiencia de leer un libro impreso es increíble. Sentir el paso de las hojas con las yemas de tus dedos… su textura… el olor a libro… papel… esa esencia que emana… ¡Ah! Y me encanta cuando, mmm… ¿pues tú sabes no? el aroma de las hojas nuevas cuando quitas el plástico que cubre los libros nuevos. La sensación y el aroma es una experiencia magnífica. ¿O es que nunca abriste un libro nuevo y pegaste la cara y la nariz entre las hojas para aspirar el aroma que desprenden?

—Claro que sí —le respondí—, sin embargo, la cubierta de los libros nuevos es de plástico, y también es un agente altamente contaminante.

—¿Qué siempre tienes que quitarle la esencia a las cosas?

—¿Eh? ¿Quitarle? Simplemente digo lo que es.

—Pero si el film de plástico que traen los libros es muy delgado.

—Sí, pero multiplicado por el número de libros que se venden en el mundo el impacto es muy grande.

—¿Entonces los libros nuevos deberían venderse sin el film protector? ¡Si de por sí muchos se maltratan! Ahora sin el film vendrían todos golpeados —precisó Samantha.

—Creo que es una alternativa —le contesté—. Eso se está haciendo poco a poco con las frutas y verduras, podrían hacer lo mismo con los libros. Pero bueno, el punto es que leer un libro impreso a una digital no es la misma experiencia y tal vez nunca lo sea, pero la realidad es que el contenido es el mismo, así que técnicamente no debería haber problema en leer uno u el otro.

—Pues yo prefiero seguir leyendo mis libros en formato impreso —me respondió Samantha, tajantemente—. Para mí la experiencia lo es todo.

—Para mí también —le contesté—. ¿Puedo seguir leyendo mi libro?

—¡Haz lo que quieras!


Ramsés K. Mishima

La Filosofía Minimalista

@lafilosofiaminimalista

Historia de Ximena (Fragmento 3)

©Ramsés K. Mishima /@lafilosofiaminimalista

El domingo por la mañana —es decir, tres días después de que hablé con Ximena, cuando la llamada se cortó—, marcaron a mi teléfono celular a las 8:00 am. «¿Quién rayos llama por teléfono a esa hora?», me pregunté «¿El banco?», tal vez, pero yo no tenía más que una cuenta bancaria normal, de débito. Hacía tiempo que había cancelado la tarjeta de crédito y no tenía nada más.

No pensaba contestar, pues estaba profundamente dormido y sentía cómo una fuerza superior a mí me impedía separarme físicamente de la cama. Sin embargo, como el celular sonaba tan fuerte, estiré la mano para apagarlo, pero cuando busqué en el mueble de al lado, no encontré nada. Abrí los ojos y volteé a ver y me percaté de que el teléfono estaba en mi escritorio, por lo que no me quedó más que levantarme de mi cama. No quería hacerlo, pero reuní todas mis fuerzas para despegarme de la cama y contestar, pues no dejaba de sonar.

Cuando contesté el teléfono una voz de mujer me gritó molesta y me llenó de preguntas que apenas alcanzaba a comprender, como si me hablara en otro idioma. No comprendí ni el 20% de lo que dijo en primera instancia, así que tuve que intervenir para pararla y decirle que no comprendía.

—¡A ver! ¡a ver! ¿qué pasa? ¿quién es y porqué me llama a esta hora? —le pregunté—. Si es del banco, déjeme decirle que no me interesa contratar ninguna tarjeta de crédito ni nada así que…

—¡No soy del banco! —me interrumpió la mujer. Por el tono de su voz, me di cuenta de que no se trataba de una mujer joven, tal vez de mediana edad, a lo mejor en la mitad de los cuarenta—. ¡Sabes perfectamente porqué te estoy llamando! ¡Te exijo que me digas en dónde está! ¡Tú no tienes ningún derecho! ¡Así que dime en dónde está y porqué no ha regresado!

«¿Porqué no ha regresado?». «¿De qué demonios hablaba esa mujer?». Abrí un poco la persiana de mi cuarto para que la luz entrara y mi cerebro se activara más rápido. Después le contesté:

—Señora, con el debido respeto, no sé de qué me habla. Se equivocó de número, por favor verifique su marcación —cuando dije esta última parte me sentí como la chica de la grabación de Telcel…

—¡Mira jovencito!, no sé qué clase de broma es esta, pero déjate de juegos —me expresó molesta y después precisó—: ¡No me equivoqué de número! ¡Yo sé quien eres! Ximena me dijo tu nombre y dejó una nota para ti en su mesa. La hoja dice con la letra de Ximena: «Mamá, no te preocupes por mí, estaré con (la nota decía mi nombre)». ¡Así que dime en dónde está! ¿Si no está contigo a dónde fue?

Cuando la mujer terminó, caí en la cuenta de que se trataba de la madre de Ximena y recordé que ya había escuchado su voz en una ocasión, cuando fui a su casa. Por otro lado, cuando ella mencionó el nombre de Ximena, mi cerebro se activó y despertó de su letargo. A veces soy como esas computadoras antiguas que necesitan tiempo para encender y abrir los programas y aplicaciones.

—Lo siento, no sabía que se trataba de usted —le contesté a la mamá de Ximena—, pero la verdad es que no sé en dónde está. Yo no he hablado con ella desde la vez pasada, el miércoles. Ese día la llamada se cortó y ya no volvimos a hablar. ¿No será que se escapó con su novio y se fue de paseo o algo así?

—¡Qué cosa! Pero si yo pensaba que su novio eras tú. Hasta donde sé ella no tiene otro novio, así que si ese es el caso debe estar contigo.

—¡Eh! ¡no! ¡no! para nada, ella y yo solo somos amigos —le respondí, sinceramente y después agregué—: desconozco en dónde estará, pero si gusta la llamaré y…

—¡Yo ya le he estado marcando infinidad de veces! —me gritó—, ¿acaso crees que no se me había ocurrido marcarle? Ella no contesta ni responde los mensajes. ¿La habrán secuestrado?

Cuando dijo la palabra «secuestrado», sentí un nudo en la garganta.

—No lo creo —le contesté—. Déjeme marcarle e intentar localizarla. Tal vez no quiere hablar con usted, pero puede que a mí me responda. Si sé algo se lo hará saber.

—¡Eso espero! La última vez que hablé con ella, sonaba preocupada y nerviosa por el tema del virus, pero le dije que no era para tanto y que solo había que seguir las indicaciones que ha dado el gobierno, pero ella parece creer que se trata de algo más.

«Lo mismo le dije yo», pensé.

La madre de Ximena colgó el teléfono después de decirme algunas cosas más a las cuales no les presté atención. Solo respondí: «¡Ah! si» «Ok» «Claro, sin problema, yo le marco…». Cuando finalmente se despidió me sentí aliviado.

Sin embargo, me parecía raro lo que pasaba con Ximena. ¿A dónde demonios se había ido y porqué dejó una nota en donde decía que estaría conmigo? Eso me metería en problemas a mí.

Por otro lado, no parecía que se hubiera escapado de su casa porque sí o que se hubiera fugado con alguien. No tendría sentido que dejara una nota y que dijera que estaría conmigo. Obviamente su madre me marcaría tarde o temprano. Pensé en investigar en ese momento, pero reparé en que era demasiado temprano y mi cuerpo aún no podía ponerse a pensar. Cerré la persiana de mi cuarto y me acosté a dormir otra vez. Ya habría tiempo para investigar.

Autor: Ramsés K. Mishima

La Filosofía Minimalista

@lafilosofiaminimalista

Historia de Ximena (Fragmento 2).

Ximena me llamó por teléfono después de tres días. Yo pensé que su ansiedad se había calmado, pero no fue así. Esta vez sabía el motivo; era una tontería, o tal vez no. Cuando contesté, una tormenta se desbordó sobre mí y me arrastró a lo más profundo del océano.

—¡No puede ser! ¡Lo sabía! ¡Te lo dije! —me gritó efusivamente—. ¡No quisiste creerme! ¡Ah! pero ¿por qué habría de creerle a la loca de Ximena? ¡Eh! Si ella es quien toma antidepresivos y se muerde las uñas todo el tiempo. ¡No hay que tomarla tan en serio! ¡Ignórenla!

En mi mente imaginé a Ximena mordiéndose las uñas y haciendo un sonido parecido a un «tac, tac»; ese sonido que sobresale cuando al morder las uñas los dientes chocan.

Cuando la tormenta pasó le respondí:

—¿Y ahora qué pasa? ¿Finalmente los infectados por coranavirus se convirtieron en zombies?

—¿Ya vas a comenzar con tus tonterías? —me preguntó—. ¿Qué no puedes tomarte nada en serio?

—La vida es demasiado compleja como para tomarnos todo tan en serio —le repliqué.

—¿Ah sí? ¿Vas a decirme que debemos tomarnos las cosas de forma «simple y sin tanto estrés» o ese tipo de tonterías?

—No, simplemente te hice una pregunta que respondiste con otra pregunta —le contesté—, así que dime: ¿qué rayos pasa?

Ximena me contó que el día miércoles —es decir el día anterior a cuando me marcó— se enteró de que no solo la cantidad de infectados había aumentado, sino que, además, se percató, según ella, de que no habían pasado en los medios entrevista alguna de un infectado por el virus, ni a nadie que dijera, de viva voz, cuáles eran los síntomas y sensaciones que experimentaba propiamente.

Ahora ella era quien pensaba que todo se trataba de una conspiración del gobierno. «¿De qué gobierno, me pregunté yo». Me dijo que pensaba que tal vez el mismo gobierno produjo el virus y lo introdujo en algunos animales. Ella pensaba que se trataba de Estados Unidos y que era una estrategia para debilitar a China, su principal enemigo económico. Sin embargo, todo se había salido de control porque los organismos internacionales no supieron tomar las medidas adecuadas para controlar el flujo de personas en China.

—¿No crees que has jugado demasiado Resident Evil? —le pregunté y la interrumpí abruptamente.

—¡Ja! Mi hermana dijo lo mismo, pero yo creo que no está fuera de lugar —me contestó a la brevedad.

En mi mente, imaginé a Ximena nerviosa detrás del teléfono. Seguro llevaba esas gafas de montura de pasta dura, color negra y de cristales redondeados. Siempre pensé que eran muy grandes, como los que usaba el trompetista Dizzy Gillespie. También recordé —no sé porqué— la forma de su rostro y su corte de cabello. Una vez le dije que se parecía a Vilma de ScoobyDoo y ella se molestó.

—¿No crees que si ese fuera el caso, es decir, de tu teoría, al ver la magnitud de personas infectadas, ya hubieran anunciado la vacuna?

—¡Claro que no! —me refutó—. ¡Piénsalo! Si así fuera, casi casi sería como decir: «Nosotros tuvimos la culpa, así que ahí está la vacuna». Además sería muy obvio, pues los demás países pensarían inmediatamente que Estados unidos fue el culpable. Y con la cantidad de países que han presentado casos… todo el mundo estaría en contra de ellos…

Me imaginé a Ximena haciendo la expresión que acostumbraba hacer y que me trataba de decir «¿Cómo es que no lo entiendes?, ¿eres tonto o qué?». Después continuó:

—Mira, sé que suena muy descabellado, pero velo de esta manera: esto puede ser el inicio de la tercera guerra mundial, solo que ahora el combate no será con armas de fuego, sino con armas biológicas que puedan acabar con más personas a un coste menor y sin tanto escándalo, bueno, explosivamente hablando —me explicó Ximena, casi susurrando, como si estuviera contándole a una de sus amigas de la preparatoria sobre el chico del que estaba perdidamente enamorada.

—Creo que nunca debí invitarte a jugar Resident Evil, pero es que te veían tan aburrida y sola…

—¡No! ¡No! ¡Basta! —me interrumpió—. ¡Mira! En este momento no tengo mucho tiempo… pero estoy reuniendo más evidencia… y ya verás cómo todo tiene sentido y cuando te lo muestre y explique con más fundamentos me dirás: «¡Wow! ¡Ximena tenía razón! ¡Es una conspiración del gobierno! ¡Qué idiota fui, soy un tonto! ¡Debí creerle!».

—Mmm, no creo insultarme tanto —le contesté.

—¡Ya! Vamos, me tengo ir. Te llamaré después y te explico lo que…

Y la llamada se cortó. No sé si ella colgó para dejarme en suspenso o si la señal en verdad falló, pero ella no me volvió a llamar. Pensé en marcarle, pero creo que ya había sido suficiente de la imaginación de Ximena. Ella en verdad se creía lo que me decía.

Supuse que no había hecho lo que le dije la otra ocasión y que había sucumbido ante los antidepresivos. Tal vez por eso soñó todas esas cosas.

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Autor: Ramsés K. Mishima

La Filosofía Minimalista

@filosofiaminimalista

«Deja de compararte. Encuentra tu autenticidad».

  1. ¿Por qué nos comparamos?
    Porque no estamos conformes con lo que tenemos ni con lo que somos. ¿O es una acción natural? ¿En verdad es así?
  2. La base material de la comparación. Los objetos materiales son lo más evidente por eso tendemos a compararnos con los objetos que poseen los demás.
  3. Humildad y agradecimiento por lo que tienes y lo que eres. Si estás leyendo estas líneas, tienes mucho qué agradecer.
  4. Compara tus experiencias, no tus objetos. Los objetos son solo un complemento y deberíamos poder seguir siendo nosotros mismos sin ellos.
  5. Deja de compararte para encontrarte a ti mismo. Entre más objetos tengas más será tu ansiedad por compararte con los demás, y así será un círculo vicioso que nunca terminará.

Ramsés K. Mishima

@lafilosofiaminimalista

«Chapado a la antigua/An old fashioned man».

«Chapado a la antigua/An old fashioned man».

El viejo Ildefonso se despertó y abrió los ojos. Lo único que observó en ese momento fue el techo desgastado de su casa y los rayos de luz que destellaban y le golpeaban la cara directamente. «Otra vez olvidé cerrar la cortina», pensó y se levantó. Su ser apenas comenzaba a adaptarse de nuevo a la vida. ¡No no!, no es que hubiera muerto, pero cuando dormía, nada lo despertaba y siempre decía: «Yo no duermo, yo me muero y por la mañana, resucito para continuar…».

Las personas pensaban que era una tontería, y digo personas, porque amigos como tal el señor Ildefonso ya no tenía. A sus 75 años se consideraba una persona “chapada a la antigua” o, como decía la canción en inglés an old fashioned man.

Al señor Ildefonso siempre se le veía con la cara larga, triste y melancólica. La razón era clara, pero no se la contaba a cualquier persona, ni a los que anteriormente habían sido más cercanos. Después de la muerte de su esposa, él cambió, comenzó a alejarse de todos los círculos y se aisló en su casa.

Pero aún así llamaba la atención. No él en sí, sino el binomio que hacía cuando subía a su viejo Chevrolet Bel Air del 57 y conducía por las calles de la ciudad. Se lo había regalado su padre cuando entró a la universidad. Recordó, entonces, después de levantarse y mirarse al espejo, cómo le gustaba pasear junto a su esposa en ese bonito auto. Mientras él conducía, ella lo tomaba de la mano y solo lo soltaba cuando tenía que cambiar de velocidad.

Amó a su esposa como a ninguna otra mujer y vaya que amó a otras, pero, como quién dice, «nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde», y el señor Ildefonso lo supo cuando la perdió. Como todos los días, se arrepintió de muchas cosas, de muchas palabras dichas, de muchas acciones hechas y de muchos pensamientos no concretados.

Ese día algo en él se activó y decidió honrar a su esposa. Pensó que no valía la pena o que era una tontería, pero, después de eso, se decidió. Su cuerpo se llenó de energía y entró a la ducha. Se aseó, se rasuró y se cortó las uñas. Eligió cuidadosamente las prendas y se vistió. Se peinó con gel, aunque no acostumbraba a hacerlo y se untó crema en la cara y el cuerpo. Nada que ver con el viejo que estaba tirado hace un momento en la cama.

Ya vestido con el viejo traje que usaba cuando salía con su esposa, sin corbata claro, pero con los zapatos bien lustrados, subió a su viejo automóvil y salió a la calle. Se dirigió a la antigua cafetería a la que solía ir con su amada y se sentó ahí, solo, en una mesa al aire libre. Le gustaba el lugar porque la decoración y los muebles era todos de color café rústico y estaba rodeado de plantas. Según él, “le daba un aspecto clásico”. Otro aspecto que le encantaba era que el techo era de cristal transparente. Recordó que le gustaba mucho acudir ahí con su esposa cuando llovía, porque podían ver la lluvia mientras caía y ellos pasaban el rato ahí.

Pidió su taza de café americano y un bisquet de mantequilla partido en dos. El viejo Ildefonso no le ponía azúcar, pues le gustaba el café amargo y fuerte, sentir la esencia del café. Se sentó ahí y sacó su celular, lo desbloqueó y buscó entre las fotos la imagen de su esposa. En realidad era una foto que le tomó a otra foto que tenía en un cuadro en su casa, pero la cual le gustaba llevar a todas partes.

«Qué ridículo debo de verme, un viejo con un celular viendo una foto de su esposa», pensó el viejo Ildefonso. Pero no le importó. A pesar de que el lugar estaba vacía al principio, poco a poco comenzó a llegar más personas, pero a él no le importó. Continuó bebiendo su café y mirando la foto de su amada, así, en silencio, como antes, solo eran los dos. El mundo giraba a su alrededor y la vida seguía, pero para ellos se detenía el tiempo y solo existían los dos.

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Ramsés K. Mishima
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El tiempo es el recurso más valioso que tienes. (Parte 2)

Después de salir de la cafetería y de caminar por la banqueta, apresuramos el paso porque comenzó a llover. En realidad en el cielo no se apreciaba que una lluvia fuera posible, pero no pasaron ni cinco minutos de que salimos cuando comenzó a llover más fuerte. ⠀

Un poco más adelante le pedí a Roxana que se detuviera, pues me resultó extraño que me jalara de esa forma y que estuviera tan exaltada. A ella no pareció importarle, solo se volteó y me sonrió, pero después continuó. Como me estaba desesperando, jalé mi mano con fuerza y me detuve de golpe. Ella también se detuvo, se volteó y me habló:⠀

—¿No quieres venir conmigo?⠀

—No es eso, pero si voy quiero saber a dónde vamos —le argumenté.⠀

Ella dio un suspiro y me explicó:⠀

—Si te digo no querrás acompañarme, pero bueno…⠀

—Pues ya veremos —le contesté—. ¿Tiene que ver con lo que decías del tiempo?⠀

—Sí, más o menos —me respondió—, ¿Recuerdas lo que te comenté de mi madre y el reloj que me regaló? ⠀

—Sí lo recuerdo. ⠀

—Pues tiene que ver con eso. Acompáñame por favor. ⠀

Cuando llegamos al lugar pensé que se trataba de una broma, pero cuando la vi ingresar muy segura de sí misma, lo comprendí. La puerta principal estaba cerrada, pero ella accedió por un hueco y caminó por una estrecha vereda. Atravesamos varios arbustos y estructuras de concreto. Finalmente llegamos y ella se paró frente a una de ellas. La pequeña construcción decía en el frente el nombre de la madre de Roxana, así como su fecha de nacimiento y de muerte. ⠀

Roxana se quedó parada un momento frente a la lápida y murmuró unas palabras. También comenzó a llorar; se limpiaba las lágrimas constantemente, pero aún así seguían saliendo. Yo me quedé parado detrás de ella y no dije nada. Cuando terminó se volteó y tomó mi mano. Yo la abracé un momento. La luz de la luna era lo único que nos iluminaba.⠀

Finalmente comprendí de qué se trataba. ⠀⠀

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Ramsés K. Mishima
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«¿Cuál es la verdadera esencia del amor?»

«¿Cuál es la verdadera esencia del amor?»

—¿Del amor?

—Sí.

—Creo que no hay esencia en eso. El amor no es algo que se pueda conceptualizar de manera precisa —le respondí.

—Yo creo que sí. Creo que se puede descubrir la verdadera esencia del amor —me refutó ella.

—¿Otra vez tienes problemas de desamor? ¿O por qué la pregunta?

—No, no es eso —me contestó—. Lo que pasa es que, ¿no te parece que es algo que todos percibimos, de una u otra manera, en algún momento de nuestras vidas y no reflexionamos sobre lo que significa en realidad. Solo asumimos que es así. Sentimos atracción por otra persona y deseamos estar con ella, pero en el fondo, ¿consideras que comprendemos la esencia de ese sentimiento?

—Ya que lo pones de ese modo, creo que capto el punto —le respondí y le di la razón para no divagar, pero en realidad no comprendía a qué se refería en particular. ¿Quién se pregunta por esas cosas? Pero no puedo juzgarla, Roxana siempre ha sido así, filosofando por todo.

En el pasado, cuando estudiábamos juntos, Roxana tuvo un par de rupturas amorosas complicadas. Ella siempre había sido una chica muy guapa y pretendientes no le faltaban. Los chicos la veían de una manera, pero nadie conocía su verdadero pasado ni por qué ella era así. Ellos solo apreciaban el recipiente, la parte externa, pero su interior, nunca le prestaron mucha atención.

Durante ese tiempo, ella acostumbraba a reflexionar con cuestionamientos similares y, en realidad, nadie la comprendía. Ni siquiera yo.

—¡Oye! ¿Me estás escuchando? —me gritó Roxana—. ¿No me estás poniendo atención verdad?

Salí del transe y le respondí:

—Sí, perdón, estaba pensando en tu planteamiento —le respondí—. Creo que alguien que se pregunta por la esencia de algo, lo hace porque considera que en verdad necesita descubrir la razón de ser de eso y si aporta algo a su vida.

—¡Vaya! Lo comprendiste. ¡Muy bien!

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Ramsés K. Mishima
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¿Y si hubiera libros que no quieres “dejar ir”, te forzarías a hacerlo?

¿Y si hubiera libros que no quieres “dejar ir”, te forzarías a hacerlo?

—¿Qué cosa? ¿A qué viene esa pregunta?

Enseguida me di cuenta de que miró de reojo la mesa de al lado. Encima estaba el libro Sed de Amor de Yukio Mishima, el cual había estado leyendo antes de que ella llegara.

—Pensé que estabas dispuesto a dejar ir todos tus libros en formato físico y que la siguiente ocasión que te visitara, no tendrías ninguno.

Fruncí el entrecejo.

—No es que esté dispuesto o no lo esté. Lo que quise decir —la otra vez—, fue que los libros que no me gustan, que no leo (y que considero que no leeré) no tiene caso mantenerlos almacenados en el estante. Desde mi punto de vista, evidentemente, se están desperdiciando.

—¿Por eso lees a Yukio Mishima?

—Sí.

—¿Acaso no fue el escritor que se suicidó?

—Sí, fue él. ¿Eso qué tiene que ver?

—Pues renunció a la vida, es decir, me parece curioso que haya “dejado ir” su vida. ¿Eso quiere decir que Mishima era minimalista?

—No estoy seguro; en su literatura no recuerdo que lo mencionara. Lo que sí fue un hecho fue su lucha por sus ideales y que defendió su filosofía con su vida.

—La misma que impregna sus libros.

—Así es.

—Pues el libro se ve muy interesante. Creo que sí deberías conservarlo.

Volteé a ver el libro sobre la mesa.

—Pero si no tengo intenciones de dejarlo ir.

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Ramsés K. Mishima
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Lo que posees acabará poseyéndote.

«Lo que posees acabará poseyéndote».

(Acerca de los objetos)

—Tyler Durden.

Reflexionando sobre esta frase podemos afirmar que los objetos, por sí solos, no tienen ningún poder. En realidad, somos las personas quienes les damos el valor que nosotros consideramos deben tener, incluso hasta convertirlos en nuestros iguales o algo más, cuando realmente solo son objetos.

Considero que no tiene nada de malo tener objetos prioritarios u objetos que son imprescindibles porque de verdad los usamos, nos facilitan y simplifican la vida y lo que hacemos.

Sin embargo, lo que está mal sería vivir rodeados de objetos que no necesitamos y que consumen nuestro tiempo, nuestro espacio y nuestra atención. En resumen, nos restan libertad y, por lo tanto, terminan apoderándose de nosotros a través de la dedicación que les damos.

No tienen que ser las tres a la vez, pero con que invadan una de ellas ya están abarcando una parte importante de nuestras vidas.

Además, entre más objetos acumulamos, más difícil se vuelve identificar aquellos que de verdad son esenciales, importantes y útiles en nuestras vidas.

Entonces, qué tal si reflexionas acerca de si todo lo que posees en verdad lo necesitas y si todo lo que posees no te está, en realidad, poseyendo a ti, a través del consumo de tiempo, espacio y atención que les das.

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Ramsés K. Mishima
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