«Chapado a la antigua/An old fashioned man».

«Chapado a la antigua/An old fashioned man».

El viejo Ildefonso se despertó y abrió los ojos. Lo único que observó en ese momento fue el techo desgastado de su casa y los rayos de luz que destellaban y le golpeaban la cara directamente. «Otra vez olvidé cerrar la cortina», pensó y se levantó. Su ser apenas comenzaba a adaptarse de nuevo a la vida. ¡No no!, no es que hubiera muerto, pero cuando dormía, nada lo despertaba y siempre decía: «Yo no duermo, yo me muero y por la mañana, resucito para continuar…».

Las personas pensaban que era una tontería, y digo personas, porque amigos como tal el señor Ildefonso ya no tenía. A sus 75 años se consideraba una persona “chapada a la antigua” o, como decía la canción en inglés an old fashioned man.

Al señor Ildefonso siempre se le veía con la cara larga, triste y melancólica. La razón era clara, pero no se la contaba a cualquier persona, ni a los que anteriormente habían sido más cercanos. Después de la muerte de su esposa, él cambió, comenzó a alejarse de todos los círculos y se aisló en su casa.

Pero aún así llamaba la atención. No él en sí, sino el binomio que hacía cuando subía a su viejo Chevrolet Bel Air del 57 y conducía por las calles de la ciudad. Se lo había regalado su padre cuando entró a la universidad. Recordó, entonces, después de levantarse y mirarse al espejo, cómo le gustaba pasear junto a su esposa en ese bonito auto. Mientras él conducía, ella lo tomaba de la mano y solo lo soltaba cuando tenía que cambiar de velocidad.

Amó a su esposa como a ninguna otra mujer y vaya que amó a otras, pero, como quién dice, «nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde», y el señor Ildefonso lo supo cuando la perdió. Como todos los días, se arrepintió de muchas cosas, de muchas palabras dichas, de muchas acciones hechas y de muchos pensamientos no concretados.

Ese día algo en él se activó y decidió honrar a su esposa. Pensó que no valía la pena o que era una tontería, pero, después de eso, se decidió. Su cuerpo se llenó de energía y entró a la ducha. Se aseó, se rasuró y se cortó las uñas. Eligió cuidadosamente las prendas y se vistió. Se peinó con gel, aunque no acostumbraba a hacerlo y se untó crema en la cara y el cuerpo. Nada que ver con el viejo que estaba tirado hace un momento en la cama.

Ya vestido con el viejo traje que usaba cuando salía con su esposa, sin corbata claro, pero con los zapatos bien lustrados, subió a su viejo automóvil y salió a la calle. Se dirigió a la antigua cafetería a la que solía ir con su amada y se sentó ahí, solo, en una mesa al aire libre. Le gustaba el lugar porque la decoración y los muebles era todos de color café rústico y estaba rodeado de plantas. Según él, “le daba un aspecto clásico”. Otro aspecto que le encantaba era que el techo era de cristal transparente. Recordó que le gustaba mucho acudir ahí con su esposa cuando llovía, porque podían ver la lluvia mientras caía y ellos pasaban el rato ahí.

Pidió su taza de café americano y un bisquet de mantequilla partido en dos. El viejo Ildefonso no le ponía azúcar, pues le gustaba el café amargo y fuerte, sentir la esencia del café. Se sentó ahí y sacó su celular, lo desbloqueó y buscó entre las fotos la imagen de su esposa. En realidad era una foto que le tomó a otra foto que tenía en un cuadro en su casa, pero la cual le gustaba llevar a todas partes.

«Qué ridículo debo de verme, un viejo con un celular viendo una foto de su esposa», pensó el viejo Ildefonso. Pero no le importó. A pesar de que el lugar estaba vacía al principio, poco a poco comenzó a llegar más personas, pero a él no le importó. Continuó bebiendo su café y mirando la foto de su amada, así, en silencio, como antes, solo eran los dos. El mundo giraba a su alrededor y la vida seguía, pero para ellos se detenía el tiempo y solo existían los dos.

–––––––––––––––––––––––––––––––
Ramsés K. Mishima
La Filosofía Minimalista
@lafilosofiaminimalista
––––––––––––––––––––––––––––––––

El tiempo es el recurso más valioso que tienes.

«El tiempo es el recurso más valioso que tienes… y no es renovable».

—Siempre me pongo un poco nostálgica cuando llega esta época —me comentó Roxana— ¿No te pasa igual a ti?

—¿Con época te refieres a llegar al mes de noviembre? —le pregunté.

—Sí. Para mí, una vez que llega septiembre, es como si el año ya estuviera a punto de terminar. Los días transcurren de manera mucho más rápida y casi no asimilo el paso del tiempo.

—Creo que a muchos nos pasa de ese modo —le argumenté a Roxana.

—Pero eso no es lo importante. Lo verdaderamente importante es que me he dado cuenta de que el tiempo es lo más valioso que tengo, que tenemos. Si alguna vez te preguntaran qué es lo más valioso que tienes, ¿qué responderías?

—Pues la mayoría pensamos en algo material.

—¡Exactamente! —gritó Roxana—. La mayoría de las personas piensa en objetos y lo asocia con valor, un valor económico.

—Ya veo…

Nuevamente Roxana estaba filosofando y, después de mi respuesta, se sentó nuevamente en la silla en donde había estado hasta antes de levantarse y comenzar a hablar. A decir verdad, este acto resultó ser un poco extraño para los demás clientes de la cafetería, pues se quedaron mirándola un tiempo.

Ella estuvo pensando unos minutos. Yo le hablé dos veces pero me ignoró. Bueno, tal vez no lo hizo a propósito y seguramente fue debido a que estaba muy concentrada en sus reflexiones. Después de unos instantes por fin habló:

—«El tiempo es el recurso más valioso que tenemos y no es renovable» —expresó emocionada.

Yo le di un trago a mi café y bajé la mirada. Iba a contestarle, pero ella me interrumpió:

—¡Es hora de irnos!

Me tomó de la mano y me jaló. Casi tiro mi café por el impulso, pero no pude detenerla. Afuera, el sol ya se haba ido a descansar y la oscuridad comenzaba a descender sobre nosotros.

Después de salir de la cafetería y de caminar por la banqueta, apresuramos el paso porque comenzó a llover. En realidad en el cielo no se apreciaba que una lluvia fuera posible, pero no pasaron ni cinco minutos de que salimos cuando la lluvia arreció.

Un poco más adelante le pedí a Roxana que se detuviera, pues me resultó extraño que me jalara de esa forma y que estuviera tan exaltada. A ella no pareció importarle, solo se volteó y me sonrió, pero después continuó. Como me estaba desesperando, jalé mi mano con fuerza y me detuvo de golpe. Ella también se detuvo, se volteó y me habló:

—¿No quieres venir conmigo?

—No es eso, pero si voy quiero saber a dónde vamos —le argumenté.

Ella dio un suspiro y me explicó:

—Si te digo no querrás acompañarme, pero bueno…

—Pues ya veremos —le contesté—. ¿Tiene que ver con lo que decías del tiempo?

—Sí, más o menos —me respondió—, ¿Recuerdas lo que te comenté de mi madre y el #reloj que me regaló?

—Sí lo recuerdo.

—Pues tiene que ver con eso. Acompañame por favor.

Cuando llegamos al lugar pensé que se trataba de una broma, pero cuando la vi ingresar muy segura de sí misma, lo comprendí. La puerta principal estaba cerrada, pero ella ingresó por un hueco y caminó por una estrecha vereda. Atravesamos varios arbustos y estructuras de concreto. Finalmente llegamos y ella se paró frente a una de ellas. La pequeña construcción decía en el frente el nombre de la madre de Roxana, así como su fecha de nacimiento y de muerte.

Roxana se quedó parada un momento frente a la lápida y murmuró una palabras. También comenzó a llorar; se limpiaba las lágrimas constantemente, pero aún así seguían saliendo. Yo me quedé parado detrás de ella y no dije nada. Cuando terminó se volteó y tomó mi mano. Yo la abracé un momento. La luz de la luna era lo único que nos iluminaba.

Finalmente comprendí de qué se trataba.

––––––––––––––––––––––––––––––—
Ramsés K. Mishima
La Filosofía Minimalista
@lafilosofiaminimalista
––––––––––––––––––––––––––––––––

El tiempo es el recurso más valioso que tienes. (Parte 1).

«El tiempo es el recurso más valioso que tienes… y no es renovable».

—Siempre me pongo un poco nostálgica cuando llega esta época —me comentó Roxana— ¿No te pasa igual a ti?

—¿Con época te refieres a llegar al mes de noviembre? —le pregunté.

—Sí. Para mí, una vez que llega septiembre, es como si el año ya estuviera a punto de terminar. Los días transcurren de manera mucho más rápida y casi no asimilo el paso del tiempo.

—Creo que a muchos nos pasa de ese modo —le argumenté a Roxana.

—Pero eso no es lo importante. Lo verdaderamente importante es que me he dado cuenta de que el tiempo es lo más valioso que tengo, que tenemos. Si alguna vez te preguntaran qué es lo más valioso que tienes, ¿qué responderías?

—Pues la mayoría pensamos en algo material.

—¡Exactamente! —gritó Roxana—. La mayoría de las personas piensa en objetos y lo asocia con valor, un valor económico.

—Ya veo…

Nuevamente Roxana estaba filosofando y, después de mi respuesta, se sentó nuevamente en la silla en donde había estado hasta antes de levantarse y comenzar a hablar. A decir verdad, este acto resultó ser un poco extraño para los demás clientes de la cafetería, pues se quedaron mirándola un tiempo.

Ella estuvo pensando unos minutos. Yo le hablé dos veces pero me ignoró. Bueno, tal vez no lo hizo a propósito y seguramente fue debido a que estaba muy concentrada en sus reflexiones. Después de unos instantes por fin habló:

—«El tiempo es el recurso más valioso que tenemos y no es renovable» —expresó emocionada.

Yo le di un trago a mi café y bajé la mirada. Iba a contestarle, pero ella me interrumpió:

—¡Es hora de irnos!

Me tomó de la mano y me jaló. Casi tiro mi café por el impulso, pero no pude detenerla. Afuera, el sol ya se haba ido a descansar y la oscuridad comenzaba a descender sobre nosotros.

––––––––––––––––––––––––––––––—
Ramsés K. Mishima
La Filosofía Minimalista
@lafilosofiaminimalista
––––––––––––––––––––––––––––––––

La Cazadora (Recopilación de los primeros 4 fragmentos)

1.

Cuando menos se lo esperaba, Samantha sintió una presencia maligna detrás de ella. No era la primera vez que sentía esa vibra, pero nunca la había sentido con esa intensidad. «Mal presagio», pensó. Trató de apresurar el paso y en la siguiente esquina, cerca de la tienda de conveniencia, cuando confirmó que nadie venía, sacó su cuchillo dorado del interior de su mochila y se preparó para luchar.

Enseguida sintió cómo la temperatura en su hombro derecho subió considerablemente. Dio la vuelta y cortó al ente en dos con su arma, sin darle oportunidad de atacar. Si hubiera titubeado un segundo, seguro que le hubiera quemado el brazo, pero ella, a estas alturas de su vida, ya estaba acostumbrada a los ataques por la espalda de todo tipo de criaturas —o al menos eso pensaba ella.

Después vio pasar a dos chicas de secundaria platicando amenamente y pensó que tal vez hablaban sobre sus novios o qué película irían a ver en el cine en la tarde, pero ella no. Ella solo contemplaba a las demás y se resignaba. Su padre siempre le había dicho que ella tenía algo más importante que hacer en la vida y que no tenía tiempo de banalidades. No podía darse ese lujo, porque de hacerlo podría costarle la vida.

Enseguida limpió su cuchillo y lo guardó. Lo cuidaba mucho, ya que fue regalo de su padre. A ojos de los demás se trataba de un cuchillo común y corriente, pero ella sabía la verdad: era un cuchillo especial que podía matar demonios. No era un simple juguete y fue la posesión más valiosa que le dejó su padre.

2.

Después de guardar su cuchillo, Samantha continuó caminando y dejó de lado a las chicas de secundaria. Sin embargo cometió un error, cosa poco común en ella, pues no había eliminado al demonio por completo. Lo supo cuando sintió cómo cambió la temperatura hasta que comenzó a sentir mucho frío. No era algo común en verano y menos a esa hora. Eran alrededor de las 19:00 hrs. y la oscuridad apenas comenzaba.

Corrió hasta el callejón de la siguiente calle y se escondió detrás de un contenedor de basura. Volteó a ver hacia arriba y se percató de que el edificio que tenía al lado era bastante alto, incluso parecía que tocaba el cielo. Sacó nuevamente su cuchillo y su libreta azul de encantamientos que le había heredado su madre y buscó dentro de ella el exorcismo básico de bloqueo para deshacerse del demonio. En ese momento recordó las palabras de su padre como si fuera un sermón: «recuerda que si el cuchillo no es efectivo al primer ataque, deberás utilizar el exorcismo básico de bloqueo para eliminarlo o de lo contrario sufrirás las consecuencias». Ella siempre le respondía: «Sí padre, me lo has dicho mil veces».

De pronto un resplandor arriba de ella la deslumbró y se dio cuenta, cuando ya era muy tarde, de que se trataba de un ataque de la criatura que había desgarrado la pared detrás de ella. Lo esquivó, pero alcanzó a cortar su hombro derecho. Quién le mandaba a ponerse esa blusa sin mangas ese día.

Al dar la vuelta, el ente ya no estaba y esta vez escuchó una voz entrecortada que además sabía su nombre:

—Crees que lo que estás haciendo es correcto Samantha pero no es así —le dijo la criatura, aunque no se dejaba ver.

—¿Quién es? —preguntó ella— ¡Muestrate! o de lo contrario: «exorcizamos te, daemonium…» —Samantha comenzó a recitar el conjuro de bloqueo y siempre le dolía la cabeza porque no entendía porqué el conjuro debía mencionarse en latín, pero el demonio la interrumpió.

—¡Espera! Yo solo soy un mensajero.

—¿Mensajero de quién? —le preguntó ella.

Samantha recordó, nuevamente, que su padre le había dicho que no debía confiar en ningún demonio o criatura, que no eran de este mundo y que a pesar de que podían hablar, sus palabras estaban llenas de blasfemias y de mentiras, pero esa criatura con silueta humana, aunque un poco deforme y muy delgada, con la luz tenue de la oscuridad que se producía por el reciente anochecer, parecía esquelética y sin ojos. Además no parecía mentir y había detenido su ataque, así que la hizo dudar.

—Estás en peligro y tu ciudad también. ¡No! el mundo entero lo está. No puedes hacer nada para cambiarlo. Ese es el mensaje o más bien la advertencia.

—¿Qué? ¿Solo eso? —le cuestionó la chica— ¿eso qué significa? siempre hay peligro.

—Esta vez el peligro es inminente y no creo que salgas bien librada.

Después de su última advertencia, el demonio saltó hacia ella e intentó nuevamente atacarla con el golpe que producía un resplandor. No parecía un ataque poderoso, pero el efecto sí, lo sabía por cómo había dejado el hueco en la pared. Samantha saltó hacia atrás para esquivarlo y con el cuchillo en la mano, comenzó a recitar el exorcismo de bloqueo:

—«Exorcizo daemonium, revertere ad locum originis revertitur amnis…»

El demonio comenzó a paralizarse y a rugir, lo cual era una señal de que estaba teniendo efecto, pero al ver a la criatura, en la oscuridad, le parecía que no estaba sufriendo, al contrario, sonreía, así que continuó:

—«Et hoc non est tuus orbis, haec est vestra spatio…»

—Esto no ha terminado, estoy seguro de que volveremos a vernos niña y la próxima vez no será tan fácil. El demonio sonrió y no opuso mayor resistencia, así que Samantha completó el conjuro:

—«descendit in abyssum irent vos unde fugit».

El demonio comenzó a emitir un resplandor de su pecho, o de lo que podía considerarse su pecho, y empezó a fragmentarse. Mientras lo hacía, Samantha reflexionó en lo fácil que había sido deshacerse de esa criatura, lo cual podía significar dos cosas: se había dejado vencer o era un demonio de clase baja, pero por el semblante que tenía, parecía lo primero.

Detrás de la criatura, apareció el portal redondo en forma de agujero negro y succionó al ente de golpe. A pesar de saber que sería destruido, continuó sonriendo.

3.

Después de ser transportado por el portal, Amitael se percató de que alguien había intervenido en su viaje, por decirlo de alguna manera, ya que de lo contrario no estaría respirando y viendo lo que estaba frente a él. Sin embargo, no estaba seguro si hubiera sido mejor haberse desvanecido o si era mejor lo que estaba por afrontar.

Se levantó del suelo y miró sus manos, o lo que se podría decir que eran sus manos humanoides, y sintió un frescor. Cuando se dio cuenta, cayó en la cuenta de que el suelo estaba húmedo.

El lugar en el que se encontraba podría decirse que era el mismo agujero negro, y de no ser por las antorchas que alumbraban la parte posterior, no hubiera podido ver nada. Escuchó que en el exterior, un riachuelo o una especie de corriente seguía su curso intensamente.

Volteó hacia la luz y se percató de que en una de las esquinas, alguien aguardaba, bajo las sombras, a que él recuperara la conciencia.

Continuó aproximándose para visualizar a la persona, ya que por la oscuridad solo alcanzaba a apreciar una silueta grisácea, pero una voz estruendosa interrumpió sus pasos, así que se detuvo. Lo que estuviera refugiado en la oscuridad, de pronto habló:

—Así que dime, Amitael, ¿se cumplió el objetivo de tu misión?

Amitael cayó en la cuenta de quién se trataba. Una parte de él ya lo suponía, pero esperaba que no fuera él directamente. Después se animó a responder:

—Mi señor, hice lo que me pidió —le contestó— y entregué el mensaje a la chica. Sin embargo, si me permite, me parece que no deberíamos subestimarla, pues ella tiene más poder del que creía. Incluso ella misma desconoce la magnitud de su fuerza.

Lo que se encontraba detrás de las sombras avanzó un poco más, hasta donde llegaba el resplandor que iluminaba el fuego, como si lo hubiera hecho a propósito, para no dejarse ver por completo.

—No me digas que te sorprendió ese tonto hechizo. Si hubieras querido, la hubieras podido detener —le precisó lo que se encontraba en las sombras.

Sin embargo, Amitael no estaba seguro de que hubiera podido detener su ataque del todo, así que eso lo hizo dudar.

—Tal vez sí mi señor, pero aún así, creo que no debería…

—¡Basta de estupideces! —exclamó la silueta desde las sombras—, no puedo creer que te haya sorprendido esa niña. Ahora quiero que continuemos con el plan y sigue con lo acordado.

—Pero señor, sigo sin entender porqué quiso alertarla. Seguro le contará a los demás cazadores y se prepararán para un futuro ataque. ¿No hubiera sido mejor atacar por sorpresa? —le preguntó Amitael a la sombra.

A pesar de que no se podía apreciar del todo, se notaba que la silueta era enorme, más que Amitael, y también tenía forma humanoide, de hecho, mucho más que Amitael. Incluso se podría asegurar que era humano.

—Pronto lo entenderás… —le respondió sin más precisiones—, ahora vete y continua con el plan y deja de perder el tiempo con tonterías.

—Como ordene señor.

Después de musitar esas palabras, Amitael deseaba preguntar más, pero comprendió que lo que estuviera detrás de las sombras ya no se encontraba en ese lugar. Continuó caminando hacia la luz y al llegar al final vio que había una puerta de madera, grande y la abrió. Afuera del lugar, pudo ver al fin el arroyo que seguía su curso con prisa hacia un lugar desconocido.

«Así que debo seguir con el plan» —musitó Amitael. Acaso será que sus verdaderas intenciones son… ¡No puede ser! El semblante de Amitael cambió ahora al de desesperación y encontraba cada vez más preguntas que respuestas. Sin embargo, después del frenesí, desistió y comprendió que él era un simple sirviente y no debía preguntar más de la cuenta o él podría molestarse y eso, por supuesto, no era nada recomendable, así que se dispuso a continuar. Tenía trabajo que hacer o, más bien, tenía algo que recoger así que no podía perder más tiempo.

4.

Por el callejón, bajo la el resplandor de la noche y con la intensa lluvia cayendo, aquél hombre corría a toda velocidad con un artefacto en la mano. Alguien lo perseguía, eso era seguro, y por la desesperación con la que volteaba constantemente hacía atrás, debía tratarse de alguien peligroso. Se trataba de un hombre maduro, no viejo, con cabello castaño y un poco largo. Su rostro no reflejaba miedo, reflejaba preocupación, como si le preocupara perder el objeto que llevaba consigo. Vestía una gabardina color café sobre una camisa de franela color azul. También llevaba un pantalón de mezclilla y unas botas café. El artefacto que llevaba en la mano emitía un ligero resplandor azul de la piedra que tenía en la parte superior. Era una especie de báculo o espada, ya que la imagen era muy confusa.

Continuaba corriendo de forma apresurada hasta llegar a un edificio al cual entraba, atravesaba por varias puertas y detrás de él se escuchaba cómo lo que lo seguía destruía y tiraba todo a su paso.

El hombre encontraba unas escaleras y comenzaba a subir hasta llegar al techo del edificio. En la cima, se encontró de frente con lo que lo perseguía, intercambiaban unas palabras y parecía que él le decía que no le entregaría lo que sea que llevara en la mano. No podía comprender lo que decían ni veía con claridad lo que perseguía al hombre, pues solo se observaba una sombra, una silueta sin forma concreta, así que era en vano. Finalmente la sombra movió su mano derecha y lanzó un resplandor color rojo que atravesó al hombre maduro en el pecho. Solo el semblante de dolor y agonía se observaba en él.

Sin embargo, antes de perder el conocimiento, resistió en el suelo y musitó unas palabras, tomó el objeto y dibujó con su sangre un símbolo en el suelo, colocó el objeto y éste desapareció.

La sombra volvió a lanzar el resplandor y el hombre intentó resistirlo, pero no pudo. Por la boca comenzó a escupir sangre, pues su órganos internos estaban prácticamente destruidos. Finalmente, lograba gritar unas palabras y la sombra solo parecía reírse. Eso era todo lo que se apreciaba, hasta que finalmente, después de otro ataque rojo con ese resplandor, el hombre se desintegraba. La lluvia continuaba cayendo con fuerza y en el lugar, el resplandor blanquecino de la luna era la única fuente de luz que iluminaba.

Después de esta imagen final, Samantha se despertó y se percató que estaba sudando. Siempre le pasaba así, después de tener ese sueño. No sabía de quiénes se trataba ni porqué ella soñaba con ellos. Tampoco sabía qué era el artefacto que llevaba el hombre de la gabardina.

Le dolía la cabeza tanto, que sentía que le estallaría, así que se levantó y se preparó un café expreso, amargo, como lo tomaba su padre. En realidad a ella no le gustaba el café, pero después de la muerte de su padre, comenzó a tomarlo por recordarlo. Siempre recordaba esa imagen: su padre, revisando documentos y periódicos hasta altas horas de la noche, investigando en libros. Ella no sabía exactamente qué buscaba, pero él se perdía en esa documentación. Cuando se cansaba, iba a la cocina a prepararse un café y tomaba esa diminuta taza y de su cafetera extraía el café, expreso.

En una ocasión en la que su padre estaba tomando ella se acercó y le pidió que la dejara probarlo. Su padre sonrió y le dijo que no le gustaría, y en efecto así fue, porque cuando accedió a invitarle, Samantha lo probó y esbozó una mueca de disgusto. «Pero qué amargo está esto» —expresó—. Su padre sonrió y solo le comentó: «Te lo dije».

Sin embargo, después de su muerte, decidió comenzar a tomarlo para recordarlo. Para Samantha era como una especie de ritual en el que recordaba a su padre, pero además funcionaba como fuente de motivación. Quería descubrir qué había pasado y deseaba vengar su muerte, pero no tenía idea de quién lo había asesinado.

Después comenzó a reflexionar sobre lo que había pasado la noche anterior y lo que la había atacado. Al parecer su verdaderas intenciones no habían sido matarla, sino seguro que lo hubiera hecho, pero tampoco le encontraba sentido a la alerta que le había dado. Si quería asustarla, no lo había conseguido, más bien, solo la preocupó y la confundió.

Finalmente se le ocurrió acudir con la única persona que sabría qué hacer y que podría explicarle el significado de las palabras del sujeto con forma humana. Se terminó el café, tomó sus cosas y salió de su departamento.

La Cazadora (Fragmento 4)

Por el callejón, bajo la el resplandor de la noche y con la intensa lluvia cayendo, aquél hombre corría a toda velocidad con un artefacto en la mano. Alguien lo perseguía, eso era seguro, y por la desesperación con la que volteaba constantemente hacía atrás, debía tratarse de alguien peligroso. Se trataba de un hombre maduro, no viejo, con cabello castaño y un poco largo. Su rostro no reflejaba miedo, reflejaba preocupación, como si le preocupara perder el objeto que llevaba consigo. Vestía una gabardina color café sobre una camisa de franela color azul. También llevaba un pantalón de mezclilla y unas botas café. El artefacto que llevaba en la mano emitía un ligero resplandor azul de la piedra que tenía en la parte superior. Era una especie de báculo o espada, ya que la imagen era muy confusa.

Continuaba corriendo de forma apresurada hasta llegar a un edificio al cual entraba, atravesaba por varias puertas y detrás de él se escuchaba cómo lo que lo seguía destruía y tiraba todo a su paso.

El hombre encontraba unas escaleras y comenzaba a subir hasta llegar al techo del edificio. En la cima, se encontró de frente con lo que lo perseguía, intercambiaban unas palabras y parecía que él le decía que no le entregaría lo que sea que llevara en la mano. No podía comprender lo que decían ni veía con claridad lo que perseguía al hombre, pues solo se observaba una sombra, una silueta sin forma concreta, así que era en vano. Finalmente la sombra movió su mano derecha y lanzó un resplandor color rojo que atravesó al hombre maduro en el pecho. Solo el semblante de dolor y agonía se observaba en él.

Sin embargo, antes de perder el conocimiento, resistió en el suelo y musitó unas palabras, tomó el objeto y dibujó con su sangre un símbolo en el suelo, colocó el objeto y éste desapareció.

La sombra volvió a lanzar el resplandor y el hombre intentó resistirlo, pero no pudo. Por la boca comenzó a escupir sangre, pues su órganos internos estaban prácticamente destruidos. Finalmente, lograba gritar unas palabras y la sombra solo parecía reírse. Eso era todo lo que se apreciaba, hasta que finalmente, después de otro ataque rojo con ese resplandor, el hombre se desintegraba. La lluvia continuaba cayendo con fuerza y en el lugar, el resplandor blanquecino de la luna era la única fuente de luz que iluminaba.

Después de esta imagen final, Samantha se despertó y se percató de que estaba sudando. Siempre le pasaba así, después de tener ese sueño. No sabía de quiénes se trataba ni porqué ella soñaba con ellos. Tampoco sabía qué era el artefacto que llevaba el hombre de la gabardina.

Le dolía la cabeza tanto, que sentía que le estallaría, así que se levantó y se preparó un café expreso, amargo, como lo tomaba su padre. En realidad a ella no le gustaba el café, pero después de la muerte de su padre, comenzó a tomarlo por recordarlo. Siempre recordaba esa imagen: su padre, revisando documentos y periódicos hasta altas horas de la noche, investigando en libros. Ella no sabía exactamente qué buscaba, pero él se perdía en esa documentación. Cuando se cansaba, iba a la cocina a prepararse un café y tomaba esa diminuta taza y de su cafetera extraía el café, expreso.

En una ocasión en la que su padre estaba tomando ella se acercó y le pidió que la dejara probarlo. Su padre sonrió y le dijo que no le gustaría, y en efecto así fue, porque cuando accedió a invitarle, Samantha lo probó y esbozó una mueca de disgusto. «Pero qué amargo está esto» —expresó—. Su padre sonrió y solo le comentó: «Te lo dije».

Sin embargo, después de su muerte, decidió comenzar a tomarlo para recordarlo. Para Samantha era como una especie de ritual en el que recordaba a su padre, pero además funcionaba como fuente de motivación. Quería descubrir qué había pasado y deseaba vengar su muerte, pero no tenía idea de quién lo había asesinado.

Después comenzó a reflexionar sobre lo que había pasado la noche anterior y lo que la había atacado. Al parecer su verdaderas intenciones no habían sido matarla, sino seguro que lo hubiera hecho, pero tampoco le encontraba sentido a la alerta que le había dado. Si quería asustarla, no lo había conseguido, más bien, solo la preocupó y la confundió.

Finalmente se le ocurrió acudir con la única persona que sabría qué hacer y que podría explicarle el significado de las palabras del sujeto con forma humana. Se terminó el café, tomó sus cosas y salió de su departamento.

Continuará…

La Cazadora (Fragmento 3)

Después de ser transportado por el portal, Amitael se percató de que alguien había intervenido en su viaje, por decirlo de alguna manera, ya que de lo contrario no estaría respirando y viendo lo que estaba frente a él. Sin embargo, no estaba seguro si hubiera sido mejor haberse desvanecido o si era mejor lo que estaba por afrontar.

Se levantó del suelo y miró sus manos, o lo que se podría decir que eran sus manos humanoides, y sintió un frescor. Cuando se dio cuenta, cayó en la cuenta de que el suelo estaba húmedo.

El lugar en el que se encontraba podría decirse que era el mismo agujero negro, y de no ser por las antorchas que alumbraban la parte posterior, no hubiera podido ver nada. Escuchó que en el exterior, un riachuelo o una especie de corriente seguía su curso intensamente.

Volteó hacia la luz y se percató de que en una de las esquinas, alguien aguardaba, bajo las sombras, a que él recuperara la consciencia.

Continuó aproximándose para visualizar a la persona, ya que por la oscuridad solo alcanzaba a apreciar una silueta grisácea, pero una voz estruendosa interrumpió sus pasos, así que se detuvo. Lo que estuviera refugiado en la oscuridad, de pronto habló:

—Así que dime, Amitael, ¿se cumplió el objetivo de tu misión?

Amitael cayó en la cuenta de quién se trataba. Una parte de él ya lo suponía, pero esperaba que no fuera él directamente. Después se animó a responder:

—Mi señor, hice lo que me pidió —le contestó— y entregué el mensaje a la chica. Sin embargo, si me permite, me parece que no deberíamos subestimarla, pues ella tiene más poder del que creía. Incluso ella misma desconoce la magnitud de su fuerza.

Lo que se encontraba detrás de las sombras avanzó un poco más, hasta donde llegaba el resplandor que iluminaba el fuego, como si lo hubiera hecho a propósito, para no dejarse ver por completo.

—No me digas que te sorprendió ese tonto hechizo. Si hubieras querido, la hubieras podido detener —le precisó lo que se encontraba en las sombras.

Sin embargo, Amitael no estaba seguro de que hubiera podido detener su ataque del todo, así que eso lo hizo dudar.

—Tal vez sí mi señor, pero aún así, creo que no debería…

—¡Basta de estupideces! —exclamó la silueta desde las sombras—, no puedo creer que te haya sorprendido esa niña. Ahora quiero que continuemos con el plan y sigue con lo acordado.

—Pero señor, sigo sin entender porqué quiso alertarla. Seguro le contará a los demás cazadores y se prepararán para un futuro ataque. ¿No hubiera sido mejor atacar por sorpresa? —le preguntó Amitael a la sombra.

A pesar de que no se podía apreciar del todo, se notaba que la silueta era enorme, más que Amitael, y también tenía forma humanoide, de hecho, mucho más que Amitael. Incluso se podría asegurar que era humano.

—Pronto lo entenderás… —le respondió sin más precisiones—, ahora vete y continua con el plan y deja de perder el tiempo con tonterías.

—Como ordene señor.

Después de musitar esas palabras, Amitael deseaba preguntar más, pero comprendió que lo que estuviera detrás de las sombras ya no se encontraba en ese lugar. Continuó caminando hacia la luz y al llegar al final vio que había una puerta de madera, grande y la abrió. Afuera del lugar, pudo ver al fin el arroyo que seguía su curso con prisa hacia un lugar desconocido.

«Así que debo seguir con el plan» —musitó Amitael. Acaso será que sus verdaderas intenciones son… ¡No puede ser! El semblante de Amitael cambió ahora al de desesperación y encontraba cada vez más preguntas que respuestas. Sin embargo, después del frenesí, desistió y comprendió que él era un simple sirviente y no debía preguntar más de la cuenta o él podría molestarse y eso, por supuesto, no era nada recomendable, así que se dispuso a continuar. Tenía trabajo que hacer o, más bien, tenía algo que recoger así que no podía perder más tiempo.

Continuará…