Hana | Fragmento 3 | «Menosprecio».

El martes fue el cumpleaños de Hana, pero para ella no era algo digno de recordar. Nunca le gustaba festejar su cumpleaños, de hecho, ese día, no planeó celebrar ni nada. Además ¿con quién lo haría? Su madre no estaba. Solo le envió un mensaje de texto que decía: «¡Te amo hija! ¡Discúlpame por no poder estar contigo en tu cumpleaños nuevamente! pero no he olvidado la fecha, ni tu regalo, así que ¡Ya puedes abrirlo! No te hagas, ya sabes en dónde está». El mensaje terminaba con unos emojis sonrientes y de corazones.

En efecto Hana ya sabía en dónde guardaba su mamá el regalo para ella. A Hana le daba risa que su madre de verdad pensaba que ella no sabía en dónde lo escondía. Incluso podía haberlo abierto desde mucho antes, pero por alguna razón a Hana le gustaba esperar a que llegara la fecha y abrirlo, no porque le importara, sino porque creía que así su reacción sería más natural y podría transmitírsela a su madre.

Hacía ya dos semanas que su madre se había ido “a su lugar de trabajo”. Nunca había llevado a Hana a ese lugar, pero si le comentó: «No puedes venir conmigo, por ningún motivo. Lo siento, en verdad, pero es por tu bien». Nunca volvía antes, ni por alguna situación especial. Pero Hana tenía un número de emergencia al cual le dijo un día su madre: «Si hay alguna emergencia, algo grave, de vida o muerte, llama a este número ¿de acuerdo? para todo lo demás, seguro podrás arreglártelas. Yo tengo fe en ti. Si necesitas algo, consultalo con el maestro Zembu, él siempre está “ahí” y estará dispuesto a ayudarte». «¡Vaya tontería!», pensaba Hana.

A sus catorce años, Hana era una jovencita de lo más normal, o al menos así la consideraban sus compañeros. No acostumbraba a salir con sus compañeros de la escuela ni a hablar con nadie. Además casi nadie deseaba hablar con ella y sufría discriminación por ser extranjera. Si bien no fue su elección vivir en esa ciudad de la India, su madre tuvo que llevarla consigo para “tenerla un poco más cerca”.

A Hana no le agradó la idea en un principio, pues pensaba que era lo mismo, de todas maneras nunca estaba con ella. «¿Qué diferencia había si me dejaba sola en México a si me dejaba sola en India?».

En fin, ese día Hana se alistó para ir a la escuela y dejó el regalo para después. Tomó las clases de forma normal, comió sola en el almuerzo mientras observaba a los demás alumnos jugar, a otros platicar y a algunos en su celular. «Otro día como los demás», pensó.

Sin embargo, a la hora de la salida Hana se llevó una sorpresa. Uno de sus compañeros la esperaba en la entrada, justo junto al enorme árbol que estaba al lado y que daba un poco de sombra a la entrada. En primera instancia pensó que no era a ella a quien llamaba con la mano, pero cuando el muchacho la llamó por su nombre, fue cuando reaccionó.

—¡Hana!

Ella no supo cómo reaccionar, pero se detuvo frente a él. Pensó en pasarlo e ignorar que la llamaba, pero su madre le había dicho que debía ser educada y amable con sus compañeros.

—¿Sí? ¿Qué pasa? —le preguntó Hana sin apenas hacer una expresión en su rostro.

—Pues mira —le contestó su compañero—, sé que hoy es un día especial y te he traído un obsequio.

—¿Un obsequio? ¿para mí?

—Sí, la verdad no es la gran cosa, pero pensé en traértelo. Papá los trajo ayer y…

—Lo siento, pero no tenías que hacerlo —le interrumpió Hana—. Mira tengo que irme, así que muchas gracias.

—Pero es que siempre te ves tan triste y pensé que algo dulce te animaría.

El muchacho abrió la bolsa que llevaba y le mostró a a Hana lo que había en su interior. Dentro de la bolsa de paja había algunos mangos que brillaban por la luz del sol. Hana no identificaba bien a ese muchacho, pero estaba segura que iba en su mismo grupo, de lo contrarío, ¿cómo sabía que era su cumpleaños?

Hana metió la mano en la bolsa y tomó uno de los mangos, lo sopesó y apretó un poco. Se percató de que estaban maduros y listos para comer.

—¡Se ven deliciosos! —le comentó Hana—. ¡Comámoslos juntos!

—Es la primera vez que te veo sonreír —le precisó el muchacho.

—¡Vamos! —le dijo Hana.

Hana tomó al muchacho de la mano y lo llevó a una de las bancas fuera de la escuela. Ahí comieron juntos la fruta y ella olvidó por un momento la soledad que le esperaba al regresar a casa.

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Ramsés K. Mishima

La Filosofía Minimalista

@lafilosofíaminimalista

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