Hana |Fragmento 6 |Soltar.

De pronto Hana sintió un torbellino. Como si fuera la corriente de un río, pero cálida y suave. No estaba segura, pero, hasta donde recordaba, nunca había experimentado esa sensación. Era como si algo absorbiera sus labios y su lengua, con la fuerza con la que cae una cascada y con la suavidad con la que se corta una rebanada de pastel.

Cuando Hana separó sus labios de los de Yamir y abrió los ojos, sintió como si hubiera despertado de un hermoso sueño. En ese momento ella no sabía exactamente cómo se le denominaba a esa sensación y, por desgracia, tampoco sabía que no duraría mucho tiempo.

—¿Y cómo van tus sesiones de meditación con el maestro? —le preguntó Yamir a Hana, después de que él también abrió los ojos.

—Pues la verdad creo que he logrado «despejar» mi mente de algunos pensamientos que me atormentaban —le contestó—. Ya sabes lo que dice el maestro: «todo lo que no puedas soltar físicamente, puedes soltarlo a través de tu mente».

—Jajaja —Yamir se burló—. ¿Y te crees esas cosas?

—Al principio no lo creía, pero, después de experimentarlo, creo que tiene sus beneficios.

—Pues no estoy seguro —le contestó Yamir—, pero ¿sabes que sí sé que es altamente efectivo para olvidar cualquier cosa?

—¡Eh! ¿Conoces un método tan infalible?

—Sí. Ven.

Yamir tomó a Hana de la parte trasera de su cabeza, acarició su cabello y le plantó nuevamente un beso. Los dos cerraron los ojos y se dejaron llevar. Nuevamente llegó el torbellino, la cascada y la rebanada de pastel.

Al día siguiente, reanudó su sesión de meditación con el maestro Zembu. Desde que llegó al templo el maestro se percató de que había algo diferente en ella. Y es que esa enorme sonrisa no era normal en ella. Sí que lo era en las chicas de su edad, pero en la solitaria Hana no.

A pesar de su extrañamiento, el maestro pensó en no hacer ningún comentario y comenzar con la sesión. Una vez que se encontraron los dos en el espacio destinado para su práctica, cada uno se sentó en su almohadilla, cruzaron las piernas, espalda erguida, manos en la posición del «mudra» y cerraron los ojos.

Y se quedaron ahí, cada uno transitando de manera consciente por sus pensamientos. Fuera del cuarto el sonido de los pájaros era apenas perceptible. El sonido de la fuente frente al salón daba la impresión de que hubiera un río fuera de la casa del maestro Zembu. El enorme árbol Neem que sobresalía más allá del techo de la vivienda, proporcionaba una formidable sombra y un delicioso frescor. ¿El espacio perfecto para meditar?

A los pocos minutos el maestro se percató de que Hana no estaba lo suficientemente concentrada. Apretaba los párpados, como si tuviera una pesadilla, su respiración no era consistente y perdía la posición repetidas veces. Pese a su decisión de no preguntar, eligió pausar la sesión y se dirigió a Hana inmediatamente:

—¿Qué es lo que te pasa Hana? ¿Qué perturba tu corazón? —le preguntó el maestro.

Hana separó sus piernas, deshizo el mudra y abrió los ojos.

—¿Mi corazón? ¿Por qué cree que algo perturba mi corazón?

—He vivido muchos años —le contestó—, he experimentado muchas cosas, he perdido otras y he ganado algunas más. Sé que puede deberse a una infinidad de motivos el que estés tan distraída, pero solamente conozco y he sentido uno que es capaz de hacernos sentir felices y al mismo tiempo quitarnos cualquier tipo de concentración.

Una mariposa pasó cerca de la entrada del salón y Hana volteó a verla.

—¿Cómo le hace para darse cuenta de todo? —le preguntó Hana.

«Pero sí es bastante obvio», pensó el maestro.

—No me subestimes —le dijo el maestro Zembu—. El que ahora me encuentre solo, en esta enorme casa, no quiere decir que en algún momento en mi vida no haya experimentado el amor.

—¿Amor? —le cuestionó Hana—, ¿ahora me dirá que también debo «solar» y «dejar ir» ese sentimiento?

—Yo no soy quién para decirte lo que debes o lo que no debes soltar —le precisó el maestro—. Lo cierto es que si estás descubriendo ese sentimiento por primera vez, te estás metiendo en un terreno muy peligroso.

—¡No sea tan dramático! —le comentó Hana—, me parece que tanto tiempo solo ha hecho que olvide cuál es la verdadera «esencia del amor».

—¿Ah sí? ¿y cuál es esa? Comparte tu sabiduría conmigo—le preguntó el maestro.

—El amor es solo un «estado emocional» —le explicó Hana—, y no tiene nada que ver con mariposas en el estómago o perturbación del corazón. Todo es mental. Todo sucede en el subconsciente. Y creo que la verdadera esencia es disfrutarlo y vivirlo al máximo.

El maestro cruzó sus brazos y cerró los ojos. Después comentó:

—Qué bueno que seas tan optimista, y ciertamente encuentro coherencia en lo que comentas, pero hay algo de lo que te he enseñado que no has contemplado en tu argumento.

—¿Y qué es?

—Generalmente al caer en ese «estado emocional» que dices, tendemos a olvidar que todo en la vida tiene un principio y un final. No digo que esté mal lo que estás sintiendo. Simplemente con los años he aprendido que cuando uno se enamora —o es consciente de ese sentimiento— debe vivirlo al máximo desde el inicio, pero también estar preparado para el final.

—¡No sea tan exagerado! Ya va a empezar con eso de «Como decía Buda, el ser humano ha venido a sufrir y no sé qué…».

—Aún tienes mucho que aprender.

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Ramsés K. Mishima⠀
La Filosofía Minimalista⠀
@lafilosofiaminimalista⠀
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La Cazadora (Recopilación de los primeros 4 fragmentos)

1.

Cuando menos se lo esperaba, Samantha sintió una presencia maligna detrás de ella. No era la primera vez que sentía esa vibra, pero nunca la había sentido con esa intensidad. «Mal presagio», pensó. Trató de apresurar el paso y en la siguiente esquina, cerca de la tienda de conveniencia, cuando confirmó que nadie venía, sacó su cuchillo dorado del interior de su mochila y se preparó para luchar.

Enseguida sintió cómo la temperatura en su hombro derecho subió considerablemente. Dio la vuelta y cortó al ente en dos con su arma, sin darle oportunidad de atacar. Si hubiera titubeado un segundo, seguro que le hubiera quemado el brazo, pero ella, a estas alturas de su vida, ya estaba acostumbrada a los ataques por la espalda de todo tipo de criaturas —o al menos eso pensaba ella.

Después vio pasar a dos chicas de secundaria platicando amenamente y pensó que tal vez hablaban sobre sus novios o qué película irían a ver en el cine en la tarde, pero ella no. Ella solo contemplaba a las demás y se resignaba. Su padre siempre le había dicho que ella tenía algo más importante que hacer en la vida y que no tenía tiempo de banalidades. No podía darse ese lujo, porque de hacerlo podría costarle la vida.

Enseguida limpió su cuchillo y lo guardó. Lo cuidaba mucho, ya que fue regalo de su padre. A ojos de los demás se trataba de un cuchillo común y corriente, pero ella sabía la verdad: era un cuchillo especial que podía matar demonios. No era un simple juguete y fue la posesión más valiosa que le dejó su padre.

2.

Después de guardar su cuchillo, Samantha continuó caminando y dejó de lado a las chicas de secundaria. Sin embargo cometió un error, cosa poco común en ella, pues no había eliminado al demonio por completo. Lo supo cuando sintió cómo cambió la temperatura hasta que comenzó a sentir mucho frío. No era algo común en verano y menos a esa hora. Eran alrededor de las 19:00 hrs. y la oscuridad apenas comenzaba.

Corrió hasta el callejón de la siguiente calle y se escondió detrás de un contenedor de basura. Volteó a ver hacia arriba y se percató de que el edificio que tenía al lado era bastante alto, incluso parecía que tocaba el cielo. Sacó nuevamente su cuchillo y su libreta azul de encantamientos que le había heredado su madre y buscó dentro de ella el exorcismo básico de bloqueo para deshacerse del demonio. En ese momento recordó las palabras de su padre como si fuera un sermón: «recuerda que si el cuchillo no es efectivo al primer ataque, deberás utilizar el exorcismo básico de bloqueo para eliminarlo o de lo contrario sufrirás las consecuencias». Ella siempre le respondía: «Sí padre, me lo has dicho mil veces».

De pronto un resplandor arriba de ella la deslumbró y se dio cuenta, cuando ya era muy tarde, de que se trataba de un ataque de la criatura que había desgarrado la pared detrás de ella. Lo esquivó, pero alcanzó a cortar su hombro derecho. Quién le mandaba a ponerse esa blusa sin mangas ese día.

Al dar la vuelta, el ente ya no estaba y esta vez escuchó una voz entrecortada que además sabía su nombre:

—Crees que lo que estás haciendo es correcto Samantha pero no es así —le dijo la criatura, aunque no se dejaba ver.

—¿Quién es? —preguntó ella— ¡Muestrate! o de lo contrario: «exorcizamos te, daemonium…» —Samantha comenzó a recitar el conjuro de bloqueo y siempre le dolía la cabeza porque no entendía porqué el conjuro debía mencionarse en latín, pero el demonio la interrumpió.

—¡Espera! Yo solo soy un mensajero.

—¿Mensajero de quién? —le preguntó ella.

Samantha recordó, nuevamente, que su padre le había dicho que no debía confiar en ningún demonio o criatura, que no eran de este mundo y que a pesar de que podían hablar, sus palabras estaban llenas de blasfemias y de mentiras, pero esa criatura con silueta humana, aunque un poco deforme y muy delgada, con la luz tenue de la oscuridad que se producía por el reciente anochecer, parecía esquelética y sin ojos. Además no parecía mentir y había detenido su ataque, así que la hizo dudar.

—Estás en peligro y tu ciudad también. ¡No! el mundo entero lo está. No puedes hacer nada para cambiarlo. Ese es el mensaje o más bien la advertencia.

—¿Qué? ¿Solo eso? —le cuestionó la chica— ¿eso qué significa? siempre hay peligro.

—Esta vez el peligro es inminente y no creo que salgas bien librada.

Después de su última advertencia, el demonio saltó hacia ella e intentó nuevamente atacarla con el golpe que producía un resplandor. No parecía un ataque poderoso, pero el efecto sí, lo sabía por cómo había dejado el hueco en la pared. Samantha saltó hacia atrás para esquivarlo y con el cuchillo en la mano, comenzó a recitar el exorcismo de bloqueo:

—«Exorcizo daemonium, revertere ad locum originis revertitur amnis…»

El demonio comenzó a paralizarse y a rugir, lo cual era una señal de que estaba teniendo efecto, pero al ver a la criatura, en la oscuridad, le parecía que no estaba sufriendo, al contrario, sonreía, así que continuó:

—«Et hoc non est tuus orbis, haec est vestra spatio…»

—Esto no ha terminado, estoy seguro de que volveremos a vernos niña y la próxima vez no será tan fácil. El demonio sonrió y no opuso mayor resistencia, así que Samantha completó el conjuro:

—«descendit in abyssum irent vos unde fugit».

El demonio comenzó a emitir un resplandor de su pecho, o de lo que podía considerarse su pecho, y empezó a fragmentarse. Mientras lo hacía, Samantha reflexionó en lo fácil que había sido deshacerse de esa criatura, lo cual podía significar dos cosas: se había dejado vencer o era un demonio de clase baja, pero por el semblante que tenía, parecía lo primero.

Detrás de la criatura, apareció el portal redondo en forma de agujero negro y succionó al ente de golpe. A pesar de saber que sería destruido, continuó sonriendo.

3.

Después de ser transportado por el portal, Amitael se percató de que alguien había intervenido en su viaje, por decirlo de alguna manera, ya que de lo contrario no estaría respirando y viendo lo que estaba frente a él. Sin embargo, no estaba seguro si hubiera sido mejor haberse desvanecido o si era mejor lo que estaba por afrontar.

Se levantó del suelo y miró sus manos, o lo que se podría decir que eran sus manos humanoides, y sintió un frescor. Cuando se dio cuenta, cayó en la cuenta de que el suelo estaba húmedo.

El lugar en el que se encontraba podría decirse que era el mismo agujero negro, y de no ser por las antorchas que alumbraban la parte posterior, no hubiera podido ver nada. Escuchó que en el exterior, un riachuelo o una especie de corriente seguía su curso intensamente.

Volteó hacia la luz y se percató de que en una de las esquinas, alguien aguardaba, bajo las sombras, a que él recuperara la conciencia.

Continuó aproximándose para visualizar a la persona, ya que por la oscuridad solo alcanzaba a apreciar una silueta grisácea, pero una voz estruendosa interrumpió sus pasos, así que se detuvo. Lo que estuviera refugiado en la oscuridad, de pronto habló:

—Así que dime, Amitael, ¿se cumplió el objetivo de tu misión?

Amitael cayó en la cuenta de quién se trataba. Una parte de él ya lo suponía, pero esperaba que no fuera él directamente. Después se animó a responder:

—Mi señor, hice lo que me pidió —le contestó— y entregué el mensaje a la chica. Sin embargo, si me permite, me parece que no deberíamos subestimarla, pues ella tiene más poder del que creía. Incluso ella misma desconoce la magnitud de su fuerza.

Lo que se encontraba detrás de las sombras avanzó un poco más, hasta donde llegaba el resplandor que iluminaba el fuego, como si lo hubiera hecho a propósito, para no dejarse ver por completo.

—No me digas que te sorprendió ese tonto hechizo. Si hubieras querido, la hubieras podido detener —le precisó lo que se encontraba en las sombras.

Sin embargo, Amitael no estaba seguro de que hubiera podido detener su ataque del todo, así que eso lo hizo dudar.

—Tal vez sí mi señor, pero aún así, creo que no debería…

—¡Basta de estupideces! —exclamó la silueta desde las sombras—, no puedo creer que te haya sorprendido esa niña. Ahora quiero que continuemos con el plan y sigue con lo acordado.

—Pero señor, sigo sin entender porqué quiso alertarla. Seguro le contará a los demás cazadores y se prepararán para un futuro ataque. ¿No hubiera sido mejor atacar por sorpresa? —le preguntó Amitael a la sombra.

A pesar de que no se podía apreciar del todo, se notaba que la silueta era enorme, más que Amitael, y también tenía forma humanoide, de hecho, mucho más que Amitael. Incluso se podría asegurar que era humano.

—Pronto lo entenderás… —le respondió sin más precisiones—, ahora vete y continua con el plan y deja de perder el tiempo con tonterías.

—Como ordene señor.

Después de musitar esas palabras, Amitael deseaba preguntar más, pero comprendió que lo que estuviera detrás de las sombras ya no se encontraba en ese lugar. Continuó caminando hacia la luz y al llegar al final vio que había una puerta de madera, grande y la abrió. Afuera del lugar, pudo ver al fin el arroyo que seguía su curso con prisa hacia un lugar desconocido.

«Así que debo seguir con el plan» —musitó Amitael. Acaso será que sus verdaderas intenciones son… ¡No puede ser! El semblante de Amitael cambió ahora al de desesperación y encontraba cada vez más preguntas que respuestas. Sin embargo, después del frenesí, desistió y comprendió que él era un simple sirviente y no debía preguntar más de la cuenta o él podría molestarse y eso, por supuesto, no era nada recomendable, así que se dispuso a continuar. Tenía trabajo que hacer o, más bien, tenía algo que recoger así que no podía perder más tiempo.

4.

Por el callejón, bajo la el resplandor de la noche y con la intensa lluvia cayendo, aquél hombre corría a toda velocidad con un artefacto en la mano. Alguien lo perseguía, eso era seguro, y por la desesperación con la que volteaba constantemente hacía atrás, debía tratarse de alguien peligroso. Se trataba de un hombre maduro, no viejo, con cabello castaño y un poco largo. Su rostro no reflejaba miedo, reflejaba preocupación, como si le preocupara perder el objeto que llevaba consigo. Vestía una gabardina color café sobre una camisa de franela color azul. También llevaba un pantalón de mezclilla y unas botas café. El artefacto que llevaba en la mano emitía un ligero resplandor azul de la piedra que tenía en la parte superior. Era una especie de báculo o espada, ya que la imagen era muy confusa.

Continuaba corriendo de forma apresurada hasta llegar a un edificio al cual entraba, atravesaba por varias puertas y detrás de él se escuchaba cómo lo que lo seguía destruía y tiraba todo a su paso.

El hombre encontraba unas escaleras y comenzaba a subir hasta llegar al techo del edificio. En la cima, se encontró de frente con lo que lo perseguía, intercambiaban unas palabras y parecía que él le decía que no le entregaría lo que sea que llevara en la mano. No podía comprender lo que decían ni veía con claridad lo que perseguía al hombre, pues solo se observaba una sombra, una silueta sin forma concreta, así que era en vano. Finalmente la sombra movió su mano derecha y lanzó un resplandor color rojo que atravesó al hombre maduro en el pecho. Solo el semblante de dolor y agonía se observaba en él.

Sin embargo, antes de perder el conocimiento, resistió en el suelo y musitó unas palabras, tomó el objeto y dibujó con su sangre un símbolo en el suelo, colocó el objeto y éste desapareció.

La sombra volvió a lanzar el resplandor y el hombre intentó resistirlo, pero no pudo. Por la boca comenzó a escupir sangre, pues su órganos internos estaban prácticamente destruidos. Finalmente, lograba gritar unas palabras y la sombra solo parecía reírse. Eso era todo lo que se apreciaba, hasta que finalmente, después de otro ataque rojo con ese resplandor, el hombre se desintegraba. La lluvia continuaba cayendo con fuerza y en el lugar, el resplandor blanquecino de la luna era la única fuente de luz que iluminaba.

Después de esta imagen final, Samantha se despertó y se percató que estaba sudando. Siempre le pasaba así, después de tener ese sueño. No sabía de quiénes se trataba ni porqué ella soñaba con ellos. Tampoco sabía qué era el artefacto que llevaba el hombre de la gabardina.

Le dolía la cabeza tanto, que sentía que le estallaría, así que se levantó y se preparó un café expreso, amargo, como lo tomaba su padre. En realidad a ella no le gustaba el café, pero después de la muerte de su padre, comenzó a tomarlo por recordarlo. Siempre recordaba esa imagen: su padre, revisando documentos y periódicos hasta altas horas de la noche, investigando en libros. Ella no sabía exactamente qué buscaba, pero él se perdía en esa documentación. Cuando se cansaba, iba a la cocina a prepararse un café y tomaba esa diminuta taza y de su cafetera extraía el café, expreso.

En una ocasión en la que su padre estaba tomando ella se acercó y le pidió que la dejara probarlo. Su padre sonrió y le dijo que no le gustaría, y en efecto así fue, porque cuando accedió a invitarle, Samantha lo probó y esbozó una mueca de disgusto. «Pero qué amargo está esto» —expresó—. Su padre sonrió y solo le comentó: «Te lo dije».

Sin embargo, después de su muerte, decidió comenzar a tomarlo para recordarlo. Para Samantha era como una especie de ritual en el que recordaba a su padre, pero además funcionaba como fuente de motivación. Quería descubrir qué había pasado y deseaba vengar su muerte, pero no tenía idea de quién lo había asesinado.

Después comenzó a reflexionar sobre lo que había pasado la noche anterior y lo que la había atacado. Al parecer su verdaderas intenciones no habían sido matarla, sino seguro que lo hubiera hecho, pero tampoco le encontraba sentido a la alerta que le había dado. Si quería asustarla, no lo había conseguido, más bien, solo la preocupó y la confundió.

Finalmente se le ocurrió acudir con la única persona que sabría qué hacer y que podría explicarle el significado de las palabras del sujeto con forma humana. Se terminó el café, tomó sus cosas y salió de su departamento.

La Cazadora (Fragmento 4)

Por el callejón, bajo la el resplandor de la noche y con la intensa lluvia cayendo, aquél hombre corría a toda velocidad con un artefacto en la mano. Alguien lo perseguía, eso era seguro, y por la desesperación con la que volteaba constantemente hacía atrás, debía tratarse de alguien peligroso. Se trataba de un hombre maduro, no viejo, con cabello castaño y un poco largo. Su rostro no reflejaba miedo, reflejaba preocupación, como si le preocupara perder el objeto que llevaba consigo. Vestía una gabardina color café sobre una camisa de franela color azul. También llevaba un pantalón de mezclilla y unas botas café. El artefacto que llevaba en la mano emitía un ligero resplandor azul de la piedra que tenía en la parte superior. Era una especie de báculo o espada, ya que la imagen era muy confusa.

Continuaba corriendo de forma apresurada hasta llegar a un edificio al cual entraba, atravesaba por varias puertas y detrás de él se escuchaba cómo lo que lo seguía destruía y tiraba todo a su paso.

El hombre encontraba unas escaleras y comenzaba a subir hasta llegar al techo del edificio. En la cima, se encontró de frente con lo que lo perseguía, intercambiaban unas palabras y parecía que él le decía que no le entregaría lo que sea que llevara en la mano. No podía comprender lo que decían ni veía con claridad lo que perseguía al hombre, pues solo se observaba una sombra, una silueta sin forma concreta, así que era en vano. Finalmente la sombra movió su mano derecha y lanzó un resplandor color rojo que atravesó al hombre maduro en el pecho. Solo el semblante de dolor y agonía se observaba en él.

Sin embargo, antes de perder el conocimiento, resistió en el suelo y musitó unas palabras, tomó el objeto y dibujó con su sangre un símbolo en el suelo, colocó el objeto y éste desapareció.

La sombra volvió a lanzar el resplandor y el hombre intentó resistirlo, pero no pudo. Por la boca comenzó a escupir sangre, pues su órganos internos estaban prácticamente destruidos. Finalmente, lograba gritar unas palabras y la sombra solo parecía reírse. Eso era todo lo que se apreciaba, hasta que finalmente, después de otro ataque rojo con ese resplandor, el hombre se desintegraba. La lluvia continuaba cayendo con fuerza y en el lugar, el resplandor blanquecino de la luna era la única fuente de luz que iluminaba.

Después de esta imagen final, Samantha se despertó y se percató de que estaba sudando. Siempre le pasaba así, después de tener ese sueño. No sabía de quiénes se trataba ni porqué ella soñaba con ellos. Tampoco sabía qué era el artefacto que llevaba el hombre de la gabardina.

Le dolía la cabeza tanto, que sentía que le estallaría, así que se levantó y se preparó un café expreso, amargo, como lo tomaba su padre. En realidad a ella no le gustaba el café, pero después de la muerte de su padre, comenzó a tomarlo por recordarlo. Siempre recordaba esa imagen: su padre, revisando documentos y periódicos hasta altas horas de la noche, investigando en libros. Ella no sabía exactamente qué buscaba, pero él se perdía en esa documentación. Cuando se cansaba, iba a la cocina a prepararse un café y tomaba esa diminuta taza y de su cafetera extraía el café, expreso.

En una ocasión en la que su padre estaba tomando ella se acercó y le pidió que la dejara probarlo. Su padre sonrió y le dijo que no le gustaría, y en efecto así fue, porque cuando accedió a invitarle, Samantha lo probó y esbozó una mueca de disgusto. «Pero qué amargo está esto» —expresó—. Su padre sonrió y solo le comentó: «Te lo dije».

Sin embargo, después de su muerte, decidió comenzar a tomarlo para recordarlo. Para Samantha era como una especie de ritual en el que recordaba a su padre, pero además funcionaba como fuente de motivación. Quería descubrir qué había pasado y deseaba vengar su muerte, pero no tenía idea de quién lo había asesinado.

Después comenzó a reflexionar sobre lo que había pasado la noche anterior y lo que la había atacado. Al parecer su verdaderas intenciones no habían sido matarla, sino seguro que lo hubiera hecho, pero tampoco le encontraba sentido a la alerta que le había dado. Si quería asustarla, no lo había conseguido, más bien, solo la preocupó y la confundió.

Finalmente se le ocurrió acudir con la única persona que sabría qué hacer y que podría explicarle el significado de las palabras del sujeto con forma humana. Se terminó el café, tomó sus cosas y salió de su departamento.

Continuará…