«Sin bolsa, por favor».

Ayer fue día de compras y acudí a un puesto nuevo que está cerca de donde vivo para adquirir algunas frutas y verduras. Cuando llegué vi que tenían gran variedad, así que elegí algunas.

Antes de eso le pregunté al señor que atendía «si podía escogerlas yo», a lo que él comentó: «Sí, está bien, pero, tenga las bolsas». Él sacó unas bolsas de plástico de su delantal y las puso sobre la mesa. Yo le dije que no era necesario, ya que yo traía mi bolsa, pero él insistió:

—No le recomiendo que lleve todo amontonado.

—¿Amontonado? ¿Por qué? —le pregunté y continué escogiendo.

El señor tomó una bolsa, la extendió y la acercó a mí.

—Aquí póngalas —me dijo.

—En verdad no es necesario, no voy muy lejos, así que no creo que les pase nada —le argumenté.

—La papaya va a aplastar los jitomates y los plátanos —me precisó—. Lo van a regañar en su casa.

—Pero si en mi casa solo estoy…

—¡Hágame caso! —insistió—. Luego vienen de regreso a cambiarlas porque les salieron mal.

Coloqué todo en mi bolsa y lo acomodé.

—No se preocupe, me arriesgaré —le expresé.

—Bueno, ya «como usted vea».

Después pagué y me fui. A los alimentos no les pasó nada. Sigo aprendiendo.

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Ramsés Organiz

La Filosofía Minimalista

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«¿Y si la naturaleza hablara?».

—¿A qué viene esa reflexión?

—Piensa lo siguiente: ¿qué le diría a los seres humanos la naturaleza si pudiera hablar?

—Supongo que nos diría: «¡Ya déjeme en paz! ¡No lo entienden! Si acaban conmigo, ¿a dónde irán?» —me contestó Roxana.

—Buena respuesta, para variar —le respondí—. Estaba viendo esta antigua foto de un lugar que aprecio mucho y me puse a reflexionar sobre el tiempo.

—¿El tiempo? ¿Por qué?

—Sí, pero el tiempo en que durará ese paisaje así, antes de que se llene de basura o de alguna construcción monumental.

—Pero ese lugar esta muy alejado de la ciudad —me contestó Roxana—, dudo mucho que la contaminación o la basura llegue ahí, incluso que alguna fábrica construya algo en ese lugar.

—¿Por qué estás tan segura?

—Porque la mayoría se concentra en las ciudades, así que no creo que corra peligro —me contestó, muy segura de sí misma.

—¿Y cuándo ya no se pueda hacer más en la ciudad?

—¡No seas tan pesimista! ¡Ya déjalo ir!

—¿Que nunca reflexionas nada en serio?

Después se detuvo, se puso seria y me dijo:

—Yo creo que la naturaleza sí habla, pero somos nosotros los que no la escuchamos.

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Ramsés K. Mishima⠀

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«¿1 libro que haya cambiado tu vida?».

—¿Del tema que sea? —le pregunté a Ximena.

—Cuento o novela —me contestó—. O, bueno, que no sea un libro de desarrollo personal ni manual de esos que lees últimamente.

—El Extranjero.

—¿El extranjero? —me preguntó, como si no me creyera—. ¿Por qué ese? Nunca has estado en la cárcel y tu madre aún vive…

—Es verdad, no es por eso —le precisé—. Sin embargo, ¿Nunca has sentido, en algún momento en tu vida, como si vivieras todos los días de forma inconsciente? Es decir, como si pudieras verte a ti mismo desde afuera de tu cuerpo y, de cierta forma, eres capaz de contemplar todo lo que haces, pero no tienes injerencia en tus acciones. Vamos, como si todo fuera mecánico y al final no sabes ni cómo pasó.

—Mmm ¡Sí Claro! —me contestó exaltada—, ¡nada más la mitad de mi vida! Desde mi adolescencia hasta hace unos años Ja ja ja.

Ella se rió y se tapó la boca con la mano. Supongo que para no dejar escapar saliva.

—Pues cuando leí ese libro, hace unos años, me di cuenta que estaba viviendo mi vida de la misma manera —le afirmé—. Como si todo lo que pasara al mismo tiempo no pasara ¿si soy claro? Al final de cuentas si no lo recuerdas, es como si no hubiera pasado. Gracias a ese libro reflexioné muchas cosas.

—Ja ja ja —Ximena se rió—. Ya estás como la canción.

—¿Eh?

—Es broma, olvídalo, pero te entiendo perfectamente. ¡Vamos! No seas tan dramático. Solo que, por favor, si en algún momento estás tan deprimido que no valoras tu propia vida, ¡llámame por favor! ¡No quiero que te suicides!

—Pero Meursault no se suicidó —le respondí.

—Pero se condenó a sí mismo, que es casi lo mismo —me contestó Ximena.

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Ramsés K. Mishima⠀

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«Deja de vivir de forma inconsciente».

—¿Y ahora te vas a convertir al existencialismo? —me preguntó Sergio.

—¿Convertirme? ¡No! ¡Qué va! pero creo que la analogía del Mito de Sísifo con trabajo en las fábricas que planteó Albert Camus es verdad.

—¿Te refieres a la rutina? —me preguntó y después agregó antes de que yo contestara—: en realidad creo que lo que nos invita a reflexionar es sobre si en verdad la vida vale la pena desperdiciarla en una rutina de forma «inconsciente» como si fuéramos robots.

—Justamente —le respondí cuando me cedió la palabra—. Sísifo estuvo condenado por los dioses a empujar una gigantesca roca todos los días por una pendiente en una montaña y, cuando llegaba al final, la roca caía y tenía que volver a empujarla hasta llegar nuevamente al final y así, por toda la eternidad…

—Lo sé. Es exactamente eso. Pero en determinado momento, Sísifo se hizo consciente de que su tarea era algo fútil y sin sentido.

—Bueno, por eso era un castigo —le respondí—. Es como el castigo auto-impuesto de trabajar toda tu vida en algo que no te hace feliz —le argumenté—, pero como yo lo veo, esa analogía se puede reflexionar en dos ámbitos.

—¿Ah sí? ¿Cuáles? —me preguntó.

—Bueno, imagina lo siguiente: puedes dedicar tu vida a trabajar en algo que no te hace feliz y así, día a día, seguir, como robot. O, por otro lado, puedes ser consciente y buscar la manera de «liberarte» de esa monotonía.

–Pero Sísifo no podía elegir —me precisó Sergio.

—Pero nosotros sí.

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Ramsés K. Mishima⠀

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«Vivir y disfrutar cada instante».

Cuando Susana abrió la persiana de su cuarto, la luz entró de golpe y le lastimó la vista. Apenas eran las 8:00 am y no tenía mucho que se había despertado. Desde que había comenzado la contingencia, hacía el mismo ritual: se despertaba, se espabila y antes de hacer cualquier otra cosa, abría la persiana y miraba al exterior.

Últimamente tenía el mismo pensamiento que la atormentaba. Y es que antes de la contingencia, ella no acostumbraba a salir mucho, de hecho, la diferencia entre su forma de vivir antes y durante la contingencia era simplemente que ahora “no debía salir por cuestiones de salud”.

Fue hasta ese momento en que reparó en cuántas oportunidades de salir y disfrutar el mundo había dejado pasar hasta ese momento. Ahora la embargaba unas ganas tremendas de salir y correr, de visitar otros lugares o de aceptar ir por ese café con su compañero de la escuela, al cual ya había rechazado varias veces. «Solo quiere tener sexo conmigo», pensaba ella. «Pero si todos los chicos de bachillerato quieren lo mismo, así que no tienes porqué sorprendente», le decía su amiga Adriana.

Ese día, en el que se encontraba reflexionando sobre la restricción sanitaria que había, pensaba que le gustaría que ese chico la volviera a invitar a salir. Pero hacía mucho que había perdido el interés en ella. Entonces se hizo una promesa, mientras miraba por la ventana y observada ese edificio antiguo que quedaba cerca de su casa, en las afueras de la ciudad. «Cuando todo esto termine comenzaré a disfrutar la vida de verdad, ahora entiendo que solo viviremos una vez, así que qué más da». ¡Adriana tenía razón!

Mientras miraba por la ventana, por unos momentos, su mirada se perdió en el horizonte, hipnotizada por el sol, por lo cual se preguntó: «qué tan lejos estará el sol de aquí», pero no tenía la respuesta a esa pregunta. De lo que estaba segura, es que esa masa gigantesca y amarilla podía eliminar cualquier mal, cualquier virus, con su resplandor.

Si bien estaba consciente de que no podía alejarse mucho de su casa, decidió salir y correr hasta el jardín, así, sin peinarse y sin quitarse la pijama. Corrió rápido para poder alcanzar, y recibir, de forma directa, los rayos del sol. Estiró los brazos y cerró los ojos. De pronto sintió cómo la temperatura de su cuerpo comenzó a subir. Como hacía un poco de viento, su cabello, que por cierto ya estaba muy largo, pues le llegaba hasta por debajo de los hombros, ondeaba por todos lados. Cuando trató de calmar sus cabellos, sintió también el calor en sus mechones, producto del destello del sol.

«Esto es mucho mejor que estar todo el día encerrada», pensó, mientras mantenía los ojos cerrados, Susana. Después de un rato, se sintió llena de energía y reafirmó su promesa. Nunca más se perdería ninguna aventura y, como su amiga Adriana, viviría cada día como si fuera el último. O, por lo menos, trataría de no arrepentirse por algo que no hizo, al final del día.

«¡Muchas gracias por leer el relato!».

Ramsés K. Mishima.

La Filosofía Minimalista

@lafilosofiaminimalista

«¿Si no está impreso no es un libro?».

En aquél entonces ya habían sido, si mal no recuerdo, tres ocasiones en las que lo vi leyendo de esa manera. No pensé que lo tomara tan enserio, pero lo cierto es que sí. Siempre había pensado que leer en digital era una tontería y que le faltaba el respeto a la tradición del libro impreso. ¡Si la experiencia es única! ¡El iPad está suprimiendo la tradición del libro impreso!

—¿Y ahora me dirás que debo dejar de comprar libros impresos y comprarlos mejor en digital?

Yo continué con mi lectura y traté de no desviarme del texto que revisaba.⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀

—¡Hey! —exclamó Samantha—, ¡responde!⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀

—Yo no puedo decirte qué debes comprar y qué no —le respondí—. Cada persona debe ser lo suficientemente consciente de lo que adquiere. Lo cierto es que comprar libros en formato digital es mejor para el medio ambiente y para los árboles.

—Sí, pero no es la misma experiencia —me argumentó—. No se siente lo mismo leer un libro en papel a un libro en el iPad.

—Claro que no es igual. No es la misma experiencia, porque no es el mismo acercamiento. Sin embargo, el contenido, al fin de cuentas, es el mismo. ¿O no es así?

—En eso tienes razón —me concedió—. Pero es que, tal vez, ya lo olvidaste, pero la experiencia de leer un libro impreso es increíble. Sentir el paso de las hojas con las yemas de tus dedos… su textura… el olor a libro… papel… esa esencia que emana… ¡Ah! Y me encanta cuando, mmm… ¿pues tú sabes no? el aroma de las hojas nuevas cuando quitas el plástico que cubre los libros nuevos. La sensación y el aroma es una experiencia magnífica. ¿O es que nunca abriste un libro nuevo y pegaste la cara y la nariz entre las hojas para aspirar el aroma que desprenden?

—Claro que sí —le respondí—, sin embargo, la cubierta de los libros nuevos es de plástico, y también es un agente altamente contaminante.

—¿Qué siempre tienes que quitarle la esencia a las cosas?

—¿Eh? ¿Quitarle? Simplemente digo lo que es.

—Pero si el film de plástico que traen los libros es muy delgado.

—Sí, pero multiplicado por el número de libros que se venden en el mundo el impacto es muy grande.

—¿Entonces los libros nuevos deberían venderse sin el film protector? ¡Si de por sí muchos se maltratan! Ahora sin el film vendrían todos golpeados —precisó Samantha.

—Creo que es una alternativa —le contesté—. Eso se está haciendo poco a poco con las frutas y verduras, podrían hacer lo mismo con los libros. Pero bueno, el punto es que leer un libro impreso a una digital no es la misma experiencia y tal vez nunca lo sea, pero la realidad es que el contenido es el mismo, así que técnicamente no debería haber problema en leer uno u el otro.

—Pues yo prefiero seguir leyendo mis libros en formato impreso —me respondió Samantha, tajantemente—. Para mí la experiencia lo es todo.

—Para mí también —le contesté—. ¿Puedo seguir leyendo mi libro?

—¡Haz lo que quieras!


Ramsés K. Mishima

La Filosofía Minimalista

@lafilosofiaminimalista

«A veces solo necesitas dejarlo ir»

—A veces solo necesitas dejarlo ir —me indicó Ximena, como si fuera lo más natural del mundo—. ¿No eras tú el que hablaba de dejar ir en el minimalismo?⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀

Alcé la mirada y regresé a verla. Ella parecía muy segura de sí misma.⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀

—Si, pero cuando comenté acerca de dejar ir, no dije que fuera fácil. Las personas no son objetos y no es igual dejar ir un objeto a dejar ir a una persona.⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀

—En eso estoy de acuerdo, pero ¿No crees que después de la tormenta viene un rayo de sol…?⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀

—¿Qué? La verdad ahorita no estoy para tus tont…⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀

—Si —me afirmó Ximena—, esta sensación pasará y crecerás como persona. Al fin de cuentas, todas las experiencias nos producen un aprendizaje, solo que no siempre lo vemos de esa manera y…⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀

—…Y crees que yo puedo hacerlo, solo que el dolor no me deja, pero, si soy fuerte y veo el lado positivo, pasará ¿o no?⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀

—¡Vaya! ¡En verdad eres muy inteligente, más de lo que aparentas! —me contestó Ximena exaltada. ⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀

Mis lágrimas se detuvieron un poco y traté de reír. Ella me abrazó y me dio un beso en la mejilla derecha. De pronto sentí que una tercera gota de agua recorría mi rostro, pero como ella mantenía el suyo pegado a mi cara no pude ver de dónde provenía. Sin embargo, algo era seguro: no estaba lloviendo, de hecho, cuando ella se separó de mí, pude vislumbrar el horizonte y, al final, el atardecer. ⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀

Autor: Ramsés K. Mishima

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El tiempo es el recurso más valioso que tienes.

«El tiempo es el recurso más valioso que tienes… y no es renovable».

—Siempre me pongo un poco nostálgica cuando llega esta época —me comentó Roxana— ¿No te pasa igual a ti?

—¿Con época te refieres a llegar al mes de noviembre? —le pregunté.

—Sí. Para mí, una vez que llega septiembre, es como si el año ya estuviera a punto de terminar. Los días transcurren de manera mucho más rápida y casi no asimilo el paso del tiempo.

—Creo que a muchos nos pasa de ese modo —le argumenté a Roxana.

—Pero eso no es lo importante. Lo verdaderamente importante es que me he dado cuenta de que el tiempo es lo más valioso que tengo, que tenemos. Si alguna vez te preguntaran qué es lo más valioso que tienes, ¿qué responderías?

—Pues la mayoría pensamos en algo material.

—¡Exactamente! —gritó Roxana—. La mayoría de las personas piensa en objetos y lo asocia con valor, un valor económico.

—Ya veo…

Nuevamente Roxana estaba filosofando y, después de mi respuesta, se sentó nuevamente en la silla en donde había estado hasta antes de levantarse y comenzar a hablar. A decir verdad, este acto resultó ser un poco extraño para los demás clientes de la cafetería, pues se quedaron mirándola un tiempo.

Ella estuvo pensando unos minutos. Yo le hablé dos veces pero me ignoró. Bueno, tal vez no lo hizo a propósito y seguramente fue debido a que estaba muy concentrada en sus reflexiones. Después de unos instantes por fin habló:

—«El tiempo es el recurso más valioso que tenemos y no es renovable» —expresó emocionada.

Yo le di un trago a mi café y bajé la mirada. Iba a contestarle, pero ella me interrumpió:

—¡Es hora de irnos!

Me tomó de la mano y me jaló. Casi tiro mi café por el impulso, pero no pude detenerla. Afuera, el sol ya se haba ido a descansar y la oscuridad comenzaba a descender sobre nosotros.

Después de salir de la cafetería y de caminar por la banqueta, apresuramos el paso porque comenzó a llover. En realidad en el cielo no se apreciaba que una lluvia fuera posible, pero no pasaron ni cinco minutos de que salimos cuando la lluvia arreció.

Un poco más adelante le pedí a Roxana que se detuviera, pues me resultó extraño que me jalara de esa forma y que estuviera tan exaltada. A ella no pareció importarle, solo se volteó y me sonrió, pero después continuó. Como me estaba desesperando, jalé mi mano con fuerza y me detuvo de golpe. Ella también se detuvo, se volteó y me habló:

—¿No quieres venir conmigo?

—No es eso, pero si voy quiero saber a dónde vamos —le argumenté.

Ella dio un suspiro y me explicó:

—Si te digo no querrás acompañarme, pero bueno…

—Pues ya veremos —le contesté—. ¿Tiene que ver con lo que decías del tiempo?

—Sí, más o menos —me respondió—, ¿Recuerdas lo que te comenté de mi madre y el #reloj que me regaló?

—Sí lo recuerdo.

—Pues tiene que ver con eso. Acompañame por favor.

Cuando llegamos al lugar pensé que se trataba de una broma, pero cuando la vi ingresar muy segura de sí misma, lo comprendí. La puerta principal estaba cerrada, pero ella ingresó por un hueco y caminó por una estrecha vereda. Atravesamos varios arbustos y estructuras de concreto. Finalmente llegamos y ella se paró frente a una de ellas. La pequeña construcción decía en el frente el nombre de la madre de Roxana, así como su fecha de nacimiento y de muerte.

Roxana se quedó parada un momento frente a la lápida y murmuró una palabras. También comenzó a llorar; se limpiaba las lágrimas constantemente, pero aún así seguían saliendo. Yo me quedé parado detrás de ella y no dije nada. Cuando terminó se volteó y tomó mi mano. Yo la abracé un momento. La luz de la luna era lo único que nos iluminaba.

Finalmente comprendí de qué se trataba.

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Ramsés K. Mishima
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«A todos nos llegará la hora»

«A todos nos llegará la hora».

Cuando Ximena se encontró con la muerte, pensó que se trataba de una broma y que alguno de sus amigos se había vestido de esa forma para asustarla. Después de todo, ver gente vestida con atuendos de ese tipo era muy común en el mes de noviembre, así que no le prestó mucha atención.

Se la encontró de frente mientras caminaba. No la había visto venir porque iba escribiendo un mensaje en su celular, pero cuando vio esa tela color negra que arrastraba en el suelo se detuvo de golpe.

Miró de reojo y de arriba a abajo a ese ser que estaba frente a ella y hasta llegar a la cabeza que, claro está, era la de una muerte.

Lo primero que se le ocurrió a Ximena fue saludarla, pero la muerte no le contestó. La quiso tocar, pero era como si no tocara nada. Pero no era una ilusión, de eso ella estaba segura; era un ser real, no era una pintura.

Como no había reacción alguna decidió continuar su camino, pero cuando intentó dejarla de lado, su cuerpo se paralizó. El ser esquelético tampoco se movió y, mientras se detuvo, en esos segundos, alcanzó a escuchar lo que parecieron ser unas palabras, o al menos eso creyó:

—«A todos nos llega la hora, incluso a ti. Aún no te toca, pero volveré por ti, así que deja de perder el tiempo en tonterías y disfruta tu vida. No tendrás otra».

Después de escuchar eso, su cuerpo reaccionó y pudo continuar. Sin embargo, después de avanzar, el ser extraño había desaparecido. «¿Habrá sido una advertencia?» Se preguntó Ximena.

Enseguida apresuró el paso hasta llegar a su casa e inmediatamente corrió a contarle a su hermana…

—¿Y bien, señor, cómo le fue hoy? —le preguntaron a la muerte— ¿Otro intento por ayudar a un alma?

—Sí. Espero que a esta le sirva y aproveche su tiempo y deje de desperdiciarlo en tonterías.

—Esperemos que así sea…

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Ramsés K. Mishima
La Filosofía Minimalista
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El tiempo es el recurso más valioso que tienes. (Parte 2)

Después de salir de la cafetería y de caminar por la banqueta, apresuramos el paso porque comenzó a llover. En realidad en el cielo no se apreciaba que una lluvia fuera posible, pero no pasaron ni cinco minutos de que salimos cuando comenzó a llover más fuerte. ⠀

Un poco más adelante le pedí a Roxana que se detuviera, pues me resultó extraño que me jalara de esa forma y que estuviera tan exaltada. A ella no pareció importarle, solo se volteó y me sonrió, pero después continuó. Como me estaba desesperando, jalé mi mano con fuerza y me detuve de golpe. Ella también se detuvo, se volteó y me habló:⠀

—¿No quieres venir conmigo?⠀

—No es eso, pero si voy quiero saber a dónde vamos —le argumenté.⠀

Ella dio un suspiro y me explicó:⠀

—Si te digo no querrás acompañarme, pero bueno…⠀

—Pues ya veremos —le contesté—. ¿Tiene que ver con lo que decías del tiempo?⠀

—Sí, más o menos —me respondió—, ¿Recuerdas lo que te comenté de mi madre y el reloj que me regaló? ⠀

—Sí lo recuerdo. ⠀

—Pues tiene que ver con eso. Acompáñame por favor. ⠀

Cuando llegamos al lugar pensé que se trataba de una broma, pero cuando la vi ingresar muy segura de sí misma, lo comprendí. La puerta principal estaba cerrada, pero ella accedió por un hueco y caminó por una estrecha vereda. Atravesamos varios arbustos y estructuras de concreto. Finalmente llegamos y ella se paró frente a una de ellas. La pequeña construcción decía en el frente el nombre de la madre de Roxana, así como su fecha de nacimiento y de muerte. ⠀

Roxana se quedó parada un momento frente a la lápida y murmuró unas palabras. También comenzó a llorar; se limpiaba las lágrimas constantemente, pero aún así seguían saliendo. Yo me quedé parado detrás de ella y no dije nada. Cuando terminó se volteó y tomó mi mano. Yo la abracé un momento. La luz de la luna era lo único que nos iluminaba.⠀

Finalmente comprendí de qué se trataba. ⠀⠀

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Ramsés K. Mishima
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