«Ausencia».

Todavía recuerdo sus palabras. Resuenan todos los días en mi cabeza. Como si las estuviera diciendo, otra vez, frente a mí. Si cierro los ojos y me pierdo en mis pensamientos, él vuelve a aparecer; está ahí, vive en mi mente. Su cuerpo físico ya no está, pero su parte espiritual permanente en este mundo, bueno «en mi mundo».

Es como si hubieran tatuado sus palabras en mi mente ¿es eso posible? no lo sé, pero no he podido olvidarlas con nada: ni con pastillas, meditación ni terapia. ¿Por qué se quitó la vida? ¿Por qué decidió partir de este mundo? ¿Entonces era mentira?

Sus palabras fueron: «Soy el hombre más feliz. Estar a tu lado es lo mejor que me ha pasado en la vida. Eres la mujer más hermosa del mundo. Quiero estar contigo por siempre». Ese «por siempre» debió ser un «por siempre espiritual» o algo así. ¿Puede ser la felicidad tan engañosa como para que realmente no sea felicidad? Tal vez.

Recuerdo que un día, normal, como la mayoría, fuimos al cine a ver una película que ahora no recuerdo exactamente el nombre, pero que trataba sobre un político muy influyente de Estados Unidos, el cual contrata a un agente para investigar a su esposa, porque sospecha una infidelidad. Me parece que la protagonizaba Mark Wahlberg.

De camino, él me tomaba de la mano y me llevaba por la calle rumbo al cine. Todo iba muy bien, comimos palomitas y un frappe. Me tomó de la mano y me dio varios besos en la mejilla durante la película. Sin embargo, cuando salimos de la función, de regreso al estacionamiento, me abrió la puerta y me ayudó a subir, la cerró y se dirigió al lado del conductor y se quedó así, paralizado, frente a su puerta. Inmóvil y petrificado, no respondió a mis palabras. Lo llamé varias veces, pero parecía que mis palabras no lo lograban alcanzar.

Fue después de que me bajé, fui con él y le di una cachetada que reaccionó. Él solo respondió: «¿Qué esperas? ¡Ya es hora! ¡Sube al auto, se hace tarde!». Esa ocasión ignoré lo sucedido.

Otra ocasión, fuimos a un bosque, a las afueras de la ciudad. Era época de frío y había un poco de nieve en todo el lugar. Nos gustaba realizar esas caminatas porque nos permitía liberarnos de todo el estrés de la ciudad, de la rutina. Sin embargo, ese día, volvió a pasar. No sé en qué momento lo perdí de vista, pero cuando me percaté de su ausencia, él ya no estaba ahí.

Tuve que buscarlo por los alrededores; tardé como dos horas en encontrarlo. Justo cuando lo localicé, en la penumbra del bosque, estaba parado, de espaldas, con los brazos abiertos, como haciendo una cruz y con la cabeza hacia a atrás. Murmuraba algunas palabras que no alcancé a entender. Sin embargo eso no fue lo más extraño. Lo que realmente me resultó extraño fue que frente a él había un precipicio muy profundo. «¿Cómo es que no lo vi?», me pregunté.

No puedo asegurarlo, pero dentro de mí algo me decía que estaba dispuesto a aventarse. Cuando lo llamé sucedió nuevamente, mis palabras no lograron alcanzarlo. Lo único que hice fue caminar hasta donde se encontraba y abrazarlo por la espalda. Sentí cómo mis pechos se presionaban con su espalda.

Cuando lo abracé me dijo: «¿Qué esperas? Ya es hora». No me moví y continué sujetándolo. Yo solo le respondí: «¿Hora de qué?».

Eventos así sucedieron en varias ocasiones antes de su muerte. Seguro te preguntarás: «¿Porqué no buscaron ayuda? ¡Debiste llevarlo con un doctor o psiquiatra!». Pues lo hice. Si bien en esos momentos era como «si no fuera él mismo» «como si no fuera consciente del momento presente». Su cuerpo estaba ahí, pero su mente era transportada a otra parte. O tal vez alguien utilizaba o manipulaba su mente.

Cuando lo llevé con el especialista respondió a todo con normalidad, como cualquier persona, le realizaron algunas placas, toma de sangre, orina, pero todo estaba bien; no se encontró nada raro. Ninguna enfermedad. Él siempre fue muy sano, así que todo dentro de la normalidad. Ningún signo de ansiedad, depresión o melancolía.

Cuando lo encontré, tirado, boca abajo y sin vida, algo dentro de mí no se sorprendió. Lo único que sí atrajo mi atención fue que junto a él había una nota en la que decía —con su letra—: «¿Qué esperas? ¡Ya es hora!».

¿Puede el ausentarnos totalmente del momento presente, aniquilar todo nuestro ser?

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Ramsés K. Mishima

La Filosofía Minimalista

@lafilosofiaminimalista

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