Historia de Ximena (Fragmento 3)

©Ramsés K. Mishima /@lafilosofiaminimalista

El domingo por la mañana —es decir, tres días después de que hablé con Ximena, cuando la llamada se cortó—, marcaron a mi teléfono celular a las 8:00 am. «¿Quién rayos llama por teléfono a esa hora?», me pregunté «¿El banco?», tal vez, pero yo no tenía más que una cuenta bancaria normal, de débito. Hacía tiempo que había cancelado la tarjeta de crédito y no tenía nada más.

No pensaba contestar, pues estaba profundamente dormido y sentía cómo una fuerza superior a mí me impedía separarme físicamente de la cama. Sin embargo, como el celular sonaba tan fuerte, estiré la mano para apagarlo, pero cuando busqué en el mueble de al lado, no encontré nada. Abrí los ojos y volteé a ver y me percaté de que el teléfono estaba en mi escritorio, por lo que no me quedó más que levantarme de mi cama. No quería hacerlo, pero reuní todas mis fuerzas para despegarme de la cama y contestar, pues no dejaba de sonar.

Cuando contesté el teléfono una voz de mujer me gritó molesta y me llenó de preguntas que apenas alcanzaba a comprender, como si me hablara en otro idioma. No comprendí ni el 20% de lo que dijo en primera instancia, así que tuve que intervenir para pararla y decirle que no comprendía.

—¡A ver! ¡a ver! ¿qué pasa? ¿quién es y porqué me llama a esta hora? —le pregunté—. Si es del banco, déjeme decirle que no me interesa contratar ninguna tarjeta de crédito ni nada así que…

—¡No soy del banco! —me interrumpió la mujer. Por el tono de su voz, me di cuenta de que no se trataba de una mujer joven, tal vez de mediana edad, a lo mejor en la mitad de los cuarenta—. ¡Sabes perfectamente porqué te estoy llamando! ¡Te exijo que me digas en dónde está! ¡Tú no tienes ningún derecho! ¡Así que dime en dónde está y porqué no ha regresado!

«¿Porqué no ha regresado?». «¿De qué demonios hablaba esa mujer?». Abrí un poco la persiana de mi cuarto para que la luz entrara y mi cerebro se activara más rápido. Después le contesté:

—Señora, con el debido respeto, no sé de qué me habla. Se equivocó de número, por favor verifique su marcación —cuando dije esta última parte me sentí como la chica de la grabación de Telcel…

—¡Mira jovencito!, no sé qué clase de broma es esta, pero déjate de juegos —me expresó molesta y después precisó—: ¡No me equivoqué de número! ¡Yo sé quien eres! Ximena me dijo tu nombre y dejó una nota para ti en su mesa. La hoja dice con la letra de Ximena: «Mamá, no te preocupes por mí, estaré con (la nota decía mi nombre)». ¡Así que dime en dónde está! ¿Si no está contigo a dónde fue?

Cuando la mujer terminó, caí en la cuenta de que se trataba de la madre de Ximena y recordé que ya había escuchado su voz en una ocasión, cuando fui a su casa. Por otro lado, cuando ella mencionó el nombre de Ximena, mi cerebro se activó y despertó de su letargo. A veces soy como esas computadoras antiguas que necesitan tiempo para encender y abrir los programas y aplicaciones.

—Lo siento, no sabía que se trataba de usted —le contesté a la mamá de Ximena—, pero la verdad es que no sé en dónde está. Yo no he hablado con ella desde la vez pasada, el miércoles. Ese día la llamada se cortó y ya no volvimos a hablar. ¿No será que se escapó con su novio y se fue de paseo o algo así?

—¡Qué cosa! Pero si yo pensaba que su novio eras tú. Hasta donde sé ella no tiene otro novio, así que si ese es el caso debe estar contigo.

—¡Eh! ¡no! ¡no! para nada, ella y yo solo somos amigos —le respondí, sinceramente y después agregué—: desconozco en dónde estará, pero si gusta la llamaré y…

—¡Yo ya le he estado marcando infinidad de veces! —me gritó—, ¿acaso crees que no se me había ocurrido marcarle? Ella no contesta ni responde los mensajes. ¿La habrán secuestrado?

Cuando dijo la palabra «secuestrado», sentí un nudo en la garganta.

—No lo creo —le contesté—. Déjeme marcarle e intentar localizarla. Tal vez no quiere hablar con usted, pero puede que a mí me responda. Si sé algo se lo hará saber.

—¡Eso espero! La última vez que hablé con ella, sonaba preocupada y nerviosa por el tema del virus, pero le dije que no era para tanto y que solo había que seguir las indicaciones que ha dado el gobierno, pero ella parece creer que se trata de algo más.

«Lo mismo le dije yo», pensé.

La madre de Ximena colgó el teléfono después de decirme algunas cosas más a las cuales no les presté atención. Solo respondí: «¡Ah! si» «Ok» «Claro, sin problema, yo le marco…». Cuando finalmente se despidió me sentí aliviado.

Sin embargo, me parecía raro lo que pasaba con Ximena. ¿A dónde demonios se había ido y porqué dejó una nota en donde decía que estaría conmigo? Eso me metería en problemas a mí.

Por otro lado, no parecía que se hubiera escapado de su casa porque sí o que se hubiera fugado con alguien. No tendría sentido que dejara una nota y que dijera que estaría conmigo. Obviamente su madre me marcaría tarde o temprano. Pensé en investigar en ese momento, pero reparé en que era demasiado temprano y mi cuerpo aún no podía ponerse a pensar. Cerré la persiana de mi cuarto y me acosté a dormir otra vez. Ya habría tiempo para investigar.

Autor: Ramsés K. Mishima

La Filosofía Minimalista

@lafilosofiaminimalista

Historia de Ximena (Fragmento 2).

Ximena me llamó por teléfono después de tres días. Yo pensé que su ansiedad se había calmado, pero no fue así. Esta vez sabía el motivo; era una tontería, o tal vez no. Cuando contesté, una tormenta se desbordó sobre mí y me arrastró a lo más profundo del océano.

—¡No puede ser! ¡Lo sabía! ¡Te lo dije! —me gritó efusivamente—. ¡No quisiste creerme! ¡Ah! pero ¿por qué habría de creerle a la loca de Ximena? ¡Eh! Si ella es quien toma antidepresivos y se muerde las uñas todo el tiempo. ¡No hay que tomarla tan en serio! ¡Ignórenla!

En mi mente imaginé a Ximena mordiéndose las uñas y haciendo un sonido parecido a un «tac, tac»; ese sonido que sobresale cuando al morder las uñas los dientes chocan.

Cuando la tormenta pasó le respondí:

—¿Y ahora qué pasa? ¿Finalmente los infectados por coranavirus se convirtieron en zombies?

—¿Ya vas a comenzar con tus tonterías? —me preguntó—. ¿Qué no puedes tomarte nada en serio?

—La vida es demasiado compleja como para tomarnos todo tan en serio —le repliqué.

—¿Ah sí? ¿Vas a decirme que debemos tomarnos las cosas de forma «simple y sin tanto estrés» o ese tipo de tonterías?

—No, simplemente te hice una pregunta que respondiste con otra pregunta —le contesté—, así que dime: ¿qué rayos pasa?

Ximena me contó que el día miércoles —es decir el día anterior a cuando me marcó— se enteró de que no solo la cantidad de infectados había aumentado, sino que, además, se percató, según ella, de que no habían pasado en los medios entrevista alguna de un infectado por el virus, ni a nadie que dijera, de viva voz, cuáles eran los síntomas y sensaciones que experimentaba propiamente.

Ahora ella era quien pensaba que todo se trataba de una conspiración del gobierno. «¿De qué gobierno, me pregunté yo». Me dijo que pensaba que tal vez el mismo gobierno produjo el virus y lo introdujo en algunos animales. Ella pensaba que se trataba de Estados Unidos y que era una estrategia para debilitar a China, su principal enemigo económico. Sin embargo, todo se había salido de control porque los organismos internacionales no supieron tomar las medidas adecuadas para controlar el flujo de personas en China.

—¿No crees que has jugado demasiado Resident Evil? —le pregunté y la interrumpí abruptamente.

—¡Ja! Mi hermana dijo lo mismo, pero yo creo que no está fuera de lugar —me contestó a la brevedad.

En mi mente, imaginé a Ximena nerviosa detrás del teléfono. Seguro llevaba esas gafas de montura de pasta dura, color negra y de cristales redondeados. Siempre pensé que eran muy grandes, como los que usaba el trompetista Dizzy Gillespie. También recordé —no sé porqué— la forma de su rostro y su corte de cabello. Una vez le dije que se parecía a Vilma de ScoobyDoo y ella se molestó.

—¿No crees que si ese fuera el caso, es decir, de tu teoría, al ver la magnitud de personas infectadas, ya hubieran anunciado la vacuna?

—¡Claro que no! —me refutó—. ¡Piénsalo! Si así fuera, casi casi sería como decir: «Nosotros tuvimos la culpa, así que ahí está la vacuna». Además sería muy obvio, pues los demás países pensarían inmediatamente que Estados unidos fue el culpable. Y con la cantidad de países que han presentado casos… todo el mundo estaría en contra de ellos…

Me imaginé a Ximena haciendo la expresión que acostumbraba hacer y que me trataba de decir «¿Cómo es que no lo entiendes?, ¿eres tonto o qué?». Después continuó:

—Mira, sé que suena muy descabellado, pero velo de esta manera: esto puede ser el inicio de la tercera guerra mundial, solo que ahora el combate no será con armas de fuego, sino con armas biológicas que puedan acabar con más personas a un coste menor y sin tanto escándalo, bueno, explosivamente hablando —me explicó Ximena, casi susurrando, como si estuviera contándole a una de sus amigas de la preparatoria sobre el chico del que estaba perdidamente enamorada.

—Creo que nunca debí invitarte a jugar Resident Evil, pero es que te veían tan aburrida y sola…

—¡No! ¡No! ¡Basta! —me interrumpió—. ¡Mira! En este momento no tengo mucho tiempo… pero estoy reuniendo más evidencia… y ya verás cómo todo tiene sentido y cuando te lo muestre y explique con más fundamentos me dirás: «¡Wow! ¡Ximena tenía razón! ¡Es una conspiración del gobierno! ¡Qué idiota fui, soy un tonto! ¡Debí creerle!».

—Mmm, no creo insultarme tanto —le contesté.

—¡Ya! Vamos, me tengo ir. Te llamaré después y te explico lo que…

Y la llamada se cortó. No sé si ella colgó para dejarme en suspenso o si la señal en verdad falló, pero ella no me volvió a llamar. Pensé en marcarle, pero creo que ya había sido suficiente de la imaginación de Ximena. Ella en verdad se creía lo que me decía.

Supuse que no había hecho lo que le dije la otra ocasión y que había sucumbido ante los antidepresivos. Tal vez por eso soñó todas esas cosas.

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Autor: Ramsés K. Mishima

La Filosofía Minimalista

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Historia de Ximena (Fragmento 1).

—¡Ya bájate de tu nube! ⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀

—¿Eh?⠀⠀ ⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀

—Sí. Te habló a ti —me gritó Ximena—. Después se acercó a donde estaba sentado y puso su cara de enojada.⠀⠀⠀⠀⠀⠀

—¿A qué te refieres? ⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀

—¡No has escuchado las noticias! —me preguntó.

—Sí ¿y cuál es el problema? ⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀

—Pues que el coronavirus está causando estragos graves en el mundo. ¿A caso no te preocupa? ¿O eres de los que piensa que es una conspiración del gobierno? ⠀⠀⠀⠀

—No es que no me preocupe. ¿pero de qué nos sirve estresarnos? Creo que no debemos dejar que nos robe la tranquilidad. No sé si es una situación provocada por el gobierno o por la contaminación en los animales en China, pero lo que sí creo es que debemos seguir las recomendaciones, lavarnos las manos constantemente y quedarnos en casa. ⠀⠀

—¿¡Ah!? Lo dices como si fuera algo tan sencillo —me precisó—. Tu exceso de tranquilidad me hace sentir inquieta. ⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀

—¡Ya basta! No estoy diciendo que sea sencillo, lo único que digo, en concreto, es que no ganamos nada con preocuparnos demás y estar mordiéndonos las uñas. Al fin de cuentas, te aseguro que no será la primera ni la última ocasión que suceda algo así. ¡La vida tiene que seguir! ⠀⠀

—Mmm… Si tu lo dices…

—Si te preocupa tanto y no puedes estar tranquila, puedes bañarte con el gel antibacterial y así desinfectarte completamente.

—¡Eres un tonto!⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀

—Bueno, preocupaciones extremas requieren medidas extremas ¿o no?

—No sé para qué te pregunté.

—¡No dejes que te robe la tranquilidad. ¡Sigue viviendo!

Ximena continuó con ese pensamiento durante la noche, incluso después de tomar un baño, pues no había reparado, hasta el momento, en cómo el estar pensando todo el tiempo en el problema de la pandemia del coronavirus le estaba robando la poca tranquilidad y paz que hasta el momento había tenido. Hacía apenas dos meses que había dejado los antidepresivos, pero ahora estaba más nerviosa que nunca. «Tal vez lo que dijo no esté del todo mal», pensó Ximena.

Antes de acostarse, revisó el cuarto en donde guardó todos esos botes de gel antibacterial que compró por el pánico. Lo que ella no sabía era que esos botes que compró de forma inconsciente y sin reflexionar no contenían la cantidad de alcohol “recomendada” por los especialistas, así que eran simples geles con lo mínimo del alcohol.

Ximena lo supo cuando observó una publicación en twitter en la que informaban sobre la situación al respecto. Decidió llamar a su amigo con el que había platicado en la tarde para preguntarle y, aparentemente, disculparse.

Cuando el teléfono comenzó a timbrar me di cuenta de que era Ximena. No había visto la hora que era hasta que ella me marcó y por un momento pensé en colgarle, pero pensé en sus nervios y en su preocupación. No parecía que fuera una exageración normal; es decir, no estaba actuando, así que contesté:

—¡Hola!

—¡Hola! —me contestó—. ¡Oye! ¡Mira! pues… la verdad… no sé qué me está pasando pero creo que hoy por la tarde exageré un poco, así que… pues… no sé bien como decirlo…

—¿Querías disculparte? —le pregunté de golpe.

—¡Si! ¿Qué siempre tienes que completar todas mis frases?

—Simplemente adiviné.

—Creo que actué con pánico y pienso que lo que dijiste hace rato no está del todo mal —me explicó Ximena—. Lo que pasa es que siempre te muestras calmado y sin preocupación por todo y en ocasiones tu indiferencia me molesta, pero, más que eso, a veces quisiera ser como tú y no preocuparme por nada más que por mí misma.

—¿Qué dices? —le pregunté—, pero si la situación sí me preocupa y también me preocupo por los demás. Simplemente, no considero que estresarnos y preocuparnos nos sirva de algo. Lo mejor es conservar la calma, cuidarnos y seguir las recomendaciones.

—Entiendo… ¡Oye! ¿Puedo preguntarte algo?

—¡Claro! dime.

—¿Crees que la situación amerita que vuelva a tomar los calmantes? —me preguntó.

Esta vez decidí reflexionar detenidamente mi respuesta, pues no quería volver a herir su sentimientos ni a estresarla más de lo que estaba.

—Creo que no deberías.

—Pero a pesar de que ya comprendí lo que decías, no puedo estar tranquila, ¿entonces qué debería hacer?

—Te voy a decir exactamente lo que debes hacer.

—¿En verdad?

—Lo que tienes que hacer es lo siguiente:

Date un baño con agua caliente, prepara un poco de chocolate o un té y métete en tu cama. Lee un libro o ve una película en Netflix. ¡Y ya! voilá

—Ok. ¡Lo intentaré, pero si no consigo dormir te volveré a llamar y te molestaré para que tu tampoco duermas!

—Muy bien.

Después de colgar, rogué al cielo o a cualquier entidad que estuviera atendiendo plegarias que Ximena se relajara y pudiera conciliar el sueño.⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀

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Ramsés K. Mishima

La Filosofía Minimalista

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