Hana |Fragmento 6 |Soltar.

De pronto Hana sintió un torbellino. Como si fuera la corriente de un río, pero cálida y suave. No estaba segura, pero, hasta donde recordaba, nunca había experimentado esa sensación. Era como si algo absorbiera sus labios y su lengua, con la fuerza con la que cae una cascada y con la suavidad con la que se corta una rebanada de pastel.

Cuando Hana separó sus labios de los de Yamir y abrió los ojos, sintió como si hubiera despertado de un hermoso sueño. En ese momento ella no sabía exactamente cómo se le denominaba a esa sensación y, por desgracia, tampoco sabía que no duraría mucho tiempo.

—¿Y cómo van tus sesiones de meditación con el maestro? —le preguntó Yamir a Hana, después de que él también abrió los ojos.

—Pues la verdad creo que he logrado «despejar» mi mente de algunos pensamientos que me atormentaban —le contestó—. Ya sabes lo que dice el maestro: «todo lo que no puedas soltar físicamente, puedes soltarlo a través de tu mente».

—Jajaja —Yamir se burló—. ¿Y te crees esas cosas?

—Al principio no lo creía, pero, después de experimentarlo, creo que tiene sus beneficios.

—Pues no estoy seguro —le contestó Yamir—, pero ¿sabes que sí sé que es altamente efectivo para olvidar cualquier cosa?

—¡Eh! ¿Conoces un método tan infalible?

—Sí. Ven.

Yamir tomó a Hana de la parte trasera de su cabeza, acarició su cabello y le plantó nuevamente un beso. Los dos cerraron los ojos y se dejaron llevar. Nuevamente llegó el torbellino, la cascada y la rebanada de pastel.

Al día siguiente, reanudó su sesión de meditación con el maestro Zembu. Desde que llegó al templo el maestro se percató de que había algo diferente en ella. Y es que esa enorme sonrisa no era normal en ella. Sí que lo era en las chicas de su edad, pero en la solitaria Hana no.

A pesar de su extrañamiento, el maestro pensó en no hacer ningún comentario y comenzar con la sesión. Una vez que se encontraron los dos en el espacio destinado para su práctica, cada uno se sentó en su almohadilla, cruzaron las piernas, espalda erguida, manos en la posición del «mudra» y cerraron los ojos.

Y se quedaron ahí, cada uno transitando de manera consciente por sus pensamientos. Fuera del cuarto el sonido de los pájaros era apenas perceptible. El sonido de la fuente frente al salón daba la impresión de que hubiera un río fuera de la casa del maestro Zembu. El enorme árbol Neem que sobresalía más allá del techo de la vivienda, proporcionaba una formidable sombra y un delicioso frescor. ¿El espacio perfecto para meditar?

A los pocos minutos el maestro se percató de que Hana no estaba lo suficientemente concentrada. Apretaba los párpados, como si tuviera una pesadilla, su respiración no era consistente y perdía la posición repetidas veces. Pese a su decisión de no preguntar, eligió pausar la sesión y se dirigió a Hana inmediatamente:

—¿Qué es lo que te pasa Hana? ¿Qué perturba tu corazón? —le preguntó el maestro.

Hana separó sus piernas, deshizo el mudra y abrió los ojos.

—¿Mi corazón? ¿Por qué cree que algo perturba mi corazón?

—He vivido muchos años —le contestó—, he experimentado muchas cosas, he perdido otras y he ganado algunas más. Sé que puede deberse a una infinidad de motivos el que estés tan distraída, pero solamente conozco y he sentido uno que es capaz de hacernos sentir felices y al mismo tiempo quitarnos cualquier tipo de concentración.

Una mariposa pasó cerca de la entrada del salón y Hana volteó a verla.

—¿Cómo le hace para darse cuenta de todo? —le preguntó Hana.

«Pero sí es bastante obvio», pensó el maestro.

—No me subestimes —le dijo el maestro Zembu—. El que ahora me encuentre solo, en esta enorme casa, no quiere decir que en algún momento en mi vida no haya experimentado el amor.

—¿Amor? —le cuestionó Hana—, ¿ahora me dirá que también debo «solar» y «dejar ir» ese sentimiento?

—Yo no soy quién para decirte lo que debes o lo que no debes soltar —le precisó el maestro—. Lo cierto es que si estás descubriendo ese sentimiento por primera vez, te estás metiendo en un terreno muy peligroso.

—¡No sea tan dramático! —le comentó Hana—, me parece que tanto tiempo solo ha hecho que olvide cuál es la verdadera «esencia del amor».

—¿Ah sí? ¿y cuál es esa? Comparte tu sabiduría conmigo—le preguntó el maestro.

—El amor es solo un «estado emocional» —le explicó Hana—, y no tiene nada que ver con mariposas en el estómago o perturbación del corazón. Todo es mental. Todo sucede en el subconsciente. Y creo que la verdadera esencia es disfrutarlo y vivirlo al máximo.

El maestro cruzó sus brazos y cerró los ojos. Después comentó:

—Qué bueno que seas tan optimista, y ciertamente encuentro coherencia en lo que comentas, pero hay algo de lo que te he enseñado que no has contemplado en tu argumento.

—¿Y qué es?

—Generalmente al caer en ese «estado emocional» que dices, tendemos a olvidar que todo en la vida tiene un principio y un final. No digo que esté mal lo que estás sintiendo. Simplemente con los años he aprendido que cuando uno se enamora —o es consciente de ese sentimiento— debe vivirlo al máximo desde el inicio, pero también estar preparado para el final.

—¡No sea tan exagerado! Ya va a empezar con eso de «Como decía Buda, el ser humano ha venido a sufrir y no sé qué…».

—Aún tienes mucho que aprender.

–––––––––––––––––––––—
Ramsés K. Mishima⠀
La Filosofía Minimalista⠀
@lafilosofiaminimalista⠀
–––––––––––––––––—––––

«La Esencia del Amor».

Cuando tenía 16 años me enamoré de una chica de mi escuela. Era muy hermosa y sobresalía entre las demás chicas. Sin embargo no sobresalía por su belleza; sobresalía por su calidez y su nobleza. ¿Cómo sé que era amor? No estoy seguro, pero si utilizo la conceptualización básica y mundana de amor, como aquel sentimiento que se manifiesta por el cariño, aprecio o deseo por otra persona, entonces sí era amor.

Recuerdo cuando la conocí, en la clase de Historia. Hasta ese momento no me había percatado de su presencia, pero un día nos seleccionaron para realizar una exposición en parejas, sobre el periodo de la Edad Media. Ella se acercó y me habló. Yo estaba mirando por la ventana la vida en su máximo esplendor. Tanta luz me cegaba. Cuando se acercó me dijo su nombre:

—¡Hola!, me llamo Samantha. Vamos a trabajar juntos para la exposición. Nos tocará en dos sesiones. ¿Tú cómo te llamas?

La volteé a ver y su sonrisa me deslumbró, como la sonrisa de las modelos que anuncian pasta dental en la televisión, una dentadura perfecta e irreal.

—Me llamo Gabriel —le contesté.

—¿Y bien? ¿Qué parte de este periodo te gusta más?

—¿Eh?

Ella se rió.

—Es hora de volver a la realidad —me dijo.

Por aquel entonces mi vida no iba a ningún lado. Nada tenía sentido ni claridad para mí. Era como un trompo que daba vueltas y vueltas en el mismo lugar. Cuando se acababa la energía que me hacía girar, alguien o algo me volvía a dar vuelta y giraba sin parar, sobre mi propio eje y sin avanzar.

Todo los días eran iguales: ir a la escuela, hacer tiempo, tomar alcohol con mis amigos, saltarme las clases y ver series de televisión. Comer cualquier cosa para sentirme satisfecho y dormir hasta la madrugada. Siempre con ojeras y con videojuegos como única diversión.

Solo era un recipiente que podía contener cualquier cosa, menos felicidad. Si pusieras todo lo que acabo de mencionar en un costal de basura, en lugar de mi cuerpo, no habría diferencia.

Algunos días amanecía en el piso, otros en el sillón. Era como una figura de plástico que se moldeaba a la forma de cualquier superficie, moría unas horas y despertaba para continuar en un ciclo sin fin.

Lo único que me mantenía con vida era el amor que sentía por ella. Acudía a la escuela para ver su sonrisa y apreciar su andar. Si me hubieran preguntado en aquel entonces ¿cuál era la razón de que estuviera vivo? hubiera respondido: «Me mantengo vivo para ver su sonrisa». ¿Y si ella no estuviera? «Mmm, pues, no sé, creo que hubiera podido morir cualquier día».

Por las tardes, entre clases o al regresar a casa, elaboraba algunos dibujos de ella. Todavía no había celulares con buenas cámaras y por supuesto no tenía dinero para comprar una cámara decente. Para materializar su imagen, la dibujaba en mi libreta de la clase de Historia e imaginaba que yo era un príncipe y ella una princesa. ¡Vaya estupidez! ¿Quién se imagina tal cosa? ¿Tal tontería?

Un día que me armé de valor, creo que el único, compré dos mantecadas y dos cafés en el OXXO que estaba afuera de mi escuela y los llevé. El café estaba hirviendo, por cierto. Cuando llegué con el café y los dos panes, me paré junto a ella y le hablé. Ella estaba con sus amigas hablando de no sé qué, pero se levantó, sonrió y me habló:

—Hola ¿Qué pasa? ¿Y ese café?

Sus amigas me miraron como si yo fuera un extraterrestre.

—Lo traje para ti. También traje dos panes para comerlos juntos —le respondí. Me sentí la persona más idiota del mundo. Como cuando Forrest Gump le confiesa su amor a Jenny. ¡Un café! ¡En pleno mes de junio! ¡Con el calor a más no poder!

Ella sonrió y me contestó:

—¡Qué lindo! Vamos a comernos las mantecadas.

Ella me tomó de la mano y me llevó a una de las bancas, bajo un árbol. Estaba tan hipnotizado que me quemé la boca cuando le di un trago al café. «¡Qué bueno!» pensé, ya que eso me regresó a la realidad. Ella tocó mi labio con su mano y lo acarició. «Ten cuidado, está caliente», me dijo. «Sí», le contesté.

Yo era como un robot programado para responder de forma concreta y mecánica. Me costaba elaborar frases coherentes que expresaran lo que sentía. Solo veía su sonrisa y su hermoso cabello, color castaño y brillante, ondear por el viento.

Sin embargo ella nunca me amo. A pesar de que le confesé mi amor nunca pude alcanzarla, ni siquiera tocar, aunque fuera un poco, su corazón. No es que fuera inalcanzable o que tuviera novio, es simplemente que ella se encontraba en un nivel mucho más alto en la escalera de la madurez.

Todo el tiempo me preguntaba: «¿Cómo es que no puede amarme? ¿Cómo es que no puedo llegar a su corazón?» Por más que intentaba subir por la escalera no podía llegar hasta donde se encontraba. La mayor parte de mi adolescencia traté de encontrar la respuesta, pero nunca lo logré. Pero ella sí, ella sí la sabía; yo estaba roto por dentro y ella se percató.

No me di cuenta hasta el momento en que le declaré mis sentimientos. Cuando le dije que estaba enamorado de ella —para eso ya tenía algún tiempo de conocerla—, me respondió:

—Gracias por expresarme tus sentimientos, significan mucho para mí. Ya lo sabía, pero me hace muy feliz. Lamentablemente no puedo amarte, por más que quiera, lo siento en el alma.

—¿Por qué no puedes amarme? ¿Qué me hace falta? ¿Es acaso que tienes novio?

—No tengo —me respondió.

—¿Entonces? ¿No te gusto fisicamente? ¿Soy muy inmaduro?

—No es eso. Sí me gustas, pero la atracción física solo es “una puerta de entrada al castillo”.

—¿Al castillo? ¿Cuál castillo? —le pregunté, desde mi estúpida inmadurez.

—¡Mírame! ¡Mírame Gabriel! —me indicó.

Hasta ese momento no me había percatado que mi mirada estaba fija en el suelo. Levanté la vista y la miré. Sí que era hermosa, pero en ese momento, con su mirada estrellada, sentí que se me partía el corazón en dos. Al mirarla de frente sentía como si me encogiera y ella aumentara de tamaño, como en esa película en donde el papá es un científico y encoge a los niños o algo así.

—No puedo amarte por una simple razón —me contestó—: no puedo amar a alguien que no se ama a sí mismo.

—¡Eh! ¿Cómo? —le pregunté confuso.

—¿Cómo puedes decir que amas a alguien, si antes no te amas tú mismo?

Ella soltó mi mano y comenzó a llorar. Me dio un beso en la mejilla y se marchó. Yo me quedé parado, tieso, como un árbol y no supe cómo reaccionar. Se terminaron las respuestas precargadas en mi sistema.

Ahora que soy un adulto comprendo porqué nunca me amó. Nunca supe cuál era la verdadera esencia del amor. No tenía que entregarle todo, no tenía que demostrarle nada. Estaba completo. Solo tenía que amarme y aceptarme, para que ella me abriera su corazón.

¿Darlo todo por alguien? ¿Acaso alguien merece más tu amor que tú mismo? ¿Acaso es posible amar si estás roto por dentro?

––––––––––––––––––––––––––––––—

Ramsés K. Mishima

La Filosofía Minimalista

@lafilosofiaminimalista

––––––––––––––––––––––––––––––––

Hana | Fragmento 4 | «Despertar».

Desde pequeña, Hana estuvo acostumbrada a toda clase de lujos, en especial aquellos de tipo material. Durante su infancia en México, asistió a las escuelas particulares más prestigiosas y costosas. En particular dos factores produjeron que para ella la vida girara en torno a las cosas materiales: el primero fue su círculo de amigas y el segundo fue su familia.

Aunque dentro de Hana, muy en el interior, algo siempre le dijo que eso no la hacía feliz, por el simple hecho de querer darle gusto a los demás, seguía los patrones de conducta de las personas.

Es por eso que para Hana fue un cambio muy drástico el iniciar en una nueva ciudad, en otro país, en donde tendría que comenzar de nuevo. Hacerse a la idea de un nuevo comienzo le causó a Hana un fuerte dolor de cabeza. Por otro lado, ella no imaginó que a lo primero que tendría que enfrentarse sería al rechazo de las personas del lugar y de sus compañeros de escuela.

Cuando Hana regresó a su casa, su corazón se sintió agitado, palpitaba muy fuerte y una chispa se encendió. Algo tan simple la había conmovido: ¡una fruta cualquiera! Claro que no era el tipo de regalo al que estaba acostumbrada, pero el detalle le había parecido muy noble. La conmocionó tanto, que cuando se despidió de Yamir le dio un beso en la mejilla. Él se puso rojo de la pena —a pesar de que su tez era muy morena, algo común en la gente de ese país—, y se fue después de eso.

Una vez en casa, Hana tomó una ducha y se cambió la ropa de la secundaria por un atuendo más cómodo. Se dispuso a preparar algo sencillo para cenar: un sándwich de crema de maní y un té. Si bien la madre de Hana la dejó al cuidado de la señora Naisha, quien básicamente se encargaba de la limpieza y preparar comida, a Hana no le agradaba que la comida estuviera tan condimentada. Prefería comer cualquier cosa antes que comida hindú. Cuando preparó el sándwich y el té, se sentó, miró de frente los alimentos y pensó: «no es lo más nutritivo, pero de algo servirá».

Mientras comía comenzó a llover, así que los árboles del jardín y las flores se llenaron de agua y se fortalecieron. Por la tarde el sol había estado en su máximo esplendor, por lo que el calor había sido intenso.

Después de terminar sus alimentos recordó el regalo que le dejó su madre, fue por él, lo colocó en la mesa de centro y se sentó para abrirlo. La verdad es que no esperaba mucho, pues ya sabía el tipo de cosas que le regalaba su madre en su cumpleaños. Siempre le decía: «revisa en internet lo que quieras y lo que más te guste, guardas el link y me lo envías. Yo lo pediré para que te llegue».

Antes de abrirlo Hana pensó que lo que más le gustaría sería poder verla y abrazarla, más que algo que se puede comprar en cualquier tienda. Cuando por fin tomó el paquete se dispuso a abrirlo, lo agitó y se percató de que no pesaba nada. «Estará vacío», pensó. No, su madre no sería tan cruel. Ya no recordaba qué le había enviado en el link, ya que no le importaba. Hana seleccionó lo primero que vio en una página y eso le envió.

Sin embargo al abrirlo se sorprendió, porque el paquete contenía un sobre color azul, su color favorito. Dentro del sobre había una fotografía tamaño media carta y una nota escrita con una letra hermosa. El texto decía lo siguiente después de la fecha:

En la foto había tres personas: la madre y el padre de Hana y una pequeña Hana de nueve años. Sobre la carta que tenía en las manos, comenzaron a caer pequeñas gotas de agua y las letras se distorsionaron. Sin embargo, solo llovía en el exterior.

Hana | Fragmento 3 | «Menosprecio».

El martes fue el cumpleaños de Hana, pero para ella no era algo digno de recordar. Nunca le gustaba festejar su cumpleaños, de hecho, ese día, no planeó celebrar ni nada. Además ¿con quién lo haría? Su madre no estaba. Solo le envió un mensaje de texto que decía: «¡Te amo hija! ¡Discúlpame por no poder estar contigo en tu cumpleaños nuevamente! pero no he olvidado la fecha, ni tu regalo, así que ¡Ya puedes abrirlo! No te hagas, ya sabes en dónde está». El mensaje terminaba con unos emojis sonrientes y de corazones.

En efecto Hana ya sabía en dónde guardaba su mamá el regalo para ella. A Hana le daba risa que su madre de verdad pensaba que ella no sabía en dónde lo escondía. Incluso podía haberlo abierto desde mucho antes, pero por alguna razón a Hana le gustaba esperar a que llegara la fecha y abrirlo, no porque le importara, sino porque creía que así su reacción sería más natural y podría transmitírsela a su madre.

Hacía ya dos semanas que su madre se había ido “a su lugar de trabajo”. Nunca había llevado a Hana a ese lugar, pero si le comentó: «No puedes venir conmigo, por ningún motivo. Lo siento, en verdad, pero es por tu bien». Nunca volvía antes, ni por alguna situación especial. Pero Hana tenía un número de emergencia al cual le dijo un día su madre: «Si hay alguna emergencia, algo grave, de vida o muerte, llama a este número ¿de acuerdo? para todo lo demás, seguro podrás arreglártelas. Yo tengo fe en ti. Si necesitas algo, consultalo con el maestro Zembu, él siempre está “ahí” y estará dispuesto a ayudarte». «¡Vaya tontería!», pensaba Hana.

A sus catorce años, Hana era una jovencita de lo más normal, o al menos así la consideraban sus compañeros. No acostumbraba a salir con sus compañeros de la escuela ni a hablar con nadie. Además casi nadie deseaba hablar con ella y sufría discriminación por ser extranjera. Si bien no fue su elección vivir en esa ciudad de la India, su madre tuvo que llevarla consigo para “tenerla un poco más cerca”.

A Hana no le agradó la idea en un principio, pues pensaba que era lo mismo, de todas maneras nunca estaba con ella. «¿Qué diferencia había si me dejaba sola en México a si me dejaba sola en India?».

En fin, ese día Hana se alistó para ir a la escuela y dejó el regalo para después. Tomó las clases de forma normal, comió sola en el almuerzo mientras observaba a los demás alumnos jugar, a otros platicar y a algunos en su celular. «Otro día como los demás», pensó.

Sin embargo, a la hora de la salida Hana se llevó una sorpresa. Uno de sus compañeros la esperaba en la entrada, justo junto al enorme árbol que estaba al lado y que daba un poco de sombra a la entrada. En primera instancia pensó que no era a ella a quien llamaba con la mano, pero cuando el muchacho la llamó por su nombre, fue cuando reaccionó.

—¡Hana!

Ella no supo cómo reaccionar, pero se detuvo frente a él. Pensó en pasarlo e ignorar que la llamaba, pero su madre le había dicho que debía ser educada y amable con sus compañeros.

—¿Sí? ¿Qué pasa? —le preguntó Hana sin apenas hacer una expresión en su rostro.

—Pues mira —le contestó su compañero—, sé que hoy es un día especial y te he traído un obsequio.

—¿Un obsequio? ¿para mí?

—Sí, la verdad no es la gran cosa, pero pensé en traértelo. Papá los trajo ayer y…

—Lo siento, pero no tenías que hacerlo —le interrumpió Hana—. Mira tengo que irme, así que muchas gracias.

—Pero es que siempre te ves tan triste y pensé que algo dulce te animaría.

El muchacho abrió la bolsa que llevaba y le mostró a a Hana lo que había en su interior. Dentro de la bolsa de paja había algunos mangos que brillaban por la luz del sol. Hana no identificaba bien a ese muchacho, pero estaba segura que iba en su mismo grupo, de lo contrarío, ¿cómo sabía que era su cumpleaños?

Hana metió la mano en la bolsa y tomó uno de los mangos, lo sopesó y apretó un poco. Se percató de que estaban maduros y listos para comer.

—¡Se ven deliciosos! —le comentó Hana—. ¡Comámoslos juntos!

—Es la primera vez que te veo sonreír —le precisó el muchacho.

—¡Vamos! —le dijo Hana.

Hana tomó al muchacho de la mano y lo llevó a una de las bancas fuera de la escuela. Ahí comieron juntos la fruta y ella olvidó por un momento la soledad que le esperaba al regresar a casa.

––––––––––––––––––––––––––––––––––——————————————————––

Ramsés K. Mishima

La Filosofía Minimalista

@lafilosofíaminimalista

«¿Si no está impreso no es un libro?».

En aquél entonces ya habían sido, si mal no recuerdo, tres ocasiones en las que lo vi leyendo de esa manera. No pensé que lo tomara tan enserio, pero lo cierto es que sí. Siempre había pensado que leer en digital era una tontería y que le faltaba el respeto a la tradición del libro impreso. ¡Si la experiencia es única! ¡El iPad está suprimiendo la tradición del libro impreso!

—¿Y ahora me dirás que debo dejar de comprar libros impresos y comprarlos mejor en digital?

Yo continué con mi lectura y traté de no desviarme del texto que revisaba.⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀

—¡Hey! —exclamó Samantha—, ¡responde!⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀

—Yo no puedo decirte qué debes comprar y qué no —le respondí—. Cada persona debe ser lo suficientemente consciente de lo que adquiere. Lo cierto es que comprar libros en formato digital es mejor para el medio ambiente y para los árboles.

—Sí, pero no es la misma experiencia —me argumentó—. No se siente lo mismo leer un libro en papel a un libro en el iPad.

—Claro que no es igual. No es la misma experiencia, porque no es el mismo acercamiento. Sin embargo, el contenido, al fin de cuentas, es el mismo. ¿O no es así?

—En eso tienes razón —me concedió—. Pero es que, tal vez, ya lo olvidaste, pero la experiencia de leer un libro impreso es increíble. Sentir el paso de las hojas con las yemas de tus dedos… su textura… el olor a libro… papel… esa esencia que emana… ¡Ah! Y me encanta cuando, mmm… ¿pues tú sabes no? el aroma de las hojas nuevas cuando quitas el plástico que cubre los libros nuevos. La sensación y el aroma es una experiencia magnífica. ¿O es que nunca abriste un libro nuevo y pegaste la cara y la nariz entre las hojas para aspirar el aroma que desprenden?

—Claro que sí —le respondí—, sin embargo, la cubierta de los libros nuevos es de plástico, y también es un agente altamente contaminante.

—¿Qué siempre tienes que quitarle la esencia a las cosas?

—¿Eh? ¿Quitarle? Simplemente digo lo que es.

—Pero si el film de plástico que traen los libros es muy delgado.

—Sí, pero multiplicado por el número de libros que se venden en el mundo el impacto es muy grande.

—¿Entonces los libros nuevos deberían venderse sin el film protector? ¡Si de por sí muchos se maltratan! Ahora sin el film vendrían todos golpeados —precisó Samantha.

—Creo que es una alternativa —le contesté—. Eso se está haciendo poco a poco con las frutas y verduras, podrían hacer lo mismo con los libros. Pero bueno, el punto es que leer un libro impreso a una digital no es la misma experiencia y tal vez nunca lo sea, pero la realidad es que el contenido es el mismo, así que técnicamente no debería haber problema en leer uno u el otro.

—Pues yo prefiero seguir leyendo mis libros en formato impreso —me respondió Samantha, tajantemente—. Para mí la experiencia lo es todo.

—Para mí también —le contesté—. ¿Puedo seguir leyendo mi libro?

—¡Haz lo que quieras!


Ramsés K. Mishima

La Filosofía Minimalista

@lafilosofiaminimalista

Historia de Ximena (Fragmento 2).

Ximena me llamó por teléfono después de tres días. Yo pensé que su ansiedad se había calmado, pero no fue así. Esta vez sabía el motivo; era una tontería, o tal vez no. Cuando contesté, una tormenta se desbordó sobre mí y me arrastró a lo más profundo del océano.

—¡No puede ser! ¡Lo sabía! ¡Te lo dije! —me gritó efusivamente—. ¡No quisiste creerme! ¡Ah! pero ¿por qué habría de creerle a la loca de Ximena? ¡Eh! Si ella es quien toma antidepresivos y se muerde las uñas todo el tiempo. ¡No hay que tomarla tan en serio! ¡Ignórenla!

En mi mente imaginé a Ximena mordiéndose las uñas y haciendo un sonido parecido a un «tac, tac»; ese sonido que sobresale cuando al morder las uñas los dientes chocan.

Cuando la tormenta pasó le respondí:

—¿Y ahora qué pasa? ¿Finalmente los infectados por coranavirus se convirtieron en zombies?

—¿Ya vas a comenzar con tus tonterías? —me preguntó—. ¿Qué no puedes tomarte nada en serio?

—La vida es demasiado compleja como para tomarnos todo tan en serio —le repliqué.

—¿Ah sí? ¿Vas a decirme que debemos tomarnos las cosas de forma «simple y sin tanto estrés» o ese tipo de tonterías?

—No, simplemente te hice una pregunta que respondiste con otra pregunta —le contesté—, así que dime: ¿qué rayos pasa?

Ximena me contó que el día miércoles —es decir el día anterior a cuando me marcó— se enteró de que no solo la cantidad de infectados había aumentado, sino que, además, se percató, según ella, de que no habían pasado en los medios entrevista alguna de un infectado por el virus, ni a nadie que dijera, de viva voz, cuáles eran los síntomas y sensaciones que experimentaba propiamente.

Ahora ella era quien pensaba que todo se trataba de una conspiración del gobierno. «¿De qué gobierno, me pregunté yo». Me dijo que pensaba que tal vez el mismo gobierno produjo el virus y lo introdujo en algunos animales. Ella pensaba que se trataba de Estados Unidos y que era una estrategia para debilitar a China, su principal enemigo económico. Sin embargo, todo se había salido de control porque los organismos internacionales no supieron tomar las medidas adecuadas para controlar el flujo de personas en China.

—¿No crees que has jugado demasiado Resident Evil? —le pregunté y la interrumpí abruptamente.

—¡Ja! Mi hermana dijo lo mismo, pero yo creo que no está fuera de lugar —me contestó a la brevedad.

En mi mente, imaginé a Ximena nerviosa detrás del teléfono. Seguro llevaba esas gafas de montura de pasta dura, color negra y de cristales redondeados. Siempre pensé que eran muy grandes, como los que usaba el trompetista Dizzy Gillespie. También recordé —no sé porqué— la forma de su rostro y su corte de cabello. Una vez le dije que se parecía a Vilma de ScoobyDoo y ella se molestó.

—¿No crees que si ese fuera el caso, es decir, de tu teoría, al ver la magnitud de personas infectadas, ya hubieran anunciado la vacuna?

—¡Claro que no! —me refutó—. ¡Piénsalo! Si así fuera, casi casi sería como decir: «Nosotros tuvimos la culpa, así que ahí está la vacuna». Además sería muy obvio, pues los demás países pensarían inmediatamente que Estados unidos fue el culpable. Y con la cantidad de países que han presentado casos… todo el mundo estaría en contra de ellos…

Me imaginé a Ximena haciendo la expresión que acostumbraba hacer y que me trataba de decir «¿Cómo es que no lo entiendes?, ¿eres tonto o qué?». Después continuó:

—Mira, sé que suena muy descabellado, pero velo de esta manera: esto puede ser el inicio de la tercera guerra mundial, solo que ahora el combate no será con armas de fuego, sino con armas biológicas que puedan acabar con más personas a un coste menor y sin tanto escándalo, bueno, explosivamente hablando —me explicó Ximena, casi susurrando, como si estuviera contándole a una de sus amigas de la preparatoria sobre el chico del que estaba perdidamente enamorada.

—Creo que nunca debí invitarte a jugar Resident Evil, pero es que te veían tan aburrida y sola…

—¡No! ¡No! ¡Basta! —me interrumpió—. ¡Mira! En este momento no tengo mucho tiempo… pero estoy reuniendo más evidencia… y ya verás cómo todo tiene sentido y cuando te lo muestre y explique con más fundamentos me dirás: «¡Wow! ¡Ximena tenía razón! ¡Es una conspiración del gobierno! ¡Qué idiota fui, soy un tonto! ¡Debí creerle!».

—Mmm, no creo insultarme tanto —le contesté.

—¡Ya! Vamos, me tengo ir. Te llamaré después y te explico lo que…

Y la llamada se cortó. No sé si ella colgó para dejarme en suspenso o si la señal en verdad falló, pero ella no me volvió a llamar. Pensé en marcarle, pero creo que ya había sido suficiente de la imaginación de Ximena. Ella en verdad se creía lo que me decía.

Supuse que no había hecho lo que le dije la otra ocasión y que había sucumbido ante los antidepresivos. Tal vez por eso soñó todas esas cosas.

⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀

Autor: Ramsés K. Mishima

La Filosofía Minimalista

@filosofiaminimalista

«Chapado a la antigua/An old fashioned man».

«Chapado a la antigua/An old fashioned man».

El viejo Ildefonso se despertó y abrió los ojos. Lo único que observó en ese momento fue el techo desgastado de su casa y los rayos de luz que destellaban y le golpeaban la cara directamente. «Otra vez olvidé cerrar la cortina», pensó y se levantó. Su ser apenas comenzaba a adaptarse de nuevo a la vida. ¡No no!, no es que hubiera muerto, pero cuando dormía, nada lo despertaba y siempre decía: «Yo no duermo, yo me muero y por la mañana, resucito para continuar…».

Las personas pensaban que era una tontería, y digo personas, porque amigos como tal el señor Ildefonso ya no tenía. A sus 75 años se consideraba una persona “chapada a la antigua” o, como decía la canción en inglés an old fashioned man.

Al señor Ildefonso siempre se le veía con la cara larga, triste y melancólica. La razón era clara, pero no se la contaba a cualquier persona, ni a los que anteriormente habían sido más cercanos. Después de la muerte de su esposa, él cambió, comenzó a alejarse de todos los círculos y se aisló en su casa.

Pero aún así llamaba la atención. No él en sí, sino el binomio que hacía cuando subía a su viejo Chevrolet Bel Air del 57 y conducía por las calles de la ciudad. Se lo había regalado su padre cuando entró a la universidad. Recordó, entonces, después de levantarse y mirarse al espejo, cómo le gustaba pasear junto a su esposa en ese bonito auto. Mientras él conducía, ella lo tomaba de la mano y solo lo soltaba cuando tenía que cambiar de velocidad.

Amó a su esposa como a ninguna otra mujer y vaya que amó a otras, pero, como quién dice, «nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde», y el señor Ildefonso lo supo cuando la perdió. Como todos los días, se arrepintió de muchas cosas, de muchas palabras dichas, de muchas acciones hechas y de muchos pensamientos no concretados.

Ese día algo en él se activó y decidió honrar a su esposa. Pensó que no valía la pena o que era una tontería, pero, después de eso, se decidió. Su cuerpo se llenó de energía y entró a la ducha. Se aseó, se rasuró y se cortó las uñas. Eligió cuidadosamente las prendas y se vistió. Se peinó con gel, aunque no acostumbraba a hacerlo y se untó crema en la cara y el cuerpo. Nada que ver con el viejo que estaba tirado hace un momento en la cama.

Ya vestido con el viejo traje que usaba cuando salía con su esposa, sin corbata claro, pero con los zapatos bien lustrados, subió a su viejo automóvil y salió a la calle. Se dirigió a la antigua cafetería a la que solía ir con su amada y se sentó ahí, solo, en una mesa al aire libre. Le gustaba el lugar porque la decoración y los muebles era todos de color café rústico y estaba rodeado de plantas. Según él, “le daba un aspecto clásico”. Otro aspecto que le encantaba era que el techo era de cristal transparente. Recordó que le gustaba mucho acudir ahí con su esposa cuando llovía, porque podían ver la lluvia mientras caía y ellos pasaban el rato ahí.

Pidió su taza de café americano y un bisquet de mantequilla partido en dos. El viejo Ildefonso no le ponía azúcar, pues le gustaba el café amargo y fuerte, sentir la esencia del café. Se sentó ahí y sacó su celular, lo desbloqueó y buscó entre las fotos la imagen de su esposa. En realidad era una foto que le tomó a otra foto que tenía en un cuadro en su casa, pero la cual le gustaba llevar a todas partes.

«Qué ridículo debo de verme, un viejo con un celular viendo una foto de su esposa», pensó el viejo Ildefonso. Pero no le importó. A pesar de que el lugar estaba vacía al principio, poco a poco comenzó a llegar más personas, pero a él no le importó. Continuó bebiendo su café y mirando la foto de su amada, así, en silencio, como antes, solo eran los dos. El mundo giraba a su alrededor y la vida seguía, pero para ellos se detenía el tiempo y solo existían los dos.

–––––––––––––––––––––––––––––––
Ramsés K. Mishima
La Filosofía Minimalista
@lafilosofiaminimalista
––––––––––––––––––––––––––––––––

El tiempo es el recurso más valioso que tienes.

«El tiempo es el recurso más valioso que tienes… y no es renovable».

—Siempre me pongo un poco nostálgica cuando llega esta época —me comentó Roxana— ¿No te pasa igual a ti?

—¿Con época te refieres a llegar al mes de noviembre? —le pregunté.

—Sí. Para mí, una vez que llega septiembre, es como si el año ya estuviera a punto de terminar. Los días transcurren de manera mucho más rápida y casi no asimilo el paso del tiempo.

—Creo que a muchos nos pasa de ese modo —le argumenté a Roxana.

—Pero eso no es lo importante. Lo verdaderamente importante es que me he dado cuenta de que el tiempo es lo más valioso que tengo, que tenemos. Si alguna vez te preguntaran qué es lo más valioso que tienes, ¿qué responderías?

—Pues la mayoría pensamos en algo material.

—¡Exactamente! —gritó Roxana—. La mayoría de las personas piensa en objetos y lo asocia con valor, un valor económico.

—Ya veo…

Nuevamente Roxana estaba filosofando y, después de mi respuesta, se sentó nuevamente en la silla en donde había estado hasta antes de levantarse y comenzar a hablar. A decir verdad, este acto resultó ser un poco extraño para los demás clientes de la cafetería, pues se quedaron mirándola un tiempo.

Ella estuvo pensando unos minutos. Yo le hablé dos veces pero me ignoró. Bueno, tal vez no lo hizo a propósito y seguramente fue debido a que estaba muy concentrada en sus reflexiones. Después de unos instantes por fin habló:

—«El tiempo es el recurso más valioso que tenemos y no es renovable» —expresó emocionada.

Yo le di un trago a mi café y bajé la mirada. Iba a contestarle, pero ella me interrumpió:

—¡Es hora de irnos!

Me tomó de la mano y me jaló. Casi tiro mi café por el impulso, pero no pude detenerla. Afuera, el sol ya se haba ido a descansar y la oscuridad comenzaba a descender sobre nosotros.

Después de salir de la cafetería y de caminar por la banqueta, apresuramos el paso porque comenzó a llover. En realidad en el cielo no se apreciaba que una lluvia fuera posible, pero no pasaron ni cinco minutos de que salimos cuando la lluvia arreció.

Un poco más adelante le pedí a Roxana que se detuviera, pues me resultó extraño que me jalara de esa forma y que estuviera tan exaltada. A ella no pareció importarle, solo se volteó y me sonrió, pero después continuó. Como me estaba desesperando, jalé mi mano con fuerza y me detuvo de golpe. Ella también se detuvo, se volteó y me habló:

—¿No quieres venir conmigo?

—No es eso, pero si voy quiero saber a dónde vamos —le argumenté.

Ella dio un suspiro y me explicó:

—Si te digo no querrás acompañarme, pero bueno…

—Pues ya veremos —le contesté—. ¿Tiene que ver con lo que decías del tiempo?

—Sí, más o menos —me respondió—, ¿Recuerdas lo que te comenté de mi madre y el #reloj que me regaló?

—Sí lo recuerdo.

—Pues tiene que ver con eso. Acompañame por favor.

Cuando llegamos al lugar pensé que se trataba de una broma, pero cuando la vi ingresar muy segura de sí misma, lo comprendí. La puerta principal estaba cerrada, pero ella ingresó por un hueco y caminó por una estrecha vereda. Atravesamos varios arbustos y estructuras de concreto. Finalmente llegamos y ella se paró frente a una de ellas. La pequeña construcción decía en el frente el nombre de la madre de Roxana, así como su fecha de nacimiento y de muerte.

Roxana se quedó parada un momento frente a la lápida y murmuró una palabras. También comenzó a llorar; se limpiaba las lágrimas constantemente, pero aún así seguían saliendo. Yo me quedé parado detrás de ella y no dije nada. Cuando terminó se volteó y tomó mi mano. Yo la abracé un momento. La luz de la luna era lo único que nos iluminaba.

Finalmente comprendí de qué se trataba.

––––––––––––––––––––––––––––––—
Ramsés K. Mishima
La Filosofía Minimalista
@lafilosofiaminimalista
––––––––––––––––––––––––––––––––

«Hacer una pausa».

En la vida, en especial en las grandes ciudades, generalmente vivimos todo el tiempo acelerados entre el trabajo y nuestros diferentes proyectos y la verdad es que poco tiempo nos queda para reflexionar sobre nuestros avances, pero es necesario hacerlo para conocer nuestro verdadero crecimiento.

De lo contrario, ¿Cómo sabremos si vamos en la dirección correcta?

Por eso creo que debemos dejar de hacer todo de forma tan mecánica y vivir de una manera más reflexiva y consciente para evaluar todo lo que hacemos y todo lo que nos rodea.

Hacer una pausa, muchas veces nos ayuda a eso, a tomar un descanso y dejar de lado todo —por un tiempo— y recuperar energía y concentración para mejorar. Realizar una actividad diferente en muchas ocasiones da buenos resultados.

En mi caso, gracias al minimalismo, he podido concentrar mucha de la atención y el tiempo que desperdiciaba en objetos materiales que no me aportaban nada y, de igual manera, en el aspecto espiritual y mental, he podido reflexionar más sobre mi vida y sobre mí mismo, para así buscar el crecimiento personal.

Ahora aprecio más un paseo por la naturaleza, disfrutando el paisaje, que pasar el tiempo en una tienda viendo ropa.

No es aún un camino recorrido, pero estoy en el trayecto y no he pensado en regresar.

––––––––––––––––––––––––––––––—
Ramsés K. Mishima
La Filosofía Minimalista
@lafilosofiaminimalista
––––––––––––––––––––––––––––––––

El tiempo es el recurso más valioso que tienes. (Parte 2)

Después de salir de la cafetería y de caminar por la banqueta, apresuramos el paso porque comenzó a llover. En realidad en el cielo no se apreciaba que una lluvia fuera posible, pero no pasaron ni cinco minutos de que salimos cuando comenzó a llover más fuerte. ⠀

Un poco más adelante le pedí a Roxana que se detuviera, pues me resultó extraño que me jalara de esa forma y que estuviera tan exaltada. A ella no pareció importarle, solo se volteó y me sonrió, pero después continuó. Como me estaba desesperando, jalé mi mano con fuerza y me detuve de golpe. Ella también se detuvo, se volteó y me habló:⠀

—¿No quieres venir conmigo?⠀

—No es eso, pero si voy quiero saber a dónde vamos —le argumenté.⠀

Ella dio un suspiro y me explicó:⠀

—Si te digo no querrás acompañarme, pero bueno…⠀

—Pues ya veremos —le contesté—. ¿Tiene que ver con lo que decías del tiempo?⠀

—Sí, más o menos —me respondió—, ¿Recuerdas lo que te comenté de mi madre y el reloj que me regaló? ⠀

—Sí lo recuerdo. ⠀

—Pues tiene que ver con eso. Acompáñame por favor. ⠀

Cuando llegamos al lugar pensé que se trataba de una broma, pero cuando la vi ingresar muy segura de sí misma, lo comprendí. La puerta principal estaba cerrada, pero ella accedió por un hueco y caminó por una estrecha vereda. Atravesamos varios arbustos y estructuras de concreto. Finalmente llegamos y ella se paró frente a una de ellas. La pequeña construcción decía en el frente el nombre de la madre de Roxana, así como su fecha de nacimiento y de muerte. ⠀

Roxana se quedó parada un momento frente a la lápida y murmuró unas palabras. También comenzó a llorar; se limpiaba las lágrimas constantemente, pero aún así seguían saliendo. Yo me quedé parado detrás de ella y no dije nada. Cuando terminó se volteó y tomó mi mano. Yo la abracé un momento. La luz de la luna era lo único que nos iluminaba.⠀

Finalmente comprendí de qué se trataba. ⠀⠀

––––––––––––––––––––––––––––––—
Ramsés K. Mishima
La Filosofía Minimalista
@lafilosofiaminimalista
––––––––––––––––––––––––––––––––