«Sin bolsa, por favor».

Ayer fue día de compras y acudí a un puesto nuevo que está cerca de donde vivo para adquirir algunas frutas y verduras. Cuando llegué vi que tenían gran variedad, así que elegí algunas.

Antes de eso le pregunté al señor que atendía «si podía escogerlas yo», a lo que él comentó: «Sí, está bien, pero, tenga las bolsas». Él sacó unas bolsas de plástico de su delantal y las puso sobre la mesa. Yo le dije que no era necesario, ya que yo traía mi bolsa, pero él insistió:

—No le recomiendo que lleve todo amontonado.

—¿Amontonado? ¿Por qué? —le pregunté y continué escogiendo.

El señor tomó una bolsa, la extendió y la acercó a mí.

—Aquí póngalas —me dijo.

—En verdad no es necesario, no voy muy lejos, así que no creo que les pase nada —le argumenté.

—La papaya va a aplastar los jitomates y los plátanos —me precisó—. Lo van a regañar en su casa.

—Pero si en mi casa solo estoy…

—¡Hágame caso! —insistió—. Luego vienen de regreso a cambiarlas porque les salieron mal.

Coloqué todo en mi bolsa y lo acomodé.

—No se preocupe, me arriesgaré —le expresé.

—Bueno, ya «como usted vea».

Después pagué y me fui. A los alimentos no les pasó nada. Sigo aprendiendo.

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Ramsés Organiz

La Filosofía Minimalista

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«Deja ir aquello que te causa dolor».

 

—¿Por qué quisiste venir al mar? ¿no crees que este no era el momento más adecuado? —le preguntó Sergio a Tábata, esperando que ella no volviera a llorar por recordar la muerte de su madre.

Tábata, aún con los ojos cerrados, dejaba que la brisa del mar le rociara el rostro.

—Mi madre decía que el mar es capaz de quitar todas las penas —le contestó.

—Sí, pero creo que para eso «debes meterte al mar» —le precisó Sergio.

—Ahora no tengo ganas. ¿Sabes? es difícil para mi olvidarla. Ella mucho tiempo me dijo que tarde o temprano llegaría el momento en que tendría que vivir sin ella y continuar.

—Pero no necesitas olvidarla —le contestó Sergio—, simplemente «déjala ir».

—¿Ahora eres psicólogo? —le preguntó Tábata, un poco molesta.

Ella volvió a cerrar los ojos y se tiró en la arena con los brazos abiertos; el rayo del sol le golpeaba la cara directamente.

—No lo soy, pero no creas que tú eres la única persona que ha perdido a alguien cercano en la vida. No deberías ser tan egoísta.

—¡Ah! —exclamó Tábata y se levantó de golpe de donde se encontraba. Después le preguntó—: ¿Qué vas a saber tú? Tú tienes a tus padres. No seas tan dramático.

—No lo soy. He perdido personas que apreciaba mucho, pero con el tiempo caí en la cuenta de que entre más me aferraba a su recuerdo, más difícil era mantener la calma. Cuando lo acepté y los «dejé ir», me sentí mucho más aliviado.

—Es más más fácil decirlo que hacerlo —le argumentó Tábata.

—¡Ya! ¡Suficiente! Esto no nos lleva a ningún lado —le refutó Sergio—. Sigamos el consejo de tu mamá.

—¿Eh?

Sergio tomó a Tábata de la mano, la levantó y se sumergieron juntos en el mar. Por suerte las olas estaban calmadas.

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Ramsés Organiz

La Filosofía Minimalista

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«Observa de manera consciente».

—Papá.

—Dime, Azul, ¿qué pasa? —le contestó Don Genaro a su hija, mientras admiraba su lancha.

—¿No crees que deberíamos irnos a la ciudad? —le preguntó Azul.

—¿A la ciudad? ¿Por qué? ¿Acaso no te gusta vivir aquí?

—Claro que sí, pero, de pronto, siento mucha ansiedad al no ver nada nuevo. Siempre es el mismo paisaje —le contestó Azul—. Tu lancha, el mar, el cielo, siempre azul, la arena, las palmeras, los peces, los cocos. ¡No hay nada más!

—Lo que pasa es que no estás observando el paisaje de forma consciente —le contestó Don Genaro.

—¿Ah? Claro que lo estoy mirando de forma consciente. ¡Todo es azul! ¡Y es lo mismo que vi ayer!

—Mira bien —le indicó su papá a la joven Azul—. Ven, siéntate junto a mí y observa. Si miras el cielo y el mar y piensas que son paisajes que no cambian o no sufren ninguna transformación, es porque no estás «observando» con detenimiento. Mira las nubes.

—¿Qué tienen?

—Te aseguro que si observas bien, encontrarás figuras diferentes en el cielo. Ayer se formaron unas y hoy son otras. Nunca se repiten. Pueden parecerse, pero siempre son diferentes.

La pequeña Azul miró con detenimiento el cielo, mientras el viento agitaba las palmeras y el mar. La lancha se mecía de izquierda a derecha como si estuviera bailando.

—¡Es verdad! ¡Mira papá! ¡Esa de allá parece un elefante!

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Ramsés K. Mishima

La Filosofía Minimalista

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«¿Y si la naturaleza hablara?».

—¿A qué viene esa reflexión?

—Piensa lo siguiente: ¿qué le diría a los seres humanos la naturaleza si pudiera hablar?

—Supongo que nos diría: «¡Ya déjeme en paz! ¡No lo entienden! Si acaban conmigo, ¿a dónde irán?» —me contestó Roxana.

—Buena respuesta, para variar —le respondí—. Estaba viendo esta antigua foto de un lugar que aprecio mucho y me puse a reflexionar sobre el tiempo.

—¿El tiempo? ¿Por qué?

—Sí, pero el tiempo en que durará ese paisaje así, antes de que se llene de basura o de alguna construcción monumental.

—Pero ese lugar esta muy alejado de la ciudad —me contestó Roxana—, dudo mucho que la contaminación o la basura llegue ahí, incluso que alguna fábrica construya algo en ese lugar.

—¿Por qué estás tan segura?

—Porque la mayoría se concentra en las ciudades, así que no creo que corra peligro —me contestó, muy segura de sí misma.

—¿Y cuándo ya no se pueda hacer más en la ciudad?

—¡No seas tan pesimista! ¡Ya déjalo ir!

—¿Que nunca reflexionas nada en serio?

Después se detuvo, se puso seria y me dijo:

—Yo creo que la naturaleza sí habla, pero somos nosotros los que no la escuchamos.

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Ramsés K. Mishima⠀

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Hana |Fragmento 6 |Soltar.

De pronto Hana sintió un torbellino. Como si fuera la corriente de un río, pero cálida y suave. No estaba segura, pero, hasta donde recordaba, nunca había experimentado esa sensación. Era como si algo absorbiera sus labios y su lengua, con la fuerza con la que cae una cascada y con la suavidad con la que se corta una rebanada de pastel.

Cuando Hana separó sus labios de los de Yamir y abrió los ojos, sintió como si hubiera despertado de un hermoso sueño. En ese momento ella no sabía exactamente cómo se le denominaba a esa sensación y, por desgracia, tampoco sabía que no duraría mucho tiempo.

—¿Y cómo van tus sesiones de meditación con el maestro? —le preguntó Yamir a Hana, después de que él también abrió los ojos.

—Pues la verdad creo que he logrado «despejar» mi mente de algunos pensamientos que me atormentaban —le contestó—. Ya sabes lo que dice el maestro: «todo lo que no puedas soltar físicamente, puedes soltarlo a través de tu mente».

—Jajaja —Yamir se burló—. ¿Y te crees esas cosas?

—Al principio no lo creía, pero, después de experimentarlo, creo que tiene sus beneficios.

—Pues no estoy seguro —le contestó Yamir—, pero ¿sabes que sí sé que es altamente efectivo para olvidar cualquier cosa?

—¡Eh! ¿Conoces un método tan infalible?

—Sí. Ven.

Yamir tomó a Hana de la parte trasera de su cabeza, acarició su cabello y le plantó nuevamente un beso. Los dos cerraron los ojos y se dejaron llevar. Nuevamente llegó el torbellino, la cascada y la rebanada de pastel.

Al día siguiente, reanudó su sesión de meditación con el maestro Zembu. Desde que llegó al templo el maestro se percató de que había algo diferente en ella. Y es que esa enorme sonrisa no era normal en ella. Sí que lo era en las chicas de su edad, pero en la solitaria Hana no.

A pesar de su extrañamiento, el maestro pensó en no hacer ningún comentario y comenzar con la sesión. Una vez que se encontraron los dos en el espacio destinado para su práctica, cada uno se sentó en su almohadilla, cruzaron las piernas, espalda erguida, manos en la posición del «mudra» y cerraron los ojos.

Y se quedaron ahí, cada uno transitando de manera consciente por sus pensamientos. Fuera del cuarto el sonido de los pájaros era apenas perceptible. El sonido de la fuente frente al salón daba la impresión de que hubiera un río fuera de la casa del maestro Zembu. El enorme árbol Neem que sobresalía más allá del techo de la vivienda, proporcionaba una formidable sombra y un delicioso frescor. ¿El espacio perfecto para meditar?

A los pocos minutos el maestro se percató de que Hana no estaba lo suficientemente concentrada. Apretaba los párpados, como si tuviera una pesadilla, su respiración no era consistente y perdía la posición repetidas veces. Pese a su decisión de no preguntar, eligió pausar la sesión y se dirigió a Hana inmediatamente:

—¿Qué es lo que te pasa Hana? ¿Qué perturba tu corazón? —le preguntó el maestro.

Hana separó sus piernas, deshizo el mudra y abrió los ojos.

—¿Mi corazón? ¿Por qué cree que algo perturba mi corazón?

—He vivido muchos años —le contestó—, he experimentado muchas cosas, he perdido otras y he ganado algunas más. Sé que puede deberse a una infinidad de motivos el que estés tan distraída, pero solamente conozco y he sentido uno que es capaz de hacernos sentir felices y al mismo tiempo quitarnos cualquier tipo de concentración.

Una mariposa pasó cerca de la entrada del salón y Hana volteó a verla.

—¿Cómo le hace para darse cuenta de todo? —le preguntó Hana.

«Pero sí es bastante obvio», pensó el maestro.

—No me subestimes —le dijo el maestro Zembu—. El que ahora me encuentre solo, en esta enorme casa, no quiere decir que en algún momento en mi vida no haya experimentado el amor.

—¿Amor? —le cuestionó Hana—, ¿ahora me dirá que también debo «solar» y «dejar ir» ese sentimiento?

—Yo no soy quién para decirte lo que debes o lo que no debes soltar —le precisó el maestro—. Lo cierto es que si estás descubriendo ese sentimiento por primera vez, te estás metiendo en un terreno muy peligroso.

—¡No sea tan dramático! —le comentó Hana—, me parece que tanto tiempo solo ha hecho que olvide cuál es la verdadera «esencia del amor».

—¿Ah sí? ¿y cuál es esa? Comparte tu sabiduría conmigo—le preguntó el maestro.

—El amor es solo un «estado emocional» —le explicó Hana—, y no tiene nada que ver con mariposas en el estómago o perturbación del corazón. Todo es mental. Todo sucede en el subconsciente. Y creo que la verdadera esencia es disfrutarlo y vivirlo al máximo.

El maestro cruzó sus brazos y cerró los ojos. Después comentó:

—Qué bueno que seas tan optimista, y ciertamente encuentro coherencia en lo que comentas, pero hay algo de lo que te he enseñado que no has contemplado en tu argumento.

—¿Y qué es?

—Generalmente al caer en ese «estado emocional» que dices, tendemos a olvidar que todo en la vida tiene un principio y un final. No digo que esté mal lo que estás sintiendo. Simplemente con los años he aprendido que cuando uno se enamora —o es consciente de ese sentimiento— debe vivirlo al máximo desde el inicio, pero también estar preparado para el final.

—¡No sea tan exagerado! Ya va a empezar con eso de «Como decía Buda, el ser humano ha venido a sufrir y no sé qué…».

—Aún tienes mucho que aprender.

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«¿1 libro que haya cambiado tu vida?».

—¿Del tema que sea? —le pregunté a Ximena.

—Cuento o novela —me contestó—. O, bueno, que no sea un libro de desarrollo personal ni manual de esos que lees últimamente.

—El Extranjero.

—¿El extranjero? —me preguntó, como si no me creyera—. ¿Por qué ese? Nunca has estado en la cárcel y tu madre aún vive…

—Es verdad, no es por eso —le precisé—. Sin embargo, ¿Nunca has sentido, en algún momento en tu vida, como si vivieras todos los días de forma inconsciente? Es decir, como si pudieras verte a ti mismo desde afuera de tu cuerpo y, de cierta forma, eres capaz de contemplar todo lo que haces, pero no tienes injerencia en tus acciones. Vamos, como si todo fuera mecánico y al final no sabes ni cómo pasó.

—Mmm ¡Sí Claro! —me contestó exaltada—, ¡nada más la mitad de mi vida! Desde mi adolescencia hasta hace unos años Ja ja ja.

Ella se rió y se tapó la boca con la mano. Supongo que para no dejar escapar saliva.

—Pues cuando leí ese libro, hace unos años, me di cuenta que estaba viviendo mi vida de la misma manera —le afirmé—. Como si todo lo que pasara al mismo tiempo no pasara ¿si soy claro? Al final de cuentas si no lo recuerdas, es como si no hubiera pasado. Gracias a ese libro reflexioné muchas cosas.

—Ja ja ja —Ximena se rió—. Ya estás como la canción.

—¿Eh?

—Es broma, olvídalo, pero te entiendo perfectamente. ¡Vamos! No seas tan dramático. Solo que, por favor, si en algún momento estás tan deprimido que no valoras tu propia vida, ¡llámame por favor! ¡No quiero que te suicides!

—Pero Meursault no se suicidó —le respondí.

—Pero se condenó a sí mismo, que es casi lo mismo —me contestó Ximena.

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«¿Es la naturaleza humana valorarlo todo cuando ya no lo tiene?».

—Ahora que no podemos o, más bien, no debemos salir por la contingencia es cuando más valoro salir y conocer nuevos lugares —le comenté, humildemente a Roxana, cuando me llamó por teléfono.

—¿Ah sí? Pues eso es normal —me contestó.

—¿Qué? ¿Y qué tiene de normal?

—Siempre tiene que haber una restricción, para que nos demos cuenta de que teníamos la posibilidad y no la aprovechábamos. Siempre tiene que haber una pérdida, para valorar lo que se fue y siempre tiene que haber un «hubiera», para valorar lo que «hubiera sido».

—Me desespera cuando comienzas a filosofar —le comenté—. ¿A dónde quieres llegar?

—Simplemente creo —me comentó—, que de otra manera no podemos valorar las cosas, personas, lugares o experiencias a menos de que haya algo que nos impida tenerlas, verlas, visitarlas o vivirlas.

—Mmm…

—Por ejemplo, piensa en un lugar en donde quisieras estar ahora mismo y que anteriormente pudiste ir, pero simplemente no lo hiciste.

—Me gustaría hacer trekking en el Nevado o incluso cualquier lugar que no sea mi casa ni la tienda de conveniencia —le contesté.

—¡Ahí lo tienes! —me dijo Roxana—, es así de sencillo. Cuando puedes, no lo haces, y cuando quieres, no puedes «o no debes» hacerlo. Siempre hay pretextos.

—La verdad sigo sin comprender a dónde va tu argumento.

—Es muy sencillo —me respondió—. Todo se resume a que los seres humanos desaprovechamos las mejores oportunidades cuando las tenemos. ¿Crees que eres el único que reflexiona sobre las «posibilidades»? ¡Pues no! ¡Todos lo hacemos! Todos valoramos a esa persona cuando ya no está; la mayoría comprende la utilidad de las cosas cuando las pierde; la mayoría valora las experiencias cuando ya no puede vivirlas.

—Entiendo —le respondí—. ¿Entonces cuando acabé la contingencia está bien que vaya?

—¿Tú qué crees? —me contestó.

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«Deja de vivir de forma inconsciente».

—¿Y ahora te vas a convertir al existencialismo? —me preguntó Sergio.

—¿Convertirme? ¡No! ¡Qué va! pero creo que la analogía del Mito de Sísifo con trabajo en las fábricas que planteó Albert Camus es verdad.

—¿Te refieres a la rutina? —me preguntó y después agregó antes de que yo contestara—: en realidad creo que lo que nos invita a reflexionar es sobre si en verdad la vida vale la pena desperdiciarla en una rutina de forma «inconsciente» como si fuéramos robots.

—Justamente —le respondí cuando me cedió la palabra—. Sísifo estuvo condenado por los dioses a empujar una gigantesca roca todos los días por una pendiente en una montaña y, cuando llegaba al final, la roca caía y tenía que volver a empujarla hasta llegar nuevamente al final y así, por toda la eternidad…

—Lo sé. Es exactamente eso. Pero en determinado momento, Sísifo se hizo consciente de que su tarea era algo fútil y sin sentido.

—Bueno, por eso era un castigo —le respondí—. Es como el castigo auto-impuesto de trabajar toda tu vida en algo que no te hace feliz —le argumenté—, pero como yo lo veo, esa analogía se puede reflexionar en dos ámbitos.

—¿Ah sí? ¿Cuáles? —me preguntó.

—Bueno, imagina lo siguiente: puedes dedicar tu vida a trabajar en algo que no te hace feliz y así, día a día, seguir, como robot. O, por otro lado, puedes ser consciente y buscar la manera de «liberarte» de esa monotonía.

–Pero Sísifo no podía elegir —me precisó Sergio.

—Pero nosotros sí.

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Hana |Fragmento 5 |«El Ascenso».

Si las personas del pueblo de Vikunar conocieran el oscuro pasado de Zembu Rambután, —sí, Rambután, como la fruta—, no creerían que ahora es un maestro de meditación que habla solo de cosas positivas. Sin embargo lo interesante no es su YO del presente, ni su YO del pasado, sino, su YO transitorio. ¿Cómo le hizo para salir de ese profundo agujero, oscuro como la cueva más recóndita? Solo él lo sabe.

Durante su profunda meditación matutina, el maestro Zembu no lograba encontrar la paz. Desde hace unos días, la meditación no estaba llenando sus expectativas, pues no lograba enfocarse ni llegar a la conclusión de nada. Estaba consciente de que debía “dejar” que los pensamientos fluyeran, pero también estaba consciente de que, tarde o temprano, “ese río de ideas tenía que desembocar inevitablemente en algún mar”. «¿Será a caso que estoy perdiendo la calma?», pensaba el maestro. O será acaso que las palabras de esa jovencita, Hana, lo habían hecho dudar sobre si todo lo que había creído acerca de la meditación era cierto o simplemente se trataba de lo que él quería creer.

Después de todo, la meditación solo fue, para él, una vía para liberarse de las ataduras de su pasado. «¿Acaso necesitamos padecer el sufrimiento para poder regresar a la estabilidad?» Una pregunta lo llevaba a otra. Ya lo decía el gran Buda en una de sus 4 nobles verdades: «El hombre viene a este mundo a sufrir».

Su YO del pasado creía fervientemente en eso, pero su YO del presente había dejado esa idea desde hace mucho. Cuando perdió a su esposa y a su hija de 2 años en ese fatídico accidente de auto que él provocó, sintió que él también murió ese día.

Por mucho tiempo la culpa lo devoró. Se dejó consumir por el alcohol y la melancolía, la depresión y la tristeza. No había día en el cual no sintiera culpa, no volvió a conciliar el sueño, la comida perdió su sabor, cualquier paisaje, por muy colorido que fuera, era gris para él. Fue como si alguien le hubiera quitado el color a todo su entorno.

Un día en una cantina en el pueblo, ahogado en alcohol comenzó a hacer todo tipo de destrozos en el lugar. Lo corrieron y le tiraron licor encima. Lo bañaron con agua sucia y lo dejaron ahí, con la tierra como único soporte. Fastidiado de la vida, caminó sin rumbo hasta que llegó a la Colina del Silencio. Le llamaban así porque no se escuchaba nada. «Aquí es un buen sitio», pensó el maestro Zembu.

«¿Es así como debe terminar?», pensó. «todo lo que sube, baja, la luz se opaca ante la oscuridad y la maldad conquista inevitablemente la bondad de las personas».

De pronto se detuvo frente a un borde y pensó en aventarse. «Si solo he venido a sufrir a este mundo, ¿no debería ser yo quien termine con ese sufrimiento», se preguntó el maestro Zembu, con el rostro lleno de lágrimas.

Sin embargo cuando estaba por lanzarse al precipicio una voz lo detuvo y le habló:

—¿Es la elección más sencilla verdad?

—¡Eh! ¡Métase en sus asuntos! —le gritó el maestro Zembu.

—Ciertamente, si te avientas a ese precipicio todo terminara, incluido tu sufrimiento, pero ¿es aquí donde termina la razón de ser de tu existencia? ¿Esto es lo único para lo que has venido a este mundo?

—¡Solo vine a este mundo a sufrir! —contestó el maestro Zembu—. ¡Todos los días veo los rostros de mi esposa y mi hija en mis sueños, me siguen a todas partes! ¡Es por mí que están muertas! ¡Usted que va a saber viejo! ¡Lárguese de una buena vez!

—Bien, si así lo deseas, me retiraré —le contestó el anciano—, pero déjame decirte algo antes de que me vaya. Conozco un método para que puedas liberarte de tu sufrimiento. No es fácil, pero puedes conseguirlo. No tienes que morir para liberarte. Tampoco tienes que olvidarlas, simplemente tienes que aprender a convivir con su recuerdo.

—¿Convivir?

Y así fue como comenzó el camino de la iluminación del maestro Zembu. A veces se nos presentan buenas oportunidades para cambiar, pero no las tomamos.

«El apego a una idea enfermiza es capaz de destruir nuestra humanidad».

It’s enough

Cuando le preguntaron a Mackenzie Clay porqué había matado a todos esos niños afroamericanos, él solo dejó caer su cabeza hacia atrás, dio un profundo respiro y cerró los ojos.

El juez golpeó el escritorio con su mazo e incitó a Mackenzie a responder a la brevedad.

—Lo hice porque así tenía que ser —respondió, tajantemente—; no había otra forma de proceder. Cada respiro que…

—¡Silencio! —le indicó el juez—. Es suficiente. La sentencia es definitiva.

Sin embargo una mujer, de entre los miembros del jurado, levantó la mano antes de que el juez concluyera.

—Su señoría, tengo una pregunta.

—¿Tiene que ver con la sentencia? —le preguntó el juez. Después se acomodó los anteojos redondos y puso su mano sobre el escritorio de madera color caoba.

—No su señoría —respondió la mujer, a todas luces afroamericana—. Tiene que ver con su alma.

Mackenzie Clay soltó una carcajada como si estuviera desquiciado. Incluso la saliva se le escapó de la exageración.

—¡Adelante! haga la pregunta —indicó el juez.

—No puedo perdonar lo que ha hecho. De hecho, nadie puede. Sin embargo, deseo conocer el motivo de su odio a nuestras diferencias. Si su respuesta es honesta y justificada, pediré por su alma, porque su cuerpo y su mente ya no tiene salvación.

—¿Qué pedirá por mi alma? Ja ja ja —Mackenzie soltó otra carcajada enfermiza.

—¡Responda la pregunta! —indicó el Juez Coleman.

Mackenzie, con las manos atadas, logró quitarse con esfuerzo un poco de la saliva que le escurría por la barbilla.

—¿Y para qué quiere saber eso? Ustedes ganaron, me eliminaran —contestó Mackenzie Clay.

—Deseo conocer la naturaleza del mal que hay en usted y, también, comprobar una teoría —precisó la mujer afroamericana.

—¡Responda de una buena vez! ¡Estoy perdiendo la paciencia! —le gritó el juez Coleman mientras azotaba nuevamente su mazo en el escritorio.

—La respuesta es muy simple —respondió Mackenzie Clay—. No tolero la diferencia. Es como el Yin Yang. Nosotros somos la luz y ellos son la oscuridad.

Las personas en el estrado hicieron muecas y gestos de aberración hacia las repulsivas palabras de Mackenzie Clay.

—Comprendo —contestó la mujer—. Mi teoría es cierta. El apego a una idea enfermiza, es capaz de destruir nuestra humanidad. Su alma tampoco tiene salvación.

—¡Suficiente! ¡Llévenselo ahora mismo! —ordenó el Juez Coleman.

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Ramsés K. Mishima

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