La Cazadora

Cuando menos se lo esperaba, Samantha sintió una presencia maligna detrás de ella. No era la primera vez que sentía esa vibra, pero nunca la había sentido con esa intensidad. «Mal presagio», pensó. Trató de apresurar el paso y en la siguiente esquina, cerca de la tienda de conveniencia, cuando confirmó que nadie venía, sacó su cuchillo dorado del interior de su mochila y se preparó para luchar.

Enseguida sintió cómo la temperatura en su hombro derecho subió considerablemente. Dio la vuelta y cortó al ente en dos con su arma, sin darle oportunidad de atacar. Si hubiera titubeado un segundo, seguro que le hubiera quemado el brazo, pero ella, a estas alturas de su vida, ya estaba acostumbrada a los ataques por la espalda de todo tipo de criaturas —o al menos eso pensaba ella.

Después vio pasar a dos chicas de secundaria platicando amenamente y pensó que tal vez hablaban sobre sus novios o qué película irían a ver en el cine en la tarde, pero ella no. Ella solo contemplaba a las demás y se resignaba. Su padre siempre ele había dicho que ella tenía algo más importante que hacer en la vida y que no tenía tiempo de banalidades. No podía darse ese lujo, porque de hacerlo podría costarle la vida.

Enseguida limpió su cuchillo y lo guardó. Lo cuidaba mucho, ya que fue regalo de su padre. A ojos de los demás se trataba de un cuchillo común y corriente, pero ella sabía la verdad: era un cuchillo especial que podía matar demonios. No era un simple juguete y fue la posesión más valiosa que le dejó su padre.