El tiempo es el recurso más valioso que tienes. (Parte 1).

«El tiempo es el recurso más valioso que tienes… y no es renovable».

—Siempre me pongo un poco nostálgica cuando llega esta época —me comentó Roxana— ¿No te pasa igual a ti?

—¿Con época te refieres a llegar al mes de noviembre? —le pregunté.

—Sí. Para mí, una vez que llega septiembre, es como si el año ya estuviera a punto de terminar. Los días transcurren de manera mucho más rápida y casi no asimilo el paso del tiempo.

—Creo que a muchos nos pasa de ese modo —le argumenté a Roxana.

—Pero eso no es lo importante. Lo verdaderamente importante es que me he dado cuenta de que el tiempo es lo más valioso que tengo, que tenemos. Si alguna vez te preguntaran qué es lo más valioso que tienes, ¿qué responderías?

—Pues la mayoría pensamos en algo material.

—¡Exactamente! —gritó Roxana—. La mayoría de las personas piensa en objetos y lo asocia con valor, un valor económico.

—Ya veo…

Nuevamente Roxana estaba filosofando y, después de mi respuesta, se sentó nuevamente en la silla en donde había estado hasta antes de levantarse y comenzar a hablar. A decir verdad, este acto resultó ser un poco extraño para los demás clientes de la cafetería, pues se quedaron mirándola un tiempo.

Ella estuvo pensando unos minutos. Yo le hablé dos veces pero me ignoró. Bueno, tal vez no lo hizo a propósito y seguramente fue debido a que estaba muy concentrada en sus reflexiones. Después de unos instantes por fin habló:

—«El tiempo es el recurso más valioso que tenemos y no es renovable» —expresó emocionada.

Yo le di un trago a mi café y bajé la mirada. Iba a contestarle, pero ella me interrumpió:

—¡Es hora de irnos!

Me tomó de la mano y me jaló. Casi tiro mi café por el impulso, pero no pude detenerla. Afuera, el sol ya se haba ido a descansar y la oscuridad comenzaba a descender sobre nosotros.

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Ramsés K. Mishima
La Filosofía Minimalista
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«¿Cuál es la verdadera esencia del amor?»

«¿Cuál es la verdadera esencia del amor?»

—¿Del amor?

—Sí.

—Creo que no hay esencia en eso. El amor no es algo que se pueda conceptualizar de manera precisa —le respondí.

—Yo creo que sí. Creo que se puede descubrir la verdadera esencia del amor —me refutó ella.

—¿Otra vez tienes problemas de desamor? ¿O por qué la pregunta?

—No, no es eso —me contestó—. Lo que pasa es que, ¿no te parece que es algo que todos percibimos, de una u otra manera, en algún momento de nuestras vidas y no reflexionamos sobre lo que significa en realidad. Solo asumimos que es así. Sentimos atracción por otra persona y deseamos estar con ella, pero en el fondo, ¿consideras que comprendemos la esencia de ese sentimiento?

—Ya que lo pones de ese modo, creo que capto el punto —le respondí y le di la razón para no divagar, pero en realidad no comprendía a qué se refería en particular. ¿Quién se pregunta por esas cosas? Pero no puedo juzgarla, Roxana siempre ha sido así, filosofando por todo.

En el pasado, cuando estudiábamos juntos, Roxana tuvo un par de rupturas amorosas complicadas. Ella siempre había sido una chica muy guapa y pretendientes no le faltaban. Los chicos la veían de una manera, pero nadie conocía su verdadero pasado ni por qué ella era así. Ellos solo apreciaban el recipiente, la parte externa, pero su interior, nunca le prestaron mucha atención.

Durante ese tiempo, ella acostumbraba a reflexionar con cuestionamientos similares y, en realidad, nadie la comprendía. Ni siquiera yo.

—¡Oye! ¿Me estás escuchando? —me gritó Roxana—. ¿No me estás poniendo atención verdad?

Salí del transe y le respondí:

—Sí, perdón, estaba pensando en tu planteamiento —le respondí—. Creo que alguien que se pregunta por la esencia de algo, lo hace porque considera que en verdad necesita descubrir la razón de ser de eso y si aporta algo a su vida.

—¡Vaya! Lo comprendiste. ¡Muy bien!

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Ramsés K. Mishima
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«Quizás no estaba seguro de lo que me interesaba realmente, pero, en todo caso, estaba completamente seguro de lo que no me interesaba».

—¿Qué cosa? ¿Desde cuándo eres tan fatalista? —le pregunté.

Su semblante era de tristeza y depresión, pero no parecía ser una broma.

—¿Fatalista? —me respondió—. No es que sea fatalista, es una frase de Meursault, el protagonista del libro El Extranjero, de Albert Camus.

—¿No era el tipo que siempre se la pasaba deprimido y no encontraba su razón de ser en el mundo? ¿Al que no le importaba nada? ¿El que pierde a su madre al principio de la novela?

—Sí, es ese.

—¿Por qué lees algo tan deprimente? —le cuestioné.

—Porque me parece que lo que dice la historia, a pesar de ser muy antiguo, está más vigente que nunca en los tiempos modernos.

Fruncí el entrecejo y la miré fijamente. Después de pensar las palabras correctas continué con la conversación:

—¿Piensas que las personas somos así, en los tiempos actuales? —le pregunté a Ximena—. Yo diría, que es producto natural de nuestro estilo de vida.

—Puede ser, pero ¿no has pensado que vivimos en un mundo en el cual somos bombardeados de tanta información, de tantos aspectos visuales, de tantos estereotipos, que nos convertimos en lo que la sociedad quiere y no en lo que realmente queremos ser? —me respondió ella.

Pensé un momento su planteamiento.

—¿Te refieres a que dentro de todo ese mar de de medios visuales y mercadotecnia, las personas no logramos encontrar nuestro propósito, nuestra verdadera razón de ser?

—Así es —afirmó Ximena—. En pocas palabras, nuestra verdadera esencia. Nuestra parte más esencial.

Me rasqué la parte trasera de la cabeza.

—La verdad es que no lo había pensado así —le respondí a Ximena—. ¿Y si me prestas ese libro?

—Claro, por qué no.

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Ramsés K. Mishima
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¿Y si hubiera libros que no quieres “dejar ir”, te forzarías a hacerlo?

¿Y si hubiera libros que no quieres “dejar ir”, te forzarías a hacerlo?

—¿Qué cosa? ¿A qué viene esa pregunta?

Enseguida me di cuenta de que miró de reojo la mesa de al lado. Encima estaba el libro Sed de Amor de Yukio Mishima, el cual había estado leyendo antes de que ella llegara.

—Pensé que estabas dispuesto a dejar ir todos tus libros en formato físico y que la siguiente ocasión que te visitara, no tendrías ninguno.

Fruncí el entrecejo.

—No es que esté dispuesto o no lo esté. Lo que quise decir —la otra vez—, fue que los libros que no me gustan, que no leo (y que considero que no leeré) no tiene caso mantenerlos almacenados en el estante. Desde mi punto de vista, evidentemente, se están desperdiciando.

—¿Por eso lees a Yukio Mishima?

—Sí.

—¿Acaso no fue el escritor que se suicidó?

—Sí, fue él. ¿Eso qué tiene que ver?

—Pues renunció a la vida, es decir, me parece curioso que haya “dejado ir” su vida. ¿Eso quiere decir que Mishima era minimalista?

—No estoy seguro; en su literatura no recuerdo que lo mencionara. Lo que sí fue un hecho fue su lucha por sus ideales y que defendió su filosofía con su vida.

—La misma que impregna sus libros.

—Así es.

—Pues el libro se ve muy interesante. Creo que sí deberías conservarlo.

Volteé a ver el libro sobre la mesa.

—Pero si no tengo intenciones de dejarlo ir.

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Ramsés K. Mishima
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Anécdota Minimalista

La semana pasada, platicando con una amiga, salió el tema del minimalismo y los libros. Como a muchos entusiastas de los libros, y como yo mismo lo fui, para ella era inconcebible “dejar ir” sus libros y cuando le expliqué mi postura en relación con los libros ella me respondió:

—¡Pero yo no podría deshacerme de mis libros! ¡Los amo! Son mi tesoro más preciado. ¿Acaso no lo has sentido?

—¿Qué cosa?

—La emoción de abrir un libro nuevo, ojearlo y oler su esencia a nuevo, pasarte por las páginas, acariciarlo y extraer todo su contenido… Es en verdad imposible que me deshaga de mis libros.

Yo solo la seguí mirando y esperé a qué terminara.

—¡Oye! ¡Tranquila! conserva tus libros, yo no te estoy diciendo que te deshagas de ellos. Si son tan importantes para ti, no los dejes ir.

Ella respiró y continuó:

—Es que pareciera que el minimalismo quiere que nos deshagamos de todas nuestras pertenencias hasta quedarnos sin nada, casi como llegamos a este mundo.

Yo asentí con la cabeza, pues es verdad que a este mundo llegamos sin nada y también nos vamos sin nada. Después respondí:

—¡No! El minimalismo no quiere que te deshagas de todas tus cosas. De hecho, la esencia del minimalismo es que te quedes con los objetos materiales que de verdad te hacen feliz y que en verdad necesitas. El minimalismo reconoce la importancia de los objetos materiales, pero te invita a reflexionar sobre qué objetos son en verdad necesarios e indispensables para ti. Si esos libros que tienes los amas tanto, no tienes porqué dejarlos ir. Pero eso es muy diferente a decir que en verdad los necesitas todos.

—¡Ah! ya veo, —me respondió—. Pensé que era todo lo contrario.

—Conserva tus libros. Conserva lo que es esencial para ti.

Esencialmente Ram