«Ausencia».

Todavía recuerdo sus palabras. Resuenan todos los días en mi cabeza. Como si las estuviera diciendo, otra vez, frente a mí. Si cierro los ojos y me pierdo en mis pensamientos, él vuelve a aparecer; está ahí, vive en mi mente. Su cuerpo físico ya no está, pero su parte espiritual permanente en este mundo, bueno «en mi mundo».

Es como si hubieran tatuado sus palabras en mi mente ¿es eso posible? no lo sé, pero no he podido olvidarlas con nada: ni con pastillas, meditación ni terapia. ¿Por qué se quitó la vida? ¿Por qué decidió partir de este mundo? ¿Entonces era mentira?

Sus palabras fueron: «Soy el hombre más feliz. Estar a tu lado es lo mejor que me ha pasado en la vida. Eres la mujer más hermosa del mundo. Quiero estar contigo por siempre». Ese «por siempre» debió ser un «por siempre espiritual» o algo así. ¿Puede ser la felicidad tan engañosa como para que realmente no sea felicidad? Tal vez.

Recuerdo que un día, normal, como la mayoría, fuimos al cine a ver una película que ahora no recuerdo exactamente el nombre, pero que trataba sobre un político muy influyente de Estados Unidos, el cual contrata a un agente para investigar a su esposa, porque sospecha una infidelidad. Me parece que la protagonizaba Mark Wahlberg.

De camino, él me tomaba de la mano y me llevaba por la calle rumbo al cine. Todo iba muy bien, comimos palomitas y un frappe. Me tomó de la mano y me dio varios besos en la mejilla durante la película. Sin embargo, cuando salimos de la función, de regreso al estacionamiento, me abrió la puerta y me ayudó a subir, la cerró y se dirigió al lado del conductor y se quedó así, paralizado, frente a su puerta. Inmóvil y petrificado, no respondió a mis palabras. Lo llamé varias veces, pero parecía que mis palabras no lo lograban alcanzar.

Fue después de que me bajé, fui con él y le di una cachetada que reaccionó. Él solo respondió: «¿Qué esperas? ¡Ya es hora! ¡Sube al auto, se hace tarde!». Esa ocasión ignoré lo sucedido.

Otra ocasión, fuimos a un bosque, a las afueras de la ciudad. Era época de frío y había un poco de nieve en todo el lugar. Nos gustaba realizar esas caminatas porque nos permitía liberarnos de todo el estrés de la ciudad, de la rutina. Sin embargo, ese día, volvió a pasar. No sé en qué momento lo perdí de vista, pero cuando me percaté de su ausencia, él ya no estaba ahí.

Tuve que buscarlo por los alrededores; tardé como dos horas en encontrarlo. Justo cuando lo localicé, en la penumbra del bosque, estaba parado, de espaldas, con los brazos abiertos, como haciendo una cruz y con la cabeza hacia a atrás. Murmuraba algunas palabras que no alcancé a entender. Sin embargo eso no fue lo más extraño. Lo que realmente me resultó extraño fue que frente a él había un precipicio muy profundo. «¿Cómo es que no lo vi?», me pregunté.

No puedo asegurarlo, pero dentro de mí algo me decía que estaba dispuesto a aventarse. Cuando lo llamé sucedió nuevamente, mis palabras no lograron alcanzarlo. Lo único que hice fue caminar hasta donde se encontraba y abrazarlo por la espalda. Sentí cómo mis pechos se presionaban con su espalda.

Cuando lo abracé me dijo: «¿Qué esperas? Ya es hora». No me moví y continué sujetándolo. Yo solo le respondí: «¿Hora de qué?».

Eventos así sucedieron en varias ocasiones antes de su muerte. Seguro te preguntarás: «¿Porqué no buscaron ayuda? ¡Debiste llevarlo con un doctor o psiquiatra!». Pues lo hice. Si bien en esos momentos era como «si no fuera él mismo» «como si no fuera consciente del momento presente». Su cuerpo estaba ahí, pero su mente era transportada a otra parte. O tal vez alguien utilizaba o manipulaba su mente.

Cuando lo llevé con el especialista respondió a todo con normalidad, como cualquier persona, le realizaron algunas placas, toma de sangre, orina, pero todo estaba bien; no se encontró nada raro. Ninguna enfermedad. Él siempre fue muy sano, así que todo dentro de la normalidad. Ningún signo de ansiedad, depresión o melancolía.

Cuando lo encontré, tirado, boca abajo y sin vida, algo dentro de mí no se sorprendió. Lo único que sí atrajo mi atención fue que junto a él había una nota en la que decía —con su letra—: «¿Qué esperas? ¡Ya es hora!».

¿Puede el ausentarnos totalmente del momento presente, aniquilar todo nuestro ser?

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Ramsés K. Mishima

La Filosofía Minimalista

@lafilosofiaminimalista

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«La Esencia del Amor».

Cuando tenía 16 años me enamoré de una chica de mi escuela. Era muy hermosa y sobresalía entre las demás chicas. Sin embargo no sobresalía por su belleza; sobresalía por su calidez y su nobleza. ¿Cómo sé que era amor? No estoy seguro, pero si utilizo la conceptualización básica y mundana de amor, como aquel sentimiento que se manifiesta por el cariño, aprecio o deseo por otra persona, entonces sí era amor.

Recuerdo cuando la conocí, en la clase de Historia. Hasta ese momento no me había percatado de su presencia, pero un día nos seleccionaron para realizar una exposición en parejas, sobre el periodo de la Edad Media. Ella se acercó y me habló. Yo estaba mirando por la ventana la vida en su máximo esplendor. Tanta luz me cegaba. Cuando se acercó me dijo su nombre:

—¡Hola!, me llamo Samantha. Vamos a trabajar juntos para la exposición. Nos tocará en dos sesiones. ¿Tú cómo te llamas?

La volteé a ver y su sonrisa me deslumbró, como la sonrisa de las modelos que anuncian pasta dental en la televisión, una dentadura perfecta e irreal.

—Me llamo Gabriel —le contesté.

—¿Y bien? ¿Qué parte de este periodo te gusta más?

—¿Eh?

Ella se rió.

—Es hora de volver a la realidad —me dijo.

Por aquel entonces mi vida no iba a ningún lado. Nada tenía sentido ni claridad para mí. Era como un trompo que daba vueltas y vueltas en el mismo lugar. Cuando se acababa la energía que me hacía girar, alguien o algo me volvía a dar vuelta y giraba sin parar, sobre mi propio eje y sin avanzar.

Todo los días eran iguales: ir a la escuela, hacer tiempo, tomar alcohol con mis amigos, saltarme las clases y ver series de televisión. Comer cualquier cosa para sentirme satisfecho y dormir hasta la madrugada. Siempre con ojeras y con videojuegos como única diversión.

Solo era un recipiente que podía contener cualquier cosa, menos felicidad. Si pusieras todo lo que acabo de mencionar en un costal de basura, en lugar de mi cuerpo, no habría diferencia.

Algunos días amanecía en el piso, otros en el sillón. Era como una figura de plástico que se moldeaba a la forma de cualquier superficie, moría unas horas y despertaba para continuar en un ciclo sin fin.

Lo único que me mantenía con vida era el amor que sentía por ella. Acudía a la escuela para ver su sonrisa y apreciar su andar. Si me hubieran preguntado en aquel entonces ¿cuál era la razón de que estuviera vivo? hubiera respondido: «Me mantengo vivo para ver su sonrisa». ¿Y si ella no estuviera? «Mmm, pues, no sé, creo que hubiera podido morir cualquier día».

Por las tardes, entre clases o al regresar a casa, elaboraba algunos dibujos de ella. Todavía no había celulares con buenas cámaras y por supuesto no tenía dinero para comprar una cámara decente. Para materializar su imagen, la dibujaba en mi libreta de la clase de Historia e imaginaba que yo era un príncipe y ella una princesa. ¡Vaya estupidez! ¿Quién se imagina tal cosa? ¿Tal tontería?

Un día que me armé de valor, creo que el único, compré dos mantecadas y dos cafés en el OXXO que estaba afuera de mi escuela y los llevé. El café estaba hirviendo, por cierto. Cuando llegué con el café y los dos panes, me paré junto a ella y le hablé. Ella estaba con sus amigas hablando de no sé qué, pero se levantó, sonrió y me habló:

—Hola ¿Qué pasa? ¿Y ese café?

Sus amigas me miraron como si yo fuera un extraterrestre.

—Lo traje para ti. También traje dos panes para comerlos juntos —le respondí. Me sentí la persona más idiota del mundo. Como cuando Forrest Gump le confiesa su amor a Jenny. ¡Un café! ¡En pleno mes de junio! ¡Con el calor a más no poder!

Ella sonrió y me contestó:

—¡Qué lindo! Vamos a comernos las mantecadas.

Ella me tomó de la mano y me llevó a una de las bancas, bajo un árbol. Estaba tan hipnotizado que me quemé la boca cuando le di un trago al café. «¡Qué bueno!» pensé, ya que eso me regresó a la realidad. Ella tocó mi labio con su mano y lo acarició. «Ten cuidado, está caliente», me dijo. «Sí», le contesté.

Yo era como un robot programado para responder de forma concreta y mecánica. Me costaba elaborar frases coherentes que expresaran lo que sentía. Solo veía su sonrisa y su hermoso cabello, color castaño y brillante, ondear por el viento.

Sin embargo ella nunca me amo. A pesar de que le confesé mi amor nunca pude alcanzarla, ni siquiera tocar, aunque fuera un poco, su corazón. No es que fuera inalcanzable o que tuviera novio, es simplemente que ella se encontraba en un nivel mucho más alto en la escalera de la madurez.

Todo el tiempo me preguntaba: «¿Cómo es que no puede amarme? ¿Cómo es que no puedo llegar a su corazón?» Por más que intentaba subir por la escalera no podía llegar hasta donde se encontraba. La mayor parte de mi adolescencia traté de encontrar la respuesta, pero nunca lo logré. Pero ella sí, ella sí la sabía; yo estaba roto por dentro y ella se percató.

No me di cuenta hasta el momento en que le declaré mis sentimientos. Cuando le dije que estaba enamorado de ella —para eso ya tenía algún tiempo de conocerla—, me respondió:

—Gracias por expresarme tus sentimientos, significan mucho para mí. Ya lo sabía, pero me hace muy feliz. Lamentablemente no puedo amarte, por más que quiera, lo siento en el alma.

—¿Por qué no puedes amarme? ¿Qué me hace falta? ¿Es acaso que tienes novio?

—No tengo —me respondió.

—¿Entonces? ¿No te gusto fisicamente? ¿Soy muy inmaduro?

—No es eso. Sí me gustas, pero la atracción física solo es “una puerta de entrada al castillo”.

—¿Al castillo? ¿Cuál castillo? —le pregunté, desde mi estúpida inmadurez.

—¡Mírame! ¡Mírame Gabriel! —me indicó.

Hasta ese momento no me había percatado que mi mirada estaba fija en el suelo. Levanté la vista y la miré. Sí que era hermosa, pero en ese momento, con su mirada estrellada, sentí que se me partía el corazón en dos. Al mirarla de frente sentía como si me encogiera y ella aumentara de tamaño, como en esa película en donde el papá es un científico y encoge a los niños o algo así.

—No puedo amarte por una simple razón —me contestó—: no puedo amar a alguien que no se ama a sí mismo.

—¡Eh! ¿Cómo? —le pregunté confuso.

—¿Cómo puedes decir que amas a alguien, si antes no te amas tú mismo?

Ella soltó mi mano y comenzó a llorar. Me dio un beso en la mejilla y se marchó. Yo me quedé parado, tieso, como un árbol y no supe cómo reaccionar. Se terminaron las respuestas precargadas en mi sistema.

Ahora que soy un adulto comprendo porqué nunca me amó. Nunca supe cuál era la verdadera esencia del amor. No tenía que entregarle todo, no tenía que demostrarle nada. Estaba completo. Solo tenía que amarme y aceptarme, para que ella me abriera su corazón.

¿Darlo todo por alguien? ¿Acaso alguien merece más tu amor que tú mismo? ¿Acaso es posible amar si estás roto por dentro?

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Ramsés K. Mishima

La Filosofía Minimalista

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Hana | Fragmento 4 | «Despertar».

Desde pequeña, Hana estuvo acostumbrada a toda clase de lujos, en especial aquellos de tipo material. Durante su infancia en México, asistió a las escuelas particulares más prestigiosas y costosas. En particular dos factores produjeron que para ella la vida girara en torno a las cosas materiales: el primero fue su círculo de amigas y el segundo fue su familia.

Aunque dentro de Hana, muy en el interior, algo siempre le dijo que eso no la hacía feliz, por el simple hecho de querer darle gusto a los demás, seguía los patrones de conducta de las personas.

Es por eso que para Hana fue un cambio muy drástico el iniciar en una nueva ciudad, en otro país, en donde tendría que comenzar de nuevo. Hacerse a la idea de un nuevo comienzo le causó a Hana un fuerte dolor de cabeza. Por otro lado, ella no imaginó que a lo primero que tendría que enfrentarse sería al rechazo de las personas del lugar y de sus compañeros de escuela.

Cuando Hana regresó a su casa, su corazón se sintió agitado, palpitaba muy fuerte y una chispa se encendió. Algo tan simple la había conmovido: ¡una fruta cualquiera! Claro que no era el tipo de regalo al que estaba acostumbrada, pero el detalle le había parecido muy noble. La conmocionó tanto, que cuando se despidió de Yamir le dio un beso en la mejilla. Él se puso rojo de la pena —a pesar de que su tez era muy morena, algo común en la gente de ese país—, y se fue después de eso.

Una vez en casa, Hana tomó una ducha y se cambió la ropa de la secundaria por un atuendo más cómodo. Se dispuso a preparar algo sencillo para cenar: un sándwich de crema de maní y un té. Si bien la madre de Hana la dejó al cuidado de la señora Naisha, quien básicamente se encargaba de la limpieza y preparar comida, a Hana no le agradaba que la comida estuviera tan condimentada. Prefería comer cualquier cosa antes que comida hindú. Cuando preparó el sándwich y el té, se sentó, miró de frente los alimentos y pensó: «no es lo más nutritivo, pero de algo servirá».

Mientras comía comenzó a llover, así que los árboles del jardín y las flores se llenaron de agua y se fortalecieron. Por la tarde el sol había estado en su máximo esplendor, por lo que el calor había sido intenso.

Después de terminar sus alimentos recordó el regalo que le dejó su madre, fue por él, lo colocó en la mesa de centro y se sentó para abrirlo. La verdad es que no esperaba mucho, pues ya sabía el tipo de cosas que le regalaba su madre en su cumpleaños. Siempre le decía: «revisa en internet lo que quieras y lo que más te guste, guardas el link y me lo envías. Yo lo pediré para que te llegue».

Antes de abrirlo Hana pensó que lo que más le gustaría sería poder verla y abrazarla, más que algo que se puede comprar en cualquier tienda. Cuando por fin tomó el paquete se dispuso a abrirlo, lo agitó y se percató de que no pesaba nada. «Estará vacío», pensó. No, su madre no sería tan cruel. Ya no recordaba qué le había enviado en el link, ya que no le importaba. Hana seleccionó lo primero que vio en una página y eso le envió.

Sin embargo al abrirlo se sorprendió, porque el paquete contenía un sobre color azul, su color favorito. Dentro del sobre había una fotografía tamaño media carta y una nota escrita con una letra hermosa. El texto decía lo siguiente después de la fecha:

En la foto había tres personas: la madre y el padre de Hana y una pequeña Hana de nueve años. Sobre la carta que tenía en las manos, comenzaron a caer pequeñas gotas de agua y las letras se distorsionaron. Sin embargo, solo llovía en el exterior.

Hana | Fragmento 3 | «Menosprecio».

El martes fue el cumpleaños de Hana, pero para ella no era algo digno de recordar. Nunca le gustaba festejar su cumpleaños, de hecho, ese día, no planeó celebrar ni nada. Además ¿con quién lo haría? Su madre no estaba. Solo le envió un mensaje de texto que decía: «¡Te amo hija! ¡Discúlpame por no poder estar contigo en tu cumpleaños nuevamente! pero no he olvidado la fecha, ni tu regalo, así que ¡Ya puedes abrirlo! No te hagas, ya sabes en dónde está». El mensaje terminaba con unos emojis sonrientes y de corazones.

En efecto Hana ya sabía en dónde guardaba su mamá el regalo para ella. A Hana le daba risa que su madre de verdad pensaba que ella no sabía en dónde lo escondía. Incluso podía haberlo abierto desde mucho antes, pero por alguna razón a Hana le gustaba esperar a que llegara la fecha y abrirlo, no porque le importara, sino porque creía que así su reacción sería más natural y podría transmitírsela a su madre.

Hacía ya dos semanas que su madre se había ido “a su lugar de trabajo”. Nunca había llevado a Hana a ese lugar, pero si le comentó: «No puedes venir conmigo, por ningún motivo. Lo siento, en verdad, pero es por tu bien». Nunca volvía antes, ni por alguna situación especial. Pero Hana tenía un número de emergencia al cual le dijo un día su madre: «Si hay alguna emergencia, algo grave, de vida o muerte, llama a este número ¿de acuerdo? para todo lo demás, seguro podrás arreglártelas. Yo tengo fe en ti. Si necesitas algo, consultalo con el maestro Zembu, él siempre está “ahí” y estará dispuesto a ayudarte». «¡Vaya tontería!», pensaba Hana.

A sus catorce años, Hana era una jovencita de lo más normal, o al menos así la consideraban sus compañeros. No acostumbraba a salir con sus compañeros de la escuela ni a hablar con nadie. Además casi nadie deseaba hablar con ella y sufría discriminación por ser extranjera. Si bien no fue su elección vivir en esa ciudad de la India, su madre tuvo que llevarla consigo para “tenerla un poco más cerca”.

A Hana no le agradó la idea en un principio, pues pensaba que era lo mismo, de todas maneras nunca estaba con ella. «¿Qué diferencia había si me dejaba sola en México a si me dejaba sola en India?».

En fin, ese día Hana se alistó para ir a la escuela y dejó el regalo para después. Tomó las clases de forma normal, comió sola en el almuerzo mientras observaba a los demás alumnos jugar, a otros platicar y a algunos en su celular. «Otro día como los demás», pensó.

Sin embargo, a la hora de la salida Hana se llevó una sorpresa. Uno de sus compañeros la esperaba en la entrada, justo junto al enorme árbol que estaba al lado y que daba un poco de sombra a la entrada. En primera instancia pensó que no era a ella a quien llamaba con la mano, pero cuando el muchacho la llamó por su nombre, fue cuando reaccionó.

—¡Hana!

Ella no supo cómo reaccionar, pero se detuvo frente a él. Pensó en pasarlo e ignorar que la llamaba, pero su madre le había dicho que debía ser educada y amable con sus compañeros.

—¿Sí? ¿Qué pasa? —le preguntó Hana sin apenas hacer una expresión en su rostro.

—Pues mira —le contestó su compañero—, sé que hoy es un día especial y te he traído un obsequio.

—¿Un obsequio? ¿para mí?

—Sí, la verdad no es la gran cosa, pero pensé en traértelo. Papá los trajo ayer y…

—Lo siento, pero no tenías que hacerlo —le interrumpió Hana—. Mira tengo que irme, así que muchas gracias.

—Pero es que siempre te ves tan triste y pensé que algo dulce te animaría.

El muchacho abrió la bolsa que llevaba y le mostró a a Hana lo que había en su interior. Dentro de la bolsa de paja había algunos mangos que brillaban por la luz del sol. Hana no identificaba bien a ese muchacho, pero estaba segura que iba en su mismo grupo, de lo contrarío, ¿cómo sabía que era su cumpleaños?

Hana metió la mano en la bolsa y tomó uno de los mangos, lo sopesó y apretó un poco. Se percató de que estaban maduros y listos para comer.

—¡Se ven deliciosos! —le comentó Hana—. ¡Comámoslos juntos!

—Es la primera vez que te veo sonreír —le precisó el muchacho.

—¡Vamos! —le dijo Hana.

Hana tomó al muchacho de la mano y lo llevó a una de las bancas fuera de la escuela. Ahí comieron juntos la fruta y ella olvidó por un momento la soledad que le esperaba al regresar a casa.

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Ramsés K. Mishima

La Filosofía Minimalista

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Hana |Fragmento 2| «Determinación».

—Maestro Zembu, he venido a comenzar con el arte de la meditación —le comentó Hana al maestro.

El maestro, concentrado en su profunda meditación no reaccionó de primer momento; mantuvo su respiración. En su cuerpo se observaba el efecto del movimiento del aire: desde su estómago, al aspirarlo con su nariz y hasta que lo exhalaba por la boca. Cuando lo hacía, todo su cuerpo parecía una máquina que movía todos su engranes. Después de respirar metódicamente cinco veces, se detuvo y le respondió a Hana.

—¿Ah sí? —le contestó el maestro Zembu a Hana—. ¿Y por qué has cambiado de opinión con respecto a la meditación?

—Lo que pasa es que quiero liberarme del estrés del mundo. La verdad ya me siento un poco agotada.

—¿Del estrés del mundo? —le cuestionó el maestro Zembu.

—Sí —contestó ella con determinación.

El maestro zembu movió la cabeza hacia ambos lados con los ojos cerrados. De hecho, hasta ese momento, él no había abierto los ojos.

—No es el mundo el que tiene estrés. El único que tiene estrés es el ser humano. La vida no es estresante. Al contrario, la vida es hermosa y todas las experiencias son gratificantes y nos dejan aprendizajes. Pero al ser humano le ha dado por complicarlo todo, y eso que llamas estrés es el resultado de esa complicación.

—¿Entonces la meditación no me ayudará? —le preguntó Hana.

—No estoy diciendo que la meditación no es para ti, pero, en primer lugar, dame un ejemplo de estrés que te esté provocando el mundo del que hablas —le indicó el maestro Zembu.

El maestro continuaba en la posición de la flor de loto, con los dedos de las manos entrecruzados y los ojos aún cerrados. A lo lejos, se podía escuchar el tenue silbido de un pájaro. El sol estaba en su máximo esplendor, por lo que todo a su alrededor enaltecía sus colores.

—Los chicos de la escuela se burlan de mí porque soy muy delgada. Me ponen apodos y se ríen siempre. No lo soporto, así que casi no tengo amigos. Más bien, no tengo ninguno. Por otro lado, también se burlan de mí por venir al viejo templo a platicar con usted.

El maestro soltó una ligera y breve, en verdad, muy breve risa.

—¿Sabes cuál es el problema? —le preguntó el maestro.

—No, en realidad esperaba que usted me dijera.

—Muy bien —le contestó—. Si bien la meditación te puede ayudar, déjame decirte lo siguiente: en realidad, es mi opinión personal y tú puedes tomar lo que te sea funcional. El problema no son tus compañeros ni que seas delgada. Además no eres tan delgada. Si ejercitas tu cuerpo podrías fortalecerlo. Pero ese no es el punto. El problema es que «crees que eres el centro del mundo y te sientes demasiado importante».

—¡Eh! ¿qué cosa? —contestó Hana un poco exaltada e interrumpiendo la argumentación del maestro Zembu.

El maestro continuó:

—¿Crees que eres la única persona de la que se burlan tus compañeros? ¿Crees que tus compañeros están todo el día pensando en ti? ¿Crees que el que tú seas delgada es importante para ellos? ¿Crees que eres todo su mundo? El que tus compañeros digan o hagan algo hacia ti, tiene efecto solo si tú le das importancia.

—Es que usted no va a la escuela con ellos. Como todos los adultos, no comprende la situación.

—Es verdad —le contestó el maestro—, pero también fui joven, también fui a la escuela y también padecí lo que tú estás padeciendo, incluso cosas peores. Sin embargo, aquí estoy, y ahora puedo meditar con tranquilidad.

—¿Entonces qué debo hacer?

—¡Ven! ¡siéntate! e iníciate en el arte de la meditación.

Hana hizo una mueca de disgusto, pero decidió intentarlo.

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Ramsés K. Mishima

La Filosofía Minimalista

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Hana | Fragmento 1 | «¿Cuál es el verdadero objetivo?».

Cuando Hana llegó con el maestro Zembu, se sorprendió de verlo inmutable, meditando y sentado en la posición de la flor de loto, frente a la estatua del Buda dorado. En un primer momento pensó en hablarle, pero, enseguida, se detuvo y reparó en que no sería buena idea interrumpirlo; siempre se molestaba cuando lo hacía.

Si bien ella aún no creía en los beneficios de la meditación, el ver al maestro Zembu, sentado, con la cara serena, y con las manos cruzadas, le producía una sensación de tranquilidad y paz interior. A Hana le gustaba concentrarse en seguir la respiración del maestro, poco a poco, absorbiendo un poco de su paz.

Ella no lo sabía, pero, de cierta forma, también estaba meditando. No cerraba los ojos porque sentía que se perdería, así que se mantenía despierta, observando a su maestro. Bajo el gigantesco árbol Bodhi, el maestro Zembu parecía el mismo Buda, a punto de alcanzar la iluminación. Incluso se percibía un aura en el ambiente que ella no podía explicar.

Lo único que sentía, al seguir su respiración, era cómo todo a su alrededor se llenaba de vida. Las hojas del Árbol Bodhi se ponían de un color verde más intenso; sus ramas café, se intensificaban en grosor. Más aves se acercaban a su follaje para apreciar al maestro Zembu y el sonido de la fuente frente al templo , incluso parecía un fondo musical para amenizar la meditación.

Ella no podía comprender esa sensación, pero, en realidad, se estaba contagiando de los beneficios de la profunda relajación del maestro Zembu. Sin embargo, después de un rato, se levantó y pensó en irse, producto de su falta de paciencia. Antes de que incluso dejara el lugar, el maestro Zembu se dirigió a ella. Hana no se dio cuenta en qué momento el maestro abrió los ojos y los clavó en ella.

—¿A dónde vas?

—Creo que es hora de regresar a casa —le contestó Hana al maestro Zembu.

—Esta bien —le contestó el maestro—, pero, antes de que te vayas, quiero que me respondas una pregunta.

—¿Una pregunta? ¿De qué se trata?

—¿Crees que el estar aquí, sentado, en esta posición ridícula, como tú le llamas, es una pérdida de tiempo? —le preguntó el maestro Zembu a Hana, con la cara alargada y seria, sumamente seria.

—¡No maestro! ¡Yo jamás! —contestó Hana exaltada—, no me atrevería a burlarme de su meditación.

—¿A sí? Entonces responde la pregunta, ¿crees que la meditación es una pérdida de tiempo?

—Lo que creo es que si a usted le sirve, entonces no es una pérdida de tiempo, pero si a los demás no les sirve, entonces sí es una pérdida de tiempo —le contestó Hana, esperando que su respuesta no molestara al maestro Zembu.

—Entiendo —le contestó el maestro—. ¿Sabes Hana, cuál es tú problema?

—No maestro.

—El problema es que estás pensando la respuesta en función a ti y la razón de ser de las cosas de mundo, en pocas ocasiones, se limitan solo a uno mismo.

—¿A qué se refiere maestro?

—Te lo explicaré de la siguiente forma —le precisó el maestro Zembu—. ¿Crees que los árboles realizan la fotosíntesis para sí mismos? ¿Crees que el sol ilumina para sí mismo? ¿Crees que los ríos y los mares existen para sí mismos? ¿Crees que el ser humano debe existir solo para sí mismo?

—No entiendo lo que quiere decir maestro. ¿Es decir, el objetivo de la meditación no es solo encontrarnos a nosotros mismos?

—Ese sería un buen objetivo, ciertamente, —le contestó el maestro Zembu—. Pero para que ese fuera el objetivo de la meditación, el ser humano tendría que existir solo para sí mismo, y no es así. ¿O a caso vives solo para ti misma?

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Ramsés K. Mishima

La Filosofía Minimalista

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«Vivir y disfrutar cada instante».

Cuando Susana abrió la persiana de su cuarto, la luz entró de golpe y le lastimó la vista. Apenas eran las 8:00 am y no tenía mucho que se había despertado. Desde que había comenzado la contingencia, hacía el mismo ritual: se despertaba, se espabila y antes de hacer cualquier otra cosa, abría la persiana y miraba al exterior.

Últimamente tenía el mismo pensamiento que la atormentaba. Y es que antes de la contingencia, ella no acostumbraba a salir mucho, de hecho, la diferencia entre su forma de vivir antes y durante la contingencia era simplemente que ahora “no debía salir por cuestiones de salud”.

Fue hasta ese momento en que reparó en cuántas oportunidades de salir y disfrutar el mundo había dejado pasar hasta ese momento. Ahora la embargaba unas ganas tremendas de salir y correr, de visitar otros lugares o de aceptar ir por ese café con su compañero de la escuela, al cual ya había rechazado varias veces. «Solo quiere tener sexo conmigo», pensaba ella. «Pero si todos los chicos de bachillerato quieren lo mismo, así que no tienes porqué sorprendente», le decía su amiga Adriana.

Ese día, en el que se encontraba reflexionando sobre la restricción sanitaria que había, pensaba que le gustaría que ese chico la volviera a invitar a salir. Pero hacía mucho que había perdido el interés en ella. Entonces se hizo una promesa, mientras miraba por la ventana y observada ese edificio antiguo que quedaba cerca de su casa, en las afueras de la ciudad. «Cuando todo esto termine comenzaré a disfrutar la vida de verdad, ahora entiendo que solo viviremos una vez, así que qué más da». ¡Adriana tenía razón!

Mientras miraba por la ventana, por unos momentos, su mirada se perdió en el horizonte, hipnotizada por el sol, por lo cual se preguntó: «qué tan lejos estará el sol de aquí», pero no tenía la respuesta a esa pregunta. De lo que estaba segura, es que esa masa gigantesca y amarilla podía eliminar cualquier mal, cualquier virus, con su resplandor.

Si bien estaba consciente de que no podía alejarse mucho de su casa, decidió salir y correr hasta el jardín, así, sin peinarse y sin quitarse la pijama. Corrió rápido para poder alcanzar, y recibir, de forma directa, los rayos del sol. Estiró los brazos y cerró los ojos. De pronto sintió cómo la temperatura de su cuerpo comenzó a subir. Como hacía un poco de viento, su cabello, que por cierto ya estaba muy largo, pues le llegaba hasta por debajo de los hombros, ondeaba por todos lados. Cuando trató de calmar sus cabellos, sintió también el calor en sus mechones, producto del destello del sol.

«Esto es mucho mejor que estar todo el día encerrada», pensó, mientras mantenía los ojos cerrados, Susana. Después de un rato, se sintió llena de energía y reafirmó su promesa. Nunca más se perdería ninguna aventura y, como su amiga Adriana, viviría cada día como si fuera el último. O, por lo menos, trataría de no arrepentirse por algo que no hizo, al final del día.

«¡Muchas gracias por leer el relato!».

Ramsés K. Mishima.

La Filosofía Minimalista

@lafilosofiaminimalista

«¿Si no está impreso no es un libro?».

En aquél entonces ya habían sido, si mal no recuerdo, tres ocasiones en las que lo vi leyendo de esa manera. No pensé que lo tomara tan enserio, pero lo cierto es que sí. Siempre había pensado que leer en digital era una tontería y que le faltaba el respeto a la tradición del libro impreso. ¡Si la experiencia es única! ¡El iPad está suprimiendo la tradición del libro impreso!

—¿Y ahora me dirás que debo dejar de comprar libros impresos y comprarlos mejor en digital?

Yo continué con mi lectura y traté de no desviarme del texto que revisaba.⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀

—¡Hey! —exclamó Samantha—, ¡responde!⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀

—Yo no puedo decirte qué debes comprar y qué no —le respondí—. Cada persona debe ser lo suficientemente consciente de lo que adquiere. Lo cierto es que comprar libros en formato digital es mejor para el medio ambiente y para los árboles.

—Sí, pero no es la misma experiencia —me argumentó—. No se siente lo mismo leer un libro en papel a un libro en el iPad.

—Claro que no es igual. No es la misma experiencia, porque no es el mismo acercamiento. Sin embargo, el contenido, al fin de cuentas, es el mismo. ¿O no es así?

—En eso tienes razón —me concedió—. Pero es que, tal vez, ya lo olvidaste, pero la experiencia de leer un libro impreso es increíble. Sentir el paso de las hojas con las yemas de tus dedos… su textura… el olor a libro… papel… esa esencia que emana… ¡Ah! Y me encanta cuando, mmm… ¿pues tú sabes no? el aroma de las hojas nuevas cuando quitas el plástico que cubre los libros nuevos. La sensación y el aroma es una experiencia magnífica. ¿O es que nunca abriste un libro nuevo y pegaste la cara y la nariz entre las hojas para aspirar el aroma que desprenden?

—Claro que sí —le respondí—, sin embargo, la cubierta de los libros nuevos es de plástico, y también es un agente altamente contaminante.

—¿Qué siempre tienes que quitarle la esencia a las cosas?

—¿Eh? ¿Quitarle? Simplemente digo lo que es.

—Pero si el film de plástico que traen los libros es muy delgado.

—Sí, pero multiplicado por el número de libros que se venden en el mundo el impacto es muy grande.

—¿Entonces los libros nuevos deberían venderse sin el film protector? ¡Si de por sí muchos se maltratan! Ahora sin el film vendrían todos golpeados —precisó Samantha.

—Creo que es una alternativa —le contesté—. Eso se está haciendo poco a poco con las frutas y verduras, podrían hacer lo mismo con los libros. Pero bueno, el punto es que leer un libro impreso a una digital no es la misma experiencia y tal vez nunca lo sea, pero la realidad es que el contenido es el mismo, así que técnicamente no debería haber problema en leer uno u el otro.

—Pues yo prefiero seguir leyendo mis libros en formato impreso —me respondió Samantha, tajantemente—. Para mí la experiencia lo es todo.

—Para mí también —le contesté—. ¿Puedo seguir leyendo mi libro?

—¡Haz lo que quieras!


Ramsés K. Mishima

La Filosofía Minimalista

@lafilosofiaminimalista

Historia de Ximena (Fragmento 3)

©Ramsés K. Mishima /@lafilosofiaminimalista

El domingo por la mañana —es decir, tres días después de que hablé con Ximena, cuando la llamada se cortó—, marcaron a mi teléfono celular a las 8:00 am. «¿Quién rayos llama por teléfono a esa hora?», me pregunté «¿El banco?», tal vez, pero yo no tenía más que una cuenta bancaria normal, de débito. Hacía tiempo que había cancelado la tarjeta de crédito y no tenía nada más.

No pensaba contestar, pues estaba profundamente dormido y sentía cómo una fuerza superior a mí me impedía separarme físicamente de la cama. Sin embargo, como el celular sonaba tan fuerte, estiré la mano para apagarlo, pero cuando busqué en el mueble de al lado, no encontré nada. Abrí los ojos y volteé a ver y me percaté de que el teléfono estaba en mi escritorio, por lo que no me quedó más que levantarme de mi cama. No quería hacerlo, pero reuní todas mis fuerzas para despegarme de la cama y contestar, pues no dejaba de sonar.

Cuando contesté el teléfono una voz de mujer me gritó molesta y me llenó de preguntas que apenas alcanzaba a comprender, como si me hablara en otro idioma. No comprendí ni el 20% de lo que dijo en primera instancia, así que tuve que intervenir para pararla y decirle que no comprendía.

—¡A ver! ¡a ver! ¿qué pasa? ¿quién es y porqué me llama a esta hora? —le pregunté—. Si es del banco, déjeme decirle que no me interesa contratar ninguna tarjeta de crédito ni nada así que…

—¡No soy del banco! —me interrumpió la mujer. Por el tono de su voz, me di cuenta de que no se trataba de una mujer joven, tal vez de mediana edad, a lo mejor en la mitad de los cuarenta—. ¡Sabes perfectamente porqué te estoy llamando! ¡Te exijo que me digas en dónde está! ¡Tú no tienes ningún derecho! ¡Así que dime en dónde está y porqué no ha regresado!

«¿Porqué no ha regresado?». «¿De qué demonios hablaba esa mujer?». Abrí un poco la persiana de mi cuarto para que la luz entrara y mi cerebro se activara más rápido. Después le contesté:

—Señora, con el debido respeto, no sé de qué me habla. Se equivocó de número, por favor verifique su marcación —cuando dije esta última parte me sentí como la chica de la grabación de Telcel…

—¡Mira jovencito!, no sé qué clase de broma es esta, pero déjate de juegos —me expresó molesta y después precisó—: ¡No me equivoqué de número! ¡Yo sé quien eres! Ximena me dijo tu nombre y dejó una nota para ti en su mesa. La hoja dice con la letra de Ximena: «Mamá, no te preocupes por mí, estaré con (la nota decía mi nombre)». ¡Así que dime en dónde está! ¿Si no está contigo a dónde fue?

Cuando la mujer terminó, caí en la cuenta de que se trataba de la madre de Ximena y recordé que ya había escuchado su voz en una ocasión, cuando fui a su casa. Por otro lado, cuando ella mencionó el nombre de Ximena, mi cerebro se activó y despertó de su letargo. A veces soy como esas computadoras antiguas que necesitan tiempo para encender y abrir los programas y aplicaciones.

—Lo siento, no sabía que se trataba de usted —le contesté a la mamá de Ximena—, pero la verdad es que no sé en dónde está. Yo no he hablado con ella desde la vez pasada, el miércoles. Ese día la llamada se cortó y ya no volvimos a hablar. ¿No será que se escapó con su novio y se fue de paseo o algo así?

—¡Qué cosa! Pero si yo pensaba que su novio eras tú. Hasta donde sé ella no tiene otro novio, así que si ese es el caso debe estar contigo.

—¡Eh! ¡no! ¡no! para nada, ella y yo solo somos amigos —le respondí, sinceramente y después agregué—: desconozco en dónde estará, pero si gusta la llamaré y…

—¡Yo ya le he estado marcando infinidad de veces! —me gritó—, ¿acaso crees que no se me había ocurrido marcarle? Ella no contesta ni responde los mensajes. ¿La habrán secuestrado?

Cuando dijo la palabra «secuestrado», sentí un nudo en la garganta.

—No lo creo —le contesté—. Déjeme marcarle e intentar localizarla. Tal vez no quiere hablar con usted, pero puede que a mí me responda. Si sé algo se lo hará saber.

—¡Eso espero! La última vez que hablé con ella, sonaba preocupada y nerviosa por el tema del virus, pero le dije que no era para tanto y que solo había que seguir las indicaciones que ha dado el gobierno, pero ella parece creer que se trata de algo más.

«Lo mismo le dije yo», pensé.

La madre de Ximena colgó el teléfono después de decirme algunas cosas más a las cuales no les presté atención. Solo respondí: «¡Ah! si» «Ok» «Claro, sin problema, yo le marco…». Cuando finalmente se despidió me sentí aliviado.

Sin embargo, me parecía raro lo que pasaba con Ximena. ¿A dónde demonios se había ido y porqué dejó una nota en donde decía que estaría conmigo? Eso me metería en problemas a mí.

Por otro lado, no parecía que se hubiera escapado de su casa porque sí o que se hubiera fugado con alguien. No tendría sentido que dejara una nota y que dijera que estaría conmigo. Obviamente su madre me marcaría tarde o temprano. Pensé en investigar en ese momento, pero reparé en que era demasiado temprano y mi cuerpo aún no podía ponerse a pensar. Cerré la persiana de mi cuarto y me acosté a dormir otra vez. Ya habría tiempo para investigar.

Autor: Ramsés K. Mishima

La Filosofía Minimalista

@lafilosofiaminimalista

Historia de Ximena (Fragmento 2).

Ximena me llamó por teléfono después de tres días. Yo pensé que su ansiedad se había calmado, pero no fue así. Esta vez sabía el motivo; era una tontería, o tal vez no. Cuando contesté, una tormenta se desbordó sobre mí y me arrastró a lo más profundo del océano.

—¡No puede ser! ¡Lo sabía! ¡Te lo dije! —me gritó efusivamente—. ¡No quisiste creerme! ¡Ah! pero ¿por qué habría de creerle a la loca de Ximena? ¡Eh! Si ella es quien toma antidepresivos y se muerde las uñas todo el tiempo. ¡No hay que tomarla tan en serio! ¡Ignórenla!

En mi mente imaginé a Ximena mordiéndose las uñas y haciendo un sonido parecido a un «tac, tac»; ese sonido que sobresale cuando al morder las uñas los dientes chocan.

Cuando la tormenta pasó le respondí:

—¿Y ahora qué pasa? ¿Finalmente los infectados por coranavirus se convirtieron en zombies?

—¿Ya vas a comenzar con tus tonterías? —me preguntó—. ¿Qué no puedes tomarte nada en serio?

—La vida es demasiado compleja como para tomarnos todo tan en serio —le repliqué.

—¿Ah sí? ¿Vas a decirme que debemos tomarnos las cosas de forma «simple y sin tanto estrés» o ese tipo de tonterías?

—No, simplemente te hice una pregunta que respondiste con otra pregunta —le contesté—, así que dime: ¿qué rayos pasa?

Ximena me contó que el día miércoles —es decir el día anterior a cuando me marcó— se enteró de que no solo la cantidad de infectados había aumentado, sino que, además, se percató, según ella, de que no habían pasado en los medios entrevista alguna de un infectado por el virus, ni a nadie que dijera, de viva voz, cuáles eran los síntomas y sensaciones que experimentaba propiamente.

Ahora ella era quien pensaba que todo se trataba de una conspiración del gobierno. «¿De qué gobierno, me pregunté yo». Me dijo que pensaba que tal vez el mismo gobierno produjo el virus y lo introdujo en algunos animales. Ella pensaba que se trataba de Estados Unidos y que era una estrategia para debilitar a China, su principal enemigo económico. Sin embargo, todo se había salido de control porque los organismos internacionales no supieron tomar las medidas adecuadas para controlar el flujo de personas en China.

—¿No crees que has jugado demasiado Resident Evil? —le pregunté y la interrumpí abruptamente.

—¡Ja! Mi hermana dijo lo mismo, pero yo creo que no está fuera de lugar —me contestó a la brevedad.

En mi mente, imaginé a Ximena nerviosa detrás del teléfono. Seguro llevaba esas gafas de montura de pasta dura, color negra y de cristales redondeados. Siempre pensé que eran muy grandes, como los que usaba el trompetista Dizzy Gillespie. También recordé —no sé porqué— la forma de su rostro y su corte de cabello. Una vez le dije que se parecía a Vilma de ScoobyDoo y ella se molestó.

—¿No crees que si ese fuera el caso, es decir, de tu teoría, al ver la magnitud de personas infectadas, ya hubieran anunciado la vacuna?

—¡Claro que no! —me refutó—. ¡Piénsalo! Si así fuera, casi casi sería como decir: «Nosotros tuvimos la culpa, así que ahí está la vacuna». Además sería muy obvio, pues los demás países pensarían inmediatamente que Estados unidos fue el culpable. Y con la cantidad de países que han presentado casos… todo el mundo estaría en contra de ellos…

Me imaginé a Ximena haciendo la expresión que acostumbraba hacer y que me trataba de decir «¿Cómo es que no lo entiendes?, ¿eres tonto o qué?». Después continuó:

—Mira, sé que suena muy descabellado, pero velo de esta manera: esto puede ser el inicio de la tercera guerra mundial, solo que ahora el combate no será con armas de fuego, sino con armas biológicas que puedan acabar con más personas a un coste menor y sin tanto escándalo, bueno, explosivamente hablando —me explicó Ximena, casi susurrando, como si estuviera contándole a una de sus amigas de la preparatoria sobre el chico del que estaba perdidamente enamorada.

—Creo que nunca debí invitarte a jugar Resident Evil, pero es que te veían tan aburrida y sola…

—¡No! ¡No! ¡Basta! —me interrumpió—. ¡Mira! En este momento no tengo mucho tiempo… pero estoy reuniendo más evidencia… y ya verás cómo todo tiene sentido y cuando te lo muestre y explique con más fundamentos me dirás: «¡Wow! ¡Ximena tenía razón! ¡Es una conspiración del gobierno! ¡Qué idiota fui, soy un tonto! ¡Debí creerle!».

—Mmm, no creo insultarme tanto —le contesté.

—¡Ya! Vamos, me tengo ir. Te llamaré después y te explico lo que…

Y la llamada se cortó. No sé si ella colgó para dejarme en suspenso o si la señal en verdad falló, pero ella no me volvió a llamar. Pensé en marcarle, pero creo que ya había sido suficiente de la imaginación de Ximena. Ella en verdad se creía lo que me decía.

Supuse que no había hecho lo que le dije la otra ocasión y que había sucumbido ante los antidepresivos. Tal vez por eso soñó todas esas cosas.

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Autor: Ramsés K. Mishima

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